martes, febrero 16, 2010

En la boca de metro


Ayer estaba cogiendo metros y hoy ando desgastada físicamente (lógico, teniendo en cuenta que a las seis de la mañana tenía que levantarme). ¡Cómo fastidia no llegar al metro por cuestión de segundos!
No me gustan nada las estaciones de metro: la desolación que se desprende en esa ciudad bajo la superficie, el trasiego de gente estresada que parece llegar tarde a todos los sitios, la melancolía de los músicos de bohemia cuyas notas se escapan por todos los pasillos, la masa de gente sin rostros ni risas... Y, sin embargo, moverme en el metro es más cómodo que cualquier otro medio de transporte en cualquier ciudad que cuente con uno. Es un medio natural más, agobiante a veces, tétrico otras, pero siempre lleno de una masa informe de gente.
Era mejor caminar avenida de América hacia arriba, junto a la enorme mole de la sede de UGT y ver la cantidad ingente de coches que pasaban a tu lado, fijándote en un modelo en concreto y en un color en concreto. Y volar, volar lejos. Estuve a punto de mandarle unas palabras por si quería algo de la capital, pero no lo hice. Me callé, pese a que me daba la sensación de que le llevaba conmigo y que con él tan cerca podía ir donde quisiera, mezclarme con la gente sin rostro.
Esta mañana, cuando quedaban unos pocos kilómetros, he empezado a sonreír. Era la cercanía física a él, saber que se encontraba más cerca que lejos, aunque en estos dos días no le he sentido lejos.

Regreso a la rutina

Tenía intención de llegar, que me vinieran a buscar y coger el coche para desplazarme a un sitio, aunque ese trayecto tendrá que esperar a que baje la niebla y se quite la nieve. Así que he cogido la maleta y he venido a la oficina. Lógicamente vengo desconectada, más dormida que despierta y mis ojos se han desviado hacia un lugar.
Madrid... me daba pena dejarlo esta mañana (hasta la próxima vez), bajo la lluvia intensa que cae desde ayer. Las cafeterías de Gran Vía estaban llenas y apetecía sentarse a tomar algo. Miré a una pareja y me imaginé paseando bajo la lluvia con cierta persona por la calle Montera, lentamente, él sujetando un paraguas oscuro...
Madrid es una tentación para las compras...

lunes, febrero 15, 2010

Nieva también en Madrid

Quedan cuatro minutos para que finalice el descanso del curso. Cuando hemos salido a la calle en busca de una cafetería para tomar un tentempié, los copos de nieve eran inmensos. Aún queda la segunda parte.
Tengo que desconectar aquí.

domingo, febrero 14, 2010

A las cinco de la tarde

"Eran las cinco de la tarde" decía Lorca en los versos que le dedicó a Ignacio Sánchez Mejías cuando fue corneado por el toro que le llevó a la muerte. No sé por qué me ha venido a la mente aquella poesía, quizás porque sentía el ritmo de la misma al decirle a mi padre: "A las cinco de la tarde". Y a esa hora me voy a tomar café y luego cogeré el autobús.
Casi las cinco de la tarde. El martes más y mejor, que ahora ya es hora de marchar.

Motivos de celebración

Más allá de las seis de la tarde tengo que coger el autobús. Podría llevarme una mochila, pero me llevaré una maleta pequeña que seguramente vendrá cargada el martes.
Mis padres me han invitado a comer con ellos fuera. Después de tantos años juntos aún siguen celebrando su amor en días como el de hoy. Y me han invitado a comer con ellos. Cuando observo a mis padres me sorprendo a mí misma creyendo en el amor. Porque a veces la evidencia de tantos años habla por sí sola.

14 de febrero

En dos meses exactos es mi cumpleaños. Aunque la cuenta atrás empieza dentro de un mes.

14 de febrero, día de San Valentín... una creación estúpida y artificial. El amor no necesita un día sino que se demuestra día a día, todos los días. Últimamente hay una vasta proliferación de buscar días para todo, incluso ya hay en el calendario "día de los internautas".
No voy a dedicar más tiempo al día de los enamorados, porque yo no estoy enamorada, aunque a veces tenga sensaciones en que parezca que sí. Querer no es amar, está claro. Y yo no pensaré más en él por ser 14 de febrero, supongo que pensaré en él como todos los días.
Quizás en el autobús que me lleve a Madrid mañana por la tarde, aunque suelo llevar un libro. Sólo que será de noche y la vista se cansa enseguida con las luces del autobús. Mirando los horarios disponibles es posible que no pueda volver hasta el martes a casa.

sábado, febrero 13, 2010

Nevaba en Cuzcurrita

El aire matinal del sábado por la mañana en Cuzcurrita era idéntico a muchos otros pueblos del Norte. Ahora, cuando recuerdo los momentos previos, en el coche por una carretera helada, la sucesión de ideas y el cruce de opiniones de todo tipo durante varias horas, los ligeros descansos o el café a media mañana... me doy cuenta de que me ha dado la sensación de que estaba en una especie de nebulosa, algo ajena a todo sin estar distante del todo.
A las 6.30 h. aún era de noche. Se ha agradecido la siesta de hoy. Esta noche debería haber ido a Ezcaray a cenar, disfrazarme y disfrutar del ambiente carnavalesco, pero prefiero quedarme en casa y ver una película. Descansar para que mañana esté despejada en mi viaje a Madrid. Viaje relámpago, porque el lunes por la tarde volveré a estar en casa.

Perdona pero quiero casarme contigo


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"Tú quieres un hombre que te acompañe hasta la playa, que te tape los ojos con la mano para que puedas descubrir la sensación de la arena bajo tus pies. Un hombre que te despierte al amanecer ansioso por hablar contigo y que se muera de ganas de saber qué dirás". ¿Y quién no...?

Es la segunda parte de Perdona si te llamo amor. Desconocía que el autor la hubiera escrito; simplemente entré en una librería, lo vi y lo compré.
En la línea del anterior, Niki y Alex son más felices que nunca, pero su relación está en riesgo por ambas partes: por un lado, Leonardo, el jefe de Alex, contrata para secretaria de Alex a Raffaela, una mujer modelo, que aparte de ser bellísima y simpática, es muy competente en todo lo que hace; por otro lado, Niki conoce en la universidad a Guido, un joven rico que intenta, por todos los medios, conquistarla, pese a saber que tiene novio e incluso después de enterarse de la boda.
Alex tiene una grandiosa idea sorpresa y, mientras sus amigos son abandonados por sus mujeres y se acomodan a la dejadez por luchar por ellas, decide marchar con Niki a Nueva York, donde le pide que se case con él en un helicóptero mientras el último piso de un rascacielos se ilumina para ellos.
Pero al volver a Roma todo cambia: Niki no se atreve a decir que no y se ve obligada a ir con las hermanas de Alex para hacer los preparativos de la boda. Tanto se agobia que, en una ocasión en que Alex se tiene que ir de viaje a Milán, ella se refugia en los brazos de Guido y, al llegar a casa, decide dejar a Alex. Realmente no se ve preparada para casarse. Cuando se va de vacaciones con sus amigos y cuando Alex se da cuenta de todo lo que la quiere, va a buscarla a Lanzarote, donde vuelven a reencontrarse. Los dos han perdido sus miedos y la suya es una historia de amor de verdad, de esos que duran toda la vida.

"A todos los que aman, han amado y amarán. A los barcos que navegan y a los puertos de escala, a mi familia, a todos mis amigos y a los desconocidos: esto es un mensaje y un ruego. El mensaje es que mis viajes me han enseñado una gran verdad: yo he tenido ya lo que todos buscan y sólo unos pocos encuentran, la única persona de este mundo que estaba destinada a amar para siempre. Una persona rica de sencillos tesoros, que se hizo a sí misma y que aprendió por su cuenta. Un puerto en el que me siento en casa para siempre y que ningún viento o dificultad lograrán destruir jamás. El ruego es que todo el mundo pueda conocer esa clase de amor y que éste los sane. Si mi ruego es escuchado se desvanecerán para siempre todos los lamentos y las culpas, y se acabarán todos los rencores...".

Caribdis, monstruo insaciable

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Caribdis no fue siempre el monstruo marino que conocemos hoy. En otro tiempo fue una divinidad joven y hermosa, hija de Gea, la Madre Tierra, y de Poseidón, el dios de los océanos, pero ya entonces padecía una voracidad insaciable que no era del agrado de Zeus.
Un buen día, Heracles regresaba triunfante de una de las pruebas que tuvo que realizar como castigo por haber matado a sus hijos. Los dioses le habían pedido que robara los preciosos bueyes del rey Gerión. Entonces, la joven Caribdis se cruzó en su camino y devoró con ansia algunos animales, sin que Heracles pudiera hacer nada para impedirlo. Cuando Zeus supo lo que había ocurrido, montó en cólera y fulminó con su rayo a Caribdis, que cayó justo en el estrecho que separa Italia de Sicilia, convertida en un monstruo de enormes fauces.
Por culpa de la voracidad de aquel día, Caribdis fue castigada por los dioses y, desde entonces, sufre la condena de tener que absorber grandes cantidades de agua tres veces al día, tragándose de este modo todo lo que flota en el mar.
Y por esta razón dicen que es tan peligroso el estrecho de Mesina, que está custodiado en uno de sus márgenes por Caribdis, y en el otro, por Escila, el monstruo que devora a los marineros que han conseguido escapar de las fauces de Caribdis.

Madrugar en sábado

Hoy no podía salir, ya que mañana me tengo que levantar a las 6.45h. Es una reunión temprana, que durará toda la mañana. Aunque prefiero madrugar a tener que hacerla por la tarde. Y además será larga ¡¡toda la mañana!! A pesar de que sea día trece, a pesar de que fastidie madrugar tanto un sábado, a pesar de que siento cierto desagrado hacia esa reunión... sé que mañana me levantaré con una sonrisa y que me mantendré inexpugnable ante las horas que vayan pasando (aunque cuanto más rápidas pasen mejor).
Pienso en él, en su sonrisa. Nada podrá empañarme el día si pienso en él, aunque se me antoje catastrófico. Es una magnífica imagen para ir a dormir la víspera de un día que en principio es para coger con pinzas.

viernes, febrero 12, 2010

La felicidad no es una meta

Hoy he leído que "la felicidad no es una meta, sino un estilo de vida". No es una frase para tomársela al pie de la letra, pero es cierto que te hace pensar en la forma en que se puede ser feliz. Posiblemente si no la vemos como un objetivo y somos conscientes de lo felices que somos en un momento determinado todo en nuestra vida se puede simplificar de una manera terrible.
En ciertos momentos descafeinados de mi vida pensaba en la felicidad como una utopía, pero en los últimos meses me he sentido feliz en innumerables ocasiones y he sido consciente cuando lo era, y por qué. Porque esa felicidad tiene unos motivos para aparecer de repente en nuestra vida. Además sé que se podría multiplicar por mil.

Sólo una palabra para soñar

Si el mundo dependiera de que pronunciara en estos momentos una única palabra, no dudaría ni un sólo momento en pronunciar su nombre, que aparte del significado me gusta cómo suena. Pero aquí no la puedo escribir, como si fuera un tabú, una palabra prohibida, como si se pudiera romper el hechizo.
Con esa palabra y la imagen que trae consigo me voy a dormir... en paz.

jueves, febrero 11, 2010

Creer en las personas

Es importante creer en las personas. Aunque yo peco de desconfiada, necesito creer en ciertas personas que sé que no me defraudarán: creo en mi familia, creo en mi mejor amiga, creo en..., y creo en él. De hecho, creo en todo el mundo desde el principio, porque siempre hay que dar un prurito de confianza a todo el mundo, todo el mundo se merece una oportunidad aunque la primera impresión nos desagrade. En quienes no creo son en aquellas personas que me han decepcionado por el motivo que sea.
Pero tener fe en las personas esquiva la soledad que se nos echaría encima, porque al fin y al cabo necesitamos a esas personas.
Tener fe en él me brinda una alegría peculiar y diferente cada mañana. Aunque en él creo por un sinfín de motivos que no vienen al caso.
A pesar de todo, he dejado de creer en muchas cosas, pero siento la vital necesidad de creer en ciertas personas.

Nieve en la carretera


He tenido que irme a casa más pronto de lo habitual. La razón: estaba (y está) nevando muchísimo. Cuando he hecho la foto ya sabía que había un accidente más adelante, porque nos han parado dos veces y han pasado varias ambulancias y la policía. De hecho, el coche boca arriba se puede ver en la foto, en la cuneta izquierda. Me ha dado impresión cuando he pasado por allí, aunque es por todo lo que se crea alrededor con tantas luces intermitentes; ya estaba cerca de casa y mi padre me estaba esperando. Como la primera vez que me encontré conduciendo con nieve, he tenido que dejar el coche a un kilómetro de casa. He parado cuando he empezado a irme a los lados y la tracción trasera es una desventaja en estos casos. Con ayuda de un tractor me lo han traído a casa.

Cuando estaba 'a salvo' he pensado en un correo electrónico escrito hoy. De no necesitar esa ayuda no lo hubiera escrito. Es lo que ocurre cuando sobre el mismo asunto varias personas tienen dispares opiniones; al final necesitas una opinión de fiar.

Jueves a las tres de la tarde

La única rutina extralaboral que se ha mantenido estable durante los últimos meses ha sido la de ir a la peluquería cada jueves puntual al mediodía, excepto aquellos en que he estado de viaje. Últimamente suelo encontrarme a esa hora con esa persona que me hace soñar tanto cada día, que me hace sonreír cada mañana, que detiene el tiempo cada vez.
Ojalá mañana también volviera a encontrarme con él a esa hora. ¿Quién sabe? Son casualidades que justamente él pasara por ahí a la misma hora que yo o que yo pasara justo por ahí en el mismo momento que él. Me da media vida. Y en cuestión de minutos aparecerá en mis sueños.
Hace mucho que no tengo pesadillas.

miércoles, febrero 10, 2010

Cierra los ojos y escucha el silencio

Se me pasan las semanas tan rápido que apenas las siento, aunque en realidad no es así. Saboreo cada momento al máximo, soy consciente de que me puedo encontrar con cualquier persona al doblar la esquina...
El cartero me ha traído hoy un paquete que debería haberme llegado hace más de un año, pero ya se sabe lo que pasa cuando te dicen "ya te llegará", pero aún no es más que un punto minúsculo en el horizonte. Y he saboreado esas páginas, he vuelto a revivir lo que sentí después de aquella llamada, las felicitaciones a posteriori... Con quién lo compartí después... Y me niego a releerlo: no me gusta, no va en conjunción con mi estado de ánimo actual. Ahí está, para la posteridad. Quiero revivir algo parecido, pero tiene que ser matemáticamente mejor. Que me miren sus ojos y yo haré el resto.
Cierro los ojos y siento que floto.

Instantes de paz

Siempre busco un momento de paz al terminar el día. Es ese paréntesis después de ponerte el pijama y antes de que el primer rayo de sueño comience a hacer eco en ti. Son momentos de serenidad: has apagado el ordenador, has dejado el libro sobre la mesilla y te has tapado hasta la nariz. Miras al techo y haces una recopilación de todo lo que ha ocurrido durante el día, reflexionas sobre lo bueno y en lo malo que te ha pasado, piensas en las personas con las que te has cruzado, con las que has hablado, a las que has dedicado una sonrisa amable, descubres una frase al azar que te ha dicho alguien, observas algo que hayas aprendido, saboreas cada pensamiento, cada imagen... En ese momento, pequeño, pero grande a la vez, te has desprendido de todas las preocupaciones y te has sentido en paz. Decides guardarte lo bueno, intentar desechar lo malo.
Veo necesario dedicar a la reflexión esos minutos del día. A veces se descubren grandísimas lecciones de todo ello.
Pero mi último pensamiento antes de dormir será para quien será. Eso no puede cambiar. Porque tanto si el día ha sido bueno como si ha sido malo su imagen es capaz de traerme una enorme sonrisa, me hace recordar que los sueños, las ilusiones, los deseos y las esperanzas existen.

Instantes de paz... únicos momentos propiamente nuestros.

Apego a las viejas cosas

Desde que tenía catorce años aún guardo una sudadera de Levi's de color gris que ya nunca me pongo. Le tengo cierto cariño, pese a que tiene los agujeros de varias dentelladas del perro lobo que teníamos en casa cuando éramos pequeños, Levi se llamaba. Me dio mucha pena cuando se lo llevaron. Nos clavó una mirada oscura, como si tuviera conocimiento que aquella sería la última vez que nos viéramos. Era un perro enorme, agresivo con los extraños, con una fuerza terrible. Y había crecido con nosotros. Todavía hoy se me pone la piel de gallina cuando recuerdo a mi primer perro. Después me prometí que no volvía a encariñarme con ningún otro perro, que no deseaba por nada del mundo volver a sentir ese vacío. Es un perro, sí, pero su falta después de tantos años también se nota.
El jersey estaba colgado en un tendedero, lo cogió y clavó sus colmillos. Creo que lo conservo porque me recuerda al primer perro que tuvimos.
Yoguito es diferente, más pequeño, más juguetón y vive dentro de casa. A veces se queda quieto escuchando y da la sensación de que te entiende. Tiene fijación por las zapatillas de casa y cada vez que me quito las botas tengo que buscar por todas las habitaciones mis zapatillas. Aunque esta noche le ha dado por coger una esponja, traerla a mi cama y empezar a destrozarla. Cuando me he dado cuenta, había trozos de espuma amarilla esparcidos por la cama y una parte de la cama húmeda. Aunque le he reñido y me he llevado el trozo de esponja ha vuelto a hacerlo. Se lo he tenido que esconder. No me enfado con él, sobre todo cuando vuelvo a pensar en el momento en que me iba de casa a primera hora de la mañana para ver su carita llena de pena tras la barandilla, su perfil estático, mirándome fijamente, sabedor de que me iba durante varias horas.
Los animales... una debilidad que me supera. Según mi familia, tengo un don con ellos.

Aires de placidez

Alguien me dijo una vez que yo me tomo el trabajo como un juego. No es exactamente así; me lo tomo todo con mucha seriedad, pero es cierto que la alegría de cada mañana, la capacidad de absorber conocimientos nuevos cada día, el trato con tantas personas dispares, el disfrute contagioso de cara a cada cosa que haga en cierto momento son actitudes, entre otras muchas más, que la gente nota, siente, palpa y saborea.
Así que quizás ese optimismo se ve reflejado en conversaciones y, por narices, las cosas terminan saliendo bien. Hoy me han felicitado por lo mismo dos personas. Hoy me siento muy íntegra, pero sé que, cuando miro las ramas del árbol, puedo coger manzanas más altas. Quizás ahora no llegue, pero sé que algún día las alcanzaré.
Y si a esto le añadimos la felicidad que me aporta la primera imagen del día nada más despertar o la última imagen antes de dormir, todo el sentimiento anterior se duplica, se multiplica por mil.
La energía positiva está dentro de mí, pero la felicidad me la regala cada día ese ángel de alas invisibles, de voz aterciopelada, de mirada profunda. Entre muchas cosas que pueda escribir, esta noche me quedo con que ese ángel me trae suerte.

martes, febrero 09, 2010

El periódico de los martes

Casi todos los martes suelo ir a comprar el periódico, excepto cuando se me olvida. No es para leerlo yo, sino para que lo lean otros. Ese trayecto hasta el quiosco conlleva mil riesgos a encontrarme con cierta persona. Porque él se encuentra muy cerca.
Hoy estaba porque he visto su coche y mi caminar se ha visto ralentizado en el tiempo, como si mi mente dictara a las piernas para que caminaran más despacio. Ese trayecto puedo hacerlo en cuestión de minutos o en un cuarto de hora. Creo que me ha llevado un cuarto de hora, teniendo en cuenta que además me he encontrado con una amiga y hemos intercambiado unas palabras sobre el tiempo.
No me he encontrado con él, aunque estaba a unos pocos metros de mí.

En la ligera línea que separa amar y querer

En los últimos meses he pensado muchas veces en el amor. Reconozco que tengo pánico a volver a enamorarme, pero soy consciente de que si llegara no pondría trabas y le dejaría pasar del umbral. La conversación con mi mejor amiga me ha hecho reflexionar al respecto. Querer es una acción que llega de modo tan natural que apenas te das cuenta. Hace un año no le conocías y hoy en día no imaginas un mundo sin él, no te imaginas no queriéndole, no te imaginas no encontrándote con sus ojos y su sonrisa de vez en cuando, no te imaginas sin ese frenesí que recorre tu cuerpo de los pies a la cabeza cuando no está ausente.
¿Cuántas veces se puede imaginar que te sumerges en la profundidad de sus ojos, que te pierdes en el tiempo y en el espacio, que no existe nadie más que él, que tus labios se funden inevitablemente con los suyos, que sientes su contacto al rozar la textura de sus dedos, al dejarte pinchar por su barba, al enredar tus dedos en su pelo...? ¿Qué ocurriría si esto ocurriera en realidad? Sé que terminaría amándole. La línea es tan fina que es invisible. Amar... no se puede escribir el amor, eso es algo que ha de vivirse. No hay palabras.
Son unos pensamientos dignos para los minutos previos antes de ir a soñar (con él, seguramente).

lunes, febrero 08, 2010

Burj Khalifa Tower

Desde su inauguración, quería dedicar unas palabras a la actual torre más alta del mundo: Burj Khalifa, en Dubai. Es impresionante. Aunque no subiría arriba, el tema de los rascacielos me fascina, así que hace tres años, después de ver un reportaje en un dominical de un periódico, estuve investigando y descubrí obras impresionantes, así como las 'torres' que aún están/estaban en proyecto. Corría el mes de febrero de 2007 y lo que encontré lo titulé: Tocando el cielo.
No me resultó extraño hace un mes descubrir que una de aquellas torres se había terminado de construir. Hace tres años, según mis comprobaciones, el proyecto sobre el papel estaba inspirado para un rascacielos de 705 metros. Hoy sabemos que su altura final es de 828 metros, convertida en la torre más alta del mundo. Sin embargo, hace tres años, la torre más alta del mundo estaba proyectada para Shangai, la famosa Bionic Tower, que superará la rimbombante altura de 1200 metros.
Me gusta verlo de lejos. Ya tuve lo mío con subir a la Torre Montparnasse y a la Torre Eiffel en París, así como al Atomium de Bruselas. Sólo que me fascina el tema de las alturas. Cuando subo a una torre no suelo pararme a pensar en el vértigo que suele aparecer cuando ya no hay vuelta de hoja.

La hora de marchar

Se me ha hecho tarde, aunque pensaba que me iba a marchar antes. Al mirar el reloj veo que son más de las ocho y que el cansancio físico y mental empieza a apoderarse de mí. Aunque podría seguir trabajando mucho más tiempo. Es esa energía extraña... Me siento completamente desbordada de sentimiento positivo. ¿Por qué será...?
Ahora toca descansar. Me marcho con esa sensación de satisfacción de las cosas bien hechas, pero también con la placidez que me ha causado esa imagen hace unas horas. Demasiado fugaz.
Es hora de marchar.

Cómo se iluminan los días grises

El día ha amanecido bastante oscuro, los negros nubarrones y la constante lluvia lo convierten en tristón. No apetece salir siquiera a tomar un café. Pero a última hora tenía algo que hacer e ir a Correos requiere coger el coche. De frente, el suyo y eso conlleva su latente cercanía.
Al volver, media hora después, ya se había ido.
Entonces he empezado a caminar bajo la lluvia, pensando en que por cuestión de minutos no nos encontramos cuando he levantado la cabeza para mirar hacia un paso de cebra. Y entonces me he fijado en el coche que pasaba y en la persona que lo conducía.
Entonces el día ha dejado de parecerme gris, tristón y han desaparecido todas las nubes negras. Casi como su saludo hubiera iluminado el día.

Cuando llegan las señales

En el plazo de unas pocas horas he recibido muchas señales. Cuando estás leyendo no sabes muy bien qué puedes encontrarte en sus páginas, pero una única palabra es suficiente para que tu mirada se quede fija observando ese único vocablo y haga volar a tu imaginación. Esto puede ocurrir una vez en un libro, pero que cojas al azar otro libro y ocurra lo mismo... ya es mucha coincidencia.
Y, para colmo, en el correo ha llegado hoy un sobre inmenso.
Esas señales son las que me llevan a la luz, a sonreír, a tocar casi un sueño con la punta de los dedos, nublado únicamente por la posibilidad de una negativa por su parte. Además, tengo que hablar con él, porque posiblemente mis vacaciones se adelanten. No concibo que ahora pueda decirme que no va, pero todo es posible. No debería ilusionarme tanto, pero es inevitable cuando...
... estás leyendo la parte final del libro de Mario Conde y, un año antes de morir, su mujer hablaba de ir a Argentina, de que tenían que recuperar el tiempo perdido, juntos... Ese viaje nunca lo llegaron a hacer, porque ella falleció. Eso me hizo pensar: la primera señal era Argentina; la segunda, que si no vamos este año no creo que vayamos nunca, al menos como compañeros de viaje;
... comienzas a leer otro libro y en las primeras diez páginas (es una coincidencia extraña porque yo sé de antemano que ese libro transcurre en Roma, pero coincidencia al fin y al cabo) y Guido dice que sus padres son diplomáticos, enumera varios países en los que ha vivido, pero sólo hace una mención especial a Argentina: "He estado en el punto donde confluyen Brasil y Argentina: en las cataratas de Iguazú";
... en el correo de hoy me llega un enorme sobre con el logotipo en azul de la Oficina de Turismo de Argentina en Madrid...

Demasiadas coincidencias en unas pocas horas, demasiadas señales para hacer caso omiso de ellas. Es como si lo que parecía un viaje de ficción empezara a moldearse y mutarse en algo más palpable y real. Ahora bien, sigo dependiendo de él. Supongo que tendré que exponerle este marco teórico, diciéndole que los planetas están en armonía para que hagamos ese viaje, porque, si fuera al revés, no recibiríamos tantas señales. Sí, los planetas están en armonía.

Ocultando los deseos

Desde el viernes estoy conteniendo el animoso deseo de escribir un correo electrónico. Dudo que llegue el siguiente viernes sin haberle plasmado en palabras lo que a duras penas estoy reprimiendo ahora.
El próximo domingo es San Valentín. Ayer, mi mejor amiga me preguntó algo al respecto. Ella es la única de mis amigas que sabe algo de mis sentimientos, pero anoche le diferencié dos conceptos que yo tengo bastante claros al respecto: "Yo le quiero muchísimo, pero no le amo; San Valentín para ti, que crees en el amor y lo sientes en toda su magnitud". Me miró fijamente y comprendió perfectamente lo que quería decir con eso de "le quiero, pero no le amo". Es tan sencillo como que para amar se necesita a la otra persona. Y eso es únicamente cosa de dos.

Quizás algún día vuelva a creer en el amor.

domingo, febrero 07, 2010

Memorias de un preso


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Recorrí el pasillo de Ingresos con dirección al módulo PIN, una extraña palabra nacida de la ‘P’ de Preventivos y de la ‘IN’ de Ingresos, del que nos separaba una pequeña puerta metálica. El funcionario encargado de acompañarme a mis nuevos aposentos introdujo la llave y la giró varias veces, dos o tres, con unos inconfundibles chasquidos en cada una de las paradas del movimiento circular de la llave, de derecha a izquierda. Se abrió la puerta y ante mí apareció el módulo de Ingresos. La cárcel pura y dura, y, encima, de alta seguridad. Y su olor característico, denso, penetrante. Me detuve un segundo. El corazón se agitó muy levemente. Mis ojos trataban de retener toda la información”.

No creo que el objetivo y/o cometido de Mario Conde a la hora de escribir este libro sea el de convencernos de su inocencia, pero, de ser así, a mí me ha convencido radicalmente. Sabía que la Justicia había sido injusta con él (una frase interesante en este contexto), pero desconocía hasta qué punto querían quitarle de en medio. Después de leer las más de seiscientas páginas escritas por él sobre sus vivencias en la cárcel, rechazo la idea de que lo haya escrito para convencer. Me alineo más en la perspectiva de su deseo objetivo de aclarar todo lo que ha rodeado su vida desde el momento en que le envían por primera vez a la cárcel hasta el momento en que termina de escribir el libro, donde todavía está con la libertad condicional. Ahora, más que nunca, creo en su inocencia, o quizás no es una inocencia íntegra, pero sí creo que no debería haber ido a la cárcel y que pagó por actos que ni siquiera cometió él, mientras los verdaderos autores de esas acciones campaban por los jardines de la libertad.

Me gustaba el silencio de esas horas tempranas. En el silencio nos escuchamos a nosotros mismos. Hay mucha gente a la que no le gusta lo que escucha y entonces prefiere que la aturda el ruido externo. Pero sin silencio no se puede caminar en el Espíritu. Rezar es silencio, meditar es silencio. Amor es silencio. El amor con ruido es ruido. Quien no es capaz de estar en silencio no es capaz de estar en sí mismo con mayúsculas. El ruido permite estar con el sí mismo en minúsculas, con la personalidad. El silencio permite ser honesto y limpio de corazón, permite revisar los verdaderos impulsos de lo que se hace”.

Desde siempre he sido fiel admiradora de Mario Conde. Sé que es una mente brillante, que es bestialmente inteligente, que fue el número uno en todo aquello que se propuso y que es, ante todo, un individuo DIGNO. Lo escribo en mayúsculas porque sus palabras conllevan a la elegante dignidad de una persona que fue presa injustamente, quizás porque era un riesgo para muchas altas esferas del poder. Su dignidad le hace grande. Sin embargo, para Mario Conde la condena injusta de estar tanto tiempo en prisión le ha servido para enriquecerse espiritualmente. La última entrada en Alcalá-Meco podría haber minado su moral y él mantuvo su fortaleza moral íntegra. Eso es una de las cosas que me hacen admirarle, si cabe, más que antes de comenzar el libro. Después de éste llegarán los demás: El Sistema. Mi experiencia del Poder, Derecho Penitenciario vivido, La palabra y el Tao y Cosas del Camino. Simplemente considero que sus palabras me han enriquecido gratamente. Vivir la cárcel, desde las agridulces palabras de Mario Conde, ha sido una grata sorpresa.
Cuando te enfrentas a un libro de estas características, te imaginas que vas a entrar en las fauces de la política y el derecho, escritos con una jerga intragable en medio de tal caos que terminarías dándolo por imposible y apartándolo a un rincón, sin desear volverlo a retomar nunca. Pero Mario Conde no recurre al vocabulario complejo de su profesión, sino, más bien al contrario, muestra un deseo particular de llegar a todo el mundo, de hacerse entender por todos.

