
Un día tienes todo y de repente no tienes nada. No sé, la vida da muchas vueltas. Lo que ayer era blanco hoy es negro. Cosas que odiábamos en el pasado ahora nos gustan.
Nunca sabes qué te depara el siguiente minuto y, sin embargo, a veces añoras que llegue, pero vuelve a estar vacío, como todos los minutos de hoy desde que he abierto los ojos por primera vez.
No sé cómo me siento. Quizás no lo puedo explicar. Es como si me faltara algo, el aire para respirar.
No voy a hacerme preguntas. No voy a ponerme a analizar nada de estos últimos días. No quiero pensar en nada, ni hablar con nadie, ni llorar. Hace un rato he llegado incluso a controlar las lágrimas. Todavía me queda un poco de dignidad, aunque creo que en estos momentos no me queda mucho de nada.
Y eso. Esperas, esperas, esperas... y no merece la pena esperar. La única manera de que el río vuelva a su caudal es a través de las palabras. Pero no tengo ganas de decir nada.
Un día tienes todo y de repente no tienes nada. Se desmorona todo a tu alrededor, lo ves tan negro que no tienes ganas siquiera de seguir adelante, ni de preguntarte si merece la pena seguir. Me pregunto qué hice mal, en qué me equivoqué, o si simplemente es una estrella que nos guía adonde no queremos ir.
Y no quiero preguntarme entonces la causa de todas estas preguntas porque llegaré a un fondo que no quiero llegar, que no es otro más que el de los sentimientos, no quiero imaginar por qué siento tanta tristeza en estos momentos. No quiero respuestas.
Nunca sabes qué te depara el siguiente minuto y, sin embargo, a veces añoras que llegue, pero vuelve a estar vacío, como todos los minutos de hoy desde que he abierto los ojos por primera vez.
No sé cómo me siento. Quizás no lo puedo explicar. Es como si me faltara algo, el aire para respirar.
No voy a hacerme preguntas. No voy a ponerme a analizar nada de estos últimos días. No quiero pensar en nada, ni hablar con nadie, ni llorar. Hace un rato he llegado incluso a controlar las lágrimas. Todavía me queda un poco de dignidad, aunque creo que en estos momentos no me queda mucho de nada.
Y eso. Esperas, esperas, esperas... y no merece la pena esperar. La única manera de que el río vuelva a su caudal es a través de las palabras. Pero no tengo ganas de decir nada.
Un día tienes todo y de repente no tienes nada. Se desmorona todo a tu alrededor, lo ves tan negro que no tienes ganas siquiera de seguir adelante, ni de preguntarte si merece la pena seguir. Me pregunto qué hice mal, en qué me equivoqué, o si simplemente es una estrella que nos guía adonde no queremos ir.
Y no quiero preguntarme entonces la causa de todas estas preguntas porque llegaré a un fondo que no quiero llegar, que no es otro más que el de los sentimientos, no quiero imaginar por qué siento tanta tristeza en estos momentos. No quiero respuestas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario