miércoles, abril 07, 2010

Gotas de agua sobre calles empedradas

¿Quién no ha soñado alguna vez con pasear bajo la lluvia, mientras el agua te cala hasta los huesos, sorteando charcos, cogiendo la mano de la persona a la que se quiere?
Pues yo sí, hoy, cuando miraba por un ventanuco de la posguerra el nuevo cuartel que se está levantando aquí; cuando conducía entre el tráfico mientras echaba de menos mi desayuno habitual (porque hoy he desayunado en casa); cuando a las diez aparcaba mirando todos los vehículos que pasaban a mi lado; cuando se me ha mojado el pelo e inevitablemente se ha convertido en rizos húmedos que se me pegaban a la frente.
¿Cómo ha podido salir tan nublado con el calor que hacía ayer? No importa; los días de lluvia también son para pasear.

7 a 7

Es la cuenta atrás. Sería mejor no pensarlo: Me quedan siete días para cumplir un año más.

Eso me recuerda a que ya hace más de un año que le vi por primera vez, tuvo que ser a finales de marzo. Hace un año ni siquiera sabía su nombre, ni dónde trabajaba, ni cómo era su forma de pensar, ni siquiera había escuchado su voz, ni había sentido la textura de sus manos... pero ya me había aprendido de memoria cómo era su mirada, mi mente ya había grabado su sutil sonrisa, algo dentro de mí quería saber más sobre esa persona a la que entonces veía día a día... Un año atrás mi alma no podía percibir que iba a ser tocada por los delicados dedos de un ángel.

Quiero esa sonrisa para mí...

Es hora de dormir. Como siempre, mi último pensamiento antes de sumergirme en el mundo onírico es para él, porque su imagen consigue que sonría más a menudo cada día al abrir los ojos y cada noche al cerrarlos.

martes, abril 06, 2010

Todo en su conjunto

En el día a día, aparecen un sinfín de pensamientos y sentimientos variados que, observados en solitario, te brindan momentos muy felices, pero ¿qué ocurriría si me propusiera mirarlo todo en conjunto?
Si bien no me veo incapaz de hacerlo, sí que me frena todo esto en su intensidad, de ahí que sea un tema en el que prefiera no profundizar. Quizás tengo miedo. Pero todo ello me hace reír, me hace llorar, me hace ser feliz, me hace entristecerme, me hace querer, me hace soñar, me hace sentir... Todo esto tiene un nombre que no quiero pronunciar, porque siento que mi cuerpo se estremece al reparar en ello.

Volando con el silencio

Lo que no me gusta de irme tan tarde a casa es que me da miedo ir hasta el coche, también que es demasiado tarde, que apenas tengo tiempo para mí porque enseguida tengo que irme a dormir.
Lo que más me gusta de marcharme a esta hora a casa es que el silencio de la noche me acompaña, y hace que me sienta un poco más cerca de él, adoro mirar hacia arriba y descubrir un campo estrellado perfecto, el mismo cielo que me gustaría compartir con él.
Ahora sí que es hora de marchar.

La hora del crepúsculo

Si he de ser sincera, y después de sentir un latigazo de calor al salir de la calle, enseguida he pensado en él. Porque ahora mismo, que está anocheciendo, me encantaría caminar por las calles con él, mirar al sol que se esconde en esos momentos del crepúsculo y compartir esa experiencia con él, escuchar su voz, acariciarle el rostro o dibujar un corazón en la palma de su mano. Caminar, sólo quiero caminar con él, con nadie más. Hay momentos que sólo se pueden compartir con una única persona.
Me da la sensación de que llevo muchos días prodigando amor; yo, que había dejado de creer. ¿Cómo se puede querer tanto a una persona a la que nunca se ve, de la que nunca se sabe nada, de la que sólo tengo recuerdos lejanos en la memoria...? Claro que para mí esos recuerdos son muy valiosos.

Antes de...

He tenido una tarde tranquila, si es que se puede decir eso. No debería bajar abajo a tomar un café, porque luego no dormiré, aunque creo que sí podría tomar otra cosa. El propósito es despejarme un poco, imaginar las palabras que escribiré después, porque en esta próxima hora es cuando pierdo la noción del tiempo para dejarme llevar por... el corazón.
Antes de eso, necesito bajar, sentir que el aire acaricia mi cara, tan suavemente como lo harían sus manos. Al pensar en ello, siento escalofríos.

