martes, enero 15, 2008

Sufrir por amor

Un día sueñas, sueñas con algo irreal pero posible, y decides contar el sueño porque ya no te gustaría que algo así ocurriera. Sabes que puede ser premonitorio, pero también que solo es parte del subconsciente que sale al exterior de una manera mágica, en otra dimensión, como son los momentos oníricos. Dejas que Morfeo haga su trabajo, y decides compartir la belleza de su obra...

De las muchas cosas que siempre quiso hacer a lo largo de su vida, por fin, iba a satisfacer una de ellas: el Camino de Santiago a pie. El viaje se realizaría durante los meses estivales y lo había organizado un catequista venido de lejos que había sido peregrino en numerosas ocasiones.
Todavía le quedaban unos meses para prepararse ante tal evento. Ya había inscrito su nombre en el listado de la parroquia y había regresado a la vida laboral y rutinaria de la gran ciudad.
Hacía ya una década que había abandonado su tierra natal para instalarse lo suficientemente lejos para que la dieran por perdida, pero lo suficiente cerca para volver a sus raíces con motivo de ocasiones especiales, unas raíces que sabía jamás podría cortar de cuajo, pero las únicas que la mantenían unida a lo que antes había considerado suyo y ahora le parecía tan extraño...
Durante los largos meses que precedieron al único viaje que se iba a permitir durante mucho tiempo, se dedicó a la ardua tarea de entrenar su físico para varias semanas de andadura bajo el sol, así que, al salir del trabajo y tras una ligera comida, se ponía unas botas de montaña recién compradas y caminaba varios kilómetros a lo largo y ancho de la ciudad hasta que consideraba necesario volver... Los primeros días le costaba conseguir un ritmo constante y enseguida debía dar media vuelta. Pero a medida que los días se iban haciendo más largos y el sol empezaba a dejarse ver, sus pasos se alejaban cada vez más. Creía estar preparada.
Y por fin llegó el inicio de la peregrinación. Días antes, había atado todos los cabos sueltos. En el trabajo, había pedido vacaciones anticipadas, pese a saber que no gozaría de más días libres hasta el siguiente año. Había dejado a su perro en una guardería de animales donde sabía que estaría bien atendido. Le había pedido a la vecina que regara sus plantas dos veces a la semana y que de vez en cuando echara un vistazo en su piso para asegurarse de que todo estaba en orden. Y había vuelto al hogar familiar, el hogar que la vio nacer y crecer, el hogar donde regresaba en algunas ocasiones, pero cuyas visitas eran efímeras... Aquélla también era una visita rápida, pues al día siguiente se despediría de todos con un grupo de gente desconocida. Esperaba que, al menos, fuera algún conocido del pasado.

El catequista leía en voz alta los nombres de la lista que tenía entre las manos. Ella miró en derredor para descubrir si había alguna cara conocida, aunque tampoco le importaba. Ya hablaría con esa gente a lo largo del Camino, o eso esperaba. Sin embargo, no cayó en la cuenta de que unos ojos la habían estado observando a ella desde que llegara a la parroquia, unos ojos que ella no había descubierto... de momento.
Se acercó al sacerdote, un hombre con alzacuellos que ella siempre recordaba haber visto allí, un cura mayor que sermoneaba incluso fuera del altar. Ella se sentía con la obligación de saludarle.
Finalmente se pusieron en camino. Eran una treintena de personas que caminaron entre grupos de gente que los despedían en las bocacalles, alzando los pañuelos, otros incluso lloraban... “Ni que fuéramos a la guerra” –pensó ella. Detrás, la misma mirada verde la seguía sin parpadear, reconociendo en aquella mujer a alguien del pasado, alguien a quien no veía desde hacía muchos años. Él se mantenía un poco oculto a la vista de aquella muchacha que, después de tanto tiempo, había llegado a imponerle. No entendía por qué. “¿Qué ocurriría cuando le viera?” –pensaba él, casi deseando dar media vuelta y no pasar por el trago de ese encuentro que, no lo dudaba, sería terrible. Pese a este pensamiento, la contradicción iba dentro. Realmente quería que le mirara. En los ojos de aquella mujer había leído siempre un sentimiento oculto, un sentimiento que contradecía sus palabras airadas cada vez que intercambiaban fragmentos de algo que ni siquiera podía llamarse conversación.

La marcha se hacía rápida en diversos tramos del Camino. Se notaba que todos iban descansados, que era el principio, que todavía no hacían mella en ellos las huellas y la pesadez del esfuerzo diario, de la voluntad de llegar a Santiago... Ella iba inmersa en una conversación con un varón cuyo rostro no le sonaba de nada. El hombre le explicaba las ciudades más hermosas del Camino, utilizando como fuente una de las innumerables guías del peregrino que poblaban las librerías de esta zona del país. Ella, por educación, no le contradecía, aunque en algún momento le dijo que a veces las cosas carentes de belleza son, en realidad, las más hermosas; por tanto, quizás hay que buscar en el resto de lugares los dones que la Madre Naturaleza les ha dado.

Las horas fueron pasando rápidamente. Habían comido en un claro de bosque junto a la senda que seguían. Fue algo rápido pues a todos les habían aconsejado llevar el bocadillo hecho desde casa. Muy pronto estaban de nuevo en marcha, pero a media tarde, muchos empezaban a sentir encima los músculos entumecidos y el cansancio de la caminata. El catequista que hacía de guía decidió parar en el siguiente pueblo. Después de tan sutil anuncio, todos estaban deseando llegar y descansar.

El albergue era muy grande para lo pequeño que era aquel pueblo. Cuando pasaban por la calle principal, y a pesar de ser verano, todo estaba desierto. Entre las celosías de la ventana descubrieron los ojos expectantes de miradas que les observaban con recelo. Parecía un pueblo fantasma y como la magia siempre acompaña...

Ella se sentó en uno de los bancos que se dispersaban junto a la entrada del albergue. Y levantó la mirada. Sus ojos se cruzaron solo un momento, el suficiente para reconocerse. Pero él desvió la mirada, pasó de largo e intentó hacerse invisible, como los fantasmas que parecían caminar por las desoladas calles de aquel pueblo.
Ella... no pudo soportar verle allí. La persona a quien más había querido y a quien más había odiado estaba a unos pasos de ella y una fuerza superior la mantenía allí paralizada, incrédula. De repente, dejó de estar allí, dejó de sentir aquella sensación fantasmal que contagiaban las piedras de aquel pueblo...

Un sinfín de imágenes acudieron a su mente: el amor de toda su vida, aquél que eclipsaba a todos en lo bueno y en lo malo, la sonrisa de complacencia, el ídolo de sus sueños, el héroe de sus ilusiones... la esperanza truncada por un malestar y un dolor moral y sentimental inimaginable, el sufrimiento por amor. Un día decidió poner tierra por medio y huyó lejos, donde nunca jamás pudiera verle ni encontrarse con él. No podía soportar sufrir por aquella persona que tanto le había dado (sin darle nada) y tanto le había quitado (sin haberle quitado nada). Había cerrado la puerta a aquel pasado turbulento y cruel...

–Ya se despierta –oía a lo lejos–. Ya vuelve en sí. Un murmullo alentador la hizo salir de su ensimismamiento y abrió los ojos. Se había desmayado.
–Podría ser la tensión –dijo el guía–. El primer día, el esfuerzo, la nula preparación... Nunca se sabe, pero es algo normal. Tómate este azucarillo.
Ella alargó la mano, mientras buscaba con la mirada aquellos ojos verdes. Sabía que su desvanecimiento no se debía al esfuerzo del día, sino al “reencuentro”. No le vio y se quedó tranquila. Sin embargo... les quedaban unas semanas hasta acabar aquella odisea y era obvio que terminarían cruzándose. Aunque se propusiera ignorarle, evitarle, mantenerse lejos... todo por el orgullo herido del pasado...

Continuará...

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