miércoles, noviembre 10, 2010

Cesa la lluvia

Después de toda la mañana fuera, echaba de menos esto. Y aunque en principio iba a estar allí dos horas, hasta las dos y media no estaba de vuelta. Como era tarde me he quedado a comer aquí.
Ezcaray es un pueblo vacío, solitario y oscuro entre semana, tal y como he podido comprobar esta mañana.
El caso es que ha sido otro día en que no he visto a esa persona especial. Y le echo mucho de menos. Me gustaría tanto contarle tantas cosas... Me gustaría abrir los ojos cada mañana y decirle cada día lo guapo que está y contagiarle mi alegría al comenzar cada día. Que yo me levanto de la cama contenta desde hace muchos días, quizás porque muchos días dibujo su imagen perfecta en mi mente y esa imagen me hace sonreír, da otro luz al día, me brinda serenidad.
Me gustaría tanto abrazarle en estos momentos...

Otros aires...


Resultado de imagen de ezcaray
Ezcaray es un pueblo que siempre me ha gustado. Pensaba que no iba a tener acceso a internet, pero parece ser que sí. No obstante, yo ya he hecho, por hoy, todo lo que tenía que hacer aquí, así que no creo que tarde mucho en regresar.
Necesito verle y me gustaría contarle dónde estoy y por qué estoy aquí, me gustaría escuchar su voz y quererle, simplemente quererle.

Como no puedo tener acceso a mi programa habitual, sólo al correo electrónico y al portal de internet, pero sin el programa ando algo coja, he optado por irme a tomar un café, buscar una imprenta donde comprar pilots y rotuladores eddings y coger los apuntes del coche. De momento.

Y los sueños siempre tienen magia...

Son momentos inolvidables…
La primera vez que le vi, la primera vez que imaginé que le llamaba por un nombre que aún desconocía, la primera vez que le escuché, la primera vez que me miró, la primera vez que escuché su voz…
Son recuerdos llenos de encanto…
La delicadeza con que ladea la cabeza al explicar algo, su perfil de plata bañado por los rayos de una luna de septiembre, la forma en que me temblaba la voz cuando después de tanto tiempo volvía a encontrarme con él, la noche en que nos presentaron…
Él es como un ángel que hace que, a su paso, todo sea perfecto; es como un mago que, con su presencia, hechiza; él es esa persona especial y única que dota al mundo de una belleza insólita.
Es adorable.

martes, noviembre 09, 2010

Con la mirada anhelante

Quizás miro a la noche y pienso en él, quizás con esa mirada anhelante de quien desea, de quien quiere, de quien ama...
Quizás miro las bamboleantes hojas de un árbol que bailan al son del viento que toca unos violines invisibles, pero no veo esas hojas, sino que imagino la sombra que resultará de la copa de ese árbol y que resguarda a dos personas que han quedado atrapadas en la mirada del otro.
Quizás escucho conversaciones a lo lejos que se han convertido en murmullos ininteligibles y recuerdo esa voz tan sensual, anhelante de volverla a escuchar una vez más y otra y otra... y siempre.
Quizás cierro los ojos y recuerdo los rasgos perfectos de su rostro, su mirada serena y noble, su sonrisa que ilumina el día, el tacto sugerente de sus dedos.
Y cuando pasan las horas y las horas dan paso a los días que se terminan es cuando me sorprendo recordándole, echándole cada noche un poco más de menos, anhelándole, queriéndole cada vez más, me descubro dibujando mentalmente su imagen angelical una vez más y comprendo cuánto le quiero.

La montaña rusa

Las obras de la carretera son como una gran montaña rusa, aunque se conduce mejor que hace unos meses. Sin embargo, sigue todo lleno de conos naranjas y separadores (o como se llamen) rojos y blancos, pero sobre todo tiene muchas curvas. Ayer, cuando volvía, se había cruzado un camión; hoy ocurría otro tanto. Así que veo a los guardias desde muchos kilómetros antes gracias a unas potentes luces azules. Pero todos los días que llueve un poco me encuentro con el mismo panorama al volver a casa. El problema es que, a pesar de las curvas, se corre mucho en ese tramo. Antes había radares y la velocidad está limitada, pero, vaya, se hace caso omiso.
Me da mal fario encontrarme todos los días a los guardias, siempre en el mismo tramo.

Cambiando de tercio y, porque me apetece decirlo, el aire frío me ha encogido los huesos cuando iba hacia el coche. Pero el viento no me ha impedido ver el coche de esa persona tan especial. Y entonces me he sentido inundada de ternura, he sentido que estaba cerca y he imaginado que estaría guapísimo. Me gustaría contarle muchísimas cosas.

Es un ángel con un encanto especial.

La mañana de hoy no ha existido

Parece ser que la tarde me ha llevado a la concentración sin apenas darme cuenta de las horas que pasaban rápidamente.
Cuando miro a las últimas horas, no a las de la tarde, sino a las de la mañana, lo veo todo como entre una espesa niebla, como si todo fuera muy lejano. Debía estar muy grogui.

Me tengo que preguntar por él. Ahora comprendo lo que le estoy echando de menos y quizás mañana no esté aquí para cruzarme con su mirada perfecta. Quizás haya vuelto en unas pocas horas o quizás esté toda la mañana en Ezcaray. Yo creo que en dos horas estaré de vuelta.
Necesito verle, necesito cruzarme con esos ojos donde se concentra todo lo mejor del mundo. Me pregunto dónde estará. Me gustaría susurrarle algo como: "Abrázame, que hace frío", aunque sólo con mirarle ya siento esa calidez que proviene de las personas a quienes queremos.

Me voy a casa, que ya va siendo hora.

Las medicinas que 'colocan'

Llevo unos días con catarro y mucha leche con miel. Pero ayer empecé a toser sin parar, me pone nerviosa toser, así que fui a la farmacia a que me dieran Bisolvón para atenuar la tos. Me tomé tres tragos a lo largo de toda la mañana, lo que me llevó a echar una cabezada antes de volver a la oficina a las cuatro. Decidí que no podía tomar más, ya que me entraba mucho sueño.
Esta mañana, antes de salir de casa, me he echado otro traguito, cuando aún no había desayunado. A lo largo de toda la mañana parecía que estaba flotando, porque realmente parecía que estaba colocada. He optado por no tomar más jarabe, que parece ser que me sienta mal. Siempre me quedarán los caramelos de menta para la tos, aunque ya apenas toso.
Lo que recuerdo a la perfección es la sed, por lo que he venido con varios botellines de agua que he apurado a lo largo de toda la mañana.
Recuerdo todo entre brumas. Recuerdo con quiénes he tomado el café y sus conversaciones me sonaban muy lejanas. Recuerdo haberme quedado mirando al infinito mientras alguien me hablaba al teléfono.
Una y no más. No volveré a tomar de ese jarabe, aunque otras veces en que he tenido catarro lo tomaba y no me había ocurrido nada parecido con anterioridad.
Nunca me han gustado las medicinas, sólo las tomo como último remedio. El catarro se termina marchando de forma natural, pero cuando la tos no se puede aguantar, como me ocurría ayer, tuve que buscar una solución. Ha sido peor el remedio.
Y encima no le he visto.

Cada día único

Si vivir fuera sencillo la vida se convertiría en algo monótono y aburrido. ¿Quién no ha luchado, con el sudor de su frente, por algo que anhelaba? Supongo que todos hemos luchado y seguimos luchando por algo o por alguien. La vida no consiste en hacer que todos los días sean iguales sino en convertir cada día en único. Pasamos por diferentes etapas, incluso muchos días se asemejan a otros anteriores. Aunque reconozco que en este último año y medio ningún día ha sido igual a ningún otro, sino que cada jornada ha sido especial, porque cada mañana me despertaba (y me despierto) con una mirada distinta y sin embargo con la misma imagen angelical en mente. Pensar en él me otorga a veces una energía increíble para empezar el día, impulsada quizás por la ilusión de verle en cualquier momento, de encontrarme con esa mirada desbordante de bondad, de nobleza y de paz (entre otras cosas), de que cualquier detalle me lleve a dedicarle un minuto de mis pensamientos y sentirme contenta por saberle tan cercano... Anhelo todos esos momentos de él en que me da tanto con apenas un minuto. Lo que me da él cada día no me lo da nadie más. Ha de ser así. ¡Cuántas veces siento que debería darle las gracias por hacer que los días tengan un color especial!

¿Qué es el amor?

Nunca ningún autor y tampoco ningún idioma han podido describir fehacientemente qué es el amor. Sólo se han concretado a dar definiciones, explicaciones y opiniones.
El amor es un sustantivo y, como tal, es estático.
¿Qué es amar? Amar es un verbo y, por tanto, es dinámico; es una conjugación, es acción, es predisposición y es decisión.
Amar es sentir por la otra persona, es pensar en la otra persona, es interesarse por la otra persona.
Amar no es decir "debes levantarte", sino que es dar la mano y decir "ven, yo te ayudaré a levantarte".
Amar significa compartir con el ser amado absolutamente todo.
Amar significa disfrutar el beso que se le da a la persona amada, amar es disfrutar del aroma natural que te ofrece la persona a la cual amas, es tomar el gusto de su físico, de su voz, de su sonrisa.
Amar es dar confianza a la persona amada, es dar seguridad, es pensar positivamente que el amor no se va a acabar, sino que cada día se hará mayor, es no restringir los sentimientos por temor a que el amor acabe de un momento a otro.
Amar es dar con la confianza de ser correspondido.
Amar es estar dispuesto a luchar para que el amor no muera.
Amar es regar cada día la fuente del amor.
Amar es saber recibir del ser amado cualquier gesto o manifestación de amor y valorarlo por pequeño que éste sea.
Amar es desear estar al lado de la persona que te ocasiona un revoloteo de mariposas en el estómago cada vez que escuchas su voz o sientes su presencia.
Amar es no callar los sentimientos, sino expresar lo que se siente en cada instante que se piensa en el ser amado, es deleitar los oídos del ser amado describiendo la belleza de las cosas que se sienten.
Amar es dejar que fluyan las emociones por la persona amada sin temores y sin inhibiciones.
Amar es luchar para hacer feliz a quien amas.

Acabo de tomar dos cucharadas de jarabe. Se me caen los párpados. Pero incluso con un pie en el umbral de los sueños siempre tendré un minuto para esa persona tan especial que hace, quizás sin darse cuenta, que cada día sea único (y, sin duda alguna, maravilloso). Me voy a soñar con él.

lunes, noviembre 08, 2010

Quiero ver el mar

Aunque está la calefacción puesta desde hace mucho tiempo, estoy helada de frío. Yo creo que simplemente tengo frío con escuchar el silbido del viento en el exterior.
Es casi invierno, y odio el invierno. Aunque en unos días espero estar en una playa como si fuera verano. He mirado la previsión del tiempo en Canarias para la próxima semana: entre 17 y 20 grados.
Pensaré mucho en él. Quizás incluso le escriba (o quizás seguramente). Quiero ver el mar.

¿Dónde está?

Cuando me iba, su coche seguía en el mismo lugar que varias horas antes. Desconozco cuántas veces me he girado para mirar hacia el fondo de la calle. Pero no, él no venía.
En ocasiones me pregunto qué me da, qué tiene esa persona para ser tan especial, qué me aporta cada día que nadie más pueda aportar... Si me paro a pensar, tengo respuestas para todas esas preguntas.
A veces conocemos a alguien único, un ángel que no nos deja indiferentes. Y sólo podemos quererlo. No puedo hacer otra cosa más que quererlo.

Estas cosas sólo ocurren una vez en la vida.

La hora de marchar

Me pregunto si estará cuando vaya al coche. Ya podría encontrármelo. Aunque si me lo encontrara es posible que le dijera de ir a tomar algo. Tengo una necesidad vital de contarle cosas, de compartir con él algunos asuntos, de pedirle su opinión en algunas cosas.
Seguro que hoy estaba guapo, pero como no lo he visto... Y aunque no lo haya visto estoy segura de que estaba guapísimo.
Le echo de menos. Le quiero tanto...

Es un buen momento para ir a casa.

De gris

Estoy mirando al cielo como deseando que deje de llover. Es que cuanto más llueva más llamadas tengo y cuantas más llamadas más trabajo.

Está demasiado oscuro. Es un día totalmente invernal. Aunque pienso en una persona especial y en mi mente todo tiene un color y una luz especiales, aunque fuera el día sea gris y lluvioso.

Al menos estoy más despejada que hace una hora.

¡Qué no daría yo por salir a la calle y caminar con él! Sin que la lluvia sea relevante, sin fijarnos en las nubes oscuras del cielo. Sólo compartir con él momentos tan simples como una tarde de lluvia gris.

Siesta reparadora

Me he echado una cabezadita después de comer. El jarabe me ha dado mucho sueño y estaba grogui. He pensado en él y me he quedado dormida. Cuando he cerrado los ojos todavía era de día, cuando los he abierto es casi de noche de todo lo oscuro que se ha puesto.
He optado por no tomar más jarabe hoy porque parece que estoy flotando. Aunque me he despejado casi por completo al ver su coche. Entonces le he sentido muy cercano...
Le echo de menos. Que tampoco le he visto hoy. Aunque en mi mente sigo escuchando esa voz tan dulce, tan reconfortante, tan sensual.
Reconozco que dormir durante veinte minutos me ha venido bien.

La voz que hace que toques el cielo con las manos

No hay nada como empezar el día y escuchar su voz, esa voz tan suave, tan sensual, que lleva a imaginar, que lleva a soñar...
No hay nada como acabar la mañana y volver a escuchar esa voz tan dulce.

No le he visto, quizás porque hoy ha sido un día movidito desde primera hora de la mañana. No hemos coincidido, aunque me hubiera gustado.

Y, sin embargo, le he escuchado, le he imaginado al otro lado guapísimo. Porque seguro que está guapísimo.

Es hora de marchar a casa.

En la oscuridad de la noche

Siempre digo que para la medianoche debería estar durmiendo, pero nunca, excepto los jueves, hago caso del reloj. Y así, casi siempre, me encuentro a la una con los ojos abiertos en la oscuridad, pensando en alguien muy especial, preguntándome qué me deparará el nuevo día, deseando verle mañana y sentir 'eso' que sólo cuando mi mirada se cruza con la suya acontece repentinamente, aunque como algo fugaz. 'Eso' que sólo podría llamarlo 'magia'.

Es un buen momento para ir al encuentro de los sueños.

¡Qué no daría yo por quedarme dormida entre sus brazos...!

La Universal


Resultado de imagen de la universal libro
31 de mayo de 1906. Se celebra en Madrid la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battemberg. Cuando la carroza real pasa por la calle Mayor, una bomba convierte esa jornada festiva en un día trágico, sesgando la vida de 28 personas que habían ido a vitorear a los novios. El anarquista que lanza la bomba, Mateo Morral, no alcanza su objetivo (la pareja real).
A raíz de este atentado, cualquier hombre o mujer que hablara en contra de la monarquía o se reuniera con células cercanas al anarquismo era detenido y enviado a la cárcel.

En la calle madrileña del Rollo vive Antón Ozaeta con su esposa Eulalia y con su suegra. Vitoriano de origen, se gana la vida arreglando aparatos de todo tipo en un pequeño taller que tiene en los bajos de la casa de su esposa. En el atentado, su suegra Fuensanta se queda traumatizada y, pocos días después, muere. Antón cree que su suegra tenía unos pocos ahorros, pero no se atreve a decírselo a su mujer y él se siente incapaz de encontrar ese pequeño tesoro. Poco a poco y comprobando que su jornal es insuficiente, con ayuda de un policía amigo suyo, Benigno, decide abrir una pensión en su casa, ya que cuentan con muchas habitaciones que bien podrían alquilarlas. El nombre de la pensión será "La Universal". Pero los inquilinos que trae a su casa, al menos la gran mayoría, no pagan alquiler.
Un día, caminando por la calle, se encuentra con una mendiga de nombre Casilda a la que ofrece alojamiento. La muchacha ayudará a su mujer en las tareas cotidianas.
Otro día, conoce a un anciano profesor, Juan José, al que acaban de echar de la escuela en la que toda su vida ha dado clases por considerar que su ideología está en contra de las enseñanzas que intenta impartir el Gobierno a los alumnos.
Pepe Cantonal es un viejo amigo de Antón que un buen día aparece en su casa, acompañado de la Virtudes, una prostituta que acaba de abandonar su profesión, pues no tienen techo bajo el que dormir, ya que a él le han echado de la fábrica por ser anarquista y ella no ha querido abandonarle.
Isidoro es un niño que Antón ha recogido de la calle y que le ayuda en el taller. Se ha encariñado con él y no quiere enviarle de vuelta a la calle.
Ignacio Wallenstein es un joven abogado, recién licenciado, que trabaja de archivero en un prestigioso bufete de abogados, donde nunca le darán ningún caso importante. Cuando un día le llama el presidente de la empresa y le dice que investigue la desaparición de un hombre en Manzanares el Real, Ignacio comienza a tirar de los hilos y termina liado con la secretaria del bufete, Cecilia Beltrán, que le vigilará a partir de ese momento. Una noche, decide contarles a sus amigos lo que está investigando y ellos le ayudarán a descubrirlo.
La Patrocinio es la vecina del primer piso que, desahuciada, se va a vivir a una habitación de la pensión cerca de la puerta, ya que lee las cartas y recibe a sus clientas dos días a la semana.
Antón sabe que son muchas bocas para alimentar y poco dinero entrante y sonante, así que sólo se le ocurre la idea de crear un grupo circense donde todos y cada uno demostrará sus habilidades para salir adelante.

domingo, noviembre 07, 2010

Época de cambios

He convertido el sagrado baño del domingo en una rutina reconfortante. Mientras espero a que se llene la bañera, me encuentro pensando en algunos asuntos. En que dentro de una semana tendré el mar a mis pies. En que la vida puede cambiar totalmente de la noche a la mañana. En él, con quien quizás hable mañana. En que los miércoles, a partir de ahora, estaré en otro pueblo montañoso, aunque sólo por las mañanas y que ese día le echaré mucho de menos. En lo que me gustaría quedarme atrapada en esa mirada tan especial...

Como una montaña… invisible

Si observamos una montaña es inevitable preguntarse cómo la naturaleza llega a crear tanta belleza. Adoro las montañas. Cuando estaba en el colegio siempre me apuntaba a todas las acampadas, aunque eso conllevara sacrificar un fin de semana en casa. Al estar interna y volver sólo los fines de semana, era duro no ver a mi familia durante dos semanas seguidas. Pero era consciente de que las acampadas estaban al alcance de la mano en ese preciso instante y que, si no iba, me las perdería. Odiaba los desayunos a base de cacao, odiaba partir cebollas para la cena porque me ponía a llorar inevitablemente, odiaba las ampollas de los pies al terminar el día. Pero en la montaña sentía libertad. Nos pasábamos mañanas enteras caminando y descubriendo panorámicas nuevas cada día, de una belleza que quitaba la respiración. Recuerdo que, cuando regresábamos al campamento o al refugio, los dedos de las manos se mostraban hinchadísimos. Recuerdo que, en una de aquellas acampadas, aprendí a jugar al mus (mi juego de cartas preferido, sin duda alguna). Recuerdo los reflejos de las llamas en las pupilas de la gente que estaba sentada alrededor de un fuego que nunca se apagaba. Recuerdo un refugio solitario entre montañas sorianas en donde parecía que estábamos aislados; no había nada alrededor más que árboles, nieve, montañas y naturaleza.
Recuerdo también el esfuerzo que teníamos que hacer a veces, pero ese esfuerzo se veía recompensado con creces. No era tanto al comenzar, sino continuar, cuando eras consciente de las horas que llevabas caminando por senderos empinados sin descansar, dando pequeños sorbos de agua, cuando repartían onzas de chocolate (como fuerzas vitamínicas para seguir), cuando veías el final de la montaña que nunca llegaba, aunque caminaras más rápido…

A veces, los sentimientos son como esa montaña invisible e inalcanzable. Empiezan por la base, creando algo insólito que continuará creciendo hasta alcanzar una grandeza de hermosura incuestionable. Pero invisible. Empezar a sentir algo llega sin más. Que ese sentimiento continúe tanto espacial como temporalmente es cosa de la persona que siente. Podría parar en la ladera de esa montaña, pero en el fondo sé que no lo haría, porque yo no quiero dejar de quererle nunca. Y, mientras, miro en todas las direcciones y me encuentro en cierto modo como si estuviera rodeada de la belleza de las montañas y, como entonces, me siento libre. Pero también feliz.
Esa montaña es invisible para el resto del mundo, aunque no es invisible para mí. Y él… ¿la verá?

La mañana del domingo

Anoche al final no salí. Aunque tenía muchas ganas de verle... Lo que ocurre es que no paraba de toser y así no podría haber disfrutado de la noche, así que preferí quedarme en casa.
Soñé con él, y el sueño era perfecto.
Me pregunto dónde estará. Me gustaría contarle tantas cosas...
Lo cierto es que le echo mucho de menos. Echo de menos mirar a esos ojos perfectos y encontrar en ellos tantas cosas buenas. Echo de menos la melodía de su voz sensual aportando tanta sabiduría. Echo de menos...

En una semana...

Dentro de una semana me encontraré en Canarias. Un descanso... ¡por fin! Necesito despejar la cabeza y necesito desconectar por completo.
Aún no tengo ni los billetes y desconozco dónde dormiré, pero estoy segura de que, dentro de una semana, estaré viendo el mar y disfrutando de una temperatura mucho más agradable.
Quizás esté pensando en él. Me gustaría caminar sobre la arena con él, observar la puesta del sol en el horizonte con sus cálidos colores anaranjados y sentir mis dedos hilvanados con los suyos.
La próxima semana se me habrá pasado el catarro.

sábado, noviembre 06, 2010

El deseo de verle

Llevo tantos días sin verle que deseo que pasen las horas raudas hasta la noche, e incluso no tengo toda la certeza de que me vaya a encontrar con él esta noche. Necesito verle, escuchar su voz, tocarle sutilmente, perderme en esa mirada angelical, observar su sonrisa perfecta.
Me pregunto dónde estará. Daría cualquier cosa por pasar toda la tarde con él...

La caída de los gigantes


Resultado de imagen de la caida de los gigantes
Cuando nos encontramos ante una novela de Ken Follett, sabemos que nos encontramos ante un excelente narrador, intuimos que vamos a disfrutar de la historia que tenga a bien contarnos. Sus mejores novelas y, por ende, las más famosas (Los pilares de la Tierra, Un mundo sin fin), han pasado de las mil páginas. La caída de los gigantes no es menos, sin embargo, ésta pertenece a una trilogía titulada The Century, con tres novelas que tocarán tres de los momentos más significativos del siglo XX: La Iª Guerra Mundial (en La caída de los gigantes), La IIª Guerra Mundial y la Guerra Fría. Es obvio que las dos partes que completan la trilogía se harán esperar, tanto tiempo como a Ken Follett le cueste escribirlas, con todo el tejemaneje que lleva la producción editorial de un libro, la publicidad y la definitiva llegada a manos de los lectores. Así que al menos tendremos que esperar unos años antes de que la segunda parte vea la luz.
No soy una experta en la Iª Guerra Mundial. Siempre me atrajo mucho más la Segunda; en principio porque siempre nos sentimos más atraídos por los acontecimientos más cercanos en el tiempo, pero sobre todo porque fue mucho más cruenta y demoledora, hechos que terminan insensibilizando a cualquiera. Reconozco que este libro me ha aportado muchos datos históricos que desconocía sobre la Primera Gran Guerra. Es una magnífica historia. Ken Follett se ha lucido en esta novela, pues, de alguna manera, toca todas las facciones que entraron en batalla desde 1914 hasta 1918.

Una novela se convierte en única gracias a sus personajes. El entramado de protagonistas de La caída de los gigantes es inmenso, gracias a sus perfiles sabiamente esbozados. ¿Mis favoritos? Walter y Maud, no sólo porque fueran capaces de seguir a su corazón pese a la peligrosidad que eso conllevaba en tiempos de guerra, ya que, si su secreto se hubiera sabido antes de tiempo, hubieran sido considerados traidores a su país de origen. Su boda en secreto les convierte en dos adelantados a su tiempo, en dos personas que no les importa luchar contra las conveniencias sociales del momento, a pesar de que podrían perder todo (riquezas, títulos, herencias). Lo que a ellos dos les importa de verdad es estar con la persona amada. Lo que ellos hacen es algo heróico: se casan en secreto antes de comenzar la guerra, siendo conscientes de que sus países originarios (Alemania e Inglaterra) lucharán entre sí, y van a ser fieles durante cuatro años sin verse y sin saber si la otra persona habrá muerto durante la guerra. Su actitud, tanto de uno como de otro, es digna de admiración.
Por supuesto, también hay un personaje que no me gusta y ése es Lev Peshkov. Me parece un personaje inmaduro y superficial, tendente a meterse en todo tipo de líos. Es un personaje que, a lo largo de toda la novela, me termina sacando de quicio. Me parece tan frívolo, tan inmoral, tan egoísta, tan inhumano… El único momento en que le encuentro algo más humano es cuando está con su hija Daisy, pero ignora al resto de hijos que ha ido dejando por el mundo. Me parece un personaje insoportable.

La novela comienza su círculo en una mina: Billy acaba de cumplir trece años, pero ese día no irá a la escuela, sino que empezará a trabajar en la mina de carbón. En los últimos años, Billy, después de la guerra, volverá a bajar a esa misma mina como trabajador. Esos dos momentos son diferentes, ya no sólo porque ha transcurrido una guerra en el medio (y obviamente Billy ha tenido que convertirse en soldado e ir a Francia a luchar por su país), sino por los acontecimientos políticos. En 1914 la mina de Aberowen perfenece a la aristocracia local, al conde Fitzherbert (comúnmente llamado Fitz); en 1918, los trabajadores tienen sus derechos y la palabra del conde apenas tiene peso. Él tiene miedo porque cree que también en Gran Bretaña podría ocurrir una revolución como la que aconteció en Rusia en 1917.
Billy Williams es un joven galés que trabaja en la mina de carbón de Aberowen. Su padre es presidente del Comité de Trabajadores, un buen orador y hombre de gran influencia sobre los derechos de los trabajadores, pero se le considera un idealista en los momentos previos a la guerra, porque nadie considera que los mineros tengan más derechos que el del sustento diario en una mina donde cualquier día podrían perder la vida. Ethel Williams, hermana de Billy, trabaja como ama de llaves en casa del conde Fitz, que se enamora profundamente de ella. Su relación terminará cuando Ethel se quede embarazada del conde y decida marcharse a Londres, exigiéndole a Fitz que le compre una casa donde criar a su hijo.
El conde Fitzherbert es un hombre adinerado de Gales, con mucho peso en la política de Londres. Está casado con Bea, una princesa rusa, que no le satisface. Ella siempre echa de menos su país y se siente como la extranjera que es en un país extranjero. La hermana del conde, Maud Fitzherbert, es una radical feminista. Sin apenas herencia, porque todo lo ha recibido su hermano excepto una pequeña asignación mensual, vive a expensas de Fitz. En el círculo de amigos de su hermano conoce a Walter von Ulrich, un conde alemán del que termina enamorándose, y se encuentra con que el conde alemán también la quiere. La guerra que enfrentará a sus países respectivos podría ser una traba para su amor.
Gus Dewar es un joven estadounidense que se convertirá en uno de los hombres más allegados del presidente Woodrow Wilson. En Londres será invitado a las fiestas de las altas esferas, donde entablará amistad con Walter von Ulrich, Maud y el conde Fitzherbert, entre otros.
Grigori y Lev Peshkov son dos hermanos que malviven en San Petersburgo. Se quedaron huérfanos muy pronto y han tenido que sobrevivir al hambre y a las mezquindades de un país campesino, donde la riqueza se encuentra en unas pocas manos. Trabajan en una fábrica donde se producen locomotoras de tren para transportar armamento pesado. Grigori es la cabeza sensata que saca de apuros a su hermano menor, Lev. Grigori está ahorrando para comprar un pasaje a Norteamérica, porque cree en la democracia.

El asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono de Austria, en 1914, desencadena una guerra atroz entre las más relevantes potencias europeas. A casi todos los protagonistas les pilla la noticia en Londres.
Todos los protagonistas de la novela irán a la guerra, que se convertirá en un sinfín de batallas que siempre quedan en tablas, hasta que en 1917 se produzca la Revolución Rusa, por lo que Rusia tendrá que retirarse de la guerra y, ese mismo año, Estados Unidos declare la guerra a Alemania, haciendo que la balanza se decante en la victoria de los aliados.

Considero que es un magnífico libro.

Árboles bañados por el sol de noviembre

Hoy hace un magnífico día para caminar por el campo. Es uno de esos días soleados en que apetece salir de casa y disfrutar del aire libre.
Entre los árboles me siento en paz conmigo misma y con el mundo. A veces pienso en lo que me gustaría compartir todo eso con él.
Así que me voy a dar una vuelta.

viernes, noviembre 05, 2010

Antes del fin

Estoy terminando el libro de Ken Follet. Me quedan aproximadamente cien páginas para llegar al punto final. En realidad, ahora es cuando suelo demorarme, porque no quiero que se acabe tan pronto, pero quiero saber cómo es el desenlace.
Estoy lo suficientemente enganchada como para llegar a la última página entre hoy y mañana.

Me gustaría haber salido esta noche y verle quizás...

Viernes por la tarde

He hecho una excepción a la hora de marchar. Para las dos volvía a casa porque estoy resfriada y me dolía la cabeza. Lo peor es la sensación de tener la garganta que me raspa. Sólo tenía ganas de dormir. Obviamente me he despertado algo mejor.
Cuando me iba he visto su coche y he tenido esa sensación de cercanía.

He soñado con un ángel. Imaginaba que le abrazaba y que me quedaba dormida en sus brazos; en ese momento me sentía reconfortada. Tanto que me he quedado dormida, pero no en sus brazos.

Me pregunto dónde estará.

Ya ha llegado


Atónita me hallo. El lunes envié por internet y pagué el álbum de Fotoprix. Hoy me ha llegado. Sólo ha tardado cuatro días. Me gusta cómo ha quedado. Creo que seguiré este sistema a partir de ahora. Al menos no quedarán las fotos arrinconadas en una carpeta del ordenador y se mostrará una pequeña parte funcional que resume, en este caso, todo un viaje.

Echo de menos a alguien, pero quizás hoy no le he visto porque he estado muy ocupada y cuando me he querido dar cuenta era demasiado tarde. Seguro que estaba guapísimo. Me encantaría enseñarle el álbum.

Pasada la medianoche

Pasan quince minutos de la medianoche. Es un buen momento para ir a dormir. Entre unas cosas y otras, necesito dormir un poco más que los días anteriores. Se agradece saber que ya es viernes.

Me voy a soñar con él... Y, de hecho, es un buen momento para ir al encuentro de los sueños.

jueves, noviembre 04, 2010

Hoy tengo un sueño

Tengo un sueño, un gran sueño, un magnífico sueño. Y no se trata de un sueño irrealizable o fantástico, sino que es plausible, porque los seres humanos no podemos permitir que nos roben los sueños, aunque nunca fueran a cumplirse.
En ese sueño aparece un ángel, cuyas alas plateadas resultan invisibles, sus ojos de color oscuro contienen toda la sabiduría del mundo, sus dedos tienen una textura similar a cuando tocamos el pétalo aterciopelado de una rosa, su voz contiene una fuerza y una seguridad insólitas y su sonrisa provoca un estremecimiento incontrolable en mi corazón. Y cuando los hilos se ponen en movimiento me siento 'tocada', siento que me rodea una especie de magia indescriptible.
Con el paso del tiempo conocemos a muchas personas. Unas se van, otras se quedan para siempre, hay quienes se separan temporalmente... Muy pocas personas son las que, en cierto momento o por determinadas circunstancias, llegan a 'tocarnos' el alma de una manera tan especial. Y no hay vuelta de hoja.
Un día te das cuenta de que esa persona da un sentido a tu vida. Cuando piensas en él sonríes, porque su imagen, rodeada de características tan extraordinarias, te da alegrías suficientes como para comprender que quieres más de esa persona.
Si una mirada o una palabra de ese ángel puede provocar tal erupción volcánica en tu corazón, ¿qué no haría con una caricia, un beso o...?
Creo que debería haberle conocido hace ya muchos años. Porque creo que ni en los próximos años habré descubierto una parte esencial de ese misterio que le rodea, claro que es matemáticamente imposible conocer por completo a una persona. Y eso que cuanto más le conozco más me gusta lo que hay en él.
De repente, pasa el tiempo y te encuentras queriendo a esa persona tanto que no sabrías cómo describirlo. A veces me pregunto qué me da. Y la respuesta es interminable, porque me aporta tanto cada día. Y sobre todo me reconforta, me da infinitas alegrías y me encuentro en paz.
De repente, me encuentro con que todo lo que me rodea es de una belleza insólita en la que anteriormente no había reparado, y comprendo que esa belleza está vinculada a él, porque una parte de la belleza emana de él y la otra parte... de lo que yo siento. Porque sentir lo que siento ahora por esa persona está impregnado de una belleza de la que las cosas materiales carecen.
Hoy tengo un sueño. En el sueño aparece un ángel. Ese ángel me aporta una serena alegría. Y entonces me encuentro observando la magia que hay alrededor de todo. ¿De dónde vendrá esa magia...?
Y el día que no sé nada de él... siento que faltan piezas, que algo alrededor de mí está incompleto.

