miércoles, mayo 21, 2008

Celephaïs

Kuranes era su nombre cuando soñaba. Empezó a vivir con sus sueños y de sus sueños. Al principio, los escribía, pero cuando la gente de alrededor leía esos textos se reían de él, así que dejó de compartir sus sueños.
En su buhardilla de Londres consiguió finalmente volver a la ciudad donde había nacido, Celephaïs. Todo estaba igual que como lo había dejado, la gente le saludaba por las calles. Al llegar al precipicio cercano a su hogar familiar empezó a volar y descubrió una sensación nueva. Veía las doradas cúpulas y los bellos edificios desde el cielo, y al fondo el hermoso bar con brillantes barcas que se mecían suavemente. Pero de repente volvía a despertar. Le costó mucho volver al sueño de Celephaïs. Para ayudar a encontrarlo, empezó a consumir drogas y a empeñar todo lo que tenía, hasta que un día se quedó sin nada y el casero le echó a la calle. Vagabundeó por Londres, pero de repente unos caballeros vinieron a buscarle y llevárselo a Celephaïs, para proclamarlo rey, ya que la ciudad se había mantenido viva gracias a sus sueños. Y allí sigue reinando Kuranes.
Mientras su cuerpo sin vida choca con las olas de los solitarios canales cercanos a Londres...

martes, mayo 20, 2008

El alma de la ciudad


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Ésta es la historia de una ciudad en época de la Reconquista. Una ciudad que empezaba a ser repoblada y que acababa de cambiar su nombre de Ambrosía a Placencia. Pero sobre todo es la historia de las personas que habitaron en ella. Como protagonistas principales están el Bien y el Mal, y la explicación de cómo teniéndolo todo, por un mal paso, una persona se puede quedar sin nada.
Cuatro caminantes del siglo XIII se dirigen a Santiago por la Vía de la Plata: un clérigo tan reservado que ni siquiera ha dicho su nombre, un mercader, un caballero de la Orden de Santiago y un sencillo fraile procedente de Asís y de nombre Francesco.
A medida que pasan los días y los cuatro compañeros de camino se van acercando a tierras de Galaecia, uno de ellos comienza a contar la historia de su vida. El clérigo silencioso y culto se ve tan arrepentido que se sincera con sus acompañantes.
Blasco Jiménez nació en Ávila, en medio de la más doliente pobreza. Con muchas bocas que alimentar en su casa, él se dedicaba a mendigar en las calles, convirtiéndose así en un hábil ratero. En una de las fiestas más pomposas de la ciudad, se había corrido la noticia de que el generoso don Bricio, arcediano de la catedral de Ávila, iba a repartir pan para los pobres. La masa mendicante se acercó al imponente hombre y, cuando éste iba a darles monedas, ellos le terminaron robando y salieron huyendo. Pero a Blasco le capturan. Él tiene tanto miedo que devuelve todo lo que ha robado. Don Bricio se compadece de él y le lleva a su casa para darle una vida digna. Le meterá al servicio pero, a medida que el niño va creciendo, y se deja observar una gran inteligencia en él, el arcediano hará que aprenda a leer y escribir, los idiomas clásicos, que lea las Sagradas Escrituras y, finalmente, tomará los votos eclesiásticos. Don Bricio va preparando al que tiene pinta de ser su sucesor. Y Blasco no es ingrato con su benefactor.
El miramamolín de Marruecos concentra sus tropas y Alfonso VIII, rey de Castilla, reagrupa a sus caballeros y nobles. Nombrado don Domingo como nuevo obispo de Ávila, el clero abulense acompaña al ejército hasta la capital sevillana. Allí, son atacados en la retaguardia por los cordobeses, que han acudido en ayuda de sus hermanos de religión. Las tropas del rey castellano tienen que regresar a Toledo, donde Blasco es iniciado en los estudios de la Escuela de Toledo. Y se preparan para otra batalla en Alarcos, donde las pérdidas de los cristianos serán numerosas. Después, llegan las treguas y varias épocas de paz, donde los musulmanes van conquistando las ciudades castellanas.
En este contexto histórico, don Bricio le pide al rey una ciudad y Alfonso VIII le convertirá en obispo de Placencia, que seguirá los cánones de San Agustín en De civitate Dei (La ciudad de Dios) y la convertirá en un lugar fértil y rico en gentes de mente y espíritu. Don Bricio nombra a Blasco arcediano de la ciudad, mientras un ser ruin que había sido su escudero, Hermesindo, se convierte en recaudador de impuestos. Hermesindo será el "mal amigo" que le llevará a Blasco por sendas poco virtuosas e incluso peligrosas.
Don Bricio es un hombre mayor que debe acudir como consejero del rey a Burgos. Está ausente de su bella ciudad durante varios años. En su ausencia, Hermesindo y Blasco derogarán leyes, ahorcarán súbditos, se convertirán en amantes de los placeres y sobornarán gentes. Blasco es entonces cuando se enamora de Doxia, una joven que ha conocido en casa de un mercader musulmán, Abasud al-Waqil. Se enamora completamente y pierde el juicio. Mientras, en la ciudad Hermesindo hace un complot contra el arcediano y luego escribe a don Bricio contándole lo que está haciendo Blasco.
Bricio está decepcionado, pero decide dar otra oportunidad a su hijo adoptivo. Ahora irá en nombre de Placencia, en su lugar, a la guerra, donde se volverán a enfrentar a los musulmanes. En el lugar de Alarcos, los castellanos deben huir de las hordas musulmanas. Los de al-Andalus sitian ciudades para su sultán, y en Placencia ponen sitio. Blasco se opone al obispo y entrega la ciudad, mientras se va a vivir al alfoz (parte externa de la muralla) con su barragana, Doxia, y su hijo. Se hace construir una casa pero no dura mucho su felicidad, pues una noche es apresado como traidor. Los cristianos han vuelto a recuperar la ciudad, que está todavía derruida tras el paso de los musulmanes. La sentencia para Blasco es la horca, pero don Bricio todavía tiene compasión por él, a pesar de haber abusado de su confianza. Consiguen envenenarle para producirle un estado de catalepsia, en un actus mortis o falsa muerte, para sacarle de la ciudad. Mientras en Placencia se le ha enterrado, Blasco camina por tierras de León, enemigas del rey de Castilla, y llega a Coria, donde conoce a don Arnaldo, obispo de la ciudad que una vez fue a visitar Placencia. Arnaldo le toma a su servicio y le enseña la reliquia que tienen en la catedral, el Santo Mantel de la Última Cena. Tras pensarlo bien, y aunque ahora tiene otra vida y otro nombre, Blasco decide robar el mantel y se marcha a Sevilla, a buscar a Doxia.
Pasa muchas penurias y tiene que mendigar, pero en un arrebato de fuerzas sacadas de lo más profundo de su ser, consigue llegar hasta la casa de Abasud. Allí ve a Doxia, pero todos le dicen que ve visiones. Abasud le cuida en su casa y le presenta a muchos comerciantes. Pero una noche de borrachera, Blasco abusa de su confianza y penetra en las habitaciones de las mujeres, donde descubre la cruda realidad: Cosme no es su hijo, sino hijo del mercader. Abasud le echa de su casa y Blasco se convierte en un alma en pena. Intenta vender la reliquia de Coria, sin éxito. Por fin, en un momento de inspiración, decide ir a Toledo. Allí pasará años mendigando, pero después se da cuenta de que conoce a gente en la Escuela de Toledo. Se adecenta como puede y entra a formar parte de la Escuela, entregando sus conocimientos al servicio de los alumnos y bajo los dictados del director, don Blas, un hombre frío pero de gran bondad.
En el lecho de muerte de don Blas, Blasco termina contándole su historia, incluso el robo de la reliqua y don Blas encuentra la máxima felicidad con ese trozo de tela. Ya ha decidido que Blasco será su sucesor. Está arrepentido y lo que tiene que hacer es devolver la reliquia a Coria y pedir perdón a todos aquellos a los que tanto daño hizo.
A la muerte de don Blas, decide emprender el camino. Empieza a ver muchos pueblos en fiesta. Por fin, el rey castellano ha vencido a los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa, y todos están de celebración. Nadie le reconoce en Placencia y allí se entera de que don Bricio había muerto el año anterior. Nada le retiene allí y sólo desea entrar en la catedral para ver el sepulcro de su benefactor.
Después, marcha hacia Coria y entrega el Santo Mantel. Don Arnaldo tiene medio cuerpo paralizado, pero le explica que, gracias a ese robo, el lienzo no cayó en manos morunas cuando la morisma asaltó la ciudad. Es perdonado y entonces decide, desde allí, peregrinar a Santiago, donde se ha encontrado con los otros tres caminantes...

La Calle

Hay lugares y cosas que tienen alma.
Esta es la historia de una Calle que vive con la historia de sus habitantes. Y recuerda cómo la senda que utilizaban en principio los aguadores para traer agua desde un manantial del bosque terminó con casitas en sus lados; primero de madera y barro, después de piedra por los ataques de los indios cercanos. Las familias se enseñoreaban de paseo y olía a rosas en pleno esplendor.
Pero, con el paso de los años, los jóvenes fueron a la guerra (de la Independencia) y las viejas mansiones señoriales empezaron a abandonarse al tiempo, al vacío y al silencio. Ya no volvió a florecer y tenía un hedor insoportable. Los rufianes y los maleantes se asentaron allí. Incluso en una de las casas se reunía un grupo terrorista. Pero ya no volvió a ser lo que había sido.
De repente, un día la Calle desapareció y sólo quedaban ruinas... y el recuerdo.

lunes, mayo 19, 2008

Hechos acontecidos al difunto Arthur Jermyn y a su familia

Arthur Jermyn se había rociado con petróleo y se había prendido fuego en el jardín de su casa. Nadie sabe exactamente qué le llevó a suicidarse; sólo se sabía que había recibido una caja del extranjero y que, tras ver su contenido, había gritado y se había suicidado.
Toda la estirpe de Jermyn habían sido baronets. Según los retratos de Jermyn House, sus antepasados habían sido apuestos, pero a partir de sir Wade, tatarabuelo de Arthur, todos poseían unas extrañas deformidades físicas y mentales.
Se decía que el tatarabuelo, sir Wade, había viajado a África como explorador, concretamente a El Congo. De allí había traído una esposa, colona portuguesa, que trajo a Jermyn House, pero a la que nadie, excepto una criada procedente de Guinea, había visto. Volvió muchas veces a África y, en uno de esos viajes, lady Jermyn murió, dejando un único hijo y a su enloquecido marido, que empezó a frecuentar tabernas y, bajo los efectos del alcohol, decía que en África había una aldea de una raza híbrida. Todos le dieron por loco y murió en un manicomio.
Su hijo, Philip, no desvariaba tanto. Viajaba mucho y, en una de sus travesías, cerca de las costas de El Congo, su barco se perdió y no se volvió a saber de él. Dejaba viuda a la hija del guardabosques y a su hijo pequeño.
Robert se convirtió en baronet siendo un niño. Fue un hombre erudito y gran etnólogo. También hizo expediciones a África. De su matrimonio nacieron tres hijos, aunque sólo se había visto al mediano, ya que los otros dos eran completamente deformes y su padre les había enclaustrado en la mansión. El hijo mediano, Nevil, se fugó con una bailarina, pero volvió a casa viudo y con un hijo.
Un día, un etnólogo vino a visitar a Robert para enseñarle sus notas sobre una raza de simios blancos que había en África, que adoraban a una diosa con el pelo blanco. El viejo sacó una escopeta y mató al etnólogo y a sus tres hijos, pero Nevil evitó que matara al pequeño Alfred. Robert intentó suicidarse, pero murió poco después de una apoplejía en un sanatorio.
Alfred se casó pero terminó abandonando todo para irse primero en un teatro de variedades y después a un circo ambulante. Tenía este circo un inmenso gorila muy dócil. Alfred sentía atracción por el simio y consiguió ser su domador, pero un día el gorila le mató.
Arthur se instaló con su madre, una cantante de music-hall, en Jermyn House. Era completamente diferente a sus antepasados. Era poeta y soñador, pero sentía especial interés por la historia de sus antepasados y por las notas de su tatarabuelo.
Arthur viajó a África, donde entró en contacto con un anciano jefe tribal, amante de las leyendas. Y el hombre le contó la historia de un poblado que fue arrasado por otra tribu, un poblado de simios blancos que había desaparecido, pero que adoraban la momia de una diosa blanca. Los que los habían destruido se habían llevado la momia.
Arthur consiguió ponerse en contacto con un agente belga para que le entregaran la momia, que tenía cierto parecido con él y un relicario con el escudo de armas de la familia...
Muchas cosas acababan de encajar en la familia de los Jermyn.

"Las 13 rosas"

El 5 de agosto de 1939, en las tapias del Cementerio de Madrid, fueron fusilados 43 hombres y 13 mujeres, casi todas ellas menores de edad, a las que se recuerda como "las 13 rosas".

Tras la Guerra Civil, Madrid es un hervidero de personas en contra del nuevo régimen de Estado. Por un lado, los franquistas y los falangistas, que exigen a un pueblo que está recuperándose de la guerra y de la pobreza adorar al nuevo líder, profesar una única y común religión y cantar el Cara al sol con el saludo impuesto por la Dictadura.
Los chivatos están a la orden del día y muchos son acusados de comunistas y republicanos por vecinos, familiares y religiosos. Está prohibido hacer apología de cualquier tipo de ideología que no sea la del régimen. Y muchos pagan por ello.

Ellas eran unas niñas, solamente unas niñas con toda una vida por delante. Su único error fue apoyar sus ideales de libertad, ideales por los que terminaron dando la vida.

Blanca (Pilar López de Ayala) vive con su marido, Enrique (Asier Etxeandía), y su hijo pequeño en una casa vieja, pero tienen sus ahorros, escondidos antes de la guerra y pueden vivir con algunas comodidades. Ellos, antes que políticos, son músicos. Pero su generosidad les llevó al paredón, dejando huérfano al pequeño Quique.
Enrique prestará dinero a uno de sus colegas, Juan Cánepa (Enrico Lo Verso), uno de los líderes comunistas más buscados, el típico fugitivo del que todos han oído hablar, pero al que nadie en el régimen conoce, aunque están ansiosos por capturarle.

Julia (Verónica Sánchez), Virtudes (Marta Etura) y Carmen (Nadia de Santiago) son muy amigas. Ellas son las encargadas de preparar panfletos contra el régimen que les aprieta el yugo. Las tres republicanas están muy unidas. Carmen es tan sólo una niña, pero una niña con mucho valor. Pese a sus travesuras será la única que no será sentenciada, la única que será testigo y podrá dar a conocer al mundo la historia de "las 13 rosas". Virtudes ha decidido trabajar como criada en una casa de falangistas para que no recaigan sobre ella las sospechas. A pesar de los contratiempos, sigue viéndose con su novio Valentín (Alberto Ferreiro), que no quiere acudir a las armas, sino luchar con palabras, a través de propaganda política. Julia trabaja en el tranvía, pero a los rojos no se les remunera por sus jornadas laborales. Allí conoce a Perico (Félix Gómez), un capitán, que huye cual cobarde en el momento en que su novia es apresada.

Adelina (Gabriella Pession) es hija de un comandante de la Guardia Civil que estaba a favor de la República. Cuando las cosas se ponen feas, su padre le envía al pueblo, para intentar salvarle la vida. Pero ella también ha repartido panfletos en contra del régimen. El comisario convence al padre para que le entregue a su hija.

Y Victoria, Dionisia, Ana, Martina... Todas ellas, junto a sus respectivos compañeros y más amigos, fueron acusados y sentenciados a la máxima pena por pertenecer a una organización clandestina de inspiración marxista que preparaba un atentado contra el Caudillo el día de la Victoria. En ese grupo había un traidor, Teo (Fran Perea).

Antes de morir, las muchachas dejaron sus cartas para la posteridad.


"Me matan por criminal, me matan por una idea que creo justa, y por ella muero. Me despido de vosotros con el deseo de que me recordéis siempre".

Placa homenaje en la pared del cementerio de la Almudena, donde fueron fusiladas las 13 rosas

domingo, mayo 18, 2008

El templo

En un manuscrito encontrado en la costa de Yucatán dentro de una botella se cuenta una crónica que aconteció al submarino alemán U-29 en verano de 1917.
Habla el capitán, Karl Heinrich, que se ha quedado solo en la nave, después de ver morir a toda su tripulación.
A principios de verano salieron del Mar del Norte en dirección a aguas americanas y allí torpedearon a un carguero británico, el Victory. Al emerger a la superficie, agarrado a la barandilla había un cadáver, un joven griego o italiano bien parecido, que portaba una valiosa y hermosa talla de marfil. El contramaestre Müller se quedó con la estatuilla. Al tirar al agua el cadáver, los dos hombres que le sujetaban le vieron abrir los ojos y sonreír de manera irónica.
Desde entonces empieza el caos en el submarino. Explotan las máquinas y muchos creen ver visiones. Además, van escoltados por numerosos delfines desde que se han quedado a la deriva y van perdidos rumbo al sur. Los hombres se matan entre ellos e incluso se produce un motín. Entre el alférez Klenze y el capitán, acaban con el resto de la tripulación, quedándose los dos solos. Pero Klenze empieza a verse invadido por una especie de locura, a través de la cual intenta llevarse a su compañero al mar.
Karl Heinrich rechaza esa estúpida muerte y sigue en el submarino, que poco a poco va hundiéndose y quedándose sin luz y electricidad. Cuando, finalmente, llega al fondo oceánico consigue ver un haz de luz. Allí afuera hay una ciudad abandonada, con edificios de mármol en ruinas. Destaca un templo en perfecto estado de conservación. El capitán se pone un buzo y sale a explorar, aunque no entra en el templo porque se está quedando sin aire. Al regresar a la nave, se da cuenta de que las estatuas del templo que acaba de ver y la talla de marfil que portaba aquel marinero son idénticas. Empieza a sentir un miedo atroz.
Fuera, una luz potente y fosforescente ilumina el interior del templo. Consigue retener su voluntad y no ir a explorarlo. También escucha una especie de sonidos y cánticos rituales que parecen llamarle.
El último día ha decidido escribir todo, porque ha decidido que entrará en el templo que parece estar esperándole.

"La carta esférica"

"A veces la vida resulta previsible de puro imprevisible.
Aquella tarde tenía muy poco dinero en los bolsillos y había salido a dar una vuelta porque me gustaban las subastas de objetos navales. No es que yo quisiera comprar nada; todas mis pertenencias cabían en un cuarto de una pensión próxima a Las Ramblas: unos cuantos libros, un petate con poca ropa, mi título de Oficial de la Marina Mercante y un sextante. Eso era todo
".

Quizás La carta esférica es el libro de Pérez-Reverte que menos me gustó, en el sentido de que no estoy familiarizada con los objetos naúticos, y cuando se habla de latitudes y longitudes me pierdo con gran facilidad.
Recuerdo que el autor, nacido en Cartagena, dijo por entonces -o quizás lo dijo en algo relacionado con el libro o en el mismo libro- que tenía muchas ganas de escribir un libro que tocara el tema del mar y los marinos.
No está mal. Lo que sale de la pluma de Pérez-Reverte tiene una originalidad implícita en sus páginas, aparte de su amenidad y disfrute al leer. Pero de toda su bibliografía es posiblemente uno de los tomos con que menos gocé, aunque debo decir que el autor explica la jerga marítica de manera tan eficiente que un libro así termina llegando a todos los públicos.

Pongo el acertijo, que es genial: Hay una isla, un lugar habitado sólo por dos clases de personas: caballeros y escuderos. Los escuderos mienten y traicionan siempre; los caballeros, nunca. Uno de los habitantes de esa isla le dice a otro: "Te mentiré y te traicionaré siempre". ¿Quién ha hablado: el caballero o el escudero?

Coy (Carmelo Gómez) es un oficial de marina que está suspendido durante dos años. Se aloja temporalmente en una pensión cercana al puerto de Barcelona y vive en tierra, pese a sus anhelos de hacerse a la mar. Su único objeto de valor es un sextante. Suele recorrerse las calles de la ciudad y frecuentar las subastas de objetos marítimos, mientras espera que pasen los días.
En una de esas subastas ve a Tánger Soto (Aitana Sánchez-Gijón) por primera vez. Ella está de paso en Barcelona, pues vive en Madrid y trabaja para el Museo Naval. Coy la saca de un apuro y se queda prendido de ella, por lo que venderá el sextante para volver a verla.
Cuando llega a Madrid, ella le enseña el antiguo atlas que consiguió en la subasta, un atlas donde aparecen las cartas de navegación de Urrutia; ella necesita esas cartas para buscar un barco jesuita que naufragó, el Dei Gloria. Pero necesita un lobo de mar, un hombre que esté dispuesto a ayudarla a buscar el barco hundido.
Los dos se trasladan hasta Cádiz para empezar la búsqueda. Y contratan el barco de un colega de Coy, el Piloto (Javier García Gallego), para surcar los mares.
Sin embargo, no están solos en esto. Dos hombres, Nino Palermo (Enrico Lo Verso), un buscatesoros italiano, y su ayudante argentino, Horacio Kiskoros (Gonzalo Conill), quieren hacer un trato con ellos, y al negarse los primeros, terminan siguiéndoles los pasos para quitarles el tesoro.
A Coy, más que el tesoro, le importa la chica. Se ha enamorado de ella. Aunque pronto descubre que Tánger es una mujer con muchos ases en la manga y que, por tanto, no le ha contado todo. Ella no sólo busca el barco como antigüedad histórica. Ella sólo quiere las esmeraldas. Y, a pesar de que en principio se equivocan porque los jesuitas utilizaban cartas de navegación codificadas, consiguen encontrar las esmeraldas. Coy y el Piloto terminan siendo los más listos.
Solución: En la isla no hay caballeros; todos mienten.

Los gatos de Ulthar

Ulthar es una ciudad donde está prohibido matar a los gatos.
Hace muchos años, en un pobre chamizo a las afueras de la ciudad, vivían un viejo campesino y su esposa. Ponían trampas a los gatos y les mataban de una manera cruel, aunque nadie les había visto hacerlo. Los gatos simplemente desaparecían cuando se acercaban al chamizo de los viejos. Nadie les decía nada porque toda la gente de Ulthar les temía.
Un día, llegó a la ciudad una caravana de extraños vagabundos de piel oscura. Entre ellos había un niño, Menes, que había sobrevivido a la peste. Consigo llevaba un pequeño gatito negro que le hacía compañía. Pero una noche el gatito desapareció.
Menes trató, sin éxito, de buscar a su gatito. Los ciudadanos de Ulthar le contaron la historia de los viejos. El niño primero lloró y después reflexionó. Entonces empezó a entonar una incomprensible melodía alzando los brazos al cielo, donde se veían extrañas sombras.
Los trotamundos se marcharon y, con ellos, desaparecieron todos los gatos de Ulthar. La gente, en principio, pensó que se habían llevado a sus mascotas. Pero unos días después, todos los gatos volvieron con sus amos, pero no comieron nada durante un tiempo.
En el chamizo de los viejos hacía días que no se veía ninguna luz, así que vencieron sus miedos y decidieron ir a mirar. Lo único que encontraron allí fueron los esqueletos de los dos ancianos, rodeados de cucarachas. Un niño había visto, la misma noche en que Menes miraba al cielo, a todos los gatos de la ciudad dirigirse hacia aquel chamizo y rodear la cabaña de dos en dos, como si estuvieran haciendo un rito...
Desde entonces, se prohibió matar a ningún gato en Ulthar.

El árbol

En las laderas del Monte Médalo, en Arcadia, hay un extenso campo de olivos y las ruinas de un villorio. Muy cerca del olivar, se alza un sepulcro de mármol blanco junto a un solitario olivo. Este árbol resulta repulsivo debido a sus formas, cual persona deforme, y su imperiosa grandeza.
Cuenta la historia que en el pasado vivían en la ladera dos famosos y grandes escultores, llamados Calos y Musides. No se ponían trabas de competencia por su trabajo y eran muy amigos, aunque si Calos disfrutaba de las juergas y los placeres, Musides era muy hogareño y agradecía pasar el tiempo sentado, contemplando los olivos.
El tirano de Siracusa les mandó llamar para que hicieran una estatua de Tique (personificación de la Fortuna o del Azar). Cada uno de los escultores haría su propia estatua.
Empezaron pues a trabajar los dos escultores. De repente, un día, las gentes de la zona notaron a Musides extraño, pues ya no era la persona jovial y risueña de antes. Y Musides explicó su tristeza: su amigo Calos estaba enfermo.
Calos ya no trabajaba en la estatua, sino que prefería salir a contemplar los olivos y, antes de morir, le dijo a su fraternal compañero que enterrara, junto a su cabeza, unas ramas de un determinado olivo que crecía en la ladera. Musides así lo hizo y, mientras tanto, se dedicó con tesón a crear la estatua de Tique. Mientras, donde reposaba la cabeza sin vida de Calos crecía, a pasos agigantados, un enorme olivo que fue extendiendo sus ramas hasta la casa de los escultores.
Cuando finalizó la estatua, muchos cortesanos de Siracusa y porteadores vinieron a recogerla. Pero, al subir las laderas de la montaña, lo único que encontraron fue la casa destruida por una rama de olivo que se había caído encima. No había rastro ni de Musides ni de la estatua.
Y cuando llega el viento nocturno, entre las ramas del gran olivo se escucha una voz que dice: "Yo sé, yo sé".

sábado, mayo 17, 2008

El Viejo Terrible

En la ciudad de Kingsport, vivía un anciano al que todo el mundo conocía como "el Viejo Terrible". Era tan reservado que pocos conocían su nombre. Y se rumoreaba que, en sus años jóvenes, había sido marino. Vivía en una mansión de piedra, muy antigua, y en la entrada había colocadas unas piedras policromadas que daban auténtico terror. Pagaba con monedas de oro y plata de siglos anteriores, así que los habitantes de Kingsport deducían que contaba el endeble viejecito con una fortuna descomunal.
Muchos le habían espiado a través de las ventanas y le habían visto hablando con unas botellas que tenía sobre una mesa. En aquellas botellas había un trozo de plomo que colgaba de un cordón a modo de péndulo. A veces el péndulo vibraba como si respondiera al anciano.
Tres ladrones, emigrantes asentados en Kingsport, hacían caso omiso de las historias que se contaban del Viejo Terrible. Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva han decidido robar al hombre, al que no ven como un obstáculo para quitarle todo su dinero. Y así, mientras Czanek se queda esperando en un coche en la parte trasera de la residencia del anciano, los otros dos entrarían por la puerta principal y tratarían de convencerle, intentando no golpearle ni hacerle daño.
A Czanek se le hace larga la espera en la puerta de atrás. Hace ya mucho tiempo que ha transcurrido la hora y sus amigos deberían haber salido, sobre todo después de haber oído tantos alaridos inhumanos dentro de la casa.
Cuando se abre la puerta, sólo atina a ver los ojos amarillos del Viejo Terrible.
Al día siguiente aparecían en el río tres cuerpos descuartizados e irreconocibles.

El testimonio de Randolph Carter

Carter está declarando sobre la desaparición de un amigo y compañero de lecturas, Harley Warrent. Hay testigos que han declarado que les vieron juntos la noche de la desaparición. Carter apenas recuerda nada de aquella noche, pero se esfuerza por aclarar lo que pasó.
Su amigo y él fueron a un viejo y abandonado cementerio, iban en busca de una especie de criaturas. Warrent llevaba encima un libro de inspiración demoníaca en una extraña lengua que Carter jamás leyó y del que su amigo no le había contado absolutamente nada.
Ellos querían comprobar si es cierto que algunos cadáveres no se descomponen nunca, sino que se conservan enteros durante miles de años.
Al antiguo cementerio habían llevado palas, linternas y un equipo telefónico portátil. Levantaron la losa de una tumba, pero Warrent le dijo a su amigo que se quedara esperándole en la abertura, que se comunicarían a través del teléfono.
Después de un rato, Carter se puso nervioso y se acercó el auricular al oído; empezó a llamar a su amigo. Warrent hablaba con una voz penetrante, de ultratumba. Hablaba del espanto y de miles de criaturas que le producían horror. Entonces convenció a Carter para que cerrara la losa y huyera de aquel terrible lugar. Pero Carter estaba paralizado. Seguía teniendo el auricular en el oído y entonces escuchó esa especie de voz -sobrenatural e incorpórea- que le nubló la mente. La voz le dijo que su amigo había muerto.

27 de mayo de 2007

Espiga, símbolo tradicional de vida
Del pasado año hay dos fechas que recordaré siempre. Una es de mayo, la otra de septiembre. Todavía queda algo más de una semana para que se cumpla ese plazo. Para mí es un día importante porque fue la última vez que vi a mi tío. No es exacto, porque la última vez que le vi fue en septiembre, en el tanatorio, y ahí ni siquiera pude darle un último abrazo, sólo pude decirle un melancólico adiós sin saber si él, fuera donde fuera que hubiere ido, podría escucharlo.
El año pasado fue uno de los peores, por no decir el peor, de mi vida. Desde que en febrero me dijeran la cruda realidad, en abril estuviera en hospitales, ora despierto, ora dormido, por fin en mayo le dieron el alta.
El 27 de mayo, que era día de elecciones -recuerdo bien-, le vi sonreír por última vez, le di los últimos besos y abrazos desconociendo que serían los últimos, y le vi lleno de vida. Es cierto que en los últimos meses había envejecido lo que otros envejecen en cien años, que tenía un aparato de respiración asistida, que se cansaba mucho, pero su humor, sus risas y sus bromas siempre estuvieron ahí, eclipsando todo lo demás.
Por circunstancias de la vida, en verano no fui a casa. Algo de lo que me arrepentiré siempre. Si supiéramos que la línea estaba pronta a su final... Mis padres siempre me dicen que lo mejor es que le recuerde en tiempos mejores, aunque hoy me da la sensación de que sólo han pasado unas horas desde que respirara por última vez. Y pensando en mi tío se pasan las horas de la noche, pues en el momento en que cierro los ojos, en medio de la oscuridad, sus risas me llegan de lejos, escucho su voz como si estuviera aquí hablándome, recuerdo sus momentos de humor, todo lo que decía, las esperanzas... esas esperanzas que nunca se cumplieron, esperanzas que él jamás perdió. Es sorprendente las ganas que tienen de vivir aquellas personas cuyo final está tan cercano... Yo jamás pensé que perderíamos a mi tío tan pronto. Sabía que se nos iba, pero siempre esperé que pasara más tiempo con nosotros.
No puedo evitar tener bajones, que de repente sienta esta infinita tristeza, un agujero en mi interior que nadie puede llenar... Mi tío, al estar soltero, tenía una muy estrecha relación con nosotros. Para mí, siempre fue un segundo padre.
Es duro tomar conciencia de la muerte de un ser querido.

"Eragon"

Hubo una época en que la hermosa y temida tierra de Alagaësia estaba gobernada por hombres que cabalgaban dragones. Proteger y servir era su misión y, durante miles de años, el pueblo prosperó, pero los jinetes se volvieron arrogantes y empezaron a combatir entre ellos por el poder. Intuyendo su debilidad, un joven jinete llamado Galbatorix los traicionó. En una única y sangrienta batalla, creyó haberlos matado a todos, tanto a jinetes como a dragones.
Desde entonces, nuestra tierra ha estado gobernada por Galbatorix. Aplastó toda rebelión, incluida la de los insurgentes conocidos como "los bardenos". Los que sobrevivieron huyeron a las montañas. Allí esperaron un milagro que pudiera equilibrar sus fuerzas contra el rey.

Nuestra historia comienza una noche en la que Arya, una aliada de los bardenos, cabalga tratando de salvar su vida, portando una gema robada al propio rey...
Eragon (Ed Speleers) es un joven granjero que vive con su tío y su primo humildemente. Una noche, cazando en el bosque, encuentra una extraña gema y pronto descubre que es el huevo de un dragón. Saphira ha salido del huevo y Eragon se ha convertido en un Jinete de Dragón.
El rey Galbatorix (John Malkovich) manda a un extraño hechicero, una Sombra de nombre Durza (Robert Carlyle), y a unos seres monstruosos, los ra'zac, en busca del chico y del huevo. Para terminar con el dragón deben matar a Eragon.
Desde que encontró el huevo de dragón, en los sueños de Eragon aparece la princesa Arya (Sienna Gillory), una aliada de los bardenos, que el hechicero retiene mediante magia negra en una oscura fortaleza.
Eragon escucha las historias de un cuentacuentos, Brom (Jeremy Irons), al que le pregunta cosas sobre los dragones. Cuando emprenden el camino juntos, huyendo del rey y en busca de las montañas donde se refugian los bardenos, Eragon descubre que Brom fue también un Jinete de Dragón...
Es entretenida. Los efectos especiales están bien, aunque esperaba un dragón más grande y aterrorizador, pues el que sale en la película más parece un osito de peluche al que poder abrazar. Ahora bien, la película me ha gustado. El final deja claro que la saga sólo acaba de comenzar...

viernes, mayo 16, 2008

La maldición que cayó sobre Sarnath

En el lejano país de Mnar hay un inmenso lago en el que no desemboca ningún río ni ningún arroyo fluye de él. Se cuenta que, hace diez mil años, en sus orillas se encontraba la fastuosa ciudad de Sarnath. Pero antes de que los hombres erigieran esta ciudad, había otra de nombre Ib, poblada por desagradables seres verdes de ojos saltones, que veneraban a un extraño dios, el lagarto acuático Bokrug, que era un ídolo de piedra verde mar.
Los hombres construyeron Sarnath, pero no querían como vecinos a aquellos desagradables seres y decidieron acabar con ellos, así que les mataron a todos, robando el ídolo de su dios y llevándolo a su altar.
Esa misma noche, el sumo sacerdote Tarah-Ish había muerto de terror, pero antes de perecer le había dado tiempo a escribir sobre el suelo del altar la palabra "maldición", desapareciendo el ídolo del dios lagarto.
Sin embargo, los hombres vieron que su ciudad, Sarnath, iba prosperando, así que no hicieron caso de lo que había pasado. Su ciudad, construida sobre piedras preciosas, se llenó de palacios, cúpulas de cristal y riquezas, jardines y exóticos animales; tenía 17 templos.
Todos los años, los sacerdotes celebraban el rito de abominación de Bokrug, mientras el pueblo celebraba la fiesta de la destrucción de la ciudad de Ib.
Durante mil años no ocurrió nada malo, durante mil años Sarnath se llenó de lujos y tesoros. Y ahora iba a celebrarse la celebración número mil, así que vinieron los monarcas y nobles de las ciudades y países vecinos. En el banquete, de todos los manjares sobresalían los enormes peces del lago.
Poco después de la medianoche, numerosas sombras empezaron a emerger de las oscuras aguas del lago, envolviendo la ciudad. Los reyes y los nombres empezaron a huir despavoridos y, en las puertas de la ciudad, vomitaron lo que habían comido: extraños seres de color verde con ojos saltones.
Los seres verdes de ojos saltones, exterminados hace mil años, habían vuelto y habían acabado con la ciudad de Sarnath. Ahora, a orillas del lago, donde estuvo aquella fastuosa ciudad sólo queda una orilla pantanosa, donde toma el sol un lagarto acuático. Y entre los juncos, semienterrado, se encuentra el ídolo de Bokrug.

