"Entonces Dios dijo a Moisés: Irás a Egipto y sacarás de allí a mi pueblo, Israel" (Ex 3, 10).
El segundo libro del Pentateuco, como bien dice su título, es una salida. En hebreo se llama El Libro de los Nombres (porque comienza con "Estos son los nombres"). El inicio del libro enlaza con el final del Génesis, haciendo una genealogía de las tribus de Israel que se asentaron en Egipto bajo la protección de José. Los israelitas se fueron extendiendo y su descendencia era numerosa.
El Éxodo está dividido en tres partes bien diferenciadas: los israelitas son liberados de la esclavitud egipcia, la estancia en el desierto hasta llegar al monte Sinaí y la alianza y la ley que legitiman al pueblo de Israel como el elegido.
Pasaron los siglos y los israelitas se habían extendido tanto que a los egipcios les entró miedo y fueron a quejarse al faraón. Éste tomó medidas para que el pueblo de Israel no siguiera expandiéndose, pero no funcionaron. Llegó incluso a obligarles que echaran al río Nilo a todos los niños varones. Un hombre fabricó una cuna de junco y metió en ella a su bebé. La hija del faraón lo recogió y lo llamó Moisés, "salvado de las aguas".
A medida que Moisés va creciendo, ve con sus propios ojos la injusticia del faraón. Sale en ayuda de los indefensos y un día mata a un capataz, por lo que se ve obligado a huir al desierto, donde encuentra a una familia de pastores, que le acogen, y se casa con una de las mujeres, Séfora.
Un día, estaba apacentando un rebaño cuando vio una zarza que ardía pero no se quemaba. Se acercó y Dios le habló de su misión: Debía sacar de la esclavitud al pueblo elegido. Debía acompañarle su hermano Aarón.
Cuando Moisés fue al encuentro del faraón, éste no dejó salir de Egipto a los israelitas, que le daban mano de obra barata para sus monumentos. Les presionó más. Volvieron muchas veces a presentarse ante el faraón para pedir la liberación de los israelitas, pero el rey era obcecado. Después de que el cayado de Moisés, convertido en serpiente, se comiera los cayados de los magos egipcios, comienzan una serie de prodigios, con los que el Dios de los israelitas muestra su grandeza y Egipto clama al cielo. Son las plagas que solo afectaron al pueblo egipcio, dejando ilesos a todos los israelitas: el agua del Nilo se convierte en sangre, la plaga de ranas, la plaga de mosquitos, la plaga de tábanos, la peste sobre el ganado, las úlceras, la tormenta de granizo, la plaga de langostas, las tinieblas. Pese a todo el sufrimiento y el dolor ocasionado en Egipto, el faraón sigue en sus trece. Entonces llega la décima plaga. La noche de Pascua todas las familias israelitas conseguirán un cordero que cenarán en sus casas. Con la sangre del animal recubrirán las jambas y el dintel de las puertas. A eso de la medianoche, Dios pasaría por Egipto y mataría a todos los primogénitos de hombres y animales, excepto en las casas que tuvieran sangre de cordero en su puerta. Esto incluía al hijo del faraón, que terminó expulsando a los israelitas de Egipto. Moisés lleva con ellos los huesos de José. Una columna de nubes les guía en su marcha por el día, y por la noche es una columna de fuego la que les marca el camino.
El faraón se arrepiente de haber dejado libres a los israelitas y marcha con su ejército en su persecución. Los israelitas llegan a la orilla del mar Rojo, cuyas aguas se abren a su paso. Los egipcios les persiguen, pero perecen todos tras cerrarse las aguas del mar sobre ellos.
El pueblo liberado es desleal y poco creyente. Enseguida pierde la fe en Dios. Los israelitas saben que Moisés es el intermediario y se comunica con el Dios que les ha elegido. Pese a todo lo que ese Dios ha hecho por ellos, Israel se rebela con bastante frecuencia.
El Dios providente les da agua, codornices y maná para que el pueblo sobreviva en el desierto. Todos los días cada uno recogía lo necesario para alimentarse. En el desierto, Moisés toca con su cayado una roca y sale agua. Sin embargo, los israelitas se lamentan porque en Egipto estaban seguros. Durante 40 días y 40 noches, el pueblo vagó por el desierto. Cerca del Sinaí, aparece el suegro de Moisés, que le habla de la necesidad de crear un cuerpo de jueces, para que Moisés se libere del peso de juzgar únicamente él.
En el Sinaí, Moisés se reúne con Dios, que le propone una alianza entre Él y su pueblo. Allí le da las tablas de la Ley, donde viene incluido el decálogo, y le hace partícipe de un Código de la alianza, con leyes que van desde la construcción de una morada para Dios hasta cómo deben ser las vestiduras de los sacerdotes (Aarón y sus hijos). Exige, en recuerdo a la creación, que el séptimo día no se trabaje, pues ése es el día dedicado al Señor.
Como viera el pueblo que Moisés tardaba mucho en bajar del monte, se rebela de nuevo. Aarón pide el oro de sus joyas y forja un becerro de oro, que los israelitas proclaman y adoran como su Dios. Celebran una gran fiesta y Dios, decepcionado, le pide a Moisés que baje y vea. La adoración de un ídolo pagano supone la ruptura de la alianza con Dios. Moisés rompe las tablas de la Ley y se encara con Aarón, que ha permitido tal cosa.
Moisés sube al monte y pide a Dios que no castigue a su pueblo. También le pide que le deje ver su gloria y Moisés verá la espalda de Dios. Finalmente, Dios les da la oportunidad de otra alianza, que será más somera que la primera, y Moisés escribe en unas tablas los preceptos que le dice Dios. Construyen un altar y el pueblo se da cuenta de que la gloria de Dios se refleja en el rostro del profeta.
"Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada" (Ex 40, 34).
El segundo libro del Pentateuco, como bien dice su título, es una salida. En hebreo se llama El Libro de los Nombres (porque comienza con "Estos son los nombres"). El inicio del libro enlaza con el final del Génesis, haciendo una genealogía de las tribus de Israel que se asentaron en Egipto bajo la protección de José. Los israelitas se fueron extendiendo y su descendencia era numerosa.
El Éxodo está dividido en tres partes bien diferenciadas: los israelitas son liberados de la esclavitud egipcia, la estancia en el desierto hasta llegar al monte Sinaí y la alianza y la ley que legitiman al pueblo de Israel como el elegido.
Pasaron los siglos y los israelitas se habían extendido tanto que a los egipcios les entró miedo y fueron a quejarse al faraón. Éste tomó medidas para que el pueblo de Israel no siguiera expandiéndose, pero no funcionaron. Llegó incluso a obligarles que echaran al río Nilo a todos los niños varones. Un hombre fabricó una cuna de junco y metió en ella a su bebé. La hija del faraón lo recogió y lo llamó Moisés, "salvado de las aguas".
A medida que Moisés va creciendo, ve con sus propios ojos la injusticia del faraón. Sale en ayuda de los indefensos y un día mata a un capataz, por lo que se ve obligado a huir al desierto, donde encuentra a una familia de pastores, que le acogen, y se casa con una de las mujeres, Séfora.
Un día, estaba apacentando un rebaño cuando vio una zarza que ardía pero no se quemaba. Se acercó y Dios le habló de su misión: Debía sacar de la esclavitud al pueblo elegido. Debía acompañarle su hermano Aarón.
Cuando Moisés fue al encuentro del faraón, éste no dejó salir de Egipto a los israelitas, que le daban mano de obra barata para sus monumentos. Les presionó más. Volvieron muchas veces a presentarse ante el faraón para pedir la liberación de los israelitas, pero el rey era obcecado. Después de que el cayado de Moisés, convertido en serpiente, se comiera los cayados de los magos egipcios, comienzan una serie de prodigios, con los que el Dios de los israelitas muestra su grandeza y Egipto clama al cielo. Son las plagas que solo afectaron al pueblo egipcio, dejando ilesos a todos los israelitas: el agua del Nilo se convierte en sangre, la plaga de ranas, la plaga de mosquitos, la plaga de tábanos, la peste sobre el ganado, las úlceras, la tormenta de granizo, la plaga de langostas, las tinieblas. Pese a todo el sufrimiento y el dolor ocasionado en Egipto, el faraón sigue en sus trece. Entonces llega la décima plaga. La noche de Pascua todas las familias israelitas conseguirán un cordero que cenarán en sus casas. Con la sangre del animal recubrirán las jambas y el dintel de las puertas. A eso de la medianoche, Dios pasaría por Egipto y mataría a todos los primogénitos de hombres y animales, excepto en las casas que tuvieran sangre de cordero en su puerta. Esto incluía al hijo del faraón, que terminó expulsando a los israelitas de Egipto. Moisés lleva con ellos los huesos de José. Una columna de nubes les guía en su marcha por el día, y por la noche es una columna de fuego la que les marca el camino.
El faraón se arrepiente de haber dejado libres a los israelitas y marcha con su ejército en su persecución. Los israelitas llegan a la orilla del mar Rojo, cuyas aguas se abren a su paso. Los egipcios les persiguen, pero perecen todos tras cerrarse las aguas del mar sobre ellos.
El pueblo liberado es desleal y poco creyente. Enseguida pierde la fe en Dios. Los israelitas saben que Moisés es el intermediario y se comunica con el Dios que les ha elegido. Pese a todo lo que ese Dios ha hecho por ellos, Israel se rebela con bastante frecuencia.
El Dios providente les da agua, codornices y maná para que el pueblo sobreviva en el desierto. Todos los días cada uno recogía lo necesario para alimentarse. En el desierto, Moisés toca con su cayado una roca y sale agua. Sin embargo, los israelitas se lamentan porque en Egipto estaban seguros. Durante 40 días y 40 noches, el pueblo vagó por el desierto. Cerca del Sinaí, aparece el suegro de Moisés, que le habla de la necesidad de crear un cuerpo de jueces, para que Moisés se libere del peso de juzgar únicamente él.
En el Sinaí, Moisés se reúne con Dios, que le propone una alianza entre Él y su pueblo. Allí le da las tablas de la Ley, donde viene incluido el decálogo, y le hace partícipe de un Código de la alianza, con leyes que van desde la construcción de una morada para Dios hasta cómo deben ser las vestiduras de los sacerdotes (Aarón y sus hijos). Exige, en recuerdo a la creación, que el séptimo día no se trabaje, pues ése es el día dedicado al Señor.
Como viera el pueblo que Moisés tardaba mucho en bajar del monte, se rebela de nuevo. Aarón pide el oro de sus joyas y forja un becerro de oro, que los israelitas proclaman y adoran como su Dios. Celebran una gran fiesta y Dios, decepcionado, le pide a Moisés que baje y vea. La adoración de un ídolo pagano supone la ruptura de la alianza con Dios. Moisés rompe las tablas de la Ley y se encara con Aarón, que ha permitido tal cosa.
Moisés sube al monte y pide a Dios que no castigue a su pueblo. También le pide que le deje ver su gloria y Moisés verá la espalda de Dios. Finalmente, Dios les da la oportunidad de otra alianza, que será más somera que la primera, y Moisés escribe en unas tablas los preceptos que le dice Dios. Construyen un altar y el pueblo se da cuenta de que la gloria de Dios se refleja en el rostro del profeta.
"Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada" (Ex 40, 34).






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