A cinco minutos

A cinco minutos de las siete he tenido una visita. Así que aún sigo en la oficina. Por un día que iba a marcharme a la hora, me encuentro que los minutos no pasan en balde y que son tres cuartos de hora más tarde.

Quizás termino de cerrar el ordenador y viene alguien más porque ve la luz. Anoche tenía el flexo y la puerta cerrada.

Me voy a pensar en él. A imaginarle. A quererle un poco más.

El susurro del aire

Queda poco para el fin de semana y queda menos para que me vaya a tomar el sol. Hoy estoy despistada y creo que es por la falta de sueño, pero esta noche me obligaré a dormir temprano. A soñar con él.
Le besaría hasta que se me acabaran los besos, aunque estoy segura de que los besos nunca se acabarían para él.
Le brindaría caricias hasta que no tenga fuerzas para acariciarle, aunque estoy segura de que nunca me faltarían caricias para él.
Le regalaría mis palabras en susurros que se llevaría el aire y me dejaría llevar por sus palabras cargadas de sabiduría.
Le abrazaría hasta que me salieran agujetas en los brazos, aunque estoy segura de que tal cosa no ocurriría jamás.

Me voy a casa, a mirar las estrellas, a pensar en ese ángel que tantas alegrías me da cada día, a descansar, a desconectar, a recordar momentos únicos de él...

El infinito punto del horizonte

En una hora me voy, porque anoche me quedé leyendo hasta tarde y hoy siento un cansancio extremo. Aún sigo leyendo leyes, aunque termino ya hoy, lo que es de agradecer. Lo que ocurre es que hoy siento cierta tendencia a mirar hacia un punto infinito del horizonte y pensar en él. Me pregunto si estará trabajando. A veces me cuesta mucho no dejarme llevar por los impulsos, pero me gustaría pasarme por allí y decirle: "Vamos, vamos a tomar algo". Realmente no es tanto verle, sino que me gustaría compartir con él ciertos asuntos y pedirle su opinión.
Daría cualquier cosa por acariciar ese rostro tan dulce.
Ahora... ahora mismo me gustaría robarle un beso.

Sol de otoño

Hace una tarde tan soleada que apetece salir a la calle, caminar sin rumbo, pararse en cualquier escaparate, escuchar el susurro crujiente de las hojas en el suelo... Es obvio que son momentos que me gustaría compartir con alguien muy especial.
Son tantas las emociones que fluyen cuando le miro, cuando mis ojos se cruzan con los suyos... Hoy he carecido de todo eso y lo echo de menos. Cuando le miro a los ojos y descubro en esa mirada perfecta todo lo que no veo en el resto de la gente tan sólo puedo sonreír. Porque veo que aún queda alguien con la suficiente nobleza, honradez y bondad en un mundo donde cada vez todo es más caótico. ¿Cuántas veces habré soñado en que me pierdo en la profundidad de esos ojos que tanto dan sin decir mucho? Me quedaría horas mirándole fijamente, sin cansarme. Porque en él veo tantas cosas buenas...
Y escuchándole. Mi alma baila con el timbre melodioso y sensual de esa voz que me termina derritiendo.
Si él supiera...

Estoy hoy un tanto soñadora. Ayer estaba guapo, hoy seguro que lo está aún más (aunque no lo haya visto en las últimas horas).

4.00 p. m.

Venía por la calle y mi mirada se ha quedado observando algo. He mirado la hora. Aún faltaba un cuarto de hora para las cuatro. Tan cercano... Podría incluso haberme cruzado con él, pero no tendré tanta suerte.
Le echo tanto de menos...

Debería ir a tomar un café. Sobre todo porque tengo las llaves del coche en la cafetería.

Cien palabras para soñar

Me asomo a la ventana y me acuerdo de su imagen perfecta, una imagen de la que emanan tal magia, tal bondad, tal magnificencia que a veces me faltan las palabras para describirlo.
Cada instante de él es único, porque las personas que son únicas sólo pueden brindarnos momentos únicos.
Él es esa persona especial a quien nunca me canso de mirar (ni de admirar). Es esa persona especial que hace que todo sea perfecto, que todo sea mejor. Es esa persona especial a quien nunca me canso de escuchar. Es esa persona especial de quien siempre se aprende algo.
Él es ese ángel cuya piel no me cansaría de besar, cuyo rostro no me cansaría de tocar; es ese ángel a quien nunca me cansaría de acariciar, ni de mirar. Para él siempre tendría una historia que contar. Me gustaría animarle cuando esté triste (aunque no recuerdo haberle visto nunca triste) y reírme con él cuando sonríe. Adoro verle sonreír. Y cuando le veo sonreír sé que está bien.
Es tan adorable que no puedo hacer otra cosa sino quererle.

Me caigo de sueño. Seguramente soñaré con él.

miércoles, noviembre 03, 2010

Regreso

Acabo de ver a alguien y me ha llevado a pensar en otra persona. Me pregunto dónde estará... Me gustaría tanto hablar con él al caer el día... Me gustaría tanto caminar por las calles con él, y sobre todo porque la temperatura acompaña.
Me ha llevado una hora exacta limpiar el coche de mi hermano y acabo de llegar. Será el primer día que utilizo el flexo y así da el pego, que parece que no hay nadie en la oficina.
No quiero irme a casa hasta que no termine con las leyes, pero cuando termine ya me quedaré libre. Pero es algo tan denso (casi 40 páginas) que podría llevarme bastante tiempo.
Me gustaría verle. Estaba tan guapo hoy...

Casi las seis

Creo que voy a ir a lavarle el coche a mi hermano. Y va a ser ahora, ya que, si espero un poco más, se me hará de noche.
Mi hermano era consciente de que si me dejaba su coche dos días iba a devolvérselo brillante, porque no soporto el polvo.

Fugazmente

Acabo de verle pasar. Estaba en la calle, a punto de irme. Y entonces ha pasado, mirando al frente, como siempre. Guapísimo. Si hubiera ladeado un poco la cabeza es posible que me hubiera visto, pero no lo ha hecho.
En esos momentos, una parte de mí se ha escapado con él.

Los días que le veo son perfectos. Porque él hace que todo sea perfecto.