Ya no creo en el ser humano. No deseo conocer a nadie más. Mi proverbial confianza en los demás ha mutado hacia una esquisita desconfianza. Creo que cuando alguien se me acerca su aproximación se motiva en sentimientos de corte inferior. Será o no siempre cierto, pero no tengo el menor interés en descubrirlo. Mis afectos están llenos, mis ilusiones también. He sufrido demasiado cuando he visto la estructura moral de personas a las que he querido entrañablemente y a las que he dado casi todo lo que podía entregar en mi vida. El hedor que desprende el ser humano es tan brutalmente fétido que no quiero volver a sentirlo. Quizá me pierda con ello conocer a alguien de la talla de algunos que comparten conmigo sus vidas. Es muy posible. Pero a cambio me ahorraré con plena seguridad el fétido olor que despide ese producto capaz de odiar, envidiar, mentir, difamar, ofender, disfrutar con el dolor ajeno y si es inmerecido mucho más. No hay ningún pozo en mi vida. Coexisten ilusiones y convencimientos. Eso es todo”.

Hay momentos amargos a lo largo de todo el libro; el peor de ellos es, sin duda alguna, la muerte de su esposa Lourdes cuando empiezan a saborear la recién adquirida libertad. Ese momento en que el matrimonio está mirando el campo de olivos y hablando sobre la vida que aún les queda por vivir juntos, los viajes que harán a los fiordos noruegos o a la pampa argentina, para descubrir unos días después que Lourdes tiene un tumor que le parará el corazón un año después… es una cruel broma del destino. Es uno de los momentos más tristes del libro, quizás por la sencillez y brevedad con que está escrito, equiparándolo sin duda a la fugacidad de la vida, a lo poco que dura la felicidad… después de leer entre líneas el profundo amor que profesa Mario Conde a su esposa, siempre a su lado, incluso en la soledad de la celda…

Momentos singulares son, sin duda, aquellas pragmáticas conversaciones con muchos de los reclusos que compartieron módulo con él en Alcalá-Meco (o Madrid II): el diálogo existencialista con el asesino del rol; la conversación con una etarra que prefiere sacrificar su juventud en la cárcel en pro de su ideología radical; el intenso amor de un pacífico anciano que dice maltratar a su mujer para que ésta sea acogida en una residencia de ancianos donde dan preferencia a las maltratadas…

Dicen que la vejez comienza cuando pesan más los recuerdos que las ilusiones. Si es así, no tengo duda de dónde estoy en el plano de la ecuación espacio-tiempo porque sigo oliendo, aunque de otra manera, en cualquier caso no menos intensa para el espíritu. El olor del odio es fétido, porque nace de la podredumbre humana. Sus gases derivaban de la descomposición del alma. Cuando los cuerpos comienzan a pudrirse, las normas de higiene aconsejan enterrarlos o incinerarlos no sólo por motivaciones religiosas, sino para privarnos del olor que despiden. Sin embargo, tratándose de la podredumbre de los espíritus, seguimos condenados a tener que soportar su miserable hedor. Claro que como el hombre es trino, el odio es la podredumbre de todo el conjunto y su olor, el más intenso que imaginarse pueda. Como la naturaleza es sabia y tiene sus propios mecanismos de autodefensa, la inmunología del espíritu se ha visto obligada a desarrollar los anticuerpos necesarios para combatir a los antígenos que transportan el olor del odio. Por eso son tantos los que conviven rodeados de él sin percibirlo”.

Mario Conde fue enviado a Alcalá-Meco tres veces por la misma causa: en diciembre de 1994 (un mes), en febrero de 1998 (varios meses) y en julio de 2002 (tres años). Ni aun con los documentos que acreditaban que él no había desviado dinero de Banesto fue puesto en libertad. Ni jueces ni políticos ni medios de comunicación ni siquiera amigos íntimos (dos de ellos le traicionaron de forma vil y cobarde) se pararon a pensar en una injusta condena y todos quisieron su momento de gloria en el caos reinante en esos años. Dentro, funcionarios y presos le trataban con un respeto singular: la mayoría pensaban que Mario Conde no tenía que estar allí, que aquel no era su lugar. Él, por su parte, ayudó en buena medida a todos los que pudo, y por mucho que intentó sacar adelante su causa, él no podía lugar contra el Sistema, porque el Sistema del poder y la justicia injusta le relegaron a un territorio incierto, un lugar que no era su lugar, pero al que él suyo acoplarse con un ingenio camaleónico. Todos en busca de una promesa que nunca termina de llegar: la libertad.

Crucé aquel sábado la puerta de acceso a la libertad. Empecé el recorrido hacia el control, ese que aprendí en mi primera estancia que resulta obligatorio hacerlo andando. Y anduve lentamente. Quería sentir cada paso. Presentía que no volvería a recorrerlo nunca más, al menos como prisionero. Me iba fijando en todos los detalles de los módulos de presos que en mi caminar iban quedando a mi derecha. Sentía paz interior más que alegría. Imposible evitar las emociones al contemplar las ventanas enrejadas, los alambres de espino, los muros de cemento, todos ellos estáticos y silentes compañeros de tantos años. Mi primera salida, mi primer recorrido había sido el 31 de enero de 1995. Habían transcurrido diez años y medio de mi vida envueltos, directa o indirectamente, en el mundo de la prisión. Diez años…
Seguí caminando. Llegué al control. Me despedí del funcionario. Crucé la raya y pisé la libertad. Miré hacia atrás. Guardo en mi retina la imagen del edificio en aquel día caluroso y soleado. No sentí ni una brizna de rencor. Sonreí.
Diez años de mi vida quedaban atrás, algunos de ellos prendidos de aquellos muros, de aquellos alambres, de aquellos olores, de aquellos gritos enloquecidos, de aquellas madrugadas serenas, y de algunos que se alegraron al tiempo que sintieron que aquel día fuera el último de mi vida como prisionero de Alcalá-Meco.
De momento había ganado porque había conseguido soportar lo insoportable y tolerar lo inevitable sin el menor daño interior.
Ahora me sentía libre, pero libre de verdad”.

Cárcel de Alcalá-Meco (también llamada 'Madrid II')
He disfrutado enormemente de este libro. Además, el estilo de escritura de Mario Conde es genial. Su filosofía de la vida es enriquecedora en todos los sentidos. Pero es sus páginas rezuma una tristeza infinita... Lógico y comprensible.

Y su libro me ha llevado al blog de Mario Conde, que estoy segura que seguiré casi a diario.

Un domingo a la deriva


En una semana estaré en Madrid o en dirección a la capital. Iré el domingo y volveré el lunes, un billete de ida y vuelta fugaz.
Este fin de semana ha sido extraño. Tenía muchas ganas de salir, tanto el viernes como el sábado. Sin embargo, anoche, después de haberme preparado y tras pasar varias horas en el bar, opté por regresar a casa a eso de la una y media: tenía la cabeza cargada en la parte de atrás y lo que más me seducía era meterme en la cama, sobre la que caí redonda, con ropa incluida, hasta que mi madre vino a despertarme para que durmiera en condiciones.
Tuve un sueño magnífico, magnífico como todos los sueños en que aparece esa persona.

sábado, febrero 06, 2010

Un pie en el fin del mundo

Alguien me dijo una vez que si visualizas algo de manera reiterada termina ocurriendo. Pues desde hace unas semanas me he visto en el fin del mundo con otra persona, siempre teniendo en cuenta que ese 'algo' al que yo llamo el fin del mundo es lo que mi mente imagina a la Tierra del Fuego. Cuanto más lo pienso más deseo irme para allí (con esa persona -se entiende-). ¿Quién sabe? Puede ser, puede no ser... Aún quedan muchos meses para saber con certeza lo que ocurrirá al final, si volaré hacia el oeste o hacia el este...
De momento, disfrutaré del momento presente. Dentro de unos meses todo se verá.

