domingo, septiembre 08, 2013

Siempre hay una llama encendida

Como casi siempre compro los libros que quiero leerme, es extraña la sensación de coger un libro antiguo. En mi casa tengo muchos, que poco a poco voy cogiendo para leérmelos finalmente. La mayoría son regalos de un tío que estaba casi ciego y cuando ya no los podría siquiera releer me los regalaba.
Mi tío falleció el 24 de enero del año pasado cuando, de repente, se le paró el corazón. Tenía 80 años. Entonces recordé uno de los muchos libros que aún no me he leído. Pasé mis dedos por la dedicatoria de un Día del Libro de 1992.
"Para que se inicie en la lectura" escribió. Y es como si hubiera sabido que finalmente leería. Porque en el 92 yo no leía un solo libro. Ése fue el año en que comencé a leer, pero también comencé a escribir.

Los libros viejos tienen un nosequé oculto tras sus páginas amarillentas. Huelen a paja seca, motas de polvo se desprenden de sus páginas y eres consciente de que otras manos, ya inertes, pasaron a través de sus páginas y su imaginación voló por ellas antes que la tuya. Impresionantes son las sensaciones de leer los libros viejos, heredados de personas que quizás ya no estén entre nosotros. Ya no volverán aquellas manos a escribir dedicatorias y, por ello, esos libros que las contienen son tesoros de belleza incalculable. Como éste.

De momento y mirando con nostalgia hacia una tarde dominguera encapotada de gris, volveré a las páginas amarillentas del libro de la dedicatoria.

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