miércoles, mayo 12, 2010

Casi las dos

Sobre las once me he echado a la cama, he estado un rato leyendo, pero mi mente se ha puesto a divagar para detenerse en una imagen, en la imagen de un recuerdo agradable de cierta persona. Unos minutos después me encontraba dormitando y casi ya en el mundo de los sueños, hasta que he abierto los ojos repentinamente para descubrir que no era la primera vez que me quedo dormida con la lámpara de la mesilla encendida, el portátil sin apagar (aunque éste se apaga solo después de un tiempo, para ahorrar energía o algo así), el libro encima... He terminado levantándome porque necesitaba escribir algo...

Me voy a la cama, porque fluyen los recuerdos de él y, por eso, es un buen momento para dormir.

martes, mayo 11, 2010

Del duro trabajo del día a día

¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

This is the question.

Últimamente me da la sensación de que vivo para trabajar. Y no estoy conforme con ello, porque en la vida hay más cosas aparte del trabajo, cosas mucho mejores. Claro que es necesario el trabajo para vivir, pero hay otras cosas...
El trabajo no lo es todo, aunque yo disfrute de él. Cuando no disfruto es cuando tengo que sacrificar días que son vacacionales o que deberían estar dedicados al ocio. Porque siento como si mermara mi libertad.
Enamorarse es una buena alternativa al trabajo. Hace que miremos todo con otros ojos. Diría que salir de fiesta, pero para mí es como una extensión del trabajo, ya que no termino de desconectar del todo al encontrarme con mucha gente con la que estoy en el día a día. Ése es uno de los motivos por los que me repatea salir en SD. Viajar está bien, pero es demasiado finito y, cuando quieres darte cuenta, ya estás en la oficina (despejada, como en otra dimensión, eso sí). Por ejemplo, me encanta tomar cervezas con mi padre o con mis amigos, porque termino desconectando, porque no están en el círculo laboral. O ir por la tarde a pasear con el perro, disfrutar de la naturaleza...
Ahora que los días alargan, soy consciente de que si he de terminar algo lo haré aunque esté varias horas más en la oficina, pero la tarde es demasiado larga para dedicarla en cuerpo y alma a otras cosas para desconectar.
Otra alternativa sería quedar con cierta persona.

De aquí para allá


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Me urgía renovar el pasaporte. Tenía cita para las once de la mañana, pero para esa hora ya lo tenía hecho. Es lo que tiene ir veinte minutos antes y que no hubiera nadie delante. Llevaba dos fotos, pero aun así me he hecho más fotos antes de entrar en la Policía. El resultado ha sido terrible. Mejor no me describo en las fotos que me he hecho esta mañana, porque las he terminado desechando.
Lo que me ha dicho el policía que me cogía las huellas dactilares es: "Ese flequillo...". Soy consciente de que para el pasaporte hay que llevar fotos con la cara despejada, pero si ahora llevo flequillo no me lo voy a apartar a la hora de hacerme una foto.
Después he hecho otras gestiones que me urgían realizar y he terminado en el despacho de mi hermano, sin estar él. Hemos bajado al Vienna a tomar un café la socia de mi hermano, la madre de ésta y yo. Que era como estar en familia.
Al final de la mañana he quedado con mi madre a tomar algo en SD, que había buen ambiente, ese típico ambiente que a mí me encanta. En uno de los bares he visto a JC en la barra, acompañado por familiares, supongo. Y he pensado en otra persona.
Las cervezas del mediodía y las tapas han conseguido que me echara una siesta nada más llegar a casa. Cuando he abierto los ojos había llovido, pero parece que se quedará buena tarde.

Las fiestas del Santo


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Se agradecen dos días de fiesta entre semana, sobre todo a la hora de aprovechar haciendo cosas que no puedo hacer en el día a día. Mañana renovaré el pasaporte, que ya va siendo hora. También tengo que hacer un par de cosillas en Logroño, y seguro que compraré ropa, como si lo viera.
Al mediodía he quedado con mi padre a tomar unas cañitas en SD, ya que hoy nos ha sido imposible.
No recuerdo haber vivido a tope las fiestas del Santo nunca. Una vez fui al chupinazo con una amiga, que fue por la tarde (no al mediodía) y llovía mucho. Pero jamás he visto la rueda, ni las doncellas, ni cómo pasean al Santo por las calles de SD...

lunes, mayo 10, 2010

Tarde libre

Acaban de decirme que me marche a casa. La verdad es que estar aquí y escuchar petardos, matasuegras y los pitidos de alguna barraca hacen que me sienta más fuera que dentro. Así que finalmente me han dicho que puedo irme a casa.
Yo creo que es lo mejor. Al menos en mi casa no me dejaré tentar por algo de lo que podría arrepentirme después.

En fiestas

-¿Me has llamado?
-Sí, mira, hoy salgo una hora antes.
-¿Y eso?
-Porque son fiestas.
-Vale.

Cuando me marchaba al mediodía, todo el mundo iba con los petos de fiestas. Parada en el semáforo, observaba a la gente vestida con trajes multicolores... Me afecta en que durante dos días no tengo que trabajar, pero no considero esta fiesta más que como algo ajeno: la suelo contemplar desde fuera. Otro cantar hubiera sido si a los cuatro años no me hubiera ido a vivir a otro sitio y hubiera seguido viviendo aquí.
Al venir a las cuatro, un grupo de gente de fiesta se han plantado delante del coche. He empezado a reírme, pues eran mis quintos. He seguido conduciendo, mientras buscaba un sitio donde meter el coche. Algo más adelante, otro coche bastante familiar. Mi mente ha pensado automáticamente: "Ya podía aparecer". Me pregunto si estará trabajando o estará celebrando el comienzo de fiestas. Apostaría por lo segundo. No lo sé, pero en ese momento le he sentido muy cercano.
Se escucha a la gente disfrutando por las calles. Ya sólo faltaba la charanga, aunque los carneros estaban esta mañana abajo.

