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Recorrí el pasillo de Ingresos con dirección al módulo PIN, una extraña palabra nacida de la ‘P’ de Preventivos y de la ‘IN’ de Ingresos, del que nos separaba una pequeña puerta metálica. El funcionario encargado de acompañarme a mis nuevos aposentos introdujo la llave y la giró varias veces, dos o tres, con unos inconfundibles chasquidos en cada una de las paradas del movimiento circular de la llave, de derecha a izquierda. Se abrió la puerta y ante mí apareció el módulo de Ingresos. La cárcel pura y dura, y, encima, de alta seguridad. Y su olor característico, denso, penetrante. Me detuve un segundo. El corazón se agitó muy levemente. Mis ojos trataban de retener toda la información”.
No creo que el objetivo y/o cometido de Mario Conde a la hora de escribir este libro sea el de convencernos de su inocencia, pero, de ser así, a mí me ha convencido radicalmente. Sabía que la Justicia había sido injusta con él (una frase interesante en este contexto), pero desconocía hasta qué punto querían quitarle de en medio. Después de leer las más de seiscientas páginas escritas por él sobre sus vivencias en la cárcel, rechazo la idea de que lo haya escrito para convencer. Me alineo más en la perspectiva de su deseo objetivo de aclarar todo lo que ha rodeado su vida desde el momento en que le envían por primera vez a la cárcel hasta el momento en que termina de escribir el libro, donde todavía está con la libertad condicional. Ahora, más que nunca, creo en su inocencia, o quizás no es una inocencia íntegra, pero sí creo que no debería haber ido a la cárcel y que pagó por actos que ni siquiera cometió él, mientras los verdaderos autores de esas acciones campaban por los jardines de la libertad.
“Me gustaba el silencio de esas horas tempranas. En el silencio nos escuchamos a nosotros mismos. Hay mucha gente a la que no le gusta lo que escucha y entonces prefiere que la aturda el ruido externo. Pero sin silencio no se puede caminar en el Espíritu. Rezar es silencio, meditar es silencio. Amor es silencio. El amor con ruido es ruido. Quien no es capaz de estar en silencio no es capaz de estar en sí mismo con mayúsculas. El ruido permite estar con el sí mismo en minúsculas, con la personalidad. El silencio permite ser honesto y limpio de corazón, permite revisar los verdaderos impulsos de lo que se hace”.
Desde siempre he sido fiel admiradora de Mario Conde. Sé que es una mente brillante, que es bestialmente inteligente, que fue el número uno en todo aquello que se propuso y que es, ante todo, un individuo DIGNO. Lo escribo en mayúsculas porque sus palabras conllevan a la elegante dignidad de una persona que fue presa injustamente, quizás porque era un riesgo para muchas altas esferas del poder. Su dignidad le hace grande. Sin embargo, para Mario Conde la condena injusta de estar tanto tiempo en prisión le ha servido para enriquecerse espiritualmente. La última entrada en Alcalá-Meco podría haber minado su moral y él mantuvo su fortaleza moral íntegra. Eso es una de las cosas que me hacen admirarle, si cabe, más que antes de comenzar el libro. Después de éste llegarán los demás: El Sistema. Mi experiencia del Poder, Derecho Penitenciario vivido, La palabra y el Tao y Cosas del Camino. Simplemente considero que sus palabras me han enriquecido gratamente. Vivir la cárcel, desde las agridulces palabras de Mario Conde, ha sido una grata sorpresa.
Cuando te enfrentas a un libro de estas características, te imaginas que vas a entrar en las fauces de la política y el derecho, escritos con una jerga intragable en medio de tal caos que terminarías dándolo por imposible y apartándolo a un rincón, sin desear volverlo a retomar nunca. Pero Mario Conde no recurre al vocabulario complejo de su profesión, sino, más bien al contrario, muestra un deseo particular de llegar a todo el mundo, de hacerse entender por todos.
“Ya no creo en el ser humano. No deseo conocer a nadie más. Mi proverbial confianza en los demás ha mutado hacia una esquisita desconfianza. Creo que cuando alguien se me acerca su aproximación se motiva en sentimientos de corte inferior. Será o no siempre cierto, pero no tengo el menor interés en descubrirlo. Mis afectos están llenos, mis ilusiones también. He sufrido demasiado cuando he visto la estructura moral de personas a las que he querido entrañablemente y a las que he dado casi todo lo que podía entregar en mi vida. El hedor que desprende el ser humano es tan brutalmente fétido que no quiero volver a sentirlo. Quizá me pierda con ello conocer a alguien de la talla de algunos que comparten conmigo sus vidas. Es muy posible. Pero a cambio me ahorraré con plena seguridad el fétido olor que despide ese producto capaz de odiar, envidiar, mentir, difamar, ofender, disfrutar con el dolor ajeno y si es inmerecido mucho más. No hay ningún pozo en mi vida. Coexisten ilusiones y convencimientos. Eso es todo”.
Hay momentos amargos a lo largo de todo el libro; el peor de ellos es, sin duda alguna, la muerte de su esposa Lourdes cuando empiezan a saborear la recién adquirida libertad. Ese momento en que el matrimonio está mirando el campo de olivos y hablando sobre la vida que aún les queda por vivir juntos, los viajes que harán a los fiordos noruegos o a la pampa argentina, para descubrir unos días después que Lourdes tiene un tumor que le parará el corazón un año después… es una cruel broma del destino. Es uno de los momentos más tristes del libro, quizás por la sencillez y brevedad con que está escrito, equiparándolo sin duda a la fugacidad de la vida, a lo poco que dura la felicidad… después de leer entre líneas el profundo amor que profesa Mario Conde a su esposa, siempre a su lado, incluso en la soledad de la celda…
Momentos singulares son, sin duda, aquellas pragmáticas conversaciones con muchos de los reclusos que compartieron módulo con él en Alcalá-Meco (o Madrid II): el diálogo existencialista con el asesino del rol; la conversación con una etarra que prefiere sacrificar su juventud en la cárcel en pro de su ideología radical; el intenso amor de un pacífico anciano que dice maltratar a su mujer para que ésta sea acogida en una residencia de ancianos donde dan preferencia a las maltratadas…
“Dicen que la vejez comienza cuando pesan más los recuerdos que las ilusiones. Si es así, no tengo duda de dónde estoy en el plano de la ecuación espacio-tiempo porque sigo oliendo, aunque de otra manera, en cualquier caso no menos intensa para el espíritu. El olor del odio es fétido, porque nace de la podredumbre humana. Sus gases derivaban de la descomposición del alma. Cuando los cuerpos comienzan a pudrirse, las normas de higiene aconsejan enterrarlos o incinerarlos no sólo por motivaciones religiosas, sino para privarnos del olor que despiden. Sin embargo, tratándose de la podredumbre de los espíritus, seguimos condenados a tener que soportar su miserable hedor. Claro que como el hombre es trino, el odio es la podredumbre de todo el conjunto y su olor, el más intenso que imaginarse pueda. Como la naturaleza es sabia y tiene sus propios mecanismos de autodefensa, la inmunología del espíritu se ha visto obligada a desarrollar los anticuerpos necesarios para combatir a los antígenos que transportan el olor del odio. Por eso son tantos los que conviven rodeados de él sin percibirlo”.
Mario Conde fue enviado a Alcalá-Meco tres veces por la misma causa: en diciembre de 1994 (un mes), en febrero de 1998 (varios meses) y en julio de 2002 (tres años). Ni aun con los documentos que acreditaban que él no había desviado dinero de Banesto fue puesto en libertad. Ni jueces ni políticos ni medios de comunicación ni siquiera amigos íntimos (dos de ellos le traicionaron de forma vil y cobarde) se pararon a pensar en una injusta condena y todos quisieron su momento de gloria en el caos reinante en esos años. Dentro, funcionarios y presos le trataban con un respeto singular: la mayoría pensaban que Mario Conde no tenía que estar allí, que aquel no era su lugar. Él, por su parte, ayudó en buena medida a todos los que pudo, y por mucho que intentó sacar adelante su causa, él no podía lugar contra el Sistema, porque el Sistema del poder y la justicia injusta le relegaron a un territorio incierto, un lugar que no era su lugar, pero al que él suyo acoplarse con un ingenio camaleónico. Todos en busca de una promesa que nunca termina de llegar: la libertad.
“Crucé aquel sábado la puerta de acceso a la libertad. Empecé el recorrido hacia el control, ese que aprendí en mi primera estancia que resulta obligatorio hacerlo andando. Y anduve lentamente. Quería sentir cada paso. Presentía que no volvería a recorrerlo nunca más, al menos como prisionero. Me iba fijando en todos los detalles de los módulos de presos que en mi caminar iban quedando a mi derecha. Sentía paz interior más que alegría. Imposible evitar las emociones al contemplar las ventanas enrejadas, los alambres de espino, los muros de cemento, todos ellos estáticos y silentes compañeros de tantos años. Mi primera salida, mi primer recorrido había sido el 31 de enero de 1995. Habían transcurrido diez años y medio de mi vida envueltos, directa o indirectamente, en el mundo de la prisión. Diez años…
Seguí caminando. Llegué al control. Me despedí del funcionario. Crucé la raya y pisé la libertad. Miré hacia atrás. Guardo en mi retina la imagen del edificio en aquel día caluroso y soleado. No sentí ni una brizna de rencor. Sonreí.
Diez años de mi vida quedaban atrás, algunos de ellos prendidos de aquellos muros, de aquellos alambres, de aquellos olores, de aquellos gritos enloquecidos, de aquellas madrugadas serenas, y de algunos que se alegraron al tiempo que sintieron que aquel día fuera el último de mi vida como prisionero de Alcalá-Meco.
De momento había ganado porque había conseguido soportar lo insoportable y tolerar lo inevitable sin el menor daño interior.
Ahora me sentía libre, pero libre de verdad”.
Cárcel de Alcalá-Meco (también llamada 'Madrid II')
He disfrutado enormemente de este libro. Además, el estilo de escritura de Mario Conde es genial. Su filosofía de la vida es enriquecedora en todos los sentidos. Pero es sus páginas rezuma una tristeza infinita... Lógico y comprensible.