lunes, diciembre 18, 2006

Aquellos maravillosos años


De repente a mi madre le crecía la barriga muy rápido. Mi hermano R. y yo no nos imaginábamos que allí dentro había un niño. Éramos muy pequeños y no entendíamos sobre reproducción. Para nosotros, papá había puesto su semillita en mamá.
Estábamos contentos porque íbamos a tener un hermanito, cuyo nombre era objeto de críticas, pues tardaron en decidirse por uno. O al menos nadie hasta el bautizo de nuestro pequeño bebé sabía seguro cómo se llamaría. Aunque mi padre ya le había registrado, así que los únicos que conocían ese secreto eran mis padres.
Mi hermano C. creció. Todo el mundo le comparaba con mi padre, valorando las travesuras de los dos, aunque mi hermano no las preparaba tan graves como lo hiciera mi padre en sus años jóvenes. De pequeños nos deleitábamos escuchando de boca de terceros todo aquello que mi padre hizo desde su niñez hasta bien entrada la adolescencia. Todo nos provocaba risa. Y si mi padre estaba delante siempre contestaba: "Eran otros tiempos". La cuestión no era hacer travesuras sino no dejarse pillar. Y a mi padre nunca le pillaron, por eso tenía tanto mérito escucharlas. En cambio, mis tíos, siempre imitándole, eran castigados siempre.
Yo heredé algo de esa picardía, pero sin duda el que más votos tenía para prepararlas era mi hermano. Y era lo que todo el mundo esperaba de él, porque para la gente de fuera mi hermano era igual que mi padre, y por lo tanto, si ocurría algo en mi pueblo, enseguida venían a mi casa echándole la culpa a mi hermano, aunque él no hubiera sido. Creo que esto constituyó una especie de infierno para él. Y a él se le notaba mucho cuando la había armado. Mi madre siempre se ponía de su lado y negaba todo, incluso hubo gente a la que le terminaba diciendo que siempre que ocurría algo le echaban la culpa a C. sin tener en cuenta que posiblemente él no hubiera sido. Al final, la gente dejó de señalar a mi hermano cada vez que pasaba algo. Y le dejaron en paz.
Contaba mi hermano aproximadamente con cuatro años cuando yo intercambié mis muñecas por él. Mi hermano era el juguete de toda la familia, y para mí constituyó la mejor manera de pasar mi tiempo libre. Un buen día mi madre me dejó a solas con él mientras se fue a la compra. Mi hermano gateaba en mi habitación mientras yo andaba haciendo otras cosas, sin quitarle ojo. Por supuesto, si no le hacía caso se ponía a berrear. Así que se me ocurrió algo que me haría pasar buenos momentos en mi infancia, y no sólo me causaría risas a mí sino a todos los que le veían.
Aquel día le dije: "Vamos a jugar a los disfraces". Él me miraba fijamente, y como era tan pequeño no se podía imaginar lo que tenía pensado hacerle.
Con una silla me encaramé hasta la balda de un armario donde yo sabía que había unas maletas con ropa de cuando yo era pequeña. Busqué entre mis vestidos de muñeca hasta encontrar uno que me gustaba. Y se lo puse a mi hermano. Al principio no quería, pero yo le engañaba diciéndole que nos lo íbamos a pasar muy bien. Cuando conseguí ponerle el vestido y los zapatitos de hebilla con calcetines de chica, fui al cuarto de baño a por una goma de pelo. Mi hermano de pequeño siempre tenía el pelo cortado a la cacerola, así que no me costó mucho hacerle un "quiqui". Esto sí que le molestaba e intentó quitárselo varias veces. Al final le convencí de que debía aguantar hasta que llegara mi madre. Y aguantó.
Cuando mi madre llegó no se tenía de la risa. Su hijo pequeño estaba convertido en una niña, y si salía a la calle así muchos le tomarían como tal. Mi madre no le quiso desvestir y yo tampoco, así que con aquel vestido turquesa y el "quiqui" le vieron todos. Y causó las risas de toda la familia. Mi hermano veía que se reían de él y al final se puso a llorar y tuvieron que quitarle aquel disfraz.
Aquella tarde fue la primera vez que mi hermano fue disfrazado de chica, y se convirtió durante unas horas en la hermana que nunca tuve.
Después de aquel día siempre que me quedaba a solas con él terminaba disfrazándole de niña. Pero aquello desvarió mucho más cuando le enredé el maquillaje a mi madre. Un día le maquillé (a mi manera, claro) y el fruto de aquello fue horrible. Pobre hermanito.
Claro que mis padres no permitieron que siguiera disfrazándole, porque parecía un payasete con aquellas pinturas mal colocadas en la cara.
No sé si mi hermano se acordará de todo esto, aunque yo me descojono de risa cuando me viene a la mente aquella época.
Cuando era un adolescente todavía se llegó a disfrazar de chica una vez más, todo por mi culpa, claro. Se había dejado el pelo largo y sólo se me ocurrió saltar, mientras estábamos comiendo, que me dejara disfrazarle de mujer. Él se negó pero mi padre, entre risas, le dijo que me dejara hacer. Pero un quinceañero es más difícil de engañar que un niño. Le disfracé ante las risas de mi familia, incluso le hicimos fotos.
Ahora ya no le vale mi ropa. Y después de eso se ha disfrazado por su cuenta: de colegiala, de monja y mil historias más. Ya no me deja disfrazarle aunque cuando llega la ocasión suele pedirme prestada ropa. La última Nochevieja se disfrazó de colegiala, pero como tiene el pelo corto y no quería llevar peluca, no me quedó otro remedio que coger gomas de colores y llenarle el pelo de coletitas.
Echo de menos aquellas tardes en que éramos unos niños y yo disfrutaba disfrazándole. Ahora no me deja.

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