miércoles, enero 09, 2008

"Dos días en París"

Una película muy práctica para practicar el francés, si no va acompañada de subtítulos, como ha sido mi caso. Aunque hablen muy rápido, se entiende bastante bien.

Marion (Julie Delpy) y Jack (Adam Goldberg) son pareja desde hace dos años. Viven en Nueva York y acaban de pasar unos días en Italia de vacaciones. Al volver, deciden hacer escala en París, donde se quedarán dos días en la casa de la familia de Marion.
Jack no comprende a los franceses y piensa que son unos excéntricos. Lo peor viene cuando, a medida que pasan las horas, Marion solo se encuentra con ex novios. Jack, que no habla ni comprende francés, se siente fuera de lugar.
Una fuerte discusión por el pasado promiscuo de Marion hace que cada uno escoja un camino diferente y pase la tarde separado del otro.
Jack entra en una hamburguesería, donde un vegetariano esquizofrénico que dice ser un ángel, Lukas (Daniel Brühl), se sienta en su mesa y le convence para volver con Marion y hablar con ella cuidadosamente.

"No es fácil mantener una relación, y mucho menos conocer verdaderamente a la otra persona y aceptarla tal como es, con sus defectos y su pasado. Me confesó su temor a ser rechazado si lo conocía de verdad, si se mostraba totalmente desnudo. Había comprendido, después de estar dos años conmigo, que no me conocía en absoluto. Ni yo a él. Y para amarnos verdaderamente teníamos que conocer la verdad el uno del otro, aunque a veces sea difícil de asumir. De modo que le dije la verdad: que nunca le había sido infiel. Le confesé que, para mí, lo más difícil es decidir estar definitivamente con alguien, la idea de que es el hombre con el que voy a pasar el resto de mi vida. Decidir qué voy a hacer, el esfuerzo de seguir, de solucionar las cosas y de no huir cuando surge un problema me resulta muy difícil. Le dije que no podía estar con un hombre el resto de mi vida. Era mentira. Pero le dije, de todas formas. Me preguntó si era una ardilla que cree que los hombres son frutos secos que se almacenan para el frío invierno. Me pareció muy divertido. Luego me dijo una cosa que me ofendió. El tono cambió drásticamente, pero lo había entendido mal. Pensé que me quería decir que ya no me quería y que quería cortar conmigo. Siempre me ha fascinado cómo las personas pueden pasar de amarse locamente a no sentir absolutamente nada. Nada. Es muy doloroso. Cuando presiento que alguien me va a dejar, tiendo a romper la relación antes de tener que pasar por eso. Aquí está: una más, una menos, otra historia de amor desperdiciada. A él lo quería de verdad. Cuando pienso que ha terminado, que nunca volveré a verlo... Bueno, sí, nos encontraremos casualmente y conoceremos al nuevo novio o novia del otro. Nos comportaremos como si nunca hubiéramos estado juntos. Luego, poco a poco, pensaremos cada vez menos en el otro hasta que lo olvidemos completamente. Casi. Siempre es igual: cortar, deprimirme, beber, tontear, conocer un tío tras otro y follar para olvidar al verdadero amor de mi vida. Después, al cabo de unos meses de vacío total, volver a buscar el verdadero amor, buscar desesperadamente por todas partes y, al cabo de dos años de soledad, encontrar un nuevo amor y jurar que será el definitivo hasta que también vuelva a perderlo. Llega un momento en la vida en que no podemos recuperarnos de otra ruptura. Aunque esa persona nos fastidie el 60 % del tiempo, no podemos vivir sin ella. Aunque se despierte todos los días estornudándonos en la cara, nos gustan más sus estornudos que los besos de cualquier otra persona".

De alguna manera, me siento bastante identificada con esas palabras.

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