En el mes que empieza ya hay muchos aniversarios. Podrían ser dolorosos, podrían no serlo. Prefiero no pensarlo, pero sin quererlo me encuentro inmersa en una batalla mental.
Julio es un mes de recuerdos. Hace tan sólo dos años, un domingo 12 de julio escribí lo siguiente en este mismo blog:
"Ayer tenía una corazonada y no falló.
Ayer sabía que iba a encontrarme con él y así fue.
Y después de tres meses por fin me lo presentaron, hablé con él y estuvimos dialogando hasta que nos fuimos a casa.
Mi instinto no falló y las primeras impresiones tras la charla fueron mejor de lo esperado.
¿Qué más decir?
Mañana volveré a verle, como todos los días, pero ahora ya conocemos la existencia del otro".
Podría pasarme horas, desde ese mes de julio de 2009, buscando cada instante de él y llegaría a comprender cómo lentamente una persona se enamora. Ese amor, esa admiración, ese deseo, ese anhelo... es la madeja desmadejada de muchos hilos temporales de muchos momentos casuales (o no tan casuales) que terminan por llevarnos a enamorarnos o a mostrarnos indiferentes.
Hace dos años conocí un ángel y es obvio que terminé enamorándome.
Cuando digo que la madeja está desmadejada es porque ese amor no es completo. Necesitaría algo más para que fuera completo y desafortunadamente no lo tengo.
Dos años después sigo pensando que es una persona única, demasiado especial, admirable, un ángel de mirada perfecta, alguien muy inteligente, alguien que siempre te aporta algo, alguien de quien siempre se aprende algo. Y deseo... Deseo perderme un millón de veces en su mirada perfecta, deseo acariciarle el pelo, el rostro, la barba, deseo pasarle los dedos por las comisuras de sus labios, deseo cubrirle de besos, tocarle, acariciarle, deseo cerrar los ojos cada noche a su lado y abrirlos cada mañana para encontrarme con esa mirada angelical, plena, llena de paz, de nobleza, de bondad.
Releyéndome comprendo por qué me he terminado enamorando de él. Si la perfección tuviera un nombre, aun sabiendo que la perfección no existe en ningún ser humano... si la perfección tuviera un nombre llevaría el suyo.
Él me hizo creer en el amor. Y en dos años no he tenido el valor suficiente para decirle todo lo que siento. No sabría encontrar las palabras adecuadas para describírselo, y tampoco me atrevo a decírselo.
Esta situación a veces me descorazona.
Julio empieza con una semana de 'Curso' en otra ciudad. El domingo por la noche me iré. Tengo ganas del reencuentro con esos compañeros con los que he mantenido correos electrónicos durante los últimos meses.
Julio es verano. Por eso me gusta tanto este mes. Pero me gusta porque también es un mes de aniversarios. Cuando enciendo mi portátil, la contraseña hace un guiño indirecto a este mes.
He llegado a las once a casa. Ya sabía yo que el día de hoy iba a ser largo. Pero me encuentro pletórica. Sigo pensando que cuando pienso en él y describo uno de esos infinitos instantes en que me cruzo con él, en que le veo pasar, en que describo todos mis anhelos o todas mis añoranzas, incluso los recuerdos aunque sean dolorosos a veces... escribir sabiéndome tocada por el aura de magia que me rodea cuando me acuerdo de él... me hace sentir bien.
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