Un paso hacia los sueños

He perdido la rutina de sentarme frente al portátil y escribir durante mucho tiempo (horas...) sin parar, incluso llegando a perder la noción de la realidad, del espacio y del tiempo. Lamentablemente hoy en día no tengo muchas horas para poder realizar algo así, aunque será algo que sí que haré dentro de ¿diez días?
Podría esbozar palabras, frases, párrafos enteros sin apenas darme cuenta, pero a la una tendré que marchar a dormir.
Pienso en él. En estos momentos pienso mucho en esa persona tan especial. ¿Cómo es posible que me dé tanto con unos pocos instantes? Si nuestros labios se rozaran, nuestros dedos buscaran la otra piel a través de las caricias, si cualquier amanecer despertara en sus brazos... creo que no encontraría las palabras idóneas para describirlo. Los sentimientos son para sentirse, no para explicarlos. Quizás podemos acercarnos a través de metáforas o de juegos de palabras, pero es matemáticamente imposible describir el amor.
A veces creo que debería decírselo, que debería describirle cómo es quererle en el silencio, cómo es sentir todo esto que incluso a mí misma me abruma en ciertas ocasiones. Pero mis palabras le han ruborizado alguna vez y no quiero ver que sus mejillas se colorean por una palabra dicha a destiempo o una palabra que quizás debería haber guardado bajo llave.
Pero sobre todo me gustaría describirle todo lo que yo veo en él, todo lo que me da cada día desconociéndolo; me gustaría susurrarle que todo lo mejor del mundo lo encuentro en su mirada perfecta.
Nunca había sentido algo de forma tan intensa que incluso a mí misma me intimida este sentimiento. Y soy feliz al pensar en él, al imaginarle, al soñar con él. Soy feliz porque es una de las pocas personas que me hacen sonreír, aunque el día sea negro, aunque esté con la moral baja, aunque no tenga un buen día. Es la única persona que hace magia sin saberlo. Es un ángel.
Queriéndole a él quiero más a todo el mundo.
En estos momentos me gustaría velar por sus sueños (intuyo que podría estar durmiendo, aunque no lo sé) y abrazarle, abrazarle muy fuerte para que al llegar el nuevo día no se esfume.
Es un buen momento para ir a dormir.

martes, noviembre 02, 2010

La intensidad del instante

Los días pasan rápido, demasiado rápido. Y siento que me falta algo, siento que me falta ese segundo elevado a la enésima potencia en que el mundo deja de girar sobre sí mismo y todo gira en torno a esa mirada perfecta. Pues el mundo está en él. Echo de menos ese minuto en que todas las personas dejan de respirar, de hablar, de reír para que sólo se oiga su respiración, sus palabras, sus risas. Echo de menos ese instante de él en que el tiempo deja de medirse en segundos, minutos y horas para convertirse en una pausa congelada que, de repente, ya ha pasado.
Y en esos minutos la vida es vida, el mundo es mundo y creo en el amor, en la perfección, en los sentimientos... Creo en él, en ese ángel que tanto me da cada día con sólo su presencia, su mirada, su sonrisa o su voz. Si él supiera todo lo que me aporta...

Eso... lo echo de menos.

Un paréntesis

Llevo un rato mirando leyes, por obligación y no por gusto. Necesito un descanso, pensar en él para sonreír inconscientemente. Me pregunto dónde estará y dónde habrá estado hoy.

Ni siquiera he visto su coche. Al menos, cuando veo su coche sé que está cerca, le siento muy próximo incluso aunque no sepa nada de él.

Le quiero más...

Un día sin verle es como un año sin luz

Los días son más largos cuando no le veo, y eso que hoy me ha brindado unos segundos y en esos segundos he tenido su voz, sus palabras y su sabiduría.
Como la luz de la oficina da mucho cante y la gente no respeta ni siquiera que ya son las siete, he optado por marchar a casa en este momento.

Me iré a soñar con él. A imaginarle... Daría un mundo entero por poder acariciarle el rostro en estos momentos y por susurrarle palabras de amor...

Compartiría tantas cosas...


A veces pienso en cómo sería compartir mis sueños con él. Por decir una de las miles de cosas que me gustaría compartir con él. Supongo que, cuando la otra persona significa tanto, estaríamos dispuestos a compartir todo de todo con ese ángel que por algo es especial y único.
De hecho, no es sólo todo lo que me gustaría compartir. A veces imagino que despierto los ojos a su lado cada mañana, que le robo un beso, que abre los ojos y le susurro lo guapo que está, lo magnífico que es despertar a su lado. Nunca había sentido tal deseo por alguien. Sí que he deseado en el pasado, claro, pero nunca como ahora, nunca de manera tan ilimitada.
Con la tarde que hace me gustaría dar un paseo con él, cogerle de la mano y perderme en esa mirada angelical. Y contarle... me gustaría contarle muchas cosas.

Ando despistada. Al mediodía he ido a hacer un cambio de coche con mi hermano. He metido todo en el coche y, cuando he aparcado, me he dado cuenta de que me había olvidado el bolso. Estaba sin móvil, sin llaves, sin dinero. Así que he tenido que regresar a casa.

Hace frío. Me gustaría tocarle el rostro, mirarle a los ojos y decirle todo sin decir ni una sola palabra en voz alta. En mi cabeza suena el timbre sensual de su voz, como una melodía cada vez más lejana...

Pintando el día de azul

Le echo de menos.
Pensaba que hoy le vería, pero no ha ocurrido tal cosa. Aunque su voz me ha 'tocado' el alma. De repente, todo era perfecto. Tanto que las horas se han pasado demasiado rápido.

El cielo es más azul, el día tiene más color. Y le sigo echando de menos.

Me encantaría acariciarle, susurrarle todo lo que me da, incluso cuando me veo obligada a echarle de menos.

La nostalgia del recuerdo

Añoro sus palabras cargadas de sabiduría. Anhelo escuchar esa voz tan sensual. Ansío oír la melodía de miles de alas de mariposas revoloteando en mi interior. Quizás mañana escuche el timbre de su voz, quizás...

Le echo mucho de menos.

En estos momentos no veo por ir a la cama, arroparme hasta la nariz y buscarle en sueños. Recordar ese encanto que tiene la persona más especial.

lunes, noviembre 01, 2010

Miscelánea

Daría cualquier cosa por estar con él ahora. Es sorprendente, pero cuando a veces nos preguntamos qué están haciendo otras personas o dónde estarán y no encontramos una respuesta certera comprendemos lo poco que sabemos acerca de esas personas. Puedo imaginar dónde puede estar, pero no podría decirlo con una seguridad absoluta. Podría estar durmiendo, tomando una cerveza, trabajando, viendo la televisión, hablando por teléfono... Hay tantas posibilidades que la única manera de saberlo sería preguntárselo a él. Pero no lo voy a hacer.
También me gustaría decirle que se viniera a la playa conmigo; si este fin de semana me hubiera encontrado con él seguramente se lo hubiera dicho. Noviembre es un mes demasiado largo, pese a que las tardes son cada vez más cortas. Una semana de descanso no estará mal. De hecho, quiero desconectar de todo. De todo... menos de esa persona tan especial. Al tener más horas libres podré pensar más en él. Ni siquiera le he dicho dónde terminaré marchándome.

Esta noche me han preguntado si iré a Túnez. He respondido que no, que no iré a Túnez. En caso de ir, sólo tendría que estar en Halcón Viajes el miércoles a las doce del mediodía. No creo que cambie de opinión al respecto. Ya me he hecho a la idea de llevarme el portátil y escribir largo y tendido frente al mar, en unas playas que no estarán tan saturadas de gente como en verano (o eso espero), mirar al mar y que su calma me recuerde a ese ángel de perfección, quizás escribirle una postal o... una libreta entera, subir a un barco e ir a ver ballenas, y tirarme de cabeza en todos los toboganes acuáticos que encuentre a mi paso (nunca lo he dicho, pero me encantan los parques acuáticos) y hacerme una foto con el Teide. Que conste que me llevo el ordenador casi por obligación, pues cada semana tengo unas responsabilidades de índole telemático que no puedo obviar. Al llevar el ordenador escribiré. Escribir me llena. Y verme con el portátil en la playa, olvidada de todo, hizo que la balanza se decantara por el sol de Canarias.

En Salamanca coincidí con mucha gente canaria. Tenía una amiga de Garachico (creo que está al norte de Tenerife, y yo voy al sur) que siempre decía que "Canarias es el sol de España". Ella es la que me contó algo sobre el rifirrafe que existe entre las dos islas principales: Tenerife y Gran Canaria. Se llevan fatal y sus diferencias son evidentes incluso cuando vuelan a la Península.
Seguramente que cuando esté allí me llegará el álbum digital de Japón. Lo he enviado hoy. Me ha gustado cómo ha quedado, espero que en formato libro haya salido espectacular. De hecho, desde que lo terminé hasta hoy he estado repasando pequeños detalles, cambiando fondos y tipos de letra y lo he perfeccionado mucho. He comenzado a hacer el de Malta. Creo que todos los viajes terminarán ocupando un lugar preeminente en mi estantería.

No sé lo que estará haciendo, ni siquiera dónde estará; lo único que sé es que le cubriría de besos en este preciso instante.

La alfombra otoñal


La ermita estaba completamente otoñal esta mañana. Después de ir al cementerio, he estado caminando y disfrutando de esa alfombra otoñal cubierta de hojas. Iba con el perro. Obviamente, no le puedo tener encerrado en casa aunque llueva.
A pesar de que había bastantes coches, toda la gente estaba dentro, por lo que caminar entre los árboles se convertía en una actividad llena de paz y tranquilidad. Me ha gustado estar allí esta mañana.

El cementerio de Verdún

Tengo por rutina confrontar datos históricos cuando leo novelas históricas. Es simple curiosidad, no tanto por los datos sino buscando imágenes del lugar para hacerme una idea más precisa. En estos momentos, la historia versa sobre la Iª Guerra Mundial, y cualquiera estará leyéndose ese libro en estos momentos, cuando ni siquiera hace un mes desde que vio la luz en las librerías. Pero Ken Follett atrae a las masas lectoras, y muy pocas veces decepciona, porque es un magnífico narrador.
Lo que yo buscaba era la zona fronteriza entre Alemania y Francia, siguiendo los movimientos de tropas, magistralmente descritos por el autor. En el libro echo de menos un buen mapa del tablero europeo durante la Iª Guerra Mundial, así que lo busco en internet.
El caso es que me he encontrado con una pequeña ciudad francesa que me ha dejado con la boca abierta. Cronológicamente hablando, no he llegado a la batalla de Verdún (acaecida en 1916), ya que en mi lectura de la novela la guerra no acaba más que de empezar.
¿Por qué me ha llamado la atención Verdún? Simplemente he visto una única imagen del cementerio cercano a ese pueblo. De hecho, es un día idóneo para hablar de cementerios.

La batalla de Verdún fue la más larga de la Iª Guerra Mundial y la segunda más sangrienta, después de la batalla del Somme. En Verdún se enfrentaron los ejércitos alemán y francés desde febrero hasta diciembre de 1916. Nadie ganó en esta batalla.
El pueblo se reconstruyó, pero aún quedan los vestigios de la "citadelle souterraine", laberintos subterráneos que albergaban al grueso del ejército francés en la batalla.
El Ossuaire de Douamont reúne los restos sin identificar de 130.000 soldados franceses y alemanes caídos en el campo de batalla. Es interesante recordar que, antes de Verdún, algo más al sur, en la primera Navidad de la guerra, tropas alemanas y francesas hicieron una tregua para celebrar su particular Navidad en la primera línea de batalla. Cuando vi la película de Feliz Navidad, pensé: "Ojalá que algo así hubiera ocurrido de verdad" y, poco después, lo verificaba y mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que en la Navidad de 1914 efectivamente los soldados de ambos bandos se habían unido en tierra de nadie para compartir con el enemigo un momento tan emotivo como es la Navidad, más emotivo aún si se está luchando en la contienda.
En Verdún, dos años después, esos mismos bandos lucharían encarnizadamente...

Comienza noviembre

Considero noviembre como un mes más bien triste. Quizás sea el mes del año que menos me gusta, porque se encuentra escrupulosamente cerca del invierno, porque apenas hay días soleados y porque ya es momento de abrigarse mucho.
Recuerdo el mes de noviembre del año pasado. En los primeros días del mes padecí un lacerante dolor que, durante días, me mantuvo pensativa y llegué incluso a arrastrar una amargura inexplicable. Fue algo que duró aproximadamente cinco días, pero llegué a tocar la oscuridad con los dedos.
Fue entonces cuando comprendí que le amaba más de lo que estaba dispuesta admitir. Supongo que a veces tenemos que sobrevivir a pequeñas torturas que nos abren los ojos hacia la realidad que tenemos delante y que no hemos querido ver. En noviembre de hace un año comprendí que esa persona era demasiado especial, que no me era indiferente, que le quería demasiado y que, de no sentir nada hacia él, era imposible sentir tal dolor como el que entonces llegué a sentir en mi alma.
Luego todo pasó.
Un año después le quiero muchísimo más aún. El sentimiento se ha incrementado de manera considerable.
A mediados del mes mi rostro era bañado por el tibio sol de Malta. Este año he optado por el sol del sur de Canarias.
En un año han pasado muchas cosas. Hace doce meses, víctima del dolor del corazón, llegué a pensar que el sentimiento mermaría, que quizás llegara a quererle un poco menos, que sería capaz de olvidarle. No ha pasado nada de eso, más bien ha sido todo lo contrario. He llegado a conocerle un poco más y cuanto más le conozco más le quiero, más le admiro, más le adoro.
Cuando está ese ángel frente a mí siento como si 'tocara' mi alma, con esa delicadeza propia de él. Un minuto de él y siento que le quiero más que el minuto anterior. Le miro a los ojos y veo todo lo mejor del mundo. Le rozo la piel y mi cuerpo se estremece irremediablemente. Escucho sus palabras y me encuentro imaginando sus recuerdos.

Noviembre puede ser un mes muy frío. O puede alborotar los sentimientos produciendo una calidez extrema. Dependerá de cada uno.