Desde que yo entré en los Museos Vaticanos allá por el verano de 2006 hasta ahora, han cambiado muchísimas cosas. En los Museos Vaticanos pude comprobarlo por mí misma. Para empezar, la entrada de piedra por la que yo había entrado entonces ahora era la salida y han construido un acceso lateral más moderno.
Además, entonces entré por los Jardines Vaticanos y pude admirar la bola del mundo dorada y negra que está allí, así como a la guardia suiza, pero ahora si quieres entrar en los jardines tienes que pagar una entrada extra. Recuerdo que el Laocoonte y una serie de estatuas estaban también en los jardines, en una especie de patio con soportales. Pero hoy en día la distribución es totalmente diferente.
El acceso lateral nos llevó a una especie de terraza donde podían verse la cúpula de San Pedro y una parte de los jardines. Aparte de admirar los jardines y la cúpula, había allí unos paneles informativos que explicaban cada parte de la Capilla Sixtina y el Juicio Final.
Desde ahí comenzaban los accesos a varias salas y, entre las diferentes puertas, se encontraban estatuas que pertenecen a lo que se llama el Museo Pio-Clementino. El Laocoonte y sus hijos. Se trata de un grupo escultórico griego de mármol blanco, cuya fecha se desconoce, pero fue encontrado en unas excavaciones en Roma en el año 1506. Representa la muerte del sacerdote troyano Laocoonte, castigado por los dioses a morir estrangulado por serpientes marinas junto a sus dos hijos, Antífante y Timbreo.
La otra estatua era el Apolo Belvedere, famosa estatua de mármol que representa al dios griego Apolo. Se cree que es una copia romana del original griego y se descubrió en el Renacimiento en el Cortile del Belvedere del Vaticano. Durante un tiempo fue considerada la representación ideal de la perfección física masculina.
Después entramos en una sala donde se encontraban las otras esculturas de la Pietà de Miguel Ángel, en realidad son copias o pruebas que necesitó hacer para esculpir las originales. Se habla de las tres Pietà de Miguel Ángel: la Vaticana, la Rondini y la Rondanini.
La Pietà de San Pedro no llegamos a verla porque no queríamos esperar tantas horas al sol para entrar en la Basílica, si bien es necesario comentar que cuando la presentó al público, consideraron que la juventud de María no era proporcional a la edad de su hijo. El escultor se defendió diciendo que la juventud representaba la belleza, la virginidad y la ausencia del deterioro por el tiempo. Cuando entregó la escultura, la gente decía que no podía ser obra de Miguel Ángel, debido a su juventud y falta de madurez. De ahí que grabó sobre ella M.B.F.F. (Miguel Ángel Buonarotti lo hizo). Es la única obra que firmó en su vida.
La Pietà Rondini o Pietà Florentina se encuentra en el Museo dell'Opera del Duomo de Florencia. Se llama Rondini porque en sus inicios estuvo situada en la Villa Rondini. En ella se representa a Nicodemo sosteniendo a Cristo yacente, y a los lados se encuentran la Virgen María y María Magdalena. La cara de Nicodemo es el autorretrato de Miguel Ángel. El autor se sintió tan insatisfecho con ella que intentó destruirla en varias ocasiones.
Respecto a la historia de la imagen, según la Biblia, Nicodemo era un rico fariseo, miembro del Sanedrín y hombre importante entre los judíos. El día de la Pascua, hallándose Jesús en Jerusalén predicando entre los Apóstoles se le acercó Nicodemo de noche y le dijo que había venido de parte de Dios como Maestro. Jesús le respondió: "En verdad te digo que si uno no nace de nuevo al Agua y al Espíritu no podrá entrar en el Reino de los Cielos". A lo que Nicodemo preguntó cómo podría entrar en el Reino de los Cielos. Jesús le dijo que debía nacer de nuevo.