Lo último antes de dormir

Esta mañana he llegado tarde, pese a que he desayunado en casa. No había nadie: mis padres se han marchado a las ocho, justo cuando la alarma de un móvil empezaba a tronar en mi dormitorio. He recordado que ayer eran casi las tres cuando quité la luz y que aún me costó un rato conciliar el sueño. Lo último en que pensé antes de cerrar los ojos fue en él y finalmente entré en el mundo onírico.
Ahora me duelen los ojos por haber dormido tan poco. Incluso los tengo algo achinados. Entonces he recordado algo que escribí anoche y he sonreído, porque lo que menos importa son las escasas horas que he dormido. Los recuerdos de anoche me llevaron lejos y disfruté reviviéndolo todo de nuevo.

In the night

Los domingos por la noche nunca tengo prisa por marchar a dormir. Éste menos que otros, ya que mañana se trabaja, pero el martes y el miércoles no. Desconozco los sitios que estarán abiertos y los que estarán cerrados, pero como tengamos cartas que llevar a Correos más nos vale hacerlo antes de las 13.30h., porque el chupinazo es a esa hora y Correos está al lado.

La verdad es que, en este preciso instante, me apetece escribir, pero no será aquí...

domingo, mayo 09, 2010

Los colores de la tarde




He llevado a Yoguito a la calle porque no hacía más que llorar. Era ese momento después de llover en que los aromas a mojado embriagan todos los sentidos, el final de una tarde que se ha quedado preciosa, la tarde perfecta que a mí me gustaría compartir con cierta persona.
Cuando estaba en ese parquecito he recordado el viejo matadero que entonces había allí, el inmenso árbol que nunca se talaba y que aún permanece; el momento en que tiraron el matadero que estaba derruido y la inmediata reconstrucción de un parque al que suelen venir niños de vez en cuando y en verano suele haber gente mayor que se sienta para descansar del paseo. Cuando hay fuegos artificiales es el lugar que mejores vistas da, aparte de mi casa y las otras casas que están en esa parte de la calle. Entonces sí que suele llenarse de gente.
La panorámica es magnífica.



Tarde relajante

Llevo un fin de semana increíblemente tranquilo. Hoy me duele la cabeza, como si estuviera de resaca, aunque ayer sólo tomé dos cervezas.
Mañana tengo que hacer algo que necesitaría pedir ayuda a cierta persona, pero sé que el orgullo me va a impedir hablar con él. Terminaré yendo a Logroño y haciéndolo todo por cuenta propia. Si no lo hago mañana será el martes.

Noche de fiesta

He decidido salir casi a medianoche. De repente, he imaginado el bullicio pre-fiesta y el deseo de verle y he terminado saliendo. No le he visto, pero eso no quita para que me lo haya pasado bien, para que esperara más gente de la que había realmente y para que disfrutara de cada momento. Por primera vez desde hace mucho tiempo no estaba buscándole entre la gente. Realmente me sentía un poco en mi mundo, disfrutando de cada momento, pero sin disfrutarlo a tope.
He entrado en el bar donde le conocí, que cerró y ha vuelto a abrir. En ese momento he sentido que me estremecía. He comprendido que no quería recordar, porque esos recuerdos, pese a ser magníficos, me duelen en el alma.

sábado, mayo 08, 2010

Buenos Aires: Hotel Castelar


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A veces, cuando leemos, hay lugares que nos llaman la atención sea por el motivo que sea. La extensa novela que actualmente está en mis manos toca el tema de la Guerra Civil y el viaje a Buenos Aires de una pareja, que se instalan en un hotel famoso de la época, donde se alojaban todo tipo de artistas en el exilio, y que hoy en día aún sigue acogiendo celebridades. Se trata del Hotel Castelar.
Situado en la intersección de las Avenidas de Mayo y 9 de Julio, el Hotel Castelar se inauguró en 1928, con el nombre inicial de Hotel Excelsior. Fue diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti y fue construido por el ingeniero local José Pinzone.
Federico García Lorca se instaló en este hotel desde octubre de 1933 hasta marzo de 1934, mientras su obra Bodas de Sangre se representaba en el cercano Teatro Avenida. La habitación que ocupó el poeta y dramaturgo español se conserva tal cual como si se tratara de un museo.

Buenos Aires me lleva a pensar en otra cosa…

Dos minutos antes de dormir

Es un buen momento para ir a dormir. Tarde, pero con ganas de taparme hasta arriba, que este frío no es normal. Con ganas de cerrar los ojos y soñar con él, dejarme arrastrar por esos ojos angelicales que mañana me habrán traído una enorme sonrisa...

El perro usurpador


Me voy a tumbar en la cama a leer y me encuentro a Yoguito usurpando mi cama, mi hueco de la cama, como quien no quiere la cosa. Otras veces se tumba en medio de la cama con las patas para arriba, como si fuera un marqués. Al final, siempre le tengo que quitar. El perro tiene un cestaño para dormir, aunque es obvio que prefiere las camas.

De noche

Hoy me han pasado el segundo presupuesto para Japón, cuatro días menos, el mismo itinerario (aunque suprimida alguna ciudad) de Osaka a Tokio y el precio se rebaja considerablemente. Pero he escogido el primero, acabo de dar la respuesta. 15 días.
Debería ir a dormir, porque mañana he quedado en Casalarreina a las once de la mañana. Viaje rápido y todos los fines de semana termino quedando con alguien en algún lugar. Así nunca puedo relajarme los sábados por la mañana, cuando holgazaneo entre las sábanas y, con los ojos cerrados pero ya despierta, imagino lo que sería despertar junto a cierta persona.

Maëlle


Conocí a Maëlle cuando vino un año de Erasmus a la facultad de Derecho, cuando estudiaba Ciencias Políticas. Enseguida congeniamos, aunque al principio ella no hablaba nada de castellano. Se sabía muy bien la gramática española (de ahí que le dieran la beca), pero llevarla a la práctica era otro cantar.
Aquel año me convenció para viajar a Lisboa. Hicimos un trato: yo iba a Lisboa si después ella venía a Toledo. Así que visitamos los dos sitios en cuestión de pocos meses. Al final terminó viniendo a La Rioja en unas fiestas del Santo. Aún le debo el viaje a Marsella.
Porque Maëlle es de Marsella. Lo primero que le pregunté, a propósito del mi libro favorito (El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas), fue: "¿Existe realmente la isla de If o es un invento del escritor?". Me dijo que sí, que ese islote existía y que también había sido una cárcel. En la actualidad está abocado al turismo (como no podía esperarse de otra manera).
Cuando pasó el curso, Maëlle hablaba perfectamente castellano, nada que ver con lo que balbuceaba tímidamente los dos primeros meses.
Además, antes de que se hiciera famoso, el célebre futbolista Zidanne era vecino suyo, pero luego se cambió de casa, aunque seguía viviendo en Marsella.
Hoy he recibido noticias de ella diciéndome que aún le debo ese viaje, que vaya cuando quiera. Algún día tendré que ir a visitar la isla de If.

viernes, mayo 07, 2010

Demasiado frío para ser mayo

Siempre que llegan las fiestas del Santo suele nublarse el tiempo, pero que haga tanto frío como este año... es demasiado. Tengo las manos heladas. Dice mi padre que "manos frías, corazón caliente". Dudo en que si las manos están frías por el frío que siento o si es porque mi corazón está ardiendo realmente. Yo creo que es más por lo segundo...

Días como hoy me recuerdan a las lejanas tardes invernales...

Llueve sin parar

Al mirar a la ventana y comprobar que no para de llover, mi mente vuela lejos. A él, al qué estará haciendo justo en precisos momentos, aunque no es difícil de intuir, viendo la hora que es.
Y sólo tengo que cerrar los ojos para imaginarme caminando con él bajo la lluvia, sin paraguas, sintiendo ese instante, compartiéndolo con él...

Me queda media hora de oficina. Iba a lavar el coche, pero con la lluvia no hace falta. Me espera una tarde de relajación, en la que pretendía ir a pasear al perro, pero obviamente no puedo sacarle al campo con este día. Es un poco egoísta por mi parte: por sacarle sí podría, pero como no puedo tumbarme bajo un árbol a leer o a escribir palabras de amor, no le voy a llevar de paseo. Y vaya en coche o andando, el perro me pondría como un adefesio la ropa (si vamos caminando y se cansa, enseguida quiere que le coja en brazos) o el coche (porque cuando regresemos va a estar mojado).

Al cerrar los ojos

Estaba leyendo sobre la cama, pero me veo que no tardaré en dejar el libro a un lado, apagar la luz e imaginar su sonrisa. Esa sonrisa que tanto me gusta, que tanto contagia, que tanta luz irradia... Le recuerdo sonriendo y eso, a su vez, me hace sonreír.
Además me gusta cerrar los ojos mientras su imagen prosigue en mi memoria incluso mucho después de haberme embarcado en el mundo de los sueños.

Ese ángel...

jueves, mayo 06, 2010

Entre piedras doradas


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Rúa Mayor; al fondo una de las torres de la catedral, Salamanca

A veces echo de menos Salamanca. Ese trasiego de gente por las calles más céntricas, el clima seco de la meseta, el ambiente nocturno, las cervecitas en la Plaza Mayor...
Una vez, hace algunos meses, le pregunté a alguien si había estado alguna vez. Me dijo que no. A mí no me importaría enseñarle esa ciudad que conozco tan bien, no me importaría contarle una historia por cada piedra dorada, robarle un beso en cada calle y caminar de la mano con él entre tanta gente anónima, mientras el sonido de un violín en la calle Compañía nos alegra el alma.
A veces echo de menos Salamanca y hoy me he acordado porque he mirado desde la ventana el trasiego de gente que hay preparando las fiestas que aún están por llegar.

Al salir

Al marchar he visto su coche. Era lo único que me faltaba para regresar a casa pensando en él. Porque al ver su coche siempre le siento muy cercano. Lo único que faltaba en ese momento era él mismo, que hubiera aparecido por cualquier lugar...
Hay muchas nubes, pero cuando iba dejando atrás el San Lorenzo, el pico estaba anaranjado, como si estuviera siendo iluminado por el sol.
En cuanto lo he pasado, he vuelto a pensar en esa persona. Me pregunto si se habrá recortado la barba, si le habrá crecido el pelo, si seguirá teniendo los ojos sonrientes y esos labios que beso todas las noches al cerrar los ojos. Creo que le echo mucho de menos...