Lo que hace una llamada

Hoy he hablado por teléfono con alguien. Aunque evite llamarlo yo misma, a veces tengo que hacerlo por cuestiones laborales (por lo general, son mis compañeras las que llaman, sólo que por las tardes ellas no están). Pero esas conversaciones me llevan lejos, a pensar en otra persona emparentada con la que escuchaba al otro lado del teléfono. Es tímido -alguien me lo dijo una vez-, pero yo prefiero trabajar con él. No tanto por tener lazos sanguíneos con esa otra persona, sino porque me gusta su forma de trabajar. Y porque es joven (me gusta trabajar con gente joven). Y porque me acuerdo de cómo le conocí el día que me iba a Malta, abordándole por la calle: "Tú eres...". Y, sobre todo, porque me recuerda a...

En las nubes

Hoy no estaba su coche, pero desde las dos de la tarde me siento desbordada por sentimientos que sobrepasan mi piel. De repente, me encuentro sonriendo de felicidad, deseando que ocurra más veces. Así visto parece que fuera adicta a una especie de droga que me tumba cada vez, y ahora sería el momento del subidón, cuando siento los efectos. Al menos es algo sano, porque querer a una persona es un sentimiento sano.

Y siempre quiero más y más.

No hay una sin dos

Estaba pensando en que volveré a verle. Siempre que le veo suelo encontrármelo una segunda vez. Me pregunto si se seguirá cumpliendo eso. Claro que si me pusiera a elegir me gustaría no verle desde lejos.
Me voy a echar diez minutos.

El otro coche

Se supone que mañana le devuelven a mi hermano el coche, así que volveré a cambiar de coche, que ya tengo ganas, aunque echaré de menos las marchas. Además, cuando voy con el rojo tengo más posibilidades de encontrarme con una persona, porque si le veo desde el coche por lo general casi siempre es cuando voy con el rojo.
Hoy, por ejemplo. Otro día en una rotonda...

Pero tengo ganas de volver a coger el otro coche.

Juraría que sí

Cuando venía a casa ahora a las dos, me he quedado mirando a unas personas que iban caminando por una acera. Por una parte, había alguien que me recordaba... Por otro lado, como estaba de espaldas no estaba segura... Pero esa forma de caminar me resultaba familiar. Al pasar yo con el coche, se ha vuelto un poco de perfil y he llegado a ver la forma de su cara, las hebras de plata de su barba, sus ojos... Quiero creer que era él. Aún sigo sin estar segura de que fuera. Lo cierto es que debería haber ido conduciendo más despacio, porque ha sido todo en cuestión de segundos y yo estaba pendiente de la siguiente calle ya.
He venido con el corazón a mil por hora en todo el trayecto a casa. Y sonriendo. Rememorando ese momento, pensando en que podía ser él, pensando en que podía no ser. Ni siquiera me acuerdo de la ropa que llevaba: camisa gris quizás, pantalones oscuros. En mente me queda la visión de segundos de su perfil. Me quedaré con que sí que era, aunque entonces, si él me ha visto, habrá vuelto a pensar en que siempre que voy conduciendo no saludo nunca. Tampoco me hubiera dado tiempo, como no me ha dado tiempo a asegurarme de que fuera él esa persona.

Ocho horas de sueños

Si me fuera ahora a la cama me quedaría dormida automáticamente, porque estaba leyendo hace unos minutos y se me caían los párpados. Pero me resulta extraño dormir más de siete horas, así que pensaré -mejor- que voy a soñar, a dejar que vuele mi imaginación o a dejarme llevar por los recuerdos.
Daría un mundo por acariciar las alas invisibles de ese ángel que ha conseguido que vuelva a creer en los sueños, porque al creer en él he vuelto a soñar... Al mundo de los sueños me voy, buscando en los recuerdos...

lunes, abril 05, 2010

Una canción para él

Desde que he escuchado la canción de Calamaro cuando iba en el coche esta tarde, llevo tarareándola toda la tarde. No hace falta imaginar a quién se la cantaría al oído:


Me ha animado volver a escuchar esta canción después de tanto tiempo. He pensado en él. Como ahora. Acabo de recordar que aún seguía su coche cuando yo me iba. Si relacionara esta canción con su coche, dos pensamientos que han llegado juntos, lo que se me ocurre es dibujarle un corazón en la luna trasera de su coche. Yo lo dibujo, pero mentalmente. La realidad es bien distinta. Le quiero más que hace cuatro días, cuando me fui a ver el mar. Debería sentir que me voy alejando, por todo el tiempo que pasa sin saber nada de él, pero, aunque suene contradictorio, la verdad es que le siento muy próximo. Como... como si algo de él anidara en mi corazón; no me extraña que le sienta tan cercano.

