El día que fuimos al Vaticano hacía mucho calor. En un principio íbamos a ir un domingo porque el último domingo del mes el acceso a los Museos Vaticanos es gratis; no me di cuenta que era el penúltimo domingo, hasta que mi novio me sacó del error. Así que fuimos un día entre semana, creo que era martes.
A mí me traía de cabeza el asunto de las entradas a los Museos Vaticanos, porque no había disponibilidad de sacarlas por internet: estaban agotadas durante varios meses, y ya me veía haciendo fila al sol durante varias horas junto al muro que protege la sede papal, un muro que en realidad forma parte de una gran fortaleza.
Decidimos coger el metro y marchar a la aventura, a ver dónde conseguíamos las entradas. Ni que decir tiene que habíamos mirado todas las plataformas habidas y por haber que ofrecen excursiones en cualquier lugar del mundo, y también entradas... pero triplicaban el precio. La cuestión es que no habíamos salido del metro cuando nos topamos con una taquilla donde las vendían, y había unas diez personas esperando, así que no lo dudamos y nos plantamos en la fila a esperar.
La chica de la taquilla fue muy amable, hablaba un sinfín de idiomas y lo explicó todo correctamente. Aunque la entrada era algo más cara que la oficial no nos importó, nos explicó la hora a la que teníamos que entrar y el lugar donde habíamos de ir. Y como la hora se acercaba al mediodía, nos recomendó visitar la Basílica de San Pedro.
Llegamos a la Plaza de San Pedro, la magnífica plaza oval, pero la fila para entrar no sólo daba la vuelta, sino que seguía por una calle. Como es gratis, todo el mundo esperaba. Yo ya había entrado cuando visité Roma en 2006 y con el sol que pegaba esperar varias horas asándonos al sol no apetecía mucho. Nos íbamos a perder la Pietà de Miguel Ángel (claro que Miguel Ángel no sólo hizo esta Pietà, sino que hizo varias que se pueden admirar en los Museos Vaticanos, a modo de prueba...).
La Basílica más grande, lujosa e impresionante de Italia alberga las obras de arte más espectaculares: además de la Pietà, la gran cúpula de Miguel Ángel y el baldaquín de bronce de 29 metros de Bernini sobre el altar papal (que ya veremos en otra de nuestras visitas a Roma).
La plaza central del Vaticano, dominada por la Basílica de San Pedro, se construyó a mediados del siglo XVII siguiendo el diseño de Gian Lorenzo Bernini. Vista desde arriba, parece un enorme ojo de cerradura con dos columnatas semicirculares, cada una de las cuales consta de cuatro filas de columnas dóricas que rodean una gran elipse que se estrecha para canalizar a los fieles hacia la Basílica. El intencionado efecto de Bernini pretendía que las columnatas representaran "los brazos maternales de la Iglesia".
La fachada fue construida a principios del siglo XVII, fue obra de Maderno y mide 48 metros de alto por 115 metros de ancho. Ocho columnas sustentan el ático superior, donde se elevan trece estatuas que representan a Cristo Redentor, San Juan Bautista y los once apóstoles. En el balcón central, llamado Logia de la Bendición, el Papa pronuncia su bendición Urbi et Orbi en Navidad y en Pascua.
En el gran atrio, la Puerta Santa se abre sólo los años jubilares.
Situada bajo la actual, la basílica original fue encargada por el emperador Constantino y erigida en torno al año 349 en el lugar donde se dice que fue enterrado San Pedro entre los años 64 y 67. Como ocurrió con otras iglesias antiguas, con el tiempo se deterioró. A mediados del siglo XV se intentó restaurar, a instancias del Papa Nicolás V y luego de Julio II.
En 1506 comenzó la construcción de la nueva basílica según el diseño de Bramante, basado en una planta de cruz griega. Pero cuando murió, los trabajos se interrumpieron porque los arquitectos, entre ellos Rafael y Antonio da Sangallo, trataron de modificar los planes originales. Apenas avanzaron hasta que Miguel Ángel se hizo cargo del proyecto cuando tenía 72 años de edad. Simplificó los planos de Bramante y proyectó el que sería su mayor logro arquitectónico: la cúpula. Sin embargo, murió poco antes de verla terminada y fueron Giacomo della Porta y Domenico Fontana quienes la terminaron en 1590.
Con la cúpula ya construida, en 1605 heredó el proyecto Carlo Maderno, que diseñó la monumental fachada y alargó la nave en dirección a la plaza. La Basílica fue finalmente consagrada en el año 1626.
Ya que habíamos decidido no entrar en la Basílica, nos dimos un paseo hasta el Castillo de Sant'Angelo, donde había también una fila al sol, pero yo miraba la hora y le dije a mi novio que sería mejor si volvíamos a San Pedro, porque si entrábamos en el Castillo igual no llegábamos a tiempo para entrar a los Museos Vaticanos. Allí decidimos comprarnos sombrero y gorra para protegernos del sol porque le pegaba bien.
Nos sentamos en una de las numerosas terrazas que hay en la avenida que desemboca frente a la plaza y la Basílica de San Pedro, y nuestros aperoles supieron de lujo. Como yo ya había estado no tenía problema en encontrar la entrada a los Museos Vaticanos.
Aparte de ver la muralla de la Ciudad del Vaticano allá donde miraran tus ojos, llegar al Vaticano desde Roma es como entrar en un salón, por la limpieza, lo cuidado que está todo, la buena señalización (y eso que también en el Vaticano había zonas con obras: el próximo Jubileo es en el año 2025). Además está lleno de curas y monjas, e igual que en Roma hay una cantidad ingente de visitantes. Además está todo lleno de tiendas religiosas donde venden de todo relacionado con la religión.

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