Hora de marchar a casa

Es un buen momento para ir a casa, que los días que no voy a comer se hacen largos. Además... apetece marchar.
Odio aparcar donde he aparcado, porque suelo tener la gran suerte de encontrarme con los autobuses al salir. De todas formas, me apetece tener un tiempo para mí. Quizás pensar en él...

En un mes

Acabo de caer en la cuenta que, si todo va conforme a lo previsto, en un mes exacto (6 de junio) volaré a Osaka, en el país del sol naciente. Un mes exacto. Parece mentira que pase el tiempo tan rápido. Corría el mes de diciembre de 2009 cuando puse mis ojos en Japón. Y quitando el paréntesis donde estuve mirando de ir a otro sitio... Japón está sólo a la vuelta de la esquina.
Ya me han empezado a pedir que traiga cosas, como una katana (que va a ser que no, no voy a traer armas en mi maleta, además que una katana no me cabe), unas bolas de relajación (ya expliqué que no iba a China...), un kimono de geisha... Al final no traeré nada, más que unos recuerdos a mi familia, a mis compañeras de trabajo y a él. Porque no puede ser que esté allí sin acordarme de esa persona. Seguramente que le escribiré alguna postal. No podría perdonarme no hacerlo y no es lo mismo darla en mano. Al menos podré atrapar ese momento en que me acuerde de él en palabras y compartir esos sentimientos de lo que estén viendo mis ojos in situ...

Un mes... ahora sí que empieza la cuenta atrás.

Doce y media en el reloj

Acaban de dar las doce y media en el reloj de la iglesia. Ése es el único reloj que me recuerda que ya va siendo hora de replegarse al país de los sueños, allí donde todo puede convertirse en realidad sin ser real, allí donde no existe la tristeza, allí donde se satisfacen todos los deseos...
Hace poco recordé que casi nunca he tenido pesadillas, que de pequeña tenía unas muy extrañas que vaticinaban que iba a ponerme enferma: soñaba que entre las molduras del techo aparecían pequeños bichos viscosos que se acercaban a por mí. Recuerdo con cierta nitidez aquellas pesadillas por las que descubrí que, cuando aparecían esos seres que sólo estaban en mi cabeza, la mañana siguiente caía enferma. Ocurrió en cuatro o cinco ocasiones y, de repente, sin más, desaparecieron las pesadillas.
Desde entonces todos los sueños que recuerdo me traen buen humor. Últimamente más. Por muchos de esos sueños suelo amanecer con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios cada mañana desde hace bastantes meses...
Es un buen momento para buscarle en los sueños...

miércoles, mayo 05, 2010

Pasando de las vallas

Cuando he llegado a las cuatro, los locales ya habían colocado las vallas. No me apetecía buscar sitio, así que he aprovechado que la cinta estaba en el suelo para aparcar, pese a la restricción. Pensaba que los locales habían apuntado las matrículas de los coches que había cuando han colocado las vallas y creía que podía esperarme una multa en el parabrisas, pero no. Al caminar hacia el coche he mirado el Volvo del mismo color a mi lado. No he sido la única que se ha saltado las vallas. Ese coche me ha llevado a unas cervezas hace unos meses, y me ha llevado a pensar en alguien.

Hay tantos recuerdos suyos en esa ciudad...

A partir de ahora será un caos para aparcar.

Casi a punto


Ayer amueblaron. Faltan los teléfonos, la fotocopiadora y los ordenadores. Creo que no terminará este mes sin que estemos a pie de calle.

Nubes de colores

Cuando me iba de casa esta mañana mi pueblo parecía acomodarse a un atardecer de tormenta veraniega. Estaba el cielo plomizo, como si fuera a explotar de un momento a otro, y muy oscuro, cargado quizás. La mole del cerro se perdía entre los oscuros nubarrones. A medida que lo dejaba atrás, el cielo se aclaraba e incluso he llegado a ver el sol que se filtraba entre las algodonosas nubes que aparecían a medida que me acercaba a SD.
Y entonces he caído en que los días en que observo el paisaje estoy más contenta. Ahora recuerdo... entre nubes negras, grises y blancas, me he acordado de otra imagen que me trae felicidad. Ahora entiendo por qué mis ojos percibían lo que me rodeaba como si estuviera abducida por una extraña fuerza que sobrepasa mi piel.

7.30h.

A las 7.30h. abría los ojos por primera vez. Me encanta ver la hora y ser consciente de que aún me queda un rato más para seguir durmiendo hasta que suenen todas las alarmas, aunque en ese rato ya sólo cierro los ojos por rutina, no porque siga durmiendo.
Anoche me quedé dormida demasiado pronto, con la luz dada, con un libro encima...
A las 7.30h., no del todo dormida, no del todo despierta, me ha venido a la mente su imagen y he sentido que reía con los ojos cerrados.

El cielo está negrísimo, aunque también se ve el sol.

martes, mayo 04, 2010

Cuando el horizonte se tiñe de negro

Si en estos momentos pudiera quitarme los recuerdos de la cabeza quizás lo haría. Quizás hoy es uno de estos días que no he escrito para no plasmar con palabras la sensación de derrota que hay dentro de mí. Sólo una persona me ha notado el bajón moral: "¿Qué te pasa?". La verdad es que no sabría explicarlo. Y, pese a todo, sigo teniendo los ojos brillantes. Creo que estoy más susceptible de lo habitual, que todo me afecta. Entonces, cuando he mirado hacia la calle, le he visto pasar.
Hoy no me apetecía escribir.