Bokrug

La nave blanca

Basil Elton es el guardián de la luz de la Punta Norte. Desde allí vigila la costa, tal como hicieron su padre y su abuelo, pero a medida que pasan los años las naves que navegan son cada vez más escasas.
La Nave Blanca se deja ver por allí. Y un hombre de pelo y barba blancos le hace señas para que vaya a la nave. Basil, por fin, decide dejar su tierra natal y subir a la nave.
Con el anciano marino cruzan mares y océanos y tierras desconocidas, en las que Basil le gustaría atracar, pero el marinero se las describe: "Aquélla es la Tierra de Zar, donde moran todos los sueños y los pensamientos hermosos que en algún momento tienen los hombres y luego son olvidados. Quien ose mancillar esa tierra poniendo su pie allí no volverá nunca más a sus tierras natales"; "Aquella es Thalarion, la ciudad de las Mil Maravillas, donde residen todos los misterios que el hombre siempre ha tratado en vano de desentrañar. Entre sus calles viven demonios y seres enloquecidos. Quien ha entrado en la ciudad, jamás ha regresado"; "Aquello es Xura, la tierra de los Placeres Inaccesibles". Esta última se veía como una tierra con bellos paisajes, pero los efluvios pestilentes que transmitía les hizo volver atrás.
Por fin llegan a Sona-Nyl, la tierra de la Imaginación, donde no existe el tiempo ni el espacio, no hay sitio para el sufrimiento ni la muerte. Allí deciden quedarse.
Pero Basil se siente inquieto, necesita conocer Cathuria, la tierra que ningún hombre ha contemplado, la tierra de la esperanza, más allá de los pilares de basalto del Oeste. Finalmente, convence al viejo, que intenta hacerle entrar en razón.
Los pilares están envueltos en brumas y no se ve nada después. La nave naufraga en una catarata y, cuando Basil despierta, se encuentra en su tierra natal. Pero jamás ha vuelto a ver regresar la Nave Blanca y el mar ha dejado de contarle sus secretos.

jueves, mayo 15, 2008

La transición de Juan Romero

"Huitzilopotchli: En la mitología azteca, era la divinidad solar por excelencia, el dios de la guerra que arroja sobre los hombres la culebra de fuego (símbolo de la penitencia purificadora), la barrera de fuego (símbolo de la llama de un cuerpo sólido), es decir, la guerra, torrente devastador, fuego devorador.
Era un dios terrible, un sanguinario monstruo. Su fantástica imagen estaba sobrecargada de costosos adornos: sus templos eran los más augustos y majestuosos entre los edificios públicos, y sus altares humeaban con la sangre de humanas hecatombes en todas las ciudades del imperio
."

En octubre del año 1894 la Mina Norton, situada en el Oeste americano, había encontrado vetas de oro y tenía a muchos hombres trabajando allí. Muchos de los que venían eran emigrantes mexicanos, pobres y desarrapados. Entre ellos, destacaba Juan Romero. Tenía rasgos nobles y sangre azteca y, cada mañana al levantarse, se quedaba mirando y adorando al sol.
En cierto momento que dieron en la mina con roca, pusieron dinamita para poder reanudar con las labores mineras. La montaña se estremeció y se abrió un abismo tan grande que no tenía fondo. Los obreros de la mina no se atrevían a bajar, y así se paralizó el trabajo.
Una noche de tormenta, se oía a lo lejos aullar a un coyote, luego a un perro ladrando y los típicos ruidos de la tempestad en el cielo. Pero Juan Romero oyó algo más: el ritmo de la tierra, el latido en la lejanía. Y de esa guisa se levantó de la cama y se dirigió hacia la mina, hacia el oscuro pozo desde donde parecía provenir la voz. De repente, el mexicano empezó a hablar en un dialecto desconocido, en el que sólo se entendía una palabra: Huitzilopotchli. Se produjo un cataclismo y un caos en la negrura del pozo, desapareciendo Juan Romero en el agujero, ahora iluminado.

El compañero de barracón del mexicano despierta y descubre que todo ha sido un sueño, aunque Juan Romero ha muerto y los médicos no saben de qué. El hombre llevaba un anillo hindú que, misteriosamente, ha desaparecido.

La aventura del tocador de señoras

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El protagonista de este libro es el mismo “loco lúcido” de dos libros anteriores: El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas. Él sigue contándonos sus haceres y quehaceres en la ciudad condal de los años 80. El único nombre que no aparece en el libro es el del protagonista.
Después de haber pasado bastantes años en un manicomio de las afueras de Barcelona, el doctor Sugrañes da el alta a todos porque pretende construir un bloque de edificios destinados a viviendas en donde está el psiquiátrico actual, que se cae a pedazos.
El protagonista se encuentra con una Barcelona cambiada, muy diferente a como la dejó o como la recuerda. Lo primero que hace es ir a la calle oscura y de mala reputación donde su hermana Cándida ejerce como prostituta. Pero también aquello ha cambiado; ahora es un barrio iluminado y los edificios son nuevos y cuidados. Después de buscarla, un niño le dice dónde está y le guía hasta una desvencijada casa donde encuentra a su hermana casada con Viriato. Su cuñado tiene una peluquería, “El Tocador de Señoras”, y le ofrece al protagonista un trabajo en ella. Tras enseñarle los vericuetos de un peluquero, le deja solo en la peluquería, donde se convertirá en un ciudadano correcto y dentro de la ley.
Así de tranquilos pasan los días en el barrio, hasta que un día llega una guapísima joven que le ofrece un trabajillo. Nuestro hombre no acepta, prefiere seguir dentro de la legalidad, pero la joven, que se hace llamar Ivet Pardalot y es hija de un rico empresario catalán. Lo que ella le ha propuesto es entrar a robar unos documentos a las oficinas de su padre, para lo que le daría no sólo dinero sino también los accesos para poder llegar al despacho. Finalmente, el hombre acepta y consigue la carpeta sin dejar rastro. Pero al aceptar el trabajo se ha metido en una trama de la que le va a resultar complicado salir sin que le salpique.
Al día siguiente el señor Pardalot ha aparecido asesinado en su despacho con varios tiros y él es el único sospechoso. Poco a poco se irá inmiscuyendo entre el grupo social de los Pardalot y los Arderiu, y allí encontrará las pistas para conseguir salir inmune.