A las nueve en casa

Siempre digo que voy a ir a casa pronto, pero últimamente siempre me terminan dando las nueve aquí. Tendré que ir regulando estos horarios, porque me gusta tomar una cervecita después del trabajo en las tardes de sol. Al menos sé que no me deslumbrará el sol vespertino cuando coja el coche para ir a casa.

Me pregunto si él seguirá ahí.

Hora de reflexión

Hasta ahora no me había dado cuenta de todo lo que había echado de menos escribir a esta hora, aunque lo hacía en pequeñas dosis, pero no es lo mismo. Allí tenía un límite de tiempo y aquí carezco de él, allí apenas tenía papel y aquí me sobra. Allí tenía cerca el mar, pero aquí el que está cerca es él...
Allí carecía de la rutina de escribir en intimidad, no podía hacer esa introspección silenciosa al corazón, carecía de la calma que a veces aporta la soledad.
Anoche hice un esfuerzo por escribir, aunque me cayera de sueño.
A veces he imaginado que le susurro al oído que le escribo cada noche, pero es una imagen ficticia, porque no me veo capaz de decírselo. Realmente no es eso, porque sí que se lo diría, pero no quiero arriesgarme a que me lo pida. Que sería lo más lógico. Serían demasiados sellos de lacre para romper, con el de hoy 34 y me da la sensación de que aún tengo muchas cosas que sacar. Llevo más de un mes escribiendo cada noche y, desde que lo hago, me da la sensación de que todo lo que me rodea se torna más intenso. A veces me pregunto cómo es posible que siempre tenga cosas para compartir con una única persona y que con la gran mayoría de las personas hable de cosas triviales o me dedique a escuchar sin más. Supongo que mi corazón no está dispuesto más que a abrirse con la única persona que ha conseguido tocarlo de una manera tan enternecedora.
Y, sin embargo, hay una parte de mí que no quiere encontrarse con él. Porque si me lo encuentro no podré evitar que un torrente de sentimientos se desborden sin poder contenerlos, ni podré evitar quererle un poco más. Esa dulzura...

Hoy voy a escribir en azul, porque el azul es un color de vida. Y, ahora, al pensar en él me he sentido un poco más viva.

Magnetismo

Es difícil aguantar sabiendo que está tan cerca, que sólo tendría que desviar unos metros mi trayectoria para mirar a esos ojos que destilan poesía. Es difícil no sonreír cuando llegas por la tarde a la oficina y ves su coche y sientes que está muy cerca. Es difícil no preguntarse si me hubiera cruzado con él en el caso de haber llegado puntual a las cuatro. Es difícil concentrarse después de notar un sinfín de sensaciones en torno a él que revolotean a tu alrededor sin querer marchar.
Es su magnetismo.

De sobremesa

Me hubiera gustado echarme una siesta. Y también necesito que me mimen, pero esto último es por lo que es, al menos ya ha dejado de dolerme la tripa.
Creo que hoy vendré pronto a casa. Como las tardes alargan y hace calor, apetece salir pronto.

Es hora de marchar.

Luchando contra los miedos

Esta mañana me he despertado con un deseo latente: verle. Tendría excusa porque tengo algo para él, pero no me atrevo a ir, me da la sensación de que soy incapaz de subir esas escaleras sin que se me derritan las piernas, así que, aunque suene a cobardía, prefiero dejarlo estar. Es posible que si me encontrara con él le dijera que tengo algo para él, pero no me veo capaz de aparecer en su oficina buscándole.
En estos momentos, considero que ir a buscarle sería algo parecido a una odisea. La forma de afrontar ese temor a encontrarme con él sería acudiendo allí, como hacía para luchar contra el vértigo. Antes, me subía a la noria, aunque arriba me daba todo vueltas; soy capaz de subir a las torres más altas o hace unos días hubiera cogido el teleférico que nos llevaba a las cumbres de Picos de Europa. Creo que es más fácil luchar contra el vértigo... Al menos hasta el día en que una fuerza interior me encamine en su dirección y vaya sin pararme a pensarlo.

La rutina, de nuevo

Abrir los ojos al nuevo día después de cuatro días de vacaciones es algo más costoso que las semanas anteriores, pero se lleva bien.
Se nota, además, que en el País Vasco es fiesta hoy.
Necesitaría tomarme un café.

Soñar con él

Hoy me voy a dormir pensando en él, deseando volver a soñar con él. Hoy me voy a dormir imaginando mil maneras de quererle, mil formas de desearle, mil situaciones en las que aparezca él.
Le quiero demasiado y siento una extraña adicción hacia él, cuya presencia me embelesa y su ausencia me desvela. Ansío reencontrarme con él, que se crucen nuestras miradas, que me haga sonreír...

Quizás le estoy amando sin ser consciente de ello, sin querer reconocerlo. En estos momentos, su imagen me enternece. Es el momento idóneo para ir a dormir abrazando a esa imagen perfecta.

La mecánica del corazón


Resultado de imagen de la mecanica del corazon
"Primero, no toques las agujas de tu corazón. Segundo, domina tu cólera. Tercero y más importante, no te enamores jamás de los jamases. Si no cumples estas normas, la gran aguja del reloj de tu corazón traspasará tu piel, tus huesos se fracturarán y la mecánica del corazón se estropeará de nuevo".

Little Jack ha nacido en la casa de la colina, donde habita una bruja que ayuda a nacer a los bebés de las prostitutas y repara cuerpos humanos estropeados, injertándoles extrañas prótesis.
El pequeño Jack nace una fría y helada noche, en medio de una ventisca de nieve, en Edimburgo. Madeleine le ve tan frágil que cree que no sobrevivirá al frío de esa noche, así que le añade a su corazón un artilugio de madera, que en realidad es un viejo reloj de cuco. Mientras Madeleine se encariña con él, Jack espanta a todos los posibles padres adoptivos que acuden a la casa de la colina a por un bebé por el extraño tic-tac que sale del pecho del niño. Esto crea un trauma en el corazón del pequeño Jack.
Cuando Jack cumple diez años, Madeleine le lleva a las calles, donde entra en contacto con la pequeña cantante y, pese al riesgo para su corazón de madera, él se enamora de la chiquilla. Poco después, le pide a Madeleine ir a la escuela, porque cree que allí encontrará a la pequeña cantante. Cuando pregunta por ella, se encuentra con el terrible Joe, un grandullón que está también enamorado de la pequeña cantora y que le convierte al pequeño Jack en víctima de sus ataques. Un día, Jack no puede contener su ira y en una pelea, las agujas de su corazón se clavan en un ojo de Joe, por lo que tiene que salir huyendo de Edimburgo. Pero tiene la información suficiente para buscar a la pequeña cantante: es de Granada y se llama Miss Acacia. Recorre Londres, París y llega al circo Extraordinarium de Granada, donde se cuela en el camerino de la pequeña cantante. Allí comienza una bonita historia de amor que durará mucho tiempo, hasta que los celos y otros problemas les conviertan en dos seres incompatibles, a pesar de lo mucho que se quieren. Entonces, un día llega un grandullón llamado Joe que le quita el trabajo al pequeño Jack, y luego reconquistará a Miss Acacia. No pudiéndolo aguantar, Jack intenta arrancarse su viejo corazón de madera.

Jack despierta tres años después en medio de una cama de hospital. Ante él hay una enfermera que le cuenta su propia historia: le han injertado un nuevo corazón menos ruidoso, mientras en una repisa descansa el viejo cuco de madera con las agujas rotas. La enfermera le explica a Jack que jamás necesitó ese corazón, que Madeleine se lo instaló para protegerle moralmente, sobre todo del mal de amores, aunque no llegó a conseguirlo. Que el corazón que de verdad amaba era el verdadero corazón de Jack. Éste se marcha del hospital en busca de Miss Acacia, que no le reconoce. Ella cree que Jack murió tres años atrás y, cuando éste le confiesa la verdad, ella decide que no quiere volver a verle.

Es una bonita historia de amor. Por mucho que evitemos enamorarnos, si nuestro corazón está predestinado a amar, lo hará, aunque pongamos miles de barreras delante para intentar no sufrir por amor...

domingo, abril 04, 2010

A medida que nos acercábamos

Me sorprende lo mucho que le he echado de menos, que había veces que estaba con mis amigos pero realmente estaba muy lejos. Hoy, a pocos minutos de llegar a ver el cartel de La Rioja, he sentido esa proximidad física. Aunque estos días seguía escribiendo, ahora tengo la perentoria necesidad de hacerlo, de expresar en pocas palabras algunas experiencias de estos días.

En color rojo.

Cantabria: A todos los sitios tarde (1 a 4 de abril)

Playa de la Concha, Suances
Teníamos reservado un apartamento para ocho en Suances, a 50 metros de la playa, desde el jueves hasta el domingo. El apartamento no estaba mal y era verdad que la playa estaba a unos pocos pasos. El único inconveniente era que había un único cuarto de baño, así que era un poco caos a la hora de turnarse para ir al baño. Lo cierto es que yo enseguida cogía mis cosas y pillaba el baño en primer lugar, quizás porque prefería terminar la primera, aunque luego tuviera que esperar. En esas esperas solía coger un libro para leer o me ponía a escribir postales que nunca llegarán a manos del destinatario, pero en esos momentos las esperas se me hacían menos arduas.
Suances
El jueves 1 de abril amaneció nublado. Todos habíamos comprobado el tiempo en Cantabria y pensábamos que iba a llover mucho. A las 9.30h. estábamos los ocho en la plaza, con dos coches, miles de bolsas de comida y pensando cómo meteríamos las inmensas maletas en el coche, pero nos cupo todo y no tardamos mucho en ponernos en la carretera en dirección a Burgos. En ningún momento, en los siguientes días, se nos ocurrió cambiar de compañeros de viaje o de coche, así que cada vez que nos íbamos a algún sitio siempre estábamos el mismo grupo. Íbamos ocho amigos y hemos vuelto cuatro matrimonios. Eso ha sido porque, al devolver las llaves, el dueño del apartamento nos ha visto a todos y pensaba que éramos matrimonios jóvenes. Así que nos hemos marchado burlándonos de la situación.
Llegamos a Suances, tras dos paradas, casi al mediodía y tuvimos que esperar a que nos dieran las llaves y para pagar. Desde la calle donde esperábamos se veía el mar en calma, bajo un sol primaveral que para nada vaticinaba lluvias. Después de echar cuentas y vaciar los coches cogimos el paseo de la playa buscando un lugar para comer. Nos gustó un sitio donde tenían variedad de paellas y a la mayoría nos apetecía comer paella. Pero había una fila enorme de espera para entrar al comedor. Reservamos para las 15.30h. y nos fuimos a tomar unas cañas. Ese primer día salimos de comer a las 18.00h., así que estábamos todos un poco desorientados. Los chicos decidieron marcharse al apartamento a jugar al póker y las chicas decidimos ir al centro, pese a que sabíamos que estaba lejos. Por la mañana habíamos pasado por allí y Suances es un pueblo grande y alargado, en pendiente; había que seguir la carretera llena de curvas para llegar al centro del pueblo. Pero antes optamos por ir a la playa.
Mi paseo por la arena de la playa
A mí me apetecía caminar descalza por la playa y me metí en la arena, llegué hasta donde el mar se unía con la playa y me mojé los pies, sintiendo cada grano de arena en las plantas como una sutil caricia reconfortante. Observé la lejanía azul, la tranquilidad al alcance de la mano y, en esos momentos, pensé en la única persona con la que me gustaría pasear por aquella playa, cogidos de la mano, escuchando las olas que vienen y van…
Vista de la costa de Suances
Mis amigas caminaban por el paseo y decidí salir de la arena para reanudar el camino con ellas, encontrar unas larguísimas escaleras que nos llevaran a la parte de la carretera que quedaba más arriba, seguir subiendo, incluso preguntando, para llegar a una plaza que no tenía nada más que unos pocos bares y algunas tiendas cerradas. En medio, un monumento de piedra al pescador y unos jardines con un mirador desde donde se veía todo el litoral de Suances, allí abajo. Esos jardines estaban abiertos al público, pero en realidad formaban parte de un restaurante para bodas que en esos momentos no se estaba usando.
Pendiente en Suances
Allí nos sentamos en una terraza a tomar unas cervezas, a descansar tras la caminata que nos había de dejar las piernas con agujetas que aparecerían al día siguiente y no se quitarían en todo el viaje, y optamos por bajar de nuevo al apartamento. El regreso fue muy rápido pues era todo bajada. Cuando entramos en nuestro salón había una humareda muy intensa y los chicos seguían jugando al póker, concentradísimos. Ese día decidimos cenar en casa, porque con toda la comida que habíamos llevado… Entre todos pusimos la mesa, recogimos el salón, preparamos sándwiches y pizzas y cenamos. Nos apalancamos bastante en la sobremesa, donde llegó el alcohol y una partida de Party, al que personalmente hacía años que no jugaba. Ni siquiera la terminamos, enseguida miraron la hora (1.30h.) y se levantó el chiringuito. M. y yo decidimos quedarnos, porque queríamos descansar; el resto se marcharon y, cuando llegaron dos horas después, nos despertaron.
Teleférico de Fuente Dé
Al día siguiente sonaron las alarmas de varios móviles y en cuanto lo escuché volé al cuarto de baño antes de que alguien lo ocupara, para ducharme y prepararme cuanto antes, pensando en el desayuno que me iba a tomar. Todos nuestros desayunos constaban de un bocadillo de Nutella con café recién hecho. Eran las doce cuando salíamos del apartamento para irnos a los Picos de Europa, en concreto a Fuente Dé, un lugar en el corazón de las montañas donde podíamos coger un teleférico para subir a las cimas cercanas y ver toda la cordillera.
Picos de Europa
La carretera por donde pasábamos era de montaña, con curvas muy cerradas y sin arcén, con el río Deva corriendo paralelo a nosotros. La carretera de montaña nos dejó en Fuente Dé casi a la hora de comer y allí nos dijeron que habíamos de esperar de tres a cuatro horas para poder subir.
Carretera, bajando de Fuente Dé
Como aquello estaba lejos de la civilización, optamos por comer en uno de los dos restaurantes que había y marchar a Potes después.
Fuente Dé
El paisaje era precioso, porque se veían las cumbres nevadas a lo lejos. También se notaba allí un aire más frío, y tuvimos que caminar como un kilómetro porque no se podía aparcar siquiera cerca de donde estaba el famoso teleférico.
Potes
Un rato después nos encontrábamos en Potes, un pequeño pueblo de piedra con viejas casonas señoriales con escudos de armas en sus fachadas. Potes, sin embargo, es un pueblo turístico para ir a pasear por sus calles empedradas, admirar su céntrica Torre del Infantado (donde se ubica el Ayuntamiento) y, si acaso, comprar alguno de los productos típicos: embutidos, quesos, orujo, miel, hortalizas, etc.
Torre del Infantado, Potes
Ni que decir tiene que Potes estaba lleno de gente por todos sus rincones. Cruzamos sus puentes de piedra varias veces y vimos de lejos el patio de un museo rural que estaba cerrado en esos momentos, con animales de pega que, en principio, nos parecieron de verdad. En Potes incluso hay un monumento al orujo.
Monumento al Orujo, Potes
Es un pueblo con un encanto especial, aunque demasiado corrompido por el turismo, lo que es una pena.
Silueta de San Vicente de la Barquera
Como aún era pronto, decidimos llegar a la autovía y desviarnos a San Vicente de la Barquera, donde yo ya había estado en varias ocasiones. Allí caminamos junto a la ría, admiramos los barcos pesqueros, compramos el periódico La Rioja, tomamos un chocolate caliente con corbatas (dulces típicos de hojaldre que tienen forma de la prenda de vestir que les da el nombre) y decidimos marchar.
Barcos anclados en el puerto de San Vicente de la Barquera
Ese día tocaba cenar fuera, así que seguimos el paseo de la playa hasta encontrar un lugar donde no hubiera que esperar mucho. Cenamos bien esa noche. Después nos fuimos de fiesta, pero la zona de fiesta que, además, nos pillaba cerca del apartamento, estaba vacía. Yo empecé a pensar en una persona, sentía las bolas de las piernas como pequeños alfileres haciendo cosquillas un poco dolorosas, y decidí marchar a dormir. Los demás no tardaron mucho, viendo el ambiente…
Iglesia de Cabezón de la Sal
El sábado amanecía parecido al anterior. Volví a ser la primera en levantarme y pillar el baño. Cuando salimos del apartamento era tarde. Ese día fue el de Ana y los siete. Ana no iba a las cuevas porque varios días atrás había dicho que no le cogieran entradas, así que tenía dos opciones: quedarse en Suances y visitar el famoso faro o ir con el resto y bajar en Cabezón de la Sal, que quedaba en el camino. Así que mientras que el resto visitaba las Cuevas del Soplao, a cuya cita también llegaron tarde, yo estuve viendo Cabezón de la Sal que tenía el mercadillo de los sábados por todas las calles del centro. Además tenía una tarea: buscar un restaurante para comer todos. No tardé mucho en buscar información sobre los lugares para comer. Pero aquel pueblo se veía enseguida, así que, mientras venían los demás, entré en una cervecería que se llamaba El Vagón y estaba decorada como un vagón de tren de principios de siglo XX. Me gustó la decoración de aquel lugar.
Cervecería El Vagón, Cabezón de la Sal
A las tres de la tarde, ya iba por mi tercera caña cuando me sonó el móvil: los demás comerían en el camino porque iban con retraso. Así que comí unos caparrones con chorizo en aquel mismo lugar. Un rato después ya había quedado con los demás en el mismo lugar donde me habían dejado por la mañana y les había comentado que Cabezón de la Sal no merecía la pena ni para tomar un café.
Panorámica desde un mirador del Parque de Cabárceno
Cogimos la dirección de Santander, para ir al Parque de Cabárceno. Algunos ya lo habían visto, yo nunca había estado. Lo que no esperaba era aquel paraje para visitarlo en coche. Tiene 30 kilómetros de recorrido y a algunos animales se les ve de lejos. El trayecto completo dura unas cuatro horas, aunque nosotros optamos por buscar los animales que más nos interesaban: bisontes, leones, tigres, gorilas (estaban en un recinto que ya había cerrado), lobos, linces, etc. Cuando recogimos a las dos que se habían quedado en el pueblo, hacía mucho frío. Esa noche tocaba cenar en casa, aunque antes estuvimos tumbados un rato. Y ahí fue cuando las chicas aprendimos a jugar al póker y nos enganchamos, tanto que I. y yo vamos a comprar entre las dos un set de póker para seguir jugando. Mi amiga M. había decidido quedarse y se había puesto el pijama, mientras que a mí me dolía la tripa por el período premenstrual, y volvimos a quedarnos a dormir, aunque estuvimos hablando un rato y yo opté, finalmente, por ir a preparar la maleta y ponerme el pijama.
Animales en Cabárceno:

Esta mañana a las doce estábamos preparados para salir y, entonces, ha ocurrido lo de la llave del coche, por lo que en vez de estar a la hora de comer en casa, hemos parado por el camino para engullir un bocata rápido. El pueblo donde hemos parado estaba a ocho kilómetros de Burgos y se llamaba Sotopalacios.
Cuando hemos llegado a nuestro pueblo, sólo quedaba saldar cuentas, porque pagando gasolina y cerrajero, nos sobraban 72 € a repartir entre todos.
M. y yo estamos acostumbradas a viajar de otra manera. Yo no tenía ganas de fiestas, aunque el día que salimos me supo el Ballantine’s (el mismo que dije hace unas semanas que no iba a probar más) a gloria. En esos momentos en que estábamos en un bar inmenso, aunque vacío, tuve que reprimir los impulsos de enviar un mensaje por el móvil. Si me hubiera tomado alguna copa más igual hubiera caído en la tentación. Es posible que esa persona sea una tentación.
Tengo las piernas con agujetas, aunque no tan pronunciadas como ayer; lo peor son mis riñones que han chupado humedad, ya que dormía en un colchón en el suelo. Lo mejor son los recuerdos, lo bien que lo hemos pasado, lo que nos hemos reído, lo que hemos visitado y es que el grupo se acopló a la perfección (incluso yo me adapté a seguir ese ritmo tan pausado para todo), y no nos importaba llegar tarde a todos los sitios, aunque lo del teleférico nos fastidió un poco.
Vista de la playa, antes de marchar, con el oleaje bravo
Una curiosidad que encontramos allí fue la máquina destiladora de leche. En algunos sitios había largas filas para comprar un vaso de leche.

