martes, octubre 11, 2011

Poca cobertura

Algo pasa con internet en el móvil porque no me deja enviar entradas desde allí. No es cosa del móvil, ya que me habían preguntado a ver si me iba bien hace unos días y lo cierto es que no había tenido la oportunidad de comprobarlo. Algo falla a nivel general en Movistar, pero son cosas muy puntuales. Porque sí puedo enviar y recibir correos electrónicos, pero no puedo conectarme a internet ni escribir en el blog. Espero que sea cuestión de pocos días.
Y si de averías hablamos, el jueves estaremos sin luz dos horas por la mañana en la manzana donde tenemos la oficina por una incidencia de Iberdrola. No lo había pensado, pero estaré en Ezcaray y no me afectará. Aunque tendré que pasarme por la oficina antes de ir a apagar el server. Día trece tenía que ser.

Necesidad de aire puro

Me voy a ir a la ermita con el portátil, que esta tarde no puedo quedarme en casa con el tiempo tan agradable que hace. He llegado casi a las cuatro y, cuando iba al coche, he visto su coche. Quizás si me hubiera marchado de la oficina unos minutos antes me hubiera cruzado con él, quizás... El caso es que le he sentido muy cercano, a pesar de que esta mañana tampoco le he visto. Y le sigo echando de menos.
Lo que me apetece hacer ahora es tomar un café bajo la sombra otoñal de los árboles. Necesito respirar naturaleza y eso sólo puede dármelo la ermita en estos momentos. 
De paso, me llevo al perro, que está dormido a mis pies, pero siempre está deseando salir a la calle.

Un mundo por escucharle

La luna es casi llena y su luz perfila los edificios en sombras. 
A pesar de que hace algo más de frío no me importaría caminar con él por las calles desiertas, perderme en esa voz tan sensual, imaginarme sus historias. Desde hace días quiero saber más cosas de él, pero sólo quiero escucharlas de él. Recuerdo cómo se le dilatan los ojos con los recuerdos de algo que ha hecho antes o de un rincón del mundo que ha visitado. En ese momento me siento completamente hechizada. Quizás echo de menos esos momentos en que su voz llega a mí e intento imaginar lo que está describiendo. O quizás tengo una creciente curiosidad en torno a todo lo que le rodea, en torno a él. 
Me pregunto si le veré mañana. Espero que sí.
Me pregunto dónde estará. Me encantaría ahora que el sueño me venciera entre sus brazos. Porque hablando de sueño y aunque sea "relativamente pronto", se me cierran los párpados. Me iré a soñar con un ángel de mirada perfecta.

lunes, octubre 10, 2011

Un lunes sin él

Me he acordado de él cuando he abierto los ojos por vez primera esta mañana. Sé que he sonreído. A pesar de que sea lunes, no hay día que no piense en él y sienta que todo lo que me rodea es casi perfecto. 
He pensado en él a media mañana, cuando estaba tomando un café. Hoy nuestros caminos no estaban predestinados a cruzarse.
Me he acordado de él cuando a las dos y media cogía el coche para ir a comer. Pero no veía rastro de él por ningún sitio.
He añorado cruzarme con él cuando a las cuatro estaba parada en un semáforo. Y seguía sonriendo, aunque no le haya visto.
He pensado en él a media tarde, preguntándome si iba a terminar el día sin saber nada de él.
Y a eso de las ocho, caminaba pensando en él cuando he visto su coche... junto al mío. Entonces he sentido que casi tocaba esa proximidad tan nítida. Algo de mí ansiaba que él viniera en ese momento. Me he sentado en el coche y pensaba en mandarle un mensaje tal como "acabo de hacer un rayón en tu coche al desaparcar" o en salir y dibujarle un corazón inmenso en la luna de su coche. De dibujar algo no hubiera sido un corazón, pero si lo hubiera hecho seguro que me hubiera visto alguien. Le hubiera dibujado una flor. Seguía deseando verle, pero sabía en ese preciso instante que estaba cercano.
Le echo de menos. Un día sin él es como un día sin sol, aunque ha sido un día casi perfecto. Perfecto total hubiera sido si me hubiera encontrado con él, si la magia hubiera tocado mi piel, si su mirada me hubiera atrapado tan dulcemente... Pero es cierto que un día que empieza con él como primer pensamiento no puede tener nada malo.

Las estrellas en sus ojos

Cada noche, antes de dormir, me asomo al firmamento. Me gusta ver las estrellas. Me gustaría verlas con él, aunque también veo todo un firmamento estrellado cuando miro a sus ojos. Quizás ése es uno de los motivos por el que, cuando miro al cielo, me acuerdo de él. O quizás es que todo lo que nos rodea que está tildado de una belleza especial nos recuerda a la persona amada.
Me gustaría desearle cada noche felices sueños, me gustaría darle las buenas noches. Pero se me ha olvidado escribirle, pese a que muchas de las palabras que salen de mis manos están cargadas de amor. Es como si mucho de lo que escribo fuera escrito desde el corazón. 
Es más de la una y yo debería ir a dormir. Hoy no leeré antes de cerrar los ojos. Me apetece susurrar su nombre en la oscuridad y pensar en él. Sé que entonces tardaré en sumergirme en el mundo de los sueños unos pocos segundos, pero sé también que cerraré los ojos con una sonrisa en los labios.

El compositor de tormentas


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He disfrutado mucho con este libro, mucho más de lo que disfruté con El Guardián de la Flor de Loto. Es cierto que cuando un autor nos pilla de cerca (Andrés Pascual es de Logroño) lo cogemos con ganas, pero tuve durante más de un año este libro colocado en la estantería porque nunca me decidía a cogerlo. Que nos pille próximo en el espacio no quiere decir que su prosa nos tenga que gustar. Y si es cierto que el otro libro me decepcionó, éste me ha encantado, quizás porque es novela histórica, quizás porque parece que sus páginas tienen música y, sin duda, es lo que ha intentado crear el autor: un libro con música. ¿Pero cómo describir con palabras una melodía que se lee…? El autor se inspiró para ello en la magnífica melodía titulada Comme en Dormant, para que nos hagamos una idea de lo que podría ser esa otra melodía que en el libro se nombra como “la melodía del alma”. También me gusta por el hálito de amor que se respira en cada página a partir de que los dos amantes se ven por vez primera, o más bien debería decir que se escuchan.
Algo tiene que tener el libro para que haya terminado por señalar Madagascar en el mapa como un destino turístico de los próximos años, tal es la maestría con que se habla de la isla africana.

Todo ocurre en la época de Luis XIV, el Rey Sol. Dos jóvenes violinistas franceses, Jean-Claude y Matthieu, han aprendido música de su tío Charpentier (músico que existió en la realidad). Los dos jóvenes, huérfanos y acogidos por un maestro escribano y su esposa, están lejos de acercarse a los violinistas de la Corte, pero lo ansían con todas sus fuerzas. Matthieu se intenta acercar al Rey convirtiéndose en amante de aristócratas, además tiene un don para la música. Últimamente su amante es la célebre soprano Virginie du Rouge. Pero Nathalie es diferente: una joven ciega, sobrina del jardinero real y que le ama profundamente, pero sus sentimientos no son correspondidos. En cambio, Jean-Claude, al ver lejanas las posibilidades de convertirse en músico real, prefiere alejarse, por lo que es 'reclutado' a espaldas de su hermano para pasar a la Historia a través de un asunto que, en principio, parece demasiado turbio. Cuando Jean-Claude está dispuesto a contar todo a su hermano, es cruelmente asesinado. Matthieu se acerca a Versalles a través del maestro Lully, enemigo de su tío y mano derecha del Rey Sol, cuando está a punto de estrenarse Amadís de Gaula. Cuando la orquesta toca la música que había compuesto Matthieu y cuyo mérito se está llevando Lully, Matthieu intenta explicar en medio de todos lo que está ocurriendo. Al no ser un noble, es cruelmente asesinado, aunque el Rey ve algo más allá de la profundidad de la mirada del joven músico. Todavía no lo sabe, pero Matthieu es un elegido. El músico es encerrado en la Bastilla, adonde acude su tío y le cuenta el motivo por el que Jean-Claude ha sido asesinado: un marinero que tocaba el violín y que venía de la isla mágica, Madagascar, trajo a París la melodía del alma. Se trata de la sintonía que marca el principio y el fin de todas las cosas, preservada por las Matronas de la Voz, que cuidan a la Garganta de la Luna, la única sacerdotisa que no escucha ningún sonido desde su nacimiento excepto el de la melodía del alma, le tapan los oídos para que la mágica melodía no se adultere con ningún otro tipo de sonido. Newton, además, está detrás de la fórmula para crear la Piedra Filosofal, y quien posea la Piedra Filosofal "poseerá el mundo". Pero para ello necesita la partitura de la melodía del alma.
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Marc-Antoine Charpentier
Marc-Antoine Charpentier (1643-1704) fue un compositor del barroco francés, prolífico y versátil, que produjo música de la más alta calidad en distintos géneros. La maestría de su composición en la música religiosa vocal fue reconocida por sus contemporáneos.

Llegó al gran público del siglo XX a través del Te Deum, cuyo preludio ha servido de cabecera para los programas televisivos distribuidos a través de la red de Eurovisión, especialmente conocido por ser la sintonía de apertura del Festival de Eurovisión.
Charpentier decide salvar a su sobrino y pide audiencia con el Rey. Le cuenta toda la historia y solicita que Matthieu viaje a Madagascar en busca de la Garganta de la Luna y de las Matronas de la Voz, para que se aprenda las notas y las transcriba. Saben que tienen a unos asesinos muy poderosos detrás, de ahí que nadie se tiene que enterar de que Matthieu se ha marchado de viaje.
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Guerreros Antanosy
Anosy es una región situada en el sureste de Madagascar. La capital es Tôlanaro y la población, que es principalmente Antanosy, se estima en 544.200 habitantes. El único dios en que creen y al que adoran los anosy se llama Zanahary.
Matthieu sabe que se va a una tierra hostil, habitada por los anosy, los nativos que echaron a los franceses de Madagascar una década atrás. El barco en el que va está capitaneado por La Bouche, el capitán que fue vencido por los nativos diez años antes, el único que no tiene miedo a volver para llevar a la práctica su venganza, aunque al principio lo oculta. El barco seguirá su ruta hasta la India, y les recogerá de la isla a la vuelta. Desembarcan Matthieu, La Bouche y un grupo de soldados que les acompañan en su travesía. Pero lo que encuentran en la isla es un grupo de desnutridos nativos y al médico que se quedó allí diez años atrás, Pierre, al que todos dieron por muerto, que se alegra de reencontrarse con La Bouche. Los tres emprenderán una larga caminata hasta el poblado del sanguinario nativo Ambovoise, irán sin armas y están a punto de ser aniquilados hasta que Matthieu toca la melodía del alma con su violín.
En la travesía se habían cruzado con el barco pirata Misson, éste había invitado a La Bouche a venir con ellos a la tierra utópica de Libertalia, y en ese mismo barco se encontraba la Garganta de la Luna, cuya melodía silenciosa había llegado a escuchar Matthieu. Mientras La Bouche negocia un tratado con Ambovoise, éste le pide la cabeza de la sacerdotisa. Matthieu se había encontrado empaladas a todas las Matronas de la Voz y sólo desea huir de ese poblado sanguinario.
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Griot
Un griot o jeli es un narrador de historias de África Occidental. El griot cuenta la Historia de la forma en que lo haría un poeta, un cantante de alabanzas o un músico vagabundo. Un griot es un depósito de tradición oral, por lo que a veces se le asemeja a un bardo. Aunque son conocidos popularmente como ‘cantantes de alabanzas’, los griots pueden utilizar su habilidad vocal también para contar chismorreos, sátiras o hacer comentarios políticos. La palabra deriva de la transliteración francesa “guiriot” de la palabra portuguesa “criado”, término utilizado para un tipo de “sirviente”.
Consiguen llegar hasta la ciudad creada por Misson. Luna, la sacerdotisa, y Matthieu se enamoran, e intentan escapar del desmoronamiento de la república de Libertalia, cuando un terrible ejército de nativos cae sobre la ciudad. Se llevan consigo al griot que había salvado la vida de Matthieu. Pierre muere antes de partir, pero después de haber acabado con la vida del traidor Le Bouche, cuando el capitán iba a asesinar a Matthieu y a Luna, cuando la sacerdotisa había ido a buscar la caracola donde almacena la melodía del alma para que no se pierda nunca, ahora que sabe que sus hermanas han sido asesinadas.
Llegan a París, donde Luna se encuentra aprisionada, donde no puede respirar, pero está dispuesta a todo con tal de seguir a Matthieu. Son seguidos hasta la vivienda de alquiler donde Newton va a realizar su experimento alquímico, y acaban con todos los sicarios que les persiguen, menos con uno, que les da una ligera idea de quién es la mujer que intenta hacerse con la partitura. Matthieu sólo tiene que desenmascarar a Virginie. Antes de acudir a Versalles, Matthieu, como un presentimiento, deja la caracola a Nathalie.
Es 20 de marzo, el equinoccio de la primavera, cuando el Rey Sol decide celebrar una fiesta de disfraces para inaugurar su Salón de Espejos. Es el momento que Matthieu aprovechará para desenmascarar a la soprano, a la que ha tendido una trampa. Mientras, en las despensas de palacio, Newton y Charpentier intentan llevar a cabo el experimento que creará la Piedra Filosofal. Pero no tendrá éxito. Luna explica que quizás la melodía del alma haya sido adulterada (ella ha escuchado otros sonidos musicales que no debía, como el violín tocado por su amor Matthieu). Así que cuando no funciona, ella empieza a cantar y su sonido llega a todo París, todos sienten terribles ganas de llorar y los 400 espejos de Versalles se rompen cuando la melodía del alma llega a ellos. El Rey Sol, confuso e iracundo, llega a los sótanos y acaba con la vida de Luna, aunque Matthieu intenta detenerle explicándole que la melodía es el amor. En el momento en que Luna expira, Matthieu desaparece para siempre, embarcándose hasta donde nadie pueda alcanzarle y escuchando siempre la misma melodía, aunque ella ya no esté.
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Jardines de Versalles: Salón de Baile (también conocido como Bosquete de Rocallas)


Nathalie ha comprendido que Matthieu nunca será suyo, pero también el poder que tiene la caracola que él le regaló. Ha decidido que tiene que llevarla al Salón de Baile creado por su tío en los Jardines de Versalles, donde podrá dejarla con las demás conchas traídas de Madagascar que se encuentran en la cascada de agua.

Hay una historia paralela, una que transcurre en el siglo XXI, que, a mi parecer, creo que está de sobra. Al principio, no entendía por qué saltaba desde nuestros días a la época del Rey Sol. Sólo al final se comprende por qué. Michael es un célebre compositor que está a punto de retirarse del mundo de la música, debe tocar la melodía del alma en la que será su última puesta en escena, pero cuando recuerda a su fallecida esposa, tiene que abandonar la Ópera Garnier. El director del teatro le muestra una carta del Rey Sol en su lecho de muerte donde habla de Matthieu y cómo le arrebató su amor. En la carta termina dándole la razón al joven músico en lo que respecta a que el principio y el fin de todas las cosas es el amor. Cuando Michael lee la carta, decide ir a Versalles y tocar frente a la cascada del Bosquete de Rocallas la melodía del amor, que encandila las almas de todo París.


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Madagascar es un país que ocupa la isla del mismo nombre, situada en el océano Índico, en la costa occidental de África, conocida también como “Costa de la Vainilla”. Es la cuarta isla más grande del mundo y es famosa por su pimienta, la vainilla y los lémures.
Aunque se encuentra en las costas del continente africano, originariamente fue poblada por conquistadores de Indonesia. Fue algún tiempo después cuando inmigrantes africanos y árabes se empezaron a mezclar con los pobladores de la isla, por lo que se convierte en un país diferente al resto de países del continente africano.
En la época en que transcurre la historia de la novela, reinaba en Francia Luis XIV, el Rey Sol. Los franceses habían sido derrotados una década antes por los malgaches en Fort Dauphin, por lo que los pocos supervivientes de la masacre volvieron a Francia y no querían ni oír hablar de la isla de Madagascar. Para el rey, era una pequeña herida que aún no estaba cerrada.
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Paisaje de Madagascar, donde en los siglos XVI y XVII se asentaba Fort Dauphin

Fort Dauphin era un punto estratégico construido en el sur de Madagascar con el fin de defender la isla de piratas. Se le llamó así por el título honorífico que se le da al monarca francés. Lo que no esperaban los franceses era un ataque de los nativos desde el interior, para lo que no estaban preparados, pues las defensas de Fort Dauphin estaban enfocadas hacia los ataques por mar y no por tierra.
Cuenta una leyenda malgache que la existencia de los enormes baobabs que se pueblan la isla de Madagascar se debe a que su dios supremo, Zanahary, un día que estaba iracundo arrancó los árboles que encontraba a su paso y los lanzaba, de tal forma que los árboles caían en el suelo del revés y así se quedaron… hasta hoy.
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Baobabs

domingo, octubre 09, 2011

Un gatito blanco


Mis padres lo llaman Fray Luis. Yo no lo llamo, porque suele esconderse y aún he sido incapaz de tocarle. La última vez que le vi era una bola blanca de pelo y corrió a ocultarse de nuevo. Es como un gato fantasma. Mucho más arisco que cualquier otro gato que hayamos tenido con anterioridad. 
La gata, con lo dócil que es, se aleja del pequeño gato cuando éste se acerca. Y el perro se queda mirándolos a los dos como si fueran dos seres llegados de otro planeta.

En la ermita

Estaba tranquilamente leyendo en la ermita, dentro porque las mesas de la calle están mojadas, cuando ha ocurrido algo. Ahora ya no puedo concentrarme en la lectura porque sólo pienso en marcharme cuanto antes.
Por qué siempre me encuentro en situaciones indeseadas?
Al menos he sabido mantener la compostura y convertirme durante este rato en una persona que no ve, que no oye y que no habla. Ojalá eso fuera suficiente para ser también invisible para que no me vea la persona que ha perturbado mi paz dominical. Creo que, de todas formas, me marcharé. O pensaré en la única persona cuyo recuerdo puede reconfortarme en estos momentos.

BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

En dirección a la ermita

Me apetece ir a tomar algo a la ermita. Desconozco dónde estará el perro, aunque creo que estará por la calle. Lo que es cierto es que me apetece estar en contacto con la naturaleza y como hace algo de frío seguramente no habrá tanta gente.
Lo cierto es que necesito aire puro.

La decisión final

Cuando he llegado a casa a cenar, sí que quería salir. Pero ahora, tengo tanto frío que me ha entrado pereza. No me apetece pasar frío hoy. Y, aunque por una parte, quizás dentro de un rato esté tirándome de los pelos porque quizás él esté por ahí, prefiero dormir. Necesito descansar. Necesito soñar. Y necesito taparme hasta la nariz. Yo creo que estoy destemplada, porque no es normal que tenga tanto frío. No suelo ser friolera, pero hoy...
Ya no me voy a echar para atrás. Acabo de enviar un mensaje diciendo que no salgo esta noche. Y basta que no salga para que él sí esté por ahí. No coincidimos últimamente.
Sólo me apetece ponerme el pijama y leer hasta que se me cierren los ojos.

sábado, octubre 08, 2011

Tantas historias que sacar de la chistera

Cuando lo pienso, me parece matemáticamente imposible que cada día tenga tantas cosas que contar sobre él, incluso cuando no me encuentro con él, incluso cuando no sé nada de él. ¿Cómo una única persona me puede brindar tantas cosas buenas?
Miro a las estrellas y le veo a él, y el recuerdo me lleva a pensar en la primera vez que le vi o cuando escuché su voz por primera vez. 
Hoy, mucho tiempo después, sigo entrando en el Metropol y me acuerdo de aquel primer momento. Siempre hay lugares que me recuerdan a él. Pero allí siempre siento ese estremecimiento inicial.
Todo lo que ha venido después... Si aquella noche alguien me hubiera susurrado al oído que me iba a enamorar de esta manera no lo hubiera creído. Ahora, cuando le veo, anhelo acariciarle el rostro, anhelo sus besos, sus palabras, su sonrisa, su mirada, anhelo que me hable de sí mismo, anhelo todo de él. Es impresionante cómo una persona puede tocarnos el alma de esta forma, cómo el corazón tiembla en su presencia.
Tengo el ligero presentimiento de que esta noche le veré de nuevo. Aunque ya no me fío de mi sexto sentido, porque no sé si es presentimiento o si en realidad es deseo. Así que no pondré la mano en el fuego. Por supuesto, deseo encontrarme con él. Aunque sólo sea para sentir la dulce caricia de su mirada y notar cómo mi alma se relaja y sonríe con su presencia. 

Es amor.

Cuando las cosas son mejor de lo que esperas

A veces, las cosas no son como las esperas. Simplemente se presentan y pueden dar la vuelta en 180º. Es lo que ha pasado hoy. Tenía miedo a la reunión de esta tarde, tenía nervios y eso que yo apenas iba a hablar, pero en el momento en que ha empezado, ya sabía que no había nada que temer. Mucho ruido y pocas nueces.
Lo cierto es que lo de hoy no era porque nosotros hayamos hecho mal nuestro trabajo, sino porque se nos estaba, de alguna forma, boicoteando desde bambalinas. Lo más triste que se puede hacer, pues no hay nada como ir de frente. Desde hace meses soy consciente de que aquí se estaba haciendo una competencia desleal terrible. Y me esperaba lo peor.
Basta que te esperes lo peor para que ocurra todo lo contrario. Yo creo que ha sido el escarabajo egipcio, que da suerte. 
Así que sólo por eso, cuando recuerdo lo negativa que estaba a las cuatro respecto a la reunión, merece la pena salir a tomar unas cervezas. Quizás me encuentre con él, con ese ángel de mirada noble y sincera. Ojalá me encuentre con él porque sólo por escuchar su voz durante cinco minutos esta noche merece la pena salir.

Una tarde que será interminable

Hoy va a ser un día largo. Hoy es una de esas tardes que trabajas sin tener en cuenta el reloj. Y creo que puede ser también una tarde dura. Todo se verá... Puede ser una tarde buena o mala, pero no depende de nosotros.
Pero hoy, aunque llegue a las once a casa, sí que saldré de fiesta. Que añoro encontrarme con ese ángel de mirada perfecta, escuchar esa voz tan sensual, disfrutar de su sonrisa...

En unos minutos he de irme.

Abadía Cisterciense de Cañas


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Conducía por una carretera comarcal casi en desuso. A un lado acababa de dejar el letrero que indicaba Manzanares de Rioja, al fondo de veía, más abajo, Villar de Torre, y un poco más adelante, con su campanario recientemente reparado, ha aparecido Cañas.
Cañas es un pueblo muy pequeño que se encuentra en la Ruta de Monasterios de La Rioja. Y es que la abadía de Cañas llama la atención. Creo que el pueblo en sí mismo se queda chico al lado de la impresionante abadía.
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La primera vez que la vi me llamó la atención. “Monasterio de la Luz” lo llaman y no anda este nombre desencaminado a lo que nos encontramos allí. Acostumbrada a los templos cuyas vidrieras de variados colores opacan la luz del sol y por tanto oscurecen su interior, Cañas cuenta con algo realmente magnífico: la luz. Carece de vidrieras y por sus ventanales góticos entra la luz a raudales, lo que hace que su interior no necesite luz artificial. La primera vez que entré allí me quedé sin palabras.
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Luego volví de visita. Me propuse mostrarle a una amiga francesa todos los monasterios de la zona: Valvanera, Cañas, San Millán de la Cogolla y Santa María la Real, así que estuvimos toda una tarde de templo en templo. Cada uno en su estilo, pero todos con algo peculiar que los convierte en únicos.
El monasterio se inició en el siglo XII, de ahí que una parte de la construcción sea románica y otra parte gótica, mientras el claustro es neoclásico y el retablo, renacentista.
A veces no hay que marcharse muy lejos para encontrarse con verdaderas joyas arquitectónicas.
La abadía alberga una comunidad de monjas benedictinas de clausura y fue una de las primeras abadías femeninas del Císter. La última vez me llevé miel. Hoy no he tenido tiempo de parar, pero no me hubiera importado entrar en la nave central, ya que tan sólo el recuerdo de mis anteriores visitas me trae una especie de calma inaudita.

Otra vez será…
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Al fin en casa


Me gustaría tomar unas cervezas, pero he llegado demasiado tarde a casa y, cuando he querido darme cuenta, ya es casi medianoche. Aunque si las cervezas fueran en compañía de un ángel creo que no me lo pensaría, aunque el cansancio haya dejado su huella en mí. Creo que con él me olvidaría de todo lo demás.
Aunque cuanto más miro a la cama más pienso en dormir. Porque no sé qué me pasa hoy, pero me caigo de sueño.

viernes, octubre 07, 2011

El momento más dulce

Adoro ese instante en que me pierdo en cuestión de segundos en sus ojos perfectos. Estaba tan guapo... 
Me dirigía hacia el otro lado, con el fin de que la mirada no se desviara tanto en su dirección, pero entonces me he tenido que sentar, y estaba tan cerca. Me da la sensación de que mis brazos se alzaban imaginariamente y podrían acariciarle.
Qué sensaciones tan mágicas produce en mí. Aún sigo saboreando ese momento. Cuando se ha dado la vuelta, cuando he levantado los ojos para mirarle fijamente y saludarle. Sé que he sonreído cuando ha pasado él. Nadie me da tal cúmulo de sensaciones tan placenteras en cuestión de tan pocos segundos.
Le quiero más...
Me encantan esos momentos mágicos. Él es demasiado adorable. Despierta en mí tantos sentimientos buenos... que todos los males se pasan.

Mientras escribía esto ha pasado por la calle, por aquí delante. Ahora ya no me da tiempo a bajar escaleras y salir a la calle sólo para preguntarle cómo está. Sigue estando guapísimo pero además deseo que todo le vaya bien. Y esto último se lo tengo que preguntar porque, si no es por él, no puedo saberlo.

Amo. Y además amo mucho. Lo cual es bueno porque provoca en mí una alegría indiscutible. Sobre todo cuando pienso en él.

No se necesitan alas para ser ángel

Siento el anhelo de tenerle, de dormir entre sus brazos, de admirar cada despertar en su mirada, de besar los pliegues de su piel, de acariciar su boca con la punta de la lengua. Es una pasión desmesurada, es el fuego que arde en mi interior, quiero sentir su risa a cada instante que pasa, es felicidad infinita, es volver a sentir la ilusión con cada nuevo amanecer, es dulzura, es deseo, es pasión, es cariño. Es… amor.
Pesa cada minuto en que él no está a mi lado. Pesan los besos que nunca acontecieron, pesan las caricias que nunca se otorgaron, pesa cada sueño que no se ha hecho realidad. Pesa, pero cualquiera de esos sentimientos me hace sonreír, como si cada día fuera único, como si cada día fuera el último. Y él hace posible la magia. Me tiene enamorada. Me pesa que lo desconozca, pero no me atreveré nunca a susurrárselo, aunque mi mirada cargada de deseo sea para él demasiado transparente, aunque él pueda llegar al centro mismo de mi alma, el lugar que un día él simplemente tocó con su halo mágico. Y desde entonces me encuentro en un hechizo de amor, divino y tortuoso al mismo tiempo, casi celestial. Esto sólo puede ser obra de un ángel.
Podrá secarse el mar, podrá derretirse el sol, podrán apagarse todas las estrellas del cielo. Pero él siempre estará ahí, con ese aura de perfección. Cercano, adorable, dulce, noble, bueno, sabio y… amado. Le amo tanto…
Creo que mañana le veré. Suele ocurrir que cuando estoy en un lugar que no me corresponde estar me encuentro con él. Mañana trabajaré por la tarde, eso quiere decir que hay bastantes posibilidades de que me cruce con él, porque como viernes mañana por la tarde yo no debería trabajar. Aunque espero verle antes, algo así como a media mañana. Necesito la fuerza y la alegría que me brinda cada día esa mirada angelical.

jueves, octubre 06, 2011

Ya es medianoche

Estoy contenta. 
En estos momentos estoy pensando en una persona especial. Quizás mañana le vea. Tendría que mirar a las estrellas y pedirles un deseo. Un día sin él y ya estoy suspirando, anhelando que llegue mañana para poder encontrarme con él.
Me pregunto qué estará haciendo ahora. A veces me apetece decirle algo, algo como que es adorable y que me acuerdo de él porque recordar cualquier momento de él me hace sonreír. También debería decirle que le quiero muchísimo, pero eso no se lo voy a decir.

A punto de marchar


En realidad no es hora de que me vaya, pero tengo que hacer algunas cosillas en SD antes de que cierren y entonces tengo que marcharme ya de Ezcaray. Hace sol, pero tengo un frío...
Me gustaría ver a ese ángel de mirada perfecta, aunque desde que escribí que le veía todos los jueves no he vuelto a verle ningún jueves después. Pero me gustaría verle.
Es hora de marchar.

¿Dónde se han marchado los grillos?


Ya no se escuchan los grillos por las noches, aunque de vez en cuando, si la ventana está abierta, se oye algún ladrido lejano o las gatas que da la sensación de que lloran a la luna. Pero ya no se escucha a los grillos, que hace unas semanas aún estaban aquí. Me pregunto dónde habrán marchado.
Aunque el cielo sigue poblado de innumerables estrellas. Creía haber oído que mañana iba a bajar bruscamente el mercurio de los termómetros.
Y en el silencio de la noche, interrumpido ocasionalmente por el sonido lejano de algún animal, recuerdo su mirada perfecta. Dibujo mentalmente su rostro angelical y añoro pasar mis dedos por él, aprendiéndome cada rasgo de él. Al pensar en él no puedo evitar una sonrisa.
Con los dulces recuerdos de él frescos en el pensamiento es, sin duda alguna, un buen momento para ir a dormir. A soñar. A imaginar. A susurrar a la noche palabras de amor que desaparecerán con la primera brisa del amanecer.

miércoles, octubre 05, 2011

En la boca del lobo

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Monte Gorbea con su capa de niebla

Una vez, hace ya por lo menos una década, visité un pueblo que se encuentra entre Bilbao y Vitoria. Jamás me he sentido tan extranjera en mi propio país, ni siquiera en los países del extranjero me he sentido como me sentí recorriendo las calles de aquel pueblo.
El pueblo, cuyo nombre me guardaré para mí, se encontraba cerca del monte Gorbea. Un monte lamentablemente famoso por todo el preámbulo histórico nacionalista y terrorista que conlleva a su alrededor, tan nebuloso como el aro de niebla que casi siempre recubre su cima, tal y como se encontraba la tarde en que yo me dejé caer para allí.
Aquél era un pueblo cerrado, vasco hasta la médula, perfecto con sus caseríos escalonados, desperdigados por las lomas que conformaban sus calles. Caseríos de piedra y de madera, la gente en sus calles, hablando en un idioma extraño, basto al oído ajeno y desacostumbrado.
Iba con mi mochila, mirándolo todo, sentía que decenas de miradas me taladraban al caminar por las calles empedradas. Llegué al museo, un museo que, dadas las circunstancias, tenía su parte de historia… desde una única perspectiva. Sentí escalofríos. Recorrí las galerías en silencio, aislada del mundanal ruido, con la única persona que se encontraba en el mostrador haciéndome cosquillas en la espalda con su mirada fija. Deseaba salir de allí, fue imposible que me concentrara en todo aquello que pasaba ante mis ojos, miraba el reloj, esperando que pasara un tiempo prudencial como para escabullirme por la puerta y desaparecer de allí. A mis espaldas, el del museo se puso a hablar a través del móvil… en vasco, lo suficiente alto para que yo le escuchara, aunque no para que lo comprendiera, pues yo no sé vasco.
Al darme la vuelta para marchar, forcé una sonrisa de agradecimiento. Disimulé como mejor pude, deseando que llegara la tarde para poner kilómetros por medio, aunque no tantos como quisiera, pues esa noche dormiría en una casa rural en un pueblo cercano. Pues en el perdido lugar del mundo donde me encontraba ni siquiera había un triste alojamiento, aunque a medida que pasaban las horas sabía que era mejor así.
Cuando salí del museo, visité el frontón, donde madres con chiquillos siseaban en corrillos mientras me miraban de arriba hacia abajo. Entré en un batzoki (bar nacionalista vasco) y, de hecho, entré porque quería tomar algo y era el único sitio donde podía hacerlo. Un barman con muy malas pulgas me sirvió un botellín de agua mientras otro parroquiano me clavaba la mirada. No había nadie más allí.
No comí. Allí era imposible y creo que si hubiera mendigado un mendrugo de pan tendría que haber sabido vasco para pedirlo. Hasta preguntar me daba miedo.
Jamás he vuelto a tener esa sensación de inquietud y desasosiego que tuve en aquel lugar. Cuando lo dejaba atrás, eché un último vistazo y lamenté que aquella joya arquitectónica que, en principio, debería haber sido acogedor, me producía un rechazo brutal. Estoy segura de que no volveré a un lugar así nunca.
Hace una década, los atentados de la banda terrorista ETA eran incesantes. Yo estaba junto al monte Gorbea, que tantas veces salía en las noticias. Y tuve miedo, un miedo de verdad, un miedo que te congela la piel, un miedo que te hace recordar la lista siniestra de todos los que han perdido la vida en ese “país”. Y sí, era como si hubiera cruzado la frontera de un país extraño.

Llegar a casa y pensar en un ángel

Si a media mañana él se hubiera dado la vuelta tan sólo un momento se hubiera encontrado conmigo. Cuando he llegado él caminaba por la calle en dirección opuesta a mí. Le observaba marchar y deseaba mientras tanto que se diera la vuelta un segundo, pero no ha ocurrido. Y en ese instante me he fijado en su chaqueta, la misma que yo me puse en sueños una vez y, cuando lo recuerdo, me sube el rubor a las mejillas. Estaba guapo, y eso que sólo le he visto de espaldas.
Después estaba su coche antes de llegar al mío. Le hubiera dejado un mensaje o le hubiera dibujado una flor si no fueran las dos de la tarde y la calle no estuviera llena de gente.
Me gustaría ahora preguntarle cómo le ha ido el día, me gustaría ahora sumergirme en su voz sensual y reconfortante, y darle un abrazo y acariciarle el pelo, y mirarle... Mirarle. Yo no sé qué daría por perderme en su mirada ahora... Esa mirada tan perfecta, tan noble, tan dulce.

Los susurros de la noche


La noche cubre con su oscuro manto todo lo que está más allá de la ventana. Siento frío, quizás porque cada noche tiende a refrescar, algo propio del otoño. Miro al cielo y encuentro infinitas estrellas y, con cada una, me acuerdo de él. Me imagino que ahora, cuando en unos minutos me tape hasta la nariz, él podría estar a mi lado. Me reconforta imaginarlo y, sin embargo, cuando tiendo mis brazos sólo encuentro aire.
Los días con él simplemente son más luminosos. Ojalá mañana también vuelva a encontrarme con él.
De momento, iré al encuentro de los sueños. Allí donde todo es posible.

martes, octubre 04, 2011

En una dedicatoria de un libro


He leído un reportaje sobre las dedicatorias que los autores hacen en los libros. Una dedicatoria así, para toda la vida, que llega a tanta gente, es simplemente un acto incondicional hacia la persona a quien se dirige ese mensaje breve al comienzo de un libro.
Si yo tuviera que escribir una dedicatoria así, no albergo ninguna duda sobre lo que pondría. Podría dedicárselo a mucha gente, pero es muy posible que sólo pusiera dos iniciales. Creo que tengo que publicar un libro para hacer algo así, para dejar mi impronta de amor para la eternidad, plasmada en palabras que nunca se borrarían.
Es que él es fuente de inspiración, así que tendría que escribir una dedicatoria pensando en el ángel de mirada perfecta, en la persona que provoca magia cada mañana, en quien me hace sonreír día tras día. Sería algo magnífico.

Por cierto, que una de las dedicatorias más hermosas que he leído jamás viene de la mano de Antoine Saint-Exupéry, antes de comenzar El Principito:
"A León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo; hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes (pero pocas lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria:

A León Werth
cuando era niño
".
Me parece genial esa dedicatoria.

Entonces él ha mirado

Me quedan cinco minutos para marchar. Lo cierto es que es uno de los pocos días que me encuentro en la oficina a estas horas y puedo escribir libremente. Aprovecho además que me encuentro sola aquí.
Hoy ha habido otro de esos momentos mágicos, cuya estela invisible ha permanecido mucho tiempo después de que él se hubiera ido. 
Recuerdo el momento en que yo miraba, creo que levantaba la ceja extrañada y me anotaba mentalmente algo para preguntarle a él. Entonces él ha girado la cabeza y ha mirado. Esa mirada, esa sonrisa... las adoro. Y estaba tan guapo... He sentido que me estremecía. Es tan adorable...

Así que me encuentro ya feliz para el resto de la tarde. Que posiblemente pase en la ermita, aprovechando que ya la han abierto y aprovechando este tiempo que es de agradecer. Le invitaría a él a venir, a disfrutar de la naturaleza en vivo, pero sé que no lo haré. Aunque no por ello dejaré esta tarde de pensar en él, porque entre los árboles me encuentro en paz y cuando me encuentro así siempre pienso en lo que me gustaría compartirlo con él. 

La una en el campanario


Acaba de sonar una campanada. Se hace tarde y me temo que tengo que obligarme a ir a dormir. O a soñar con un ángel, a imaginar que me quedo dormida en su abrazo perfecto y reconfortante.
Me pregunto si mañana me brindará esos momentos de magia que siempre llegan con él. Espero que sí.

Pero ahora, ahora debo marchar al encuentro de los sueños.

lunes, octubre 03, 2011

A naranja

Los dedos me huelen a naranja y adoro el dulce aroma de las naranjas. Últimamente he optado por comer más fruta de lo habitual, para recuperar la glucosa. Además hoy han dicho en las noticias que el cerebro necesita mucha glucosa. Y la mayor parte de las frutas tienen un alto índice de glucosa (lo tuve que mirar). La cuestión es que, a media mañana, me paseo hasta la frutería y suelo coger varias piezas de fruta. El frutero se ríe nada más que me ve aparecer, y además siempre varío, lo que ocurre es que como a media mañana y a media tarde no suelo tener hambre muchos días se me olvida. Es que prefiero un café. Que el café siempre me da mucha energía, aunque bien sé que son causas ajenas.

Me pregunto dónde estará él. Cuando me dirigía al coche y mientras disfrutaba de la magnífica noche que hace hoy, me imaginaba caminando por las calles con él. No me apetecía marchar.

Instantes de deseo


Me hubiera gustado escribir hace horas ese instante mágico en que mi mirada se ha cruzado con otra mirada, con esos ojos tan perfectos, tan angelicales. 
He sentido la magia. Esos momentos siempre tienen magia. He sonreído porque él siempre me hace sonreír. Y he sentido que me ruborizaba, aunque él quizás no lo haya notado. El rubor ha salido a flote desde el mismo momento en que he recordado el último sueño. Podría ruborizarme casi por cualquier cosa, pero esta mañana mi mente ha ido en una dirección que no esperaba. 
Estaba guapísimo. A veces anhelo tocarle y quedarme horas con él, susurrarle que está guapo. Aunque en la práctica tengo que guardarme todo eso para mí.
Es que sigo ruborizándome, cuando recuerdo. Aunque nadie sepa por qué.

En medio de la oscuridad de la noche

Voy a comenzar un libro algo más voluminoso, que los libros cortos apenas me dan tiempo para saborearlos. Aunque desconozco si lo comenzaré esta noche, ya que lo que me apetece es apagar la luz y rememorar la mirada perfecta de un ángel en medio de un océano de oscuridad. Anhelaré cruzarme con él mañana, disfrutar de esos segundos de magia, de la dulzura que emana de él…
Éste es el mejor momento para que me vaya a soñar…

domingo, octubre 02, 2011

Metamorfosis en el Cielo



Tom Hematoma Cloudman es un hombre que ha creado un nuevo espectáculo: sus caídas y golpes, sus intentos de aprender a volar sin alas, sus torpezas y accidentes le han convertido en un personaje atractivo ante un público voraz y mordaz que disfruta con las caídas de Tom.
Tom viaja en un ataúd que ha decorado de manera gótica y bohemia. Es admirado por los niños y ridiculizado por los adultos. Un día tiene un accidente y, cuando despierta, se encuentra en la mullida cama de un hospital.
La doctora Cuervo le explica que tiene un tumor en la espalda. La Remolacha, como Tom llama al tumor, es un punto aún lejano. Aunque él sabe que su vida terminará en la cama de un hospital, intenta disfrutar de esa triste vida con ilusión. Así que comienza a coger las plumas de todas las almohadas de los enfermos porque quiere volar. Así conoce a su pequeño admirador, Victor, un niño de ocho años enclaustrado por una leucemia fatal. Ahora Tom tiene un amigo al que intenta hacer sonreír. Pero una noche sube al tejado del hospital y se encuentra una mujer, mitad ser humano y mitad pájaro, de la que se enamora perdidamente. Ella le propone algo que él no podrá rechazar:
Yo puedo convertirte en pájaro y curarte,
aunque tendrás que asumir todas las
consecuencias. Para activar tu metamorfosis,
tienes que hacerme el amor”.
Es decir, ella le ofrece la posibilidad de metamorfosearse en ave, pero para que eso ocurra tiene que existir el amor. Si él se convierte en ave, no estará predestinado a morir, puesto que entonces el tumor desaparecerá. Él acepta y ella le cuida en esa metamorfosis, en que la mayor parte del hospital le mira horrorizado, porque sin duda alguna se encuentran con un monstruo. Finalmente Endorfina, la mujer pájaro, se lo lleva a su nido en el tejado del hospital, pero sabe que cuando su otra personalidad, la de la doctora Cuervo, vuelva a las salas con olor a éter, él podría desaparecer arropado por las nubes.
Cuando eso ocurre, todos deciden hacerle un entierro digno. Pero Endorfina ya espera a su vástago a medida que pasan los días y ve cómo crece su vientre. Tom emprenderá el vuelo como pájaro para no volver nunca más.