Nicodemo pidió a Pilatos que liberara a Jesús porque no veía maldad ni culpa en él, a lo que Pilatos se negó. Nicodemo contempló la agonía y muerte de Jesucristo en la cruz. Por la noche, José de Arimatea y Nicodemo rogaron a Pilatos en secreto que les dejase el cuerpo de Cristo para embalsamarlo y sepultarlo. Se les concedió y fue Nicodemo quien untó el cuerpo de Cristo con áloe y mirra, le envolvió en un sudario y le enterró en la sepultura. A partir de ese momento, Nicodemo encontró la luz y la verdad y fue considerado un discípulo más.
La Pietà Rondanini es una obra sin acabar que, a la muerte del escultor, heredó su criado Antonio Francese, que se la vendió al marqués de Rondanini. Después fue adquirida por el Ayuntamiento de Milán y se encuentra ubicada en el Castillo Sforzano.
A partir de aquí entramos en una galería con tablas de madera religiosas, que me recordaron a las que habíamos visto el año pasado en los Uffizi de Florencia. También había salas con tapices decorados con motivos religiosos. La galería de arte pontificia expone pinturas de los siglos XI al XIX, firmadas por Giotto, Fra Angelico, Filippo Lippi, Perugino, Tiziano, Guido Reni, Guercino, Pietro da Cortona, Caravaggio y Leonardo da Vinci.
Especial atención merecen las tres obras de Rafael: Madona de Foligno, Coronación de la Virgen y La transfiguración, concluida por sus discípulos tras su muerte en 1520.
También cabe destacar el evocador San Jerónimo inconcluso, de Leonardo da Vinci, y El descendimiento, de Caravaggio.
Después de la pinacoteca nos adentramos en el arte egipcio. No recuerdo haber visto sarcófagos de faraones cuando estuve en 2006. Se trata del Museo Gregoriano Egizio y fue fundado por el Papa Gregorio XVI en el siglo XIX. Contiene piezas traídas de Egipto en tiempos del imperio.
Siempre me ha impresionado el arte egipcio, por todo lo que conlleva de maldiciones y magia. Aquí no sólo hay sarcófagos y estatuas egipcias, es que incluso llegamos a ver una momia dentro de un sarcófago.
El Museo Gregoriano Etrusco alberga piezas descubiertas en las tumbas etruscas del norte del Lacio, así como una importante colección de vasos y antigüedades romanas.
Las siguientes salas forman parte de una inmensa gliptoteca llena de esculturas. Se trata de un largo pasillo lleno de esculturas que recibe el nombre de Museo Chiaramonti y Braccio Nuovo. Sus paredes están flanqueadas por miles de estatuas y bustos de dioses, amorcillos y patricios romanos.
Al final del pasillo, en el Braccio Nuovo, destaca la célebre estatua del Nilo representado como un dios yacente con 16 bebés.
La Sala de las Musas gira en torno al Torso del Belvedere, que se trata de un fragmento de una musculosa escultura griega del siglo I a.C. hallado en Campo de' Fiori. Sirvió de modelo a Miguel Ángel para los ignudi (desnudos masculinos) de la Capilla Sixtina.
La Sala Rotonda es una sala circular que alberga colosales estatuas, como el Hércules de bronce dorado, y un suelo de mosaico exquisito. La gran pila del centro procede de la Domus Aurea de Nerón y está esculpida a partir de una única pieza de pórfido rojo.
Llegamos a la que, a mi parecer, es una de las salas, o más bien pasillo, más bellos del Vaticano. Se trata de la Galería de los Mapas. Se trata de un pasillo de 120 metros donde cuelgan 40 enormes mapas topográficos. Se crearon a finales del siglo XVI para el Papa Gregorio XIII a partir de bocetos de Ignazio Danti, uno de los principales cartógrafos de la época.
Pasada la Galería de los Mapas se encuentra la Sala Sobieski, que debe su nombre a la colosal pintura del siglo XIX que ilustra la victoria del rey polaco Juan III Sobieski sobre los turcos en 1683.