El viejo Bugs

Corre el año 1950 y se ha prohibido la venta de alcohol y drogas en Estados Unidos. Los pocos lugares donde la gente puede disiparse por los malos vicios están escondidos y poblados de todo tipo de raleas y despojos humanos.
Ese es el caso del Billar de Sheeman, en el Distrito de los Corrales de Chicago. Es una taberna oscura y sucia donde no sólo se destilan whisky y otros licores, sino que los parroquianos prueban todo tipo de drogas que difícilmente se pueden encontrar en las calles.

Trabaja allí, en lo más bajo del sector -como fregona y limpiador de escupideras-, el viejo Bugs. Nadie sabe nada de su pasado, aunque, por su manera de hablar, todos suponen que de joven tuvo que ser un hombre culto. El viejo Bugs depende totalmente del alcohol y las drogas y, a cambio, hace los peores trabajos de ese tugurio lleno de escoria. En los contados momentos de lucidez transmite una dignidad muy respetable y entonces nadie le insulta ni le da pescozones. Le acompaña el retrato de una mujer muy bella, perteneciente a la clase alta de la sociedad, que a veces saca y mira, empañados sus ojos en tristeza.
Un día llega al bar el joven Alfred Trever, un estudiante de Appleton (Wisconsin). Ha leído en los libros sobre los vicios más profundos y quiere experimentarlos. Es hijo de un abogado y de una poeta muy estricta que le ha mantenido lejos de los vicios porque un antiguo prometido se volvió loco por la euforia etílica, desapareció y nunca más volvió a saber de él. Cuando, preguntando a los parroquianos, si la conocen, dice su nombre, Eleanor Wing, el viejo Bugs agarra la fregona con fuerza y sus ojos enloquecen como si fuera un energúmeno. No va a permitir que el joven beba whisky. Le dice que así empezó él de joven y que le vea en la actualidad, la degradación por la que ha pasado. De repente, el viejo Bugs se cae al suelo y muere. Del bolso de la chaqueta cae la foto de una bella mujer. Nadie la reconoce, nadie excepto Alfred, pues esa mujer es su madre.

Memoria

El valle de Nis está alumbrado por el fulgor de la luna. Los antiguos edificios de mármol, con sus tesoros y sus joyas, están semi enterrados entre la inmensa espesura del bosque. Sólo los simios y algún que otro extraño ser danzan entre los árboles y la maleza. Entre ellos destaca el Demonio del Valle.
Entonces le pide el Genio que habita en los rayos de la luna que le cuente las historias de aquellos seres que levantaron esos edificios. El Demonio, que dice llamarse Memoria, responde que apenas se acuerda de ellos, que tenían cierto parecido a los simios que saltan entre los árboles y que únicamente recuerda su nombre: Hombres.

El río que nos lleva

En el verano de 2004 estaba haciendo un curso de verano patrocinado por un conocido banco que tiene sus principales sucursales a orillas del Ebro. Hacía un calor insoportable y en el salón de conferencias, a pesar del aire acondicionado, se acumulaba el aire enrarecido de grandes multitudes que pasan horas escuchando hablar sobre humanismo y globalización.
El director no era otro que el filósofo Gustavo Bueno. Era un hombre mayor y quería decir tantas cosas que, en la mayoría de las ocasiones, se perdía divagando entre sus cosas.
En el transcurso de esa semana, uno de los días, al llegar a casa, encontré a mi padre despistado, hundido en su butaca de la oficina, como si en realidad se encontrara en un lugar muy lejos de allí. Mi pregunta fue muy atinada: "¿Qué ocurre?". Y entonces me clavó una extraña mirada, unos ojos irreales que parecían salidos de un mundo de pesadilla. Parecía que no me reconociera. Y susurró: "A tu tío le han salido unos bultos en el cuello, le han ingresado". Creí que se me derrumbaba el mundo allí mismo. El silencio buscó su sitio durante unos instantes eternos. Desconocíamos la gravedad de la situación.

Hoy sé que era el principio del fin, el inicio de una larga y penosa enfermedad.

A veces, cuando cierro los ojos, me acuerdo de aquel verano, de la lucha contra algo que nadie puede controlar, de las risas en el hospital, de la impresión que me dio ver por vez primera aquella brecha horizontal en el cuello de mi tío...

Quince días después, fui a la Selva Negra y recuerdo que sólo tenía pensamientos para mi tío, al que le traje cientos de regalos porque sabía que, cuando regresara a casa, él también estaría en la suya y no entre las pálidas paredes de un hospital.

El río que fluye hacia el mar también lleva en sus aguas nuestras historias, muchas ilusiones, montones de esperanzas, nuestros momentos -importantes o no-, incluso se termina llevando a las personas que queremos.

Es doloroso recordar y es doloroso intentar dormir y volver a momentos del pasado que dejaron huellas demasiado profundas como para no recordar día sí y día también, y noche tras noche al intentar dormir, cuando aparecen los fantasmas de otra dimensión.

De repente, abro los ojos y me levanto silenciosamente de la cama porque de nuevo hoy me he vuelto a desvelar...

Y en este estado de vigilia pienso, pienso y recuerdo, añoro las aguas del río que ya no volverán...