Rápidamente

Es el primer momento del día en que me digno a encender el pc para dejar unas pocas palabras, que tienen que ser obligatoriamente pocas porque he quedado a las 18.30h. La razón por la que no he aparecido por aquí es el libro de Mario Conde.
Me duele un poco la cabeza, pero eso no será suficiente para que esta noche me tenga que quedar en casa. Además, tengo una corazonada de ésas que suelen predecir previamente ciertos encuentros... Ese ángel siempre está presente.

Café y cartas en el bar

Esta noche la plaza y los alrededores de la iglesia de mi pueblo parecían los aparcamientos de un centro comercial un sábado por la tarde. Parece ser que el albergue está lleno, al menos es lo que cabe deducir después de ver tanto vehículo.
Me hubiera gustado salir esta noche. No en vano he sacrificado los últimos tres fines de semana. Además hay más posibilidades de encontrarme con cierta persona un viernes por la noche. Pero, como muchos viernes de invierno, siempre terminamos liándonos jugando a las cartas. Ha sido al tute por parejas y hemos terminado cerrando el bar.
Iré a leer un rato antes de dormir. Me siento muy tranquila, como si me hubiera quitado de encima un peso enorme. Tengo un alto índice de ansiedad, aunque intento controlarla. Y lo de estos últimos días, más que nervios fue ansiedad. Pero ya ha pasado y ha sido para bien. Hasta mayo, pero para entonces la perspectiva es bastante diferente y me niego a sacrificar un solo fin de semana.

viernes, febrero 05, 2010

Entonces llega la buena estrella

Una máxima del vulgo que se suele escuchar mucho en la calle dice que unos nacen con estrella y otros, estrellados. Lo de hoy corrobora que alrededor de mi persona se concentra de tal manera esa buena estrella que suena hasta increíble. Jamás he hecho trampas tan descaradamente, con el beneplácito de la persona a cuyo cargo estaba, incluso instada por ella, usando todas las materias desde el ordenador, autoenviadas a mi correo electrónico hace unos días para poder echarles un vistazo desde el trabajo. Suena descabellado, muy increíble.
Anoche quería buena suerte, pero esto ha sido demasiado. Jamás hubiera esperado algo así. Como para no sentirse tranquila en estos momentos. Hasta aquí puedo hablar.

Se lo tengo que contar a una persona, así que en cualquier momento le escribiré un correo electrónico. Me arriesgo a que me vacile al respecto en los próximos meses; claro que viniendo de él no me importa.

Viel Glück!*

Ich wünsche Dir viel Glück in all Deinem Tun! (Te deseo mucha suerte en todas tus cosas)
La suerte viene de la mano de cada uno, está en lo que hacemos cada día, en cómo lo hacemos. Yo realmente no creo en la suerte, aunque sé que dentro de unas horas necesitaré un poco al menos. Siempre se necesita para una prueba de ese tipo. Por eso, antes de irme a dormir, hablo de la suerte. Es que mañana necesitaré un poco de esa buena fortuna. Mi hermano siempre dice que he nacido con estrella, pero esa estrella no viene sola: la mayoría de las veces hay que ir a buscarla. Estoy segura de que mañana me irá bien, pero no es difícil deducirlo: es el resultado de muchos meses de constancia y tesón. No necesito un talismán ni tomarme una tila antes de marchar, pero sí es cierto que, para dejar los nervios aquí al marchar, sé que con que recurra a un único pensamiento me encontraré tranquila.
Es hora de ir a dormir, de abrazar la almohada y soñar con él.

(*) Viel Glück: Mucha suerte.

Mañana, viernes

Iré con las manos vacías, si acaso con unas páginas fotocopiadas en proporción 1/4 para que ocupen menos. A eso de las 13.30h. me iré de compras seguramente. No hace falta ser adivino para deducir con quién me iría de compras. Incluso me sacrificaría, como cuando voy con mi hermano pequeño y siempre termina comprándose él y recomendándole yo. Me seduce esta idea. Es posible que algún día le sugiera la posibilidad de irnos de compras juntos. Me gustaría ir con él, como me gustaría igualmente hacer otro millón de cosas junto a él, compartir un millón de cosas más con él...
Supongo que también me pasaré por Sanchos Ochoa y saldré con alguna bolsa sin poder evitarlo. Aunque de momento estoy servida con el libro de Mario Conde.
Y mañana a estas horas creo que estaré de fiesta, o jugando a las cartas, o en cualquier parte del mundo menos delante del ordenador. Es un pequeño descanso. Me sentiré algo más libre, algo más relajada, y podré permitirme soñar 28 horas al día con él, porque contaré con tiempo contante y sonante para dedicárselo a él.

Hace meses, un viernes por la noche, estaba hablando con alguien en un bar. Al fondo, sin que yo les hubiera visto entrar, había dos personas. Cuando me di cuenta, me acerqué lentamente. Pasé un brazo por los hombros del que estaba de espaldas y sentí un escalofrío, se me erizó el vello de la piel y entonces comprendí que era real, que no se trataba tan sólo de una ilusión. Ese momento vuelve a mí una y otra vez, quizás es porque ahora no me atrevo a tocarle, aunque en el fondo me moriría por hacerlo. Y aún hoy, varios meses después, cuando recuerdo ese instante en que volví a verle después de mucho tiempo, el contacto de mi brazo rozando sus hombros, igual que aquella noche, se me vuelva a erizar la piel, siento que un escalofrío recorre toda mi espina dorsal. Es un recuerdo muy vívido.

jueves, febrero 04, 2010

Mil maneras de caminar con él

La niebla fantasmal que se ha echado esta tarde sobre los edificios es peliaguda si tienes que conducir hasta casa justo cuando menos se ve. En el camino he pensado en lo diferente que sería ir arañando esa niebla con él, sin ver a más de un metro por delante, descubriendo que todo desaparece tras nuestros pasos. La niebla no es para conducir, pero surcarla mientras caminas se convierte en una grata sensación.
Llevo toda la tarde feliz, sonriendo.
Estoy recreando el momento en que estaba caminando junto a él esta tarde. Me sentía relajada, a gusto, como siempre que está él presente. Desde ese instante en que mis ojos se cruzan con su mirada, siento que una capa muy pesada de cargas queda en el suelo y que me voy alejando lentamente de ella, para sentirme después ligera, como si flotara en el aire. Aunque quizás horas después vuelva a recoger esa capa tan pesada llena de cargas y responsabilidades, en ese momento en concreto sólo estaba él...