Entre varias salas, nos encontramos con las estancias de Rafael, que son cuatro enormes salas decoradas con frescos (obra de Rafael Sanzio y sus discípulos) que formaban parte de los aposentos privados del Papa Julio II. En la Sala di Constantino un gran fresco ilustra la victoria de Constantino sobre Majencio en la batalla del Puente Milvio. La Stanza d'Eliodoro, que se usaba para las audiencias privadas, toma su nombre de la Expulsión de Heliodoro del templo, obra alegórica que refleja la política del Papa Julio II de expulsar a las potencias extranjeras de las tierras de la Iglesia. En la misma sala, La misa de Bolsena muestra al Papa Julio II venerando la reliquia de un milagro acontecido en esa ciudad en el siglo XIII. También se encuentran aquí el Encuentro de León Magno con Atila y la Liberación de San Pedro, donde se refleja la maestría de Rafael para plasmar la luz.
La Stanza della Segnatura, estudio y biblioteca de Julio II, fue la primera que pintó Rafael y alberga la celebérrima Escuela de Atenas, su obra maestra, en la que aparecen filósofos y eruditos reunidos en torno a Platón y Aristóteles. Se cree que la figura sedente delante de las escaleras es Miguel Ángel, la de Platón se considera un retrato de Leonardo da Vinci y Euclides (el hombre calvo inclinado) es Bramante. Rafael incluyó un autorretrato en la esquina inferior derecha (la segunda figura por la izquierda).
En la Stanza dell'Incendio di Borgo destaca la obra que le da nombre, el Incendio del Borgo, en la que se muestra al Papa León IV sofocando un incendio mediante la señal de la cruz. El techo fue pintado por Perugino, maestro de Rafael.
Después de un recorrido de infinitas salas bellamente decoradas, desembocamos en la Capilla Sixtina. Sin duda, es la joya de la corona. La Capilla Sixtina alberga los frescos del techo de Miguel Ángel y su Juicio Final. La Capilla Sixtina además es el lugar donde se reúne el cónclave para elegir a un nuevo papa.
La Capilla Sixtina supuso el mayor desafío de la carrera profesional de Miguel Ángel. Pintar la bóveda completa de 800 m2 a una altura de más de 20 metros llevó su genialidad al límite. El eje de su diseño son los nueve paneles centrales que ilustran relatos del Génesis. En torno a ellos hay 20 atléticos desnudos masculinos (ignudi) y un elenco de sibilas, profetas y figuras bíblicas. Los paneles tienen imágenes de la Embriaguez de Noé, el Diluvio universal, el Sacrificio de Noé, El pecado original y la expulsión del Paraíso, la Creación de Eva y la Creación de Adán, una de las imágenes más famosas del mundo occidental, donde un Dios barbudo señala a Adán y le da vida. Siguen los paneles con las imágenes de la Separación de las aguas y la tierra, la Creación de los astros y las plantas y la Separación de la luz de la oscuridad.
Aproximadamente treinta años después de pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, el Papa llamó a Miguel Ángel para pintar la pared frontal, y el resultado fue el Juicio Final, una intensa representación de la segunda venida de Cristo. La obra muestra a Jesucristo, en el centro, sentenciando a las almas de los difuntos, arrancados de sus tumbas para enfrentarse a él. Los justos permanecen en el cielo (arriba a la izquierda) y los condenados son enviados a los demonios del infierno (abajo a la derecha).
Y de ahí salimos por la famosa Escalera de Bronce hasta la calle. La escalera helicoidal conocida como la Escalera de Bramante. El Papa Julio II en 1505 encargó a Bramante diseñar un acceso directo entre el Palacio Apostólico y la ciudad. Lo que la hacía especial era su diseño innovador, que permitía un flujo continuo de personas en un espacio relativamente reducido. El diseño es una doble hélice formada por dos rampas independientes que se enroscan en una espiral perfecta.
Salimos anonadados. Aunque yo ya había estado, no dejan de ser los Museos Vaticanos y hay tanto que ver y disfrutar, tienen tanto arte y tanta historia... Sin duda, es una experiencia inolvidable que, espero, repetiremos en el futuro.
Y sin embargo hay algo que eché de menos. Es que en 2006 los Museos Vaticanos también albergaban las tumbas de los papas fallecidos, pero esta vez no los vimos. Supongo que tendríamos que pagar una entrada aparte.






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