lunes, agosto 20, 2007

Clavos

Después de haberme enfadado con el timbre dos veces, he leído este cuento, con el cual me he identificado enormemente. No es que me enfade con el timbre, es que tengo una vecina mayor que no para de llamar cuando la llave no le abre abajo. Y parece que siempre llama a mi piso. Y todos los días igual; si me pilla en casa haciendo algo el timbre termina sulfurándome, sobre todo si estoy concentrada estudiando o como me haya tumbado justo para echarme la siesta. Si estoy dormida evidentemente el timbre no me despierta.
El caso es que lo he pensado después y me he sentido terriblemente culpable. Vale que el timbre me desconcentre, pero es una señora mayor y reconozco que a mí a veces también me cuesta abrir la puerta con mi llave.
Justamente después ha caído esta historia en mis manos. Igual tengo que empezar a clavar clavos.

Ésta es la historia de un muchacho que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio un saco de clavos y le dijo que clavara uno en la verja del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se enfadara con alguien.
El primer día clavó 37 clavos. Durante la semana siguiente se concentró en controlarse y, día a día, fue disminuyendo la cantidad de clavos nuevos en la verja. Había descubierto que era más fácil controlar su carácter que clavar clavos. Llegó un día en que dejó de clavar clavos nuevos en la verja. Entonces fue a contárselo a su padre.
Su padre le dijo que era el momento de quitar un clavo por cada día que no perdiera la paciencia. Los días pasaron y, finalmente, el chico pudo decir a su padre que ya no quedaba ningún clavo en la verja.
El padre condujo al muchacho hasta la verja y le dijo: "Hijo mío, te has comportado muy bien, pero mira todos los agujeros que han quedado en la verja. Ya nunca será como antes. Cuando discutes con alguien y le dices cualquier cosa ofensiva, le dejas una herida como ésta. Por eso hay que intentar tener paciencia cuando se pierde la paciencia".

No hay comentarios: