Según los científicos más capaces las tierras donde hoy se asienta Salamanca estaban anegadas en los más remotos tiempos prehumanos. Para los griegos, que gustaban de poner las cosas por escrito, fue Hércules, hijo de Zeus, quien aplanó a golpes un monte que había y arregló los contornos de forma que en ellos pudieran aposentarse los hijos de su tierra. También debió ser él quien horadara la archifamosa Cueva de Salamanca o, por lo menos, erigiera algún oráculo a su gusto. Por ello bautizó al lugar como “Helmantiké”, de Hela –que significa ‘asiento’, ‘sitio’ o ‘cátedra’- y Mantiké –‘adivinación’-. Así que ya, en los tiempos más remotos, la villa lleva consigo la rúbrica de la magia y el saber esotérico. Además, Hércules dejaría también un toro de piedra como autógrafo de su obra. La sucesión de Hércules, cuenta Polibio, le correspondería a Teucro, capitán griego sobrino de Príamo, primo de Héctor y Paris y medio hermano de Áyax. Después de la guerra de Troya, éste vino a aposentarse en el lugar, previo paso por Salamina, donde se hace con algunos colonos. Ya tenemos una segunda hipótesis sobre el origen del primer nombre de esta ciudad. Los salaminos y los áticos de Teucro funden sus nombres en “Salamantica” o “Salmantica”. Y no es esta la hipótesis final, ya que algunos derivan el nombre de Salamanca incluso de “río salmonero” o del nombre del dios Helman, al que los celtas adoraban y al que concedieron ser tutelar de estas tierras.
Precisamente, a los sonoros celtas les corresponde otra versión más prosaica, pero no por ello más verosímil, de la fundación de la ciudad. Según ella, los vacceos y los vetones, pueblos rudos y sobrios, adoradores del cerdo, la encina y las serpientes, tallarían el toro como su tótem. Se establecerían sin más por los contornos y se pondrían nombres como Reburrina, Dovitera, Cloutius y Ambactus. Entre vetones y vacceos hubo una convivencia llena de altibajos, pues por lo que parece eran gentes guerreras –sobre todo los vetones- y practicantes de sacrificios.
Doscientos veinte años antes del nacimiento de Cristo, el caudillo cartaginés Aníbal Barca llega a las puertas de la ciudad –y ciudad grande, según Plutarco-, supongamos que con elefantes y todo. Pide a los habitantes trescientos talentos de plata y trescientos rehenes a cambio de su libertad. Intimidados por el aparato militar invasor, los salmantinos acceden y prometen hacer el pago. Cuando Aníbal retira sus tropas para continuar con su campaña por la península, el miedo desaparece con ellas y los pobladores de Helmántica se niegan a pagar. La noticia es recibida por el cartaginés –probablemente con estupor- y ordena a todos sus efectivos volver a la ciudad para saquearla. Los habitantes apelan a la misericordia de sus invasores y estos les permiten abandonar la ciudad intactos, aunque no podrán sacar de ella nada más que sus ropas. Los salmantinos obedecen y abandonan la ciudad, pasando a ser custodiados por un batallón de mercenarios marsilienses. Pero tienen un plan: las mujeres han escondido entre sus sayas espadas y puñales con los que realizar un ataque sorpresa. Cuando empieza el saqueo de la ciudad, los marsilienses, visiblemente contrariados por no poder participar en él, se distraen de sus labores de vigilancia. En ese momento, los prisioneros reparten las armas y comienza una refriega en la que luchan con igual arrojo hombres y mujeres. Es sabido que una de ellas le arrebató la lanza a un intérprete llamado Banón y que de una vigorosa arremetida atravesó su coraza y lo dejó gravemente herido. Después, los salmantinos corrieron a refugiarse en los montes y, aunque muchos fueron abatidos en la huida, otros escaparon. Aníbal quedó conmovido y envió a los fugitivos un mensaje con la promesa de dejar la ciudad en paz como reconocimiento a ese hecho de valor.
Tal vez los cartagineses fueron la antesala de otros invasores más poderosos, a los que ni vetones ni vacceos pudieron resistir: los romanos. La maquinaria bélica de Toma puso fin a la resistencia de los cartagineses y de los indígenas –los vacceos incluso se incorporarán a sus legiones como caballería-. La ciudad quedará incluida en la Lusitania, y dependerá de su capital, Emerita Augusta. Los romanos también se apuntan a darle un significado al misterioso toro de piedra: se contempla la posibilidad de que ellos lo erigieran como un simple hito señalizador de caminos, en concreto, el que marcaba el paso de la Calzada de la Plata a través del puente sobre el Tormes a la altura de la ciudad. A través de ese puente, y por las calzadas hechas por los romanos, llegó una nueva religión: el cristianismo. No se sabe muy bien cómo fue la cosa, pero hay quien dice que la Legión Gemina instauró en la ciudad el culto a San Cipriano, universal patrón de los magos y nigromante arrepentido. Curiosamente, la tenebrosa Cueva de Salamanca se encuentra bajo lo que fue la planta de la iglesia dedicada a este mismo santo... o, a lo mejor, a otro del mismo nombre que fue obispo de Cartago.
Con la decadencia de Roma, los pueblos bárbaros se reparten los territorios imperiales ante la impotencia de sus herederos. Vándalos, suevos, alanos y godos se disputan los contornos durante un período misterioso y de difícil documentación. Si no lo habían hecho ya, los salmantinos comienzan a rezar entonces a un único Dios, probablemente bajo los dogmas de la herética doctrina arriana.
Al final son los visigodos los que se llevan el gato al agua y, tras una etapa de consolidación de la monarquía de unos tres siglos, llegarán los musulmanes comandados por el omeya Muza-Ben-Nusayr. Es el año 713 y los musulmanes y los cristianos se disputarán la ciudad. Salamanca será incendiada, saqueada y destruida al menos doce veces a manos de los contendientes. Don Rodrigo, el último rey visigodo, morirá en una de esas escaramuzas cerca de la villa, en Tamames. Si no se habían barajado suficientes hipótesis sobre los orígenes de la presencia de la magia en la ciudad, podemos atribuir a los “moros” la instauración de prácticas ocultas entre sus muros ruinosos.
Después de una época de desolación para Salamanca, Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI, recibe la misión de reconstruirla y repoblarla. Es el siglo XI y llegan a la ciudad toreses, bragancianos, barbalos, tudescos, portogaleses, bercianos, mozárabes y, sobre todo, gallegos y franceses. Lo primero que harán será levantar tres iglesias –románicas- dedicadas a San Isidoro, San Vicente y San Cristóbal. Esta última es la única que se conserva, rodeada de tumbas.
En el siglo XII llegarán el fuero, los judíos y la obsesión por rodear Salamanca de una gruesa muralla para alejar el temor a los seguidores de Mahoma. A finales de este siglo se fundará la Universidad, sobre la base del Estudio General que existía. Pronto tendremos noticias del primer crimen cometido por un estudiante: la violación de una muchacha. El truhán se fugó a Toro. La Universidad crece y sirve de inspiración a otras en Europa y pronto en América. Nebrija escribe y publica su Gramática de la lengua castellana, se enseña la doctrina del hereje Copérnico... Y con la imprenta y la luz del humanismo incipiente, las cabezas se vuelven hacia una historia que cada vez es menos leyenda.
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