El libro es fantasía pura y dura. Pero hace pensar en algo: ¿Qué no seríamos capaces de hacer por amor? La metáfora que constituye este libro está ahí. ¿Qué no haría yo por ese ángel que tanto me fascina, cuyas caricias anhelo, cuyos besos deseo, cuya mirada me desborda de alegría...?
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En Ezcaray con el perro

Vamos a Ezcaray, mi hermano, mi cuñada y yo, con el perro, que se quedaba solo en casa y se ha echado a llorar. Así que lo hemos tenido que traer.
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sábado, octubre 01, 2011

Minutos antes de marchar


No puedo evitar preguntarme si le veré o no esta noche. Sé que le buscaré en todos y cada uno de los bares donde yo entre esta noche. Quizás no coincidamos, y quizás sí. 
Hace mucho tiempo que no me encuentro con él de noche. No estoy muy segura, pero creo que la última noche que tomamos una cerveza juntos me invitó porque en unos días sería su cumpleaños. ¿Dónde nos hemos metido todo este tiempo? Aparte de que en el último mes yo me encontraba reacia a la fiesta, pero ha vuelto el ímpetu por tomar unas cervezas de fiesta, ver otros rostros, echarme unas risas y, por supuesto, cruzarme con su mirada perfecta. Aunque quizás no hablemos, saberle tan cercano me reconforta. 
Se llama Amor.

En el país de la Nube Blanca



Un libro bueno resplandece por sí solo en los estantes de cualquier librería. Ya había leído en los últimos meses buenas críticas sobre esta novela que parece ser la primera parte de una trilogía.
Lo compré en una librería ubicada en la Plaza del Castillo de Pamplona, pese a que resultaba voluminoso con más de 700 páginas. Y siempre evito comprar libros cuando me voy de viaje, quizás porque contribuyen a que la maleta termine pesando más de lo que debería. Pero no pude contenerme. Yo ya sabía dónde estaba ambientada la historia sólo con el título, o sólo con el perfil dorado del kiwi que aparece sobre el nombre de la autora, y me pillaba demasiado cercano como para ignorarlo.
Así que vine con él en la maleta y llevo ocho días leyendo sin parar. Hacía mucho tiempo que una historia no me enganchaba tanto. Mi madre me veía pasar páginas sin parar, inmersa en la historia, y finalmente dedujo que debía ser un buen libro, por lo que me dijo que se lo apartara, pues ella también quería leérselo después.
Me parece una magnífica historia. He dejado las últimas cincuenta páginas para apurarlo en las piscinas, aunque más lentamente. No disfruto cuando termino un libro de tales dimensiones, no quiero llegar al final, porque entonces la historia habrá acabado. Y ahora me encuentro en ese momento: cuando he dado la vuelta a la última página y he sonreído. Entonces he pensado: “¡Qué gran novela!”.
Además de lo maravillosamente que está descrita, ya he comentado que me toca demasiado cerca, que me recuerda aquellos mundos tan lejanos, los idílicos paisajes neozelandeses, la impresión que me causaron los maoríes la primera vez que les vi, las reseñas históricas sobre el tratado de Waitangi y aquellos rincones paradisíacos tan tranquilos. Es como si hubiera regresado de nuevo a Nueva Zelanda.
La novela transcurre en el siglo XIX, cuando los colonos ingleses se embarcaban en una travesía de varios meses para ir a repoblar la lejanísima tierra de Nueva Zelanda. Entonces en aquel país había un puñado de ganaderos que se afanaban en la cría de ovejas con pedigrí y las tribus de maoríes. Unos y otros convivían pacíficamente.
Dos mujeres se encontrarán en el barco que les llevará a su destino definitivo y sus caminos estarán unidos para siempre.
Helen Davenport es una institutriz que trabaja para una familia adinerada de Londres: los Greenwood. Adora dar clases de álgebra y literatura a los niños, pero añora también tener una familia. No tiene dote ni dinero para conseguir un marido, así que cuando ve el anuncio en el boletín de la iglesia a la que acude todos los domingos no se lo piensa dos veces: en Nueva Zelanda hay muchos varones que desean una mujer que les ayude con la granja y a formar una familia. Cuando las cartas de Howard O’Keefe la embelesan, ella decide que emigrará a Nueva Zelanda para casarse con él. El mayor de sus pupilos, George Greenwood, que la adora declara su amor por ella, pero ella le explica que es demasiado mayor para el joven que está experimentando su primer amor.
Lady Gwyneira Silkham es la rebelde hija de un granjero rico y acomodado de Gales que va a hacer negocios con un comerciante y granjero recién llegado de Nueva Zelanda, Gerald Warden, con el que al final termina apostando a las cartas. El señor Warden le gana varios rebaños de ovejas de primera calidad, perros ovejeros y caballos de pura raza, así como la mano de la rebelde Gwyn para su hijo Lucas Warden.
Así que Gwyn y Helen se encuentran en el barco que les llevará a su nuevo hogar. Helen se convierte en pupila de unas niñas que han destinado a Nueva Zelanda, que van como criadas de casas de colonos, pero cuya reputación es dudosa. Durante la travesía, Helen intentará convertirlas en unas señoritas, les inculcará una educación y les enseñará a leer, escribir y hacer cálculos. Pero sobre todo instaurará en ellas unos valores.
Cuando Helen llega a la casa parroquial no es acogida afectuosamente, mientras las niñas son despachadas a sus familias correspondientes. Las dos mellizas no soportarán la separación de su hermana y terminarán escapándose y reencontrándose para proseguir su vida juntas. Helen no puede hacer nada por ayudarlas. Tampoco por sí misma puede hacer nada cuando conoce al maduro Howard O’Keefe, con el que enseguida contraerá matrimonio rápidamente. Él es un hombre bruto y arisco.
En cambio, Gwyn no se cree la suerte que ha tenido cuando conoce a su prometido: el guapísimo Lucas Warden.
Las dos mujeres se convierten en esposas soñadoras e ilusas cuando contraen matrimonio con sus respectivos prometidos.
Tanto una granja como la otra están a unas pocas millas de distancia, pero los dueños se odian a muerte. Parece ser que en una época remota Howard y Gerald fueron socios y éste se jugó las propiedades, las tierras y las ovejas a las cartas, dejando a Howard con una mísera parcela y una triste granja, además de dejarle sin la mujer a la que amaba.
Mientras Helen aguanta a su marido cada noche hasta que se queda embarazada, Gwyn no consigue de Lucas el coito. No es todo magnífico en Kiward Station, cuando Gerald quiere un heredero. Como Lucas es más un artista y apenas se preocupa de la granja, es Gwyn la que hace más las tareas de granjera, tomando decisiones junto a su suegro. Sabe que su marido lo intenta, pero no consiguen tan deseado heredero. Gwyn sabe que causa admiración en todos los pastores y esquiladores que trabajan en la granja de su suegro, pero ella se siente atraída por el capataz, James McKenzie. Un día, decide confesarle que quiere un hijo suyo, por lo que los dos se embarcarán en una tórrida pasión que acabará con tan ansiado vástago. Entonces Gwyn no volverá a acercarse a McKenzie: está tan enamorada de él que sabe que si se vuelve a acercar a él no podrá separarse de su amor nunca más. Pasarán los dos una época dolorosa y de su unión nacerá Fleurette, una niña que tiene los mismos rasgos y la misma actitud rebelde de su madre.
Gerald Warden no soporta que su acérrimo enemigo haya procreado a un varón como heredero, Ruben, así que se aboca en la bebida y cada vez es más cruel con su hijo y con su nuera.
Los niños, tanto los de los colonos como los maoríes, acuden diariamente a O’Keefe Station, donde Helen imparte clases en su improvisada escuela. Las dos mujeres se reúnen a escondidas, para que los dos enemigos no entren en cólera.
Pasa el tiempo y Gerald Warden no soporta que su nuera no le dé un nieto varón, por lo que en uno de sus arrebatos bajo los efectos del alcohol viola a Gwyn delante de Lucas, que no sabe qué hacer. Cuando todo termina, una Gwyn humillada y vejada le pide a su marido que se vaya lejos, donde ella no pueda verle. Aunque intenta olvidarlo, nueve meses después nacerá Paul Warden, el tan ansiado heredero. Durante ese tiempo Gerald no había osado acercarse a Gwyn, pero tampoco la había pedido disculpas, en ese tiempo también Lucas se marcha de Kiward Station para no volver jamás. También McKenzie se había marchado al ver el avanzado estado de embarazo de la mujer que amaba y ésta, nerviosa, no le había querido decir quién era el padre del niño que esperaba.
Paul crece como un niño taimado y perverso que odia a su hermana, que disfruta haciéndola daño y chivándose de todo. Así que cuando les espía un día a ella y a Ruben ‘montándoselo’ sabe que su abuelo, al que el niño idolatra, estallará en cólera. Ruben marchará en busca de oro a Queenstown, mientras Fleurette es presentada a vejestorios amigos de su abuelo que piden su mano sin compasión. Llega un momento en que ella sabe que tiene que huir.
Lucas pierde la vida como buscador de oro. Mientras, McKenzie se convierte en ladrón de ovejas y el hombre más buscado en toda la isla Sur, aunque también admirado, ya que sólo roba ganado a los ricos. Cuando Fleurette huye en busca de Ruben, se encuentra con McKenzie y durante unas horas disfrutarán del tiempo perdido como padre e hija. Él será apresado, mientras que ella consigue escapar y llegar a Queenstown, donde junto a Ruben comenzarán a vender aperos para los buscadores de oro, con lo que empezarán a ganar dinero de verdad. Allí se casarán, lejos de las miradas de sus familias enfrentadas, pero manteniendo misivas a través de George Greenwood y su esposa.
Cuando Howard encuentre las cartas, coge la escopeta para buscar a Gerald y Paul Warden. De un golpe mata a Gerald y Paul, en venganza, saca su revólver y acaba con la vida de Howard. Paul se ve obligado a huir, pero con él marcha Marama, una joven maorí que es su hermana de leche, que le ama pese a las locuras y maldades de Paul, y él es a la única que respeta. En los altos formarán su nido de amor y Paul Warden se convierte en mejor persona. Entonces Tonga, convertido en jefe tribal, sabedor de que en el tratado de Waitangi los maoríes fueron engañados y los ingleses les quitaron la tierra, va a buscarle. Paul y Tonga han sido siempre enemigos, sobre todo porque los dos quieren a Marama. Un soldado maorí mata con una lanza a Paul.
James McKenzie, que ha recibido un indulto, ha ido a buscar a Gwyn y han decidido hacer un acuerdo con los maoríes que se encuentran en sus tierras. Pero Tonga no está dispuesto a ceder. Entonces aparece Marama y dice que espera un hijo de un pakeha (hombre blanco) y que por sus venas corre la sangre de los primeros colonos maoríes, con lo que llegan a la paz.