Kobolde, genios domésticos

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Hace muchos años, dos viejitos suizos se jubilaron y compraron una casita en el campo. Querían pasar sus últimos años en un pueblo perdido, después de toda una vida en la ciudad. Pero ocurrió que la primera noche oyeron un ruido extraño en la casa y creyeron que había ratones, así que pusieron cepos por todas partes y en cada cepo un trocito de queso.
A la mañana siguiente descubrieron que el queso había desaparecido, pero las trampas no tenían nada.
-Estos ratones son los más listos que he visto en mi vida -dijo el anciano-. Tendremos que estar alerta si queremos cogerlos.
Aquella noche decidieron no dormir para ver de dónde salían, pero lo que descubrieron fue otra cosa. De repente, salió de un jarrón que había en el suelo un kobolde viejísimo y arrugado que les dio la bienvenida. Estaba gordo como una patata y andaba muy despacio, pero todavía conservaba una boca enorme y unos ojos muy pequeños y sonrientes. Los dos ancianos no sabían qué decir, así que fue el kobolde quien comenzó a hablar. Les contó que llevaba viviendo en esa casa cientos de años, y que había visto a familias enteras pasar por allí, pero que ahora estaba muy solo. Les dijo que ya estaba retirado y que le quedaban muy pocos años de vida, y les pidió por favor que no lo echaran de allí, porque quería morir en el lugar donde siempre había jugado.
A los ancianos les pareció muy razonable la petición del kobolde, así que se hicieron amigos y vivieron juntos hasta el final, recordando cada noche lo que habían hecho en la vida.

Las calles son de color gris

Odio los días tan oscuros como el de hoy. Invitan a la tristeza. Parece mentira que hace tan sólo una semana tuviéramos unos días de tanto calor que parecían de verano. He tenido que salir a primera hora y el frío se me ha metido en los huesos. Es horrible este día tan gris y tan frío. Parece mentira que estemos en mayo.

Korred, danzas malditas y tesoros

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Durante unas fiestas populares en Cornualles, algunos jóvenes tuvieron una idea que a ellos les pareció fantástica, pero de la que se acabaron arrepintiendo. Aquella noche bebieron demasiado y decidieron ir a la zona del monte donde se alzan los menhires que construyeron los korred siglos atrás. Se contaban toda clase de historias sobre estas criaturas y, la más atractiva de todas, era que debajo de cada menhir había un tesoro tan bien escondido que sólo durante una noche de luna llena podría ser encontrado. Pero no valía cualquier noche de luna llena, debía de ser una en la que los korred salen a bailar sus rituales y señalan la tierra con sus pezuñas de cabra y arañan la roca con sus uñas de gato.
Precisamente aquella noche de la fiesta en Cornualles también era una noche de diversión para los korred. Desde el bosque, los jóvenes los vieron bailar alrededor de los dólmenes, y sabían que debían esperar a que cayeran agotados para poder robarles su tesoro. Sólo entonces podrían acercarse sin peligro. Sin embargo, el grupo empezó a impacientarse. Ya había llegado la mañana y todavía quedaban un par de korred despiertos y danzando, aunque ya muy cansados. Así que en cuanto se derrumbaron sobre la tierra, los jóvenes corrieron hacia el menhir más cercano y comenzaron a cavar con avaricia.
Pero ocurrió que el sueño aún no había vencido al último de los korred. Le bastó una mirada para maldecirlos, y con su voz bronca y afónica gritó: "Danzad, malditos". Y ya no pudieron parar de bailar sobre su tesoro hasta que los huesos se les gastaron y murieron de cansancio.

Las personas de nuestra vida

La vida es un viaje demasiado hermoso para desaprovecharla esperando trenes que nunca pasarán, porque también es un viaje demasiado corto. Esa vida tiene su historia, sus gentes, sus disgustos, sus grandes momentos y sus instantes de infamia, pero sólo tiene un único protagonista: uno mismo.
Nos rodeamos de gente desde que nacemos. Al principio no elegimos, llegamos a una familia que nos prodiga un cariño inmenso, de la que no podemos prescindir. A medida que vamos creciendo llegan los compañeros de pupitre, los amigos de la infancia. Poco después llegan los primeros amores, abocados casi siempre a un rincón nostálgico de la memoria. Todos terminamos enfrentándonos a un mundo, nos rodeamos de personas, siempre terminamos conociendo gente nueva. Aquí ya empezamos a ser conscientes de aquellos que quedaron en el camino. Las ausencias más dolorosas son las de aquellos que no van a volver, porque ya cogieron ese tren que sólo tiene billetes de ida; otros se difuminaron en el tiempo y en el espacio porque simplemente nuestros caminos se separaron y eligieron senderos contrapuestos. Hay quienes permanecen ahí, que nunca se irán. Los hay que aparecieron una vez en nuestra vida y no volvieron más. Están aquellos que se van por su propio pie, y aquellos otros que deseamos que permanezcan a nuestro lado eternamente... Al final, nosotros también nos iremos. Lo único de lo que no podemos escapar es de ese trayecto final. En el camino habremos dejado a mucha gente, otros nos habrán abandonado demasiado pronto para saborear momentos con ellos, otros nunca se irán. Los más importantes son aquellos que están y que desconocemos que están en nuestra vida. Aunque ahora en quien pienso es en alguien que quiero que esté siempre ahí...

Un gran pensamiento para una noche mágica. Hay quien nos puede hacer sonreír con la fuerza de una única mirada. Así ya puedo dormir en paz.
Puede ser el día más gris y triste de mi existencia, pero él seguirá ahí, pintando desconociendo que, de alguna manera, colorea los días de otra persona.

lunes, mayo 03, 2010

Los reflejos de la lluvia

Al salir... ni un alma en la calle. Los reflejos de las farolas sobre el suelo gris. El destello de un coche frente a mí. Una fuerza me impulsaba a dibujar en esa luna trasera... Si no fuera porque estaba mojada. He mirado hacia mi derecha, deseando encontrarme con los pasos rápidos del dueño del coche. Pero no venía nadie. He echado una vez más otra ojeada al coche y he caminado tiritando de frío hasta sentarme y poner la calefacción a tope.
Tan cercano... He venido pensando en el día que me trajo a casa. Aquella sí que fue una noche mágica. Se me grabó a la perfección su perfil, tanto que sólo tendría que cerrar los ojos y alargar los dedos de la mano para revivir aquella noche.
Venía silbando. Porque siento que él está bien. Y si él está bien yo estaré bien.

Sabor a sandía

He cambiado los chicles de fresa por los de sandía. No me gustan tanto, pero la sandía es una fruta de verano y el verano me lleva a pensar en alguien, en alguien a quien conocí en verano. Es que hace un año aún no le conocía, pero ya me preguntaba su nombre. Y ahora me da la sensación de conocerle desde siempre, pero si soy realista no es así. Yo creo que ya en mayo del año pasado me había 'hechizado' un poquito.
Es un buen momento para irse a casa, porque me veo todo el camino a casa pensando en él, en los chicles de sandía, en el verano y en las frutas afrodisíacas.

En la tienda de móviles

Siempre he llevado móvil de tapa por comodidad, pero ahora, al llevar la Blackberry en el bolso, sé que me arriesgo a que se me raye la pantalla, así que a las siete he salido en busca de una funda para el móvil. He estado en la tienda más de lo que debería, sobre todo porque de vez en cuando miraba hacia la puerta y pensaba: "Ya podía pasar, si la funda del móvil viene a ser algo que no me importa mucho". Así que he ralentizado el tiempo allí. Quería una funda roja, a sabiendas de que mi móvil no cabía, después ha probado una funda negra y he mirado con horror mi móvil atrapado en ese pequeño ataúd fúnebre y al final me he llevado una funda fucsia. Me incomoda la funda, pero todo será por que no se raye la pantalla.
Ya podía haber pasado en ese momento, ahora que ha salido el sol... Lo importante de ir a esa tienda de móviles y no a otra era su proximidad física, saber que unas puertas más allá posiblemente se encuentre él.

Ambiente festivo

Los locales ya han preparado las vallas amarillas para acordonar la calle para las barracas. En una semana estaremos casi de fiesta.
Al llegar a la oficina una de mis compañeras me ha dicho que si no le he traído el libro, un libro que me leí la semana pasada. Yo ya le dije hace muchos meses que no suelo prestar libros nunca. No tengo que justificar algo que ya he explicado. Cuando digo que no presto libros es que es a nadie. Con la única excepción de mi amiga M. Porque siempre hay una excepción.

Venía en el coche contenta, silbando, nada que ver con los últimos días de abril. Es su magia, pensar en él, soñar con él y la posibilidad (remota, eso sí) de encontrármelo en cualquier lugar.

Instantes oníricos

Mi memoria me acaba de traer a la mente una imagen de algo que he soñado en las noches pasadas.

Una persona camina por delante de mí, a unos pasos. Conozco de memoria esa forma de caminar, esa ropa, ese color de pelo. Entonces se para y, como si hubiera sentido mi mirada fija en él, se da la vuelta para mirar, extiende su mano derecha hacia mí y siento que cada vez está más cerca.

No sé qué puede significar. Pero me gusta esa imagen. Quizás porque me resulta muy extraña.

domingo, mayo 02, 2010

Lo que esconde tu nombre


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Me ha gustado muchísimo este libro, tanto que me lo he leído en menos tiempo del esperado. Incluso se me ha caído la lagrimilla al final.
Se trata del Premio Nadal de este año, y aunque yo hace mucho tiempo que no compro libros por el hecho de que hayan recibido un premio pues terminan decepcionándome, éste llegó a mis manos por una simple casualidad. Cuando leí las líneas del argumento que venían descritas en la contraportada me pareció que podía ser una historia interesante, como así ha sido. De todas formas, las novelas que tienen que ver con el régimen nazi siempre me han llamado la atención: me parece una historia tan increíble la de asesinar de esa manera a tanta gente que me resulta de un esfuerzo terrible imaginarme tal situación. Mi mente no lo acepta completamente y quiere creer que jamás ocurrió algo así, aunque soy consciente de que sí que hubo un Holocausto. Sabes que ha pasado, pero te cuesta creerlo; por lo menos a mí me ocurre.
El estilo de la autora es bastante ameno. Hay dos personajes claramente diferenciados, cuyas formas de pensar se nos despliegan ante los ojos de dos formas diferentes: una, la de Sandra, una joven de treinta años llena de piercings, tatuajes y con el pelo rojo, que no tiene muy claro lo que quiere; la otra forma de pensar es la de Julián, un octogenario que ha vivido demasiado y que se convertirá, de alguna manera, en el guía espiritual de la joven. Obviamente, estemos leyendo a uno o a otro, la forma de escribir cambia radicalmente, porque no habla igual un anciano que una muchacha.

