
Bajo el frío invernal que se escabulle en los gélidos rincones de mi piso hasta que, al menos, no hayan pasado dos días y los radiadores estén en pleno apogeo, cansada tras un viaje del que no me enteré, con la punta de la nariz y los ágiles dedos casi insensibles... ayer no leí antes de dormir (y es raro que una costumbre tan arraigada en mi vida como ésa se tome vacaciones en aras de algo quizás más existencial). Solo quería meterme en la cama, taparme hasta arriba y pensar. Pero muy pronto decidí sacar todo de dentro. Necesitaba expresar por escrito todo aquello que jamás saldrá de mis labios, todo aquello que nunca llegará al destinatario que debería leer esas palabras. Y escribí sin parar en una libreta hasta que me dio la sensación de que no tenía manos, que ya no respondían, solo escribían y escribían sin parar. Decidí poner punto final y reanudar otro día aquello que jamás diré pero que, al sacar de dentro, me hizo sentir liberada de un peso que llevo sobre la espalda desde hace mucho tiempo, esa espinita que tanto me cuesta quitar...
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