Escila, compañera de Caribdis

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Escila era un monstruo marino que vivía en el estrecho de Mesina, en el mar Mediterráneo. Era hija de Forcis, el dios marino que engendró también a las gorgonas, a las grayas y a Equidna, pero Escila no siempre fue monstruosa.
El dios Glauco estaba perdidamente enamorado de la hermosa Escila y, a causa de estos amores, rechazó a la astuta Circe, que era una famosa hechicera que vivía en el mar. Celosa y despechada por Glauco, Circe preparó una pócima maléfica que vertió en la fuente donde Escila solía bañarse. Cuando la joven salió del agua, comenzaron a brotarle de las ingles las cabezas de seis feroces perros, de tal modo que quedó convertida en monstruo para siempre.
Algunos años después, fue la propia Circe quien advirtió a un conocido marinero llamado Ulises del modo en que podría evitar a Escila y cruzar a salvo el estrecho de Mesina, cuando el marinero viajaba de regreso a Ítaca.
Otra leyenda relacionada con Escila cuenta que sólo en una ocasión consiguieron vencerla. Ocurrió cuando Heracles regresaba de una de las pruebas que le impusieron los dioses. Regresaba el héroe sano y salvo con los bueyes del rey Gerión cuando Escila le salió al paso y devoró a algunos animales, al igual que hizo Caribdis. Furioso, Heracles luchó con ella y la mató.
Sin embargo, al ver a su hija muerta, el dios Forcis consiguió resucitarla haciendo uso de sus poderes mágicos.

Serenidad contagiosa

Desde hace meses y excluyendo los días que no he podido ir o que se me ha cambiado la cita, todos los jueves acudo puntual a las tres de la tarde a la peluquería. En mi camino, hasta la semana pasada, no me encontraba con nadie. Al igual que el jueves pasado, nos hemos vuelto a encontrar, casi en el mismo sitio, con una ligera diferencia: él no se iba, sino que venía. No sé si le he llamado o si he pensado en llamarle. De repente, me he encontrado con sus ojos mirando hacia atrás, esa mirada llena de serenidad, de tranquilidad, de bondad. Debería estar nerviosa, pero ese encuentro con él me ha transmitido calma, sin proponérselo él, sin proponérmelo yo. Calma... justo lo que necesitaba para una tarde como hoy.
Y sorprendentemente no me ha temblado la voz. Es más, creo que no me tiembla cuando no me da tiempo a pensarlo. Pues hace una semana, desde que le vi hasta que me encontré con él, me dio tiempo a pensar en que era inevitable que nos cruzáramos. Hoy ha sido todo repentino.
También me sorprende pensar en su voz. Invita a la tranquilidad, invita a la paz, invita a abrazarle, a acariciarle, a... Sí, invita a quererle, aunque en este sentido no es únicamente la voz, sino todo él en sí mismo. Calma... eso es lo que me ha regalado esta tarde el hecho de encontrarme con él. Y la sonrisa. Adoro esa dulzura que emana de él.

Renovar el pasaporte

Mañana tenía intención de renovar el pasaporte, pero cuál ha sido mi sorpresa al dejarlo para la víspera y encontrarme con que no puedo conseguir cita previa por internet hasta el lunes, es decir, que para mañana no puedo. Al menos he descubierto que puedo pedir cita para cualquier tarde y esto me viene bien, porque sólo los viernes por la tarde estoy libre para renovarlo. Es que creía que la Policía sólo abría por las mañanas, así que ha sido una grata sorpresa descubrir que también por las tardes abren. Lo de la cita previa me ha matado, pero siempre es mejor que esperar largas filas.

Calma, pulverizada a través de una imagen

No necesito tilas para controlar mis nervios, esa ansiedad que está a punto de reventar mi corazón, el momento previo de la antesala donde dentro de dos días pasarán la guillotina sobre mis huesos... Yo tengo algo que hace que se me olviden todos los males. No quiero decir que esto sea un mal, pero sí estoy manteniendo a raya los nervios mediante estrategias de las que incluso yo misma termino dudando. Pero hay una medicina mejor: pienso en él y matemáticamente me tranquilizo. Quizás también sea esa imagen recreada una especie de talismán.
De todas formas, anoche dormí fatal. Eso es porque no soñaba con él. Soñé con la guillotina. Y entonces me desperté. Como poco, prefiero soñar con él un millón de veces, aunque el sueño se repita, aunque mi subconsciente traiga momentos del pasado en que se me eriza la piel y los mezcla con instantes oníricos únicos, y otros cuyo contenido altamente erótico prefiero guardar bajo llave. Tan sólo me queda decir que me siento estremecer si imagino su barba rozando mi piel. Y ésta, desde el espejo de mi mente, es una imagen tan perfecta, de una belleza tal, que como último pensamiento antes de ir a dormir... no está mal.

En la línea gris

En los últimos meses me he planteado en numerosas ocasiones decir: "Hasta aquí". No lo he dicho porque hay una fuerza superior a mí que me impulsa, si bien no a luchar, sí a dejarme llevar. Es muy cómodo dejarse llevar, pero el silencio me mata, me arrastra hacia un punto desconocido en la lejanía. No puedo luchar contra esa fuerza, pero sí puedo luchar para dejar de luchar. Se puede querer mucho a una persona, pero no voy a permitir que eso me desgaste moralmente.
El mundo sin él no tiene color, pero puedo vivir sin él. Hasta hace un año ni siquiera le conocía y la vida seguía su curso. No quiero sumirme en un mundo de tinieblas, al menos no dentro de este desconocimiento, ya que en definitiva es ese desconocimiento el que me está desgastando. Siento una indecisión total. En una situación así no hay medias tintas: o es blanco o es negro, y no puede ser gris. Me encuentro en la línea gris desde hace mucho tiempo.

¿Quién te espera al llegar a casa?


Hoy se me ha hecho tarde y pasaban las diez cuando he regresado a casa. No se veía un alma por la calle, tampoco he visto otras cosas que me llevan a pensar en..., aunque tampoco estaba al cien por cien: sólo deseaba llegar a mi casa. Al llegar al portal, me he encontrado a Yoguito como loco, pegando unos brincos por delante de mí impresionantes. Luego me he enterado que, a partir de las nueve, no paraba de bajar y subir las escaleras, esperándome. Ahora está conmigo, porque no me deja ni a sol ni a sombra. Se ha metido en la cama, aunque ahora se ha tumbado sobre el edredón, sabiendo que es hora de dormir y no de jugar. Siempre me espera.

miércoles, febrero 03, 2010

Desconexión

Debería marcharme a casa pero, habiendo previsto que quizás podía quedarme más, me he traído las normas de la construcción. Aquí voy a hacer lotería, aprendiéndome lo que hacen los peritos, los arquitectos en una obra de construcción, quién puede ser director de obra y sus funciones y poco más. En definitiva, estudiarse tantas medidas y números (y son muchos, así como esa nomenclatura extraña de normas que no había visto en mi vida, y que luego te das cuenta de que son las iniciales de las normas junto al año en que se pusieron en vigor), en mi caso, me parece estupidez, en el sentido de que, como son cosas que no utilizaré, terminarán olvidándose. ¿Para qué diablos quiero saber los centímetros que separan el alero del tejado de un edificio? ¿O la profundidad del foso de un ascensor? Si eso sólo tendría que preguntárselo al técnico competente. En fin, que lo más importante de los apuntes son las funciones de ciertas personas que entran en el proceso de una obra de construcción, desde que se entrega el solar hasta que cada vivienda se pone a la venta.
Lo bueno es que esta materia la cojo con ganas por razones obvias, pero es fácil desconcentrarse por las mismas razones obvias. Se me está pasando por la cabeza sacar todas las dudas, que tengan que ver con él o no, o inventármelas e ir a verle para que me las explique. No lo hago porque en estos momentos mi tiempo es oro, y el suyo seguramente que también. La cuestión es que siempre tengo que buscar excusas para ir a verle, aunque al final no vaya.
De momento, iré a tomarme un café para desconectar de una cosa y entrar de lleno en otra.