Sandra está embarazada de cinco meses cuando llega a Dianium, un pequeño pueblo del Levante español, para aclarar sus ideas. No está enamorada del padre de su hijo, aunque siente cierto afecto por él, pero no sabe si quiere criar al niño junto a él. En aquel pueblo marítimo, Sandra se aloja en una casita propiedad de su hermana.
Hace la vida de una joven normal que ha ido en busca de la soledad. En septiembre sigue bajando a la playa, cuando tiene un mareo y es socorrida por dos ancianos noruegos, con los que trabará amistad, aunque al principio Sandra tiene claros prejuicios con ellos: no se imagina siendo la amiga de dos personas tan mayores y además extranjeros. Se llaman Fred y Karin. Poco a poco, ellos la introducen en su círculo de amigos. Sandra es una muchacha angelical e ingenua que, al principio, no sabe dónde se mete y ve a los dos ancianitos como dos seres apacibles y pacíficos. Pero nada es como parece, a veces el mal se disfraza de bondad.
Un día, entra en su vida Julián, otro octogenario que al principio sólo quiere ver la casita para un futuro alquiler. Julián ha llegado desde Argentina porque su amigo Salva le escribió una carta. Durante años después de la guerra se afiliaron a una sociedad para 'dar caza' a los nazis que huyeron de Alemania cuando el III Reich se desmoronó y el Führer se suicidó. En la carta, Salva le confiesa que les ha encontrado y que tiene que venir. Pero cuando Julián va a la residencia donde residió su amigo los últimos años de vida, le dicen que ha muerto y no ha dejado nada para él. Empieza a vigilar a los dos noruegos, que le llevan a descubrir a otros nazis que él conoció en el campo de concentración de Mauthausen y, cuando los descubra a todos, tiene intención de ir a la policía. Es entonces cuando la presencia de Sandra en medio de esos seres carroñeros le parece fuera de lugar y le confiesa sus sospechas a la chica. Ella sólo tiene que encontrar el uniforme de oficial de las SS que Fred tiene en su casa y la cruz de oro con la que le condecoraron por su sangre fría. Para entonces, Sandra ya se ha trasladado a Villa Sol con los noruegos, que le dan una pequeña paga por cuidar de Karin.
Sandra y Julián se harán muy amigos, pero tienen muchas personas vigilándoles. Uno de ellos es la Anguila, Alberto, del que Sandra se enamora (y él de ella). Sandra sabe que se está exponiendo ante el peligro, que esos ancianos sólo son "lobos disfrazados de cordero"; a ella también la vigilan y la joven descubre cosas, muchas veces gracias a Julián. Sólo cuando la encierran en su cuarto, se da cuenta de que los viejos nazis quieren a su bebé. Consigue escapar con ayuda de Alberto y Julián la envía a su casa en autobús. Allí Sandra seguirá con su vida.
Julián, por su parte, opta por ir a la residencia donde pasó los últimos años de su vida su amigo Salva, y allí son recluidos también dos de los viejos nazis, a los que intentará hacer la vida imposible. Si bien los viejos no mueren ni son denunciados a la policía como criminales internacionales de guerra, Alberto terminará asesinado como topo, porque realmente era un policía y sólo intentó salvar a Sandra para que se alejara de aquellos 'pirados' racistas.

"El mal no sabe que es el mal hasta que alguien no le arranca la máscara del bien".

Verdea el campo


No me gusta quedar en domingo por asuntos de trabajo, pero no podía ser más que en fin de semana y, con las fiestas del Santo, terminaríamos quedando en junio. Prefería sacrificar este fin de semana, por lo que anoche, después de los fuegos artificiales opté por quedarme en casa y cerré los ojos enseguida, mientras que el sopor me llevaba a una imagen que me tranquilizaba. Lo último que recuerdo haber pensado antes de quedarme dormida fue: "¿Habrá salido hoy? ¿Habrá visto los mismos fuegos artificiales que yo, aunque desde otra perspectiva?". No recuerdo más.
Cuando he abierto los ojos esta mañana el perrito estaba encima de mi cara mirándome fijamente: quería jugar. Eran las nueve de la mañana y mi hermano pequeño acababa de llegar a casa.
Me ha encantado conducir entre todos los campos verdes, a pesar del chirimiri que caía. Me parecía que todo tenía una hermosura extraordinaria, aunque el día sea gris. Su imagen de tranquilidad ha vuelto a pasar por mi mente, fugaz.

Cita a las once

Lo que menos me apetece ahora es coger el coche y marchar a Leiva, pero dicen por ahí que "primero la obligación y después la devoción". Mientras conduzca hacia allí sé que mi mente volará hacia una persona y me sentiré algo mejor, aunque el día esté tan gris.

