Estaba recordando Burgos y Burgos me ha llevado a recordar Salamanca. Son dos ciudades que en realidad no se parecen en nada. En mi vida pasada fueron dos ciudades de paso. Burgos era la parada obligada de camino a Salamanca. Y sin embargo son dos lugares que me inspiran recuerdos magníficos e inolvidables.
En las dos ciudades pasé por un proceso de disgusto tal que quería marcharme de allí. En Salamanca, cuando empecé la carrera, quería irme, echaba mucho de menos mi casa, mi gente, mi tierra y mis montañas. Entonces me dejé llevar por las piedras doradas de Villamayor, por la magia en los rincones más inhóspitos de la ciudad, por la gente variopinta que la convierte en una ciudad cosmopolita. Quizás no pase de 2011 sin que la visite de nuevo, sin que vuelva a caminar por las baldosas grises de la Plaza Mayor, sin que vuelva a pararme en el escaparate de una de sus innumerables librerías, sin que vuelva a quedarme anonadada ante la magnificencia selecta que termina dejando huella en nuestro corazón.
Burgos, en cambio, es una ciudad que odiaba. La veía como una ciudad gris y fría. Quizás porque siempre tenía que ponerme el abrigo al pisar el primer escalón del tren. ¿Qué hace que una ciudad termine gustándonos como jamás hubiéramos imaginado? La gente, obvio. Así fue en Salamanca y así ocurrió en Burgos.
Nunca se sabe lo que nos espera al torcer la siguiente esquina. Sólo sé que a veces nuestra percepción del mundo cambia de repente. Iba a decir que ocurre "inexplicablemente", pero todo apunta a una razón: la gente, la compañía, las anécdotas, las risas, el humor, los momentos compartidos, la confianza, la complicidad, la afinidad.
Sé que si visitara Burgos en los próximos meses miraría la ciudad con otros ojos. Quizás no vuelva hasta que no vuelva a tocarme para no contaminar los recuerdos tan magníficos de las dos últimas veces que he estado allí, porque al final los recuerdos son tesoros muy valiosos.
Las coincidencias en mi memoria me recuerdan a otra coincidencia. Hace unos años, un sinfín de esculturas visitaban todo el país. Era fácil que yo me encontrara entonces con Las Meninas en la Plaza Mayor de Salamanca, aunque sólo las vi en una ocasión. Lo que era más complicado es que me las encontrara en una de mis pocas y espaciadas paradas en Burgos. Pero allí estaban: las mismas Meninas, las mismas estatuas en fila entre los viandantes. Y allí, cuando las vi, comprendí que las coincidencias existen y a veces son inexplicables.
Las Meninas viajeras en Burgos
Esto me recuerda a que si tengo que ver a cierta persona simplemente los planetas se alinearán para que nos encontremos en cualquier momento, sobre todo cuando menos lo esperemos. Siempre he pensado que no valía la pena forzar las situaciones, que simplemente -y como también me dijo él una vez- si algo tiene que ocurrir... ocurrirá. Simplemente.
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