Posiblemente sea uno de los lugares más pintorescos y bohemios de Roma. No tuve oportunidad de conocerlo en 2006, pero esta vez hemos ido varias veces. Es muy posible que si regresamos en un futuro a Roma busquemos alojamiento en el Trastévere.
Como su propio nombre indica, "al otro lado del Tíber", teníamos que cruzar en busca de esas callejuelas serpenteantes, fachadas de colores pastel, las bombillas de las terrazas de los restaurantes y las buganvillas colgando por las calles. Es un barrio que combina callejuelas adoquinadas, palazzi cubiertos de hiedra y una acendrada identidad. Sus calles laberínticas son un hervidero de actividad en cuanto anochece y la gente ocupa restaurantes y bares.
Cruzamos por el puente Sisto en un día que había amanecido nublado. Al otro lado había cadenas con los candados del amor. La moda de los candados sacada de las novelas de Federico Moccia no cesa y se ven candados en todos los lugares turísticos. Como no podía de ser de otra manera, ya que casi todas las novelas de Moccia transcurren en Roma, los puentes de Roma también están llenos de candados que han sellado amores y el Tíber está lleno de llaves de esos candados.
Mi novio y yo no llevamos un candado para sellar nuestro amor. Tampoco creemos en ese tipo de cosas. Las cosas pasan o no pasan, así que no vemos necesario sellar nuestro amor con un candado, porque ya sabemos cada uno lo que hay con sólo mirarnos a los ojos.
En el centro del barrio se encuentra la Basilica di Santa Maria in Trastevere. Bordeada de columnas de las Termas de Caracalla y con dorados mosaicos medievales, se dice que esta brillante iglesia es la más antigua de Roma dedicada a la Virgen. Se erigió a principios del siglo III en el lugar donde, según la leyenda, una fuente de petróleo brotó milagrosamente del suelo.
En la fachada luce un bello mosaico medieval en el que aparece María amamantando a Jesús, rodeada de diez mujeres que portan lámparas. Dos llevan velo y lámparas apagadas, símbolos de viudedad; las lámparas encendidas representan la virginidad. El pórtico, añadido por Carlo Fontana en 1702, posee una balaustrada con estatuas de cuatro papas.
Hoy el Trastévere mantiene su esencia peculiar con sus strade (calles) adoquinadas con sampietrini, con un tipo de edificación de casas populares medievales.
Transformado en un centro turístico tras la IIª Guerra Mundial. Nosotros fuimos varias veces a comer, una noche a cenar y un día nos encontramos en la isla Tiberina, que también cruzamos.
La cuestión es que llegamos y comimos en la terraza de un pintoresco restaurante con la pared llena de hiedra, en una estrecha calle por donde no dejaban de pasar turistas.
Después de comer nos encontramos en la plaza donde se encuentra la Basílica de Santa María en el Trastéreve y seguimos recorriendo callejuelas llenas de restaurantes, librerías de viejo, antigüedades, trattorias e infinidad de tiendas de productos artesanales.
Nos llamó la atención la estatua de bronce tumbada en un banco, como si fuera un mendigo tapado. Tanto que yo no me había fijado y mi novio me dijo que mirara el bulto.
Después de pasear por las calles del Trastévere nos fuimos a la parada del autobús, donde se encontraba la estatua de Belli. Es el único autobús que une el Trastévere con la Piazza Venezia, y está lleno de gente. Íbamos como sardinas en lata e incluso en alguna ocasión dejamos pasar los autobuses de lo llenos que iban o cogíamos el tranvía que paraba justo en medio de la calle.
El Monumento a Giuseppe Gioachino Belli es un monumento de mármol dedicado al poeta del siglo XIX que escribió principalmente en romanesco, el dialecto romano. Está junto a la parada Belli y muy cerca del Puente Garibaldi. Tuvimos tiempo para observar bien la estatua con los ratos que pasamos allí esperando al autobús.
No pasarían ni dos días cuando decidimos ir de nuevo al Trastévere a cenar. Siempre hay gente, de día y de noche, aunque por la noche las terrazas de las trattorias van amenizadas por algún músico local. El Trastévere está rebosante de vida. A nuestro lado cenaban una madre con dos hijas jóvenes que se marchaban al día siguiente.
Otro día paseando por Roma llegamos al Trastévere, pero esta vez fue cruzando la isla Tiberina. Cruzamos la isla por un lateral donde se encuentran los puentes.
Existe una leyenda que narra que después de la caída del rey Tarquinio el Soberbio, el pueblo romano arrojó el cuerpo en el punto del Tíber donde surgiría la isla, ya que sobre él se habrían acumulado arena y sedimentos que traía el río.
La isla Tiberina era un lugar de mala fama y estaba considerada por los romanos como un lugar de malos augurios. Hasta que no se construyó el Templo de Esculapio, dios romano de la medicina, los romanos evitaban ir a la isla, y sólo los peores criminales eran condenados a pasar allí el resto de sus vidas.
En el Trastévere comeríamos en el Restaurante Carlo Menta, junto a una vieja camioneta llena de toneles y donde nos regalaron un libro. Lo cierto es que comimos de lujo, y eso que pegaba bien el sol ese día. Era nuestra última comida en Roma y nos dejó un grato recuerdo.




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