Fuegos artificiales

Desde mi casa se veían los fuegos artificiales como si estuviéramos en un palco de lujo. Me han sabido a poco. Los vehículos que circulaban por la N-120 también tenían que ver un buen espectáculo.
Uno de mis primeros recuerdos racionales era sobre los fuegos artificiales. Los expertos dicen que los humanos empezamos a razonar y a ser conscientes sobre los siete u ocho años. Pero existen casos en que la memoria almacena recuerdos anteriores. A grandes rasgos, recuerdo dos situaciones prematuras, las dos porque me causaron dos pequeños traumas que son difíciles de olvidar, situaciones caóticas, donde no tienes defensa. Una fue en un hospital, porque con cuatro años estuve ingresada en un hospital durante una semana. El otro recuerdo tiene que ver con los fuegos artificiales que iluminaban el cielo de SD, cuando me eché a llorar del miedo que me dieron. Recuerdo que estaba en la plaza del antiguo estanco, la cabina que había entonces enfrente, que yo quería resguardarme allí porque en mi mente los fuegos artificiales no llegarían a mí metida en la cabina. Hoy día, ni existe el estanco ni existe aquella cabina. Otro recuerdo bastante traumático de la infancia también tiene que ver con fiestas de SD: cuando la chica que me cuidaba y sus amigas me subieron a la barca, tuvieron que parar la barca por mí y jamás he vuelto a montarme en ella. Seguro que si me pongo a pensar, encontraría más situaciones dramáticas de mi infancia en algún rincón de la memoria.
Los fuegos artificiales, hoy en día, me dan respeto, pero me gusta admirarlos desde la barrera. Es impresionante que los petardos y explosivos se conviertan en arte para iluminar el cielo de una población en momentos de fiesta.

sábado, mayo 01, 2010

Servicio de citas


Aprovechando que en mayo tengo unos días de fiesta, he optado por coger uno de esos días para renovar el pasaporte. Para la cita, he utilizado el sistema de internet, lo que me parece un adelanto genial. Poco después, me ha llegado el número de la cita al teléfono móvil.
Parece mentira pero Japón cada vez está más cercano. Poco más de un mes...

Ruidos de verbena de fiesta

Me siento completamente ajena a la fiesta, aunque ahora saldré a ver lo que se tercia en la plaza. Además, me siento destemplada, como si sólo quisiera dormir, como si estuviera incubando virus... Aquí llegan los ruidos de la orquesta que lleva sonando un buen rato. Sobre medianoche hay fuegos artificiales, que desde las ventanas traseras de mi casa se verán maravillosamente bien.
Es hora de marchar a ver lo que se tercia, pero ganas de fiesta hay pocas.

1º de mayo


El 1º de mayo, en mi pueblo, es mucho más que el Día del Trabajo. Aquí se realiza una procesión multitudinaria donde la Virgen se lleva en procesión hasta el pueblo, donde pasará el verano ubicada en un lugar central de la iglesia del pueblo. En agosto, coincidiendo con las fiestas de Gracias, hará el mismo recorrido en sentido inverso, para colocarse en el centro de la capilla de la ermita hasta el siguiente 1º de mayo.
Muchos se preguntan si en la ermita, hasta agosto, el lugar central del retablo está vacío. No es así, en la capilla de la ermita queda la réplica de la Virgen, un doble que yo no sabría distinguir de la Virgen real.
Ha sido un día extraño. Es la primera vez que no hay danzadores. Siempre he conocido este día con música y danza. Sí había música, pero no danza, lo que ha convertido la procesión en un recorrido muy rápido y un tanto triste. Al menos no nos ha llovido. Curiosamente he aguantado los zapatos con plataforma y unos tacones de 15 centímetros durante todo el trayecto. Con las plataformas se aguantan mejor los tacones porque el pie va más nivelado.
Al final, nos hemos ido a tomar el vermout y estoy algo saturada de cerveza. A mi casa aún no ha llegado nadie, así que nos darán las cinco de la tarde comiendo, algo normal en días de fiesta.

Evitando escribir

He evitado durante todo el día escribir, en parte porque no he tenido mucho tiempo, en parte porque me sentía desganada. Desde anoche. No entiendo qué pudo ocurrir anoche para que de repente me sintiera la persona más solitaria del mundo. Y hoy seguía teniendo esa misma sensación.
Ahora, estaba en la ventana, y miraba el 'calabobos' que parece que no moja, la neblina que oculta las calles en la lejanía y me sorprende pensar en lo poco que me apetecen fiestas ahora. Mañana iré a la procesión por cumplir, como cada año, pero no por ganas, llevaré un vestido más veraniego que primaveral con el que seguramente pasaré frío, luciré unos tacones que desearé quitarme mucho antes de salir de la ermita y pensaré que todavía hay un kilómetro andando por delante, y me tomaré dos vinos de rigor deseando que todo acabe pronto. Y después... la verbena. Tengo pocas ganas de fiesta, la verdad. Al menos sé que no puedo irme tarde a casa porque el domingo tengo una cita por trabajo que no pude colocar otro día. A las once. Quizás pensaba, cuando quedaba, que si tenía que sacrificar un fin de semana prefería que fuera éste.
He evitado escribir porque no quería plasmar la amargura que me está marchitando lentamente el alma. Aunque evite pensar siempre hay una imagen que ronda muy cerca, una imagen que me estremece, que me hace vibrar, que me hace sentir, que me hace vivir, pero también siento que esa misma imagen me está matando lentamente. Es curioso la variedad de sentimientos que pueden aparecer simultáneamente en un momento indeterminado en el día menos pensado y en unas circunstancias inesperadas.
Al final, me he entretenido con una de las cosas más absurdas que hay en el móvil: borrando los mensajes viejos. Sin embargo, hay alguno que no quería borrar, aunque han desaparecido todos porque no se han conservado en la tarjeta al cambiar de aparato. Me preguntaba: "¿Vuelvo a escribir ese número de teléfono o no? ¿de qué sirve tener un número al que no quiero llamar, que no me llamará?". Después de unos minutos, lo he vuelto a escribir, pero esta vez lo he guardado en la tarjeta sim, para no tener que discernir en el futuro si introducir esas nueve cifras o no. Entonces he sentido que, de esa forma, está algo más cercano.