Nueva Zelanda carece de seres humanos que hubieran vivido en el país antes del siglo XIV. Entonces llegan a la isla del Norte los primeros maoríes desde la Polinesia. Lo primero que ven desde sus canoas es una tierra envuelta en una nube blanca. Es lo que ellos llamaron Aotearoa: "la tierra de la gran nube blanca", es lo que nosotros conocemos como Nueva Zelanda. 

Últimos días de piscina

El bar de las piscinas está en sus últimos días. Ahora se estila comer patatas asadas. Esto es lo que mola de los pueblos: dos asan patatas y reparten a todos los que habitualmente estamos en la piscina a estas horas. Están buenas.

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El sol de la tarde

Con el buen tiempo que hace y aprovechando el último fin de semana que estará abierto el bar de las piscinas, voy a ir con el libro allí a tomar un café.
Más disfrutaría si pudiera pasar la tarde con un ángel de mirada perfecta. No importa dónde, sino estar con él, saborear cada una de sus palabras, aprenderme de memoria su forma de mirar tan perfecta o la manera en que ladea la cabeza, aprenderme de memoria su sonrisa misteriosa...
Hoy sí que es posible que le vea. Esta noche no puedo quedarme aquí, si no salgo hoy me da algo.
Es hora de disfrutar del sol de la tarde.

Al compás de la noche


Después de haberme echado la siesta esta tarde y tal vez por haberme tomando un café después de cenar, esta noche el sueño brilla por su ausencia. Pienso en él, en que llevo varios días sin verle y le echo mucho de menos. Es que cuando veo su sonrisa algo dentro de mí tiende a alegrarse, siento tanta ternura que resulta inabarcable, y la alegría que él produce en mí es contagiosa.
Me pregunto si estará ya durmiendo. Teniendo en cuenta que iré ahora a reencontrarme con los sueños, seguramente que seguiré pensando en él cuando me sumerja en la oscuridad, abrazaré en la almohada, imaginaré que duermo a su lado... Y al final siempre me quedo felizmente dormida, siempre con su imagen como último pensamiento.
Tantas cosas mágicas me da, tantas sensaciones magníficas produce en mí...

Comienza octubre

Es que ya ha empezado octubre. Eso sí, con buena temperatura, con muchas estrellas en el cielo, con los anhelos rebosantes de júbilo.
No tengo nada de sueño. Es más, vuelvo a dar vueltas a una situación que se ha creado esta semana y me sigue inquietando tanto o más que hace unas noches.
Así que pienso en un ángel, que al menos su recuerdo me hace sonreír de vez en cuando.

Con octubre nos ponemos en el umbral del invierno. Sigo tan enamorada (posiblemente más) que dos octubres atrás.

El pequeño Yoguito

Hace mucho que no hablo de mi pequeño, que ladra e intenta morder a cualquier persona ajena que intente acercarse a mí. Esta mañana se ha hecho un ovillo entre mis sábanas cuando me he levantado y ahora duerme como si fuera una persona. Además ronca. No me deja ni a sol ni a sombra. Pero es gracioso.

Suspirando a la noche


Al final me he liado haciendo el álbum de Pamplona y se me ha hecho tarde. Tampoco es que tenga tantas ganas de salir. De lo que tengo ganas es de encontrarme con él, de quedarme extasiada escuchando sus palabras, de quedarme atrapada en su mirada perfecta. Pero ¿quién me asegura que él esté de fiesta esta noche?
De todas formas ahora es tarde para ir a dar una vuelta, aunque no sería difícil encontrar a mis amigos.
Me pregunto dónde estará...