domingo, agosto 19, 2007

El anillo

Voy a contar un cuento sobre un anillo. Los anillos adquieren un valor legendario y místico en muchas historias y eso sin tener en cuenta los mundos fantásticos e imaginarios donde se consolida como objeto único que dibuja la trayectoria de la narración. Un anillo se termina convirtiendo en algo más que un objeto de valor económico. Su verdadero valor está en la simbología que conlleva dependiendo del contexto en que esté trazada su historia.

Un alumno se presentó ante su profesor con un problema: "Estoy aquí, profesor, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Dicen que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy tonto e idiota. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?".
El profesor, sin mirarlo, le dijo: "Lo siento mucho, joven, pero ahora no puedo ayudarte. Primero debo resolver mi propio problema. Tal vez después...". Y, haciendo una pausa, dijo: "Si tú me ayudas y puedo resolver mi problema rápidamente, quizá pueda ayudarte a resolver el tuyo".
"Claro, profesor", murmuró el muchacho, sintiéndose otra vez desvalorizado.
El profesor se sacó un anillo que llevaba en el dedo pequeño, se lo entregó y le dijo: "Coge tu caballo y vete al mercado. Debes vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es preciso que obtengas por él el máximo posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete, y vuelve con la moneda lo más rápido posible".
El joven cogió el anillo y partió. Cuando llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Ellos observaban la joya con algún interés, atendiendo al muchacho cuando decía cuánto pretendía por el anillo; algunos se reían cuando pedía una moneda de oro y otros se apartaban sin mirarlo. Solamente un viejecito fue tan amable de explicarle que una moneda de oro era mucho dinero por comprar un anillo. Intentando ayudar al joven, llegaron a ofrecerle una moneda de plata y una jícara de cobre, pero el joven seguía las instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazaba todas las ofertas. Después de ofrecer la joya a todos los que pasaban por el mercado, y, abatido por el fracaso, montó en el caballo y regresó.
El muchacho hubiera deseado tener una moneda de oro para comprar él mismo el anillo, librando a su profesor de esa preocupación, para así poder recibir su ayuda y consejos.
Se presentó ante él y le dijo: "Profesor, lo siento mucho, pero es imposible conseguir lo que me pidió. Tal vez pudiese conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que se pueda engañar a nadie sobre el valor del anillo".
"Importante lo que me dices, joven", contestó el profesor, sonriente. "Primero debemos saber el valor del anillo. Así que vuelve a coger tu caballo y vete a ver al joyero. ¿Quién mejor que él para saber su valor exacto? Pero no importa lo que te ofrezca: no lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo".
El muchacho fue a ver al joyero y le entregó el anillo para que lo examinara. El joyero lo examinó con una lupa, lo pesó y le dijo: "Dile a tu profesor que si lo quiere vender ahora no puedo darle más de 58 monedas de oro".
"¡¡58 monedas de oro!!", exclamó el muchacho.
"Sí", respondió el joyero, "y creo que con el tiempo podría ofrecerle cerca de 70 monedas, pero si la venta es urgente...".
El joven corrió emocionado a casa de su profesor para contarle lo ocurrido.
Después de escuchar todo lo que el muchacho le contó, el profesor le dijo: "Tú eres como ese anillo, una joya valiosa y única. Solamente puede ser valorada por un especialista. ¿Pensabas que cualquiera podría descubrir su verdadero valor?".
Y diciendo esto, volvió a colocarse el anillo en su dedo.

Todos somos como esta joya, valiosos y únicos. Y caminamos por los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas nos valoren. Todos somos como esta joya.

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