El secreto de un cerrajero

Esta mañana hemos salido una hora más tarde de lo que habíamos previsto: uno de los coches se ha cerrado con la llave dentro. Unos hablaban de romper el cristal, otros de llamar al hermano del dueño del Mazda para que trajera la segunda llave... y al final hemos decidido que lo mejor era buscar un cerrajero de las cercanías para que nos abriera la puerta. Nos ha dicho que no miráramos, pero...
En cuanto ha aparecido con un coche que se caía a pedazos y ha sacado una larga varilla, y hemos descubierto en él un refinamiento agitanado, ya sabíamos que nos iba a abrir el coche.
Nos ha dicho que venía de estar con los caballos, de ahí las botas de agua, y luego nos lo hemos vuelto a cruzar cuando nos íbamos: se había puesto un sombrero de cuero y parecía un cowboy.

Gifts from...

Incluso allí me he acordado también de él. No en vano le he escrito onces postales que, como bien intuía antes de marchar, no han llegado a caer en ningún buzón. En cuanto tenía un ratito sacaba una postal de la chistera y escribía lo que me gustaría compartir con él.
También le he traído algo de los Picos de Europa. Me pregunto si algún día se lo daré...

Escribiéndole en momentos que tenía libres me sentía un poco más cerca de él.

De momento, tengo que dejarlo en la caja donde meto todo lo que llega con amor y todo lo que llega con dolor. Una caja dedicada a una única persona, un rincón donde colecciono recuerdos, pero que no puedo mantener a la vista porque entonces me siento un poco más desdichada y no quiero abrir la puerta a la tristeza.

La vuelta de las vacaciones

El hombre del tiempo se equivocó hace cuatro días al decir que por Cantabria llovería, porque hemos tenido un tiempo estupendo. El viaje ha sido genial, pero ahora sólo me apetece tumbarme un poco. En algunos de los sitios yo ya había estado, pero en otros no. Este ha sido el viaje de los retrasos; luego comentaré la razón. Y las chicas hemos aprendido a jugar al póker...

jueves, abril 01, 2010

Cinco minutos antes de marchar

En cinco minutos he de marchar. Por una parte, tengo ganas de irme ya. Aunque, cuando han sonado las alarmas a las 8.30h. me encontraba desubicada. Algo dentro de mí me insinuaba que hoy es fiesta y que podía seguir durmiendo. Entonces he visto la maleta.
Lo más importante no es lo que llevo de equipaje, sino lo que me llevo en el corazón: un 10% de tristeza, un 90% de él.

Cantabria nos abre los brazos este fin de semana. El domingo estaré de vuelta.

Ansiedad

Empieza a aparecer esa ansiedad que llega siempre antes de emprender un viaje o que precede a cualquier tipo de acontecimiento importante.

Antes de ir a dormir es inevitable que piense en él; lo llevo conmigo, en mi corazón. El mar también me lo traerá a la memoria. Yo voy en busca de ese mar, y ese mar es el que me ha decidido a preparar la maleta y marchar.
Me siento floja de moral, pero estos cuatro días haré cualquier esfuerzo para que no lo note ninguno de mis amigos. Ya pasará.
Necesito concentrarme en su imagen que, aunque se esté difuminando en mi mente, me sigue reconfortando. Y es un buen pensamiento para ir a dormir en paz.

Con todo preparado

Al final me ha costado media hora hacer la maleta. Ya está todo preparado, incluso tengo el libro que me voy a leer allí, sólo me queda preparar las alarmas para levantarme mañana.
No sé si me dejo algo. A él no, también me lo llevo conmigo, allá donde yo vaya, él también me acompaña. Por eso he escogido ese libro, para acordarme de él.

En abril, aguas mil

Abril es un mes que alterna lluvias y sol a partes iguales.

Yo nací un 14 de abril hace ya algunos años en un hospital que ya no existe. Así que abril es un mes que no me gusta mucho porque, aparte de lluvioso, cumplo un año más. Abril me recuerda que los años pasan, aunque no queramos.
Sé cómo me gustaría pasar la tarde de ese día y con quién. Pero a veces hay ilusiones que hay que cortarlas de raíz antes de que crezcan y puedan herirnos.

Abril comienza con un viaje, un viaje de amigos. No importa que llueva o que el viaje dure unas horas, lo que importa es la compañía, las ganas de pasarlo bien, pero desconozco dónde ha quedado mi entusiasmo. Además, siento un desinterés total por todo, y es de unos días a esta parte.

No sé por qué me viene a la memoria aquella canción de Sabina que dice: "¿Quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón". Yo creo que mi corazón está maltrecho.