Coincidencias

Últimamente no es que me levante más triste o más feliz, simplemente no me da tiempo a pensar en mi estado de ánimo. Lo cierto es que tengo un nudo en el estómago que no se desatascará hasta el fin de semana.
No sé hacia dónde iba yo mirando. Por lo general, no suelo regresar casi nunca por esa calle por la que yo iba, a no ser que vaya a coger y/o dejar algo al coche. Así que mi presencia ahí sólo ha sido fruto del azar. Quizás si hubiera mirado hacia delante unos minutos antes le hubiera visto caminando. Y, sin embargo, el azar ha querido que nos viéramos de otra guisa. Estaba sacando su coche y yo sabía que no me vería hasta que no desaparcara. Entonces he dejado de caminar y he parado en la acera, sonriendo inevitablemente, me he quedado observando y esperando. Cuando ha mirado hacia el frente ha sido cuando le he saludado. ¿Qué habrá pensado? Es que me he parado sólo para verle pasar. Y él también me ha visto.
Ha sido todo tan rápido que no me ha dado tiempo a ponerme nerviosa, más bien, he llegado a la oficina feliz. Como si un fugaz encuentro con él me reconfortara al ser consciente de que está tan cercano.
De esas coincidencias me gustaría tener todos los días. Entonces tendría una ininterrumpida sonrisa de oreja a oreja. Lo que es capaz de dar una única persona en tan sólo unos segundos.

¿Y si me terminara yendo a Ezcaray por las mañanas? Tendré que guardar todos estos momentos en forma de fragmentos evocadores. No quiero decir que no nos vayamos a encontrar por ahí fruto del azar, sólo que será en momentos en que yo esté aquí, y no en la montaña. La idea de irme a Ezcaray por las mañanas me seduce, más que nada porque es un sitio que adoro, un pueblo que me gusta en todos los sentidos y en todas las estaciones. Ahora bien, hay una pega: estaré más lejos de él, aunque eso no quiere decir que me acuerde menos, pero le veré menos o casi nada. Todo se verá, que aún no es nada seguro.

Indicios de catarro

He empezado a toser. No es buena señal porque toser sin parar es molesto. Cuando en unos días esté frente al Señor Hache no me gustaría pasarme toda la mañana tosiendo sin parar. También tengo resentidos los ojos. La verdad es que sólo tengo ganas de que llegue el viernes por la noche, que pillaré la noche con ganas. Será extraño para muchos que de repente, después de tres fines de semana sumida en el silencio más absoluto, sin salir ni dar explicación alguna sobre mis ausencias, salga a tope de nuevo. Dejando fuera a mi familia, sólo a una persona le he contado mis 'actividades' paralelas. Como poco es sorprendente el alto grado de confianza que me inspira esa persona.
Esa persona a la que nunca veo y en quien siempre pienso...

martes, febrero 02, 2010

Aire frío, pero sol

Da igual que haga frío, porque ese frío tiene otra cara cuando el sol se deja ver entre las nubes. El sol da alegría.
En cierto momento me he encontrado con una persona, claramente relacionada con él y, más arriba, estaba su coche. Ha sido todo en cuestión de minutos y entonces he sentido su abrazo protector, su cercanía, su inherente proximidad.
En esos instantes, cuando sé que está a tan sólo unas puertas de distancia, apetece llamarle y quedar con él a tomar un café. No sé por qué nunca lo hago y siempre digo que me gustaría hacerlo. No es temor a que me diga que no puede o que tiene mucho que hacer. Es otro tipo de temor: ser consciente que me tiembla la voz o las manos delante de él, saber que le estoy robando unos minutos que para él pueden ser cruciales, desviar la mirada porque no me atrevo a mirarle fijamente y es que si me obligara a mirarle siento que sus ojos no encuentran obstáculos para leer en mi interior. Podría imaginar sus caricias y estoy segura de que a él no le pasaría desapercibido en qué estoy pensando. Y, sin embargo, mis ojos no se desvían de forma premeditada. Es una de las pocas personas ante quien no me importa ser tan cristalina.

Las cumbres blancas

Esta tarde, conduciendo bajo los estertores de un día luminoso y claro, me he permitido disfrutar de todo aquello que me rodeaba. El sol da una alegría especial, aunque luego haga un frío que te haga danzar los huesos. Al fondo, mirara hacia donde miraba, tras los campos que empiezan a verdear, se erigían cumbres nevadas, que contrastaban con un cielo completamente azul.
Armonía para los sentidos.

lunes, febrero 01, 2010

Saturación

Estoy tan saturada que esta noche me permitiré ir a soñar demasiado pronto, aunque contenta en cierto modo por el deber cumplido y feliz porque los pensamientos se han desprendido en busca de aquella imagen que consigue hacerme sentir bien aunque todo lo que me rodee sea horrible (aunque esto no es el caso ahora). Eso hace que se vayan nervios y estrés. De todas formas, esta noche me permitiré leer un poco antes de dormir, ya que tengo la cabeza cargada y siento cierta pesadez en la parte de atrás. Pero es pensar en él y desaparecer todo lo demás.

Un café a media tarde

Lo cierto es que podría marcharme ya a casa y, sin embargo, he optado por quedarme un rato más, aunque no trabajando, pero necesito ese silencio y esa concentración para centrarme en otras cosas. Eso no quiere decir que en casa no pueda centrarme, sino que prefiero el silencio y la soledad que en casa no tengo.
En otro orden de cosas, tengo que dedicarle un minuto, aunque sólo sea para decir que creo haberle visto en el coche a las cuatro de la tarde, pero ha sido tan rápido, que sólo me ha dado tiempo a echar un vistazo fugaz a la matrícula, por eso creo que era él. En ese momento me he preguntado adónde iría. Seguro que si ahora me fuera a casa, me encontraría con su coche. Y entonces le siento cercano. No es la única vez. Hay momentos en que, por diversas y variadas circunstancias, me acuerdo de él. Sigo pensando en que me reconforta saber que está tan cerca, aunque apenas nos veamos. Quizás sea su dulzura...
Es hora de tomar un café a media tarde y, de paso, desconectar un poco de todo. En cierto modo, ese café pone punto final a la jornada laboral y es el inicio de aquello en lo que me sumergiré en las próximas horas: contabilidad pura y dura.

La brevedad de febrero

Febrero es un mes tan corto que, cuando nos queramos dar cuenta, ya será marzo y llegará la primavera. Recuerdo otros meses de febrero en donde ya empieza a asomar el sol, aunque esta tarde nevaba bastante. Yo sólo espero que mañana no amanezca todo blanco. Si rememoro años de cuando estaba en la escuela, me llevan a pensar en los Jueves de Tortilla (que hoy en día no sé si se seguirán celebrando), donde todos nos disfrazábamos; o el único día de escuela en que teníamos que acudir a misa a que nos pusieran ceniza en la cabeza, en el Miércoles de Ceniza; y recuerdo Carnaval, las pocas veces que me he disfrazado. Una en concreto iba de india con arco y flechas y tengo un nítido recuerdo de la discoteca que ahora está cerrada, sentada en uno de los sillones rojos y tirando flechas a diestro y siniestro a todos los traseros masculinos que ocupaban mi campo de visión. Pero ha llovido mucho de eso. Hoy en día no sé en qué caen todos esos días, ni siquiera sé cuándo es Carnaval, aunque tampoco me parece que sea algo relevante.
Podría enumerar, sin olvidarme ninguno, todos los amigos y amigas que celebran su cumpleaños este mes; son muchos, pero no me dejaría ninguno.
El viernes además son las Águedas. Aquí no sé si se celebran, pero en Salamanca sí que solían tratar a las mujeres con deferencia en ese día. De repente me viene a la mente el "Calle Mayor", un bar ubicado en una plazoleta, donde acostumbrábamos a ir los últimos años. Guardo mis recuerdos para mí.
Para cuando nos queramos dar cuenta, febrero ya se habrá marchado.

Hoy soñaré, soñaré con él. Porque si hablo de recuerdos, hay otros más cercanos en el tiempo que enseguida eclipsan todo lo demás. Además, es reconfortante pensar en él.