
Cuenta Wagner en su ópera El buque fantasma que Daland era un marino noruego, que tenía una hermosa hija llamada Senta y una potente nave propia, con la que traficaba en varios puertos del mar del Norte y del Báltico.
Cierto día, un violento huracán le lanzó el barco a siete millas del puerto al cual se dirigía, a un lugar llamado Sandwich, cuya playa estaba erizada de rocas, y allí tuvo que anclar.
Cuando la tripulación descansaba en la cala, el piloto quedó de guardia en el puente. Pero se durmió, agotado por el cansancio, sin reparar en que la tempestad volvía con más fuerza.
De repente, se vio aparecer en lontananza al Buque Fantasma con sus negros mástiles y las velas del color de la sangre. Era un barco extraño, sin pabellón. No se veía además a nadie en cubierta, ni vigía en la gavia.
El Buque Fantasma se acercó rápidamente a la playa, junto al navío noruego. Al echar el ancla, produjo un terrible ruido que despertó sobresaltado al piloto de Daland. Éste, después de dirigir una recelosa mirada alrededor y cerciorado de que todo iba bien, cantó una canción y volvió a quedarse dormido.
Sin producir el menor ruido, la tripulación del buque fantasma cargó velas y el Holandés Errante saltó a tierra. Era un hombrachón altísimo, delgado, de rostro taciturno, de espesa barba rubia, de ojos de un azul extraordinario; unos ojos inexpresivos y magnéticos.
Cuando estaba en la playa exclamó:
- ¡Sonó la hora! ¡Siete años han transcurrido! ¡Las alas fatigadas me rechazan al momento! ¡Ah! Océano orgulloso, en breve volverás a sostenerme en tus flancos. Tu rabia decrece y mi pena no tiene fin...
Otra versión dice que al Holandés le anunció un ángel que "la senda de su salvación" consistía en hallar una mujer que le amara y le fuera fiel. Con este fin, cada siete años se le permitía saltar en tierra para buscarla, pero tan desengañado estaba ya de esa "fidelidad" que su búsqueda la parecía de antemano trabajo perdido. No creía que hubiera en el mundo corazones fieles.
Mientras el Holandés Errante se tendía sobre una roca, salió de su camarote Daland, el marino noruego, y obligó a su piloto a que, con la bocina, llamase a gritos a la tripulación del Buque Fantasma que acababa de ver. Pero nadie contestó.
Entonces Daland vio al Holandés Errante, recostado sobre la roca, a quien habló como si fuera un viejo camarada:
- ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
- Soy de nacionalidad holandesa. La tempestad ha arrojado aquí mi buque sin averías. He andado errante durante largo tiempo por los mares de innumerables países, y si bien he podido visitarlos todos, el único que me ha sido vedado ha sido el mío.
El Holandés añadió además que si Daland se dignaba acogerlo como amigo y conducirlo a su casa, nunca se quejaría de haberle dado hospitalidad, porque en su buque guardaba riquísimos tesoros, con los que podría recompensarle dignamente.
Daland le pidió que se los mostrara.
El Holandés hizo desembarcar entonces un cofre por dos marineros y, cuando lo abrió, aparecieron montones de perlas y toda clase de piedras preciosas. Todo se lo ofreció a Daland por una noche de hospitalidad, y le dijo:
- Esto no es nada comparado con lo que todavía me queda en el buque. Pero ¿de qué me sirven tantas riquezas, sin mujer, sin hijos, y ausente siempre de mi propio país?... Te entrego todos mis tesoros si me das una familia entre los tuyos... ¿Tienes hijas?
Daland respondió que tenía una hija y que era preciosa.
El Holandés le pidió la mano de la joven.
Daland se volvió loco de alegría ante la inesperada riqueza que vio llegar a su familia como caída del cielo. Así concertaron la boda si la hija de Daland le gustaba al Holandés Errante. Y como ya se había calmado la tempestad y mudado el viento, Daland dio la orden de zarpar, llevando en pos de su barco el del Holandés.
Entretanto, en casa de Daland estaba su hija Senta triste y melancólica, contemplando un cuadro en el que aparecía un hombre de rostro pálido, barba negra y oscuro traje: era el Holandés Errante de la leyenda, de las baladas.
La nodriza había acostumbrado a Senta, desde niña, a oír esta leyenda, a cantarle esta balada. Y la muchacha, con el tiempo, acabó por enamorarse de aquella romántica figura que le inspiraba compasión. Ahora, la misma nodriza estaba asustada de ese amor ideal, fantástico, ya que se había percatado de que había un pretendiente real, Erik el cazador, que cortejaba a Senta, y ésta se mostraba muy amable con él.
Erik ya pasaba por ser el novio de la muchacha, tanto en la casa como en la ciudad. No obstante, el joven distaba mucho de verlo todo tan seguro, preocupado por la especie de fascinación que ejercía aquel maldito retrato del Holandés Errante y su historia sobre Senta.
Quizá para conocer mejor a la muchacha, un día Erik le refirió un sueño que tuvo respecto a esto y al oírlo, involuntariamente, la muchacha exclamó:
- ¡Oh, el Holandés Errante me busca y yo he de morir con él!
Desesperado, Erik se alejó de la joven, convencido de haber perdido para siempre a la mujer amada.
Cuando Daland llegó a su casa acompañado del Holandés Errante, la hermosa Senta quedó en el acto prendida en la mirada de aquel desconocido. Y cuando éste le preguntó si quería ser su esposa, ella respondió afirmativamente.
Al enterarse Erik de que Senta se había prometido con aquel desconocido, corrió a verla y le dijo con acento de súplica:
- Amada Senta, no serás feliz con ese hombre. Es un capricho, una obsesión absurda. Tú eres mujer de hogar, dulce, buena, para tener muchos hijos. No puedes casarte con un hombre sin patria, con un aventurero, soñador por añadidura.
Al decirle eso, la tenía cogida por los hombros, como si de esta manera pudiera persuadirla mejor.
De pronto se abrió la puerta y Senta vio clavados en ella aquellos ojos fascinadores que tan bien conocía, aquellos ojos azules del marino desconocido, con un destello que a ella le heló el corazón.
En aquel preciso instante, fue Erik quien echó en cara a la joven, falsamente, que a él también le había jurado fidelidad eterna.
Oído esto por el Holandés, éste dejó de creer en el juramento de fidelidad que ella le había hecho, y se fue como un loco a su Buque Fantasma, dando la orden de partir inmediatamente.
Al verle partir, la enamorada Senta, impotente para detenerlo, se arrojó al mar desde una roca, diciendo que le sería fiel hasta la muerte.
Y en ese mismo instante, el navío del Holandés Errante se hundió, desapareciendo bajo las aguas. Entonces en el horizonte se vio surgir de las olas al Holandés y a Senta transfigurados y unidos en un abrazo.
El Holandés Errante se había redimido por fin por una mujer angelical que le había dado su vida, demostrando que aún hay heroica fidelidad en el mundo.

Cierto día, un violento huracán le lanzó el barco a siete millas del puerto al cual se dirigía, a un lugar llamado Sandwich, cuya playa estaba erizada de rocas, y allí tuvo que anclar.
Cuando la tripulación descansaba en la cala, el piloto quedó de guardia en el puente. Pero se durmió, agotado por el cansancio, sin reparar en que la tempestad volvía con más fuerza.
De repente, se vio aparecer en lontananza al Buque Fantasma con sus negros mástiles y las velas del color de la sangre. Era un barco extraño, sin pabellón. No se veía además a nadie en cubierta, ni vigía en la gavia.
El Buque Fantasma se acercó rápidamente a la playa, junto al navío noruego. Al echar el ancla, produjo un terrible ruido que despertó sobresaltado al piloto de Daland. Éste, después de dirigir una recelosa mirada alrededor y cerciorado de que todo iba bien, cantó una canción y volvió a quedarse dormido.
Sin producir el menor ruido, la tripulación del buque fantasma cargó velas y el Holandés Errante saltó a tierra. Era un hombrachón altísimo, delgado, de rostro taciturno, de espesa barba rubia, de ojos de un azul extraordinario; unos ojos inexpresivos y magnéticos.
Cuando estaba en la playa exclamó:
- ¡Sonó la hora! ¡Siete años han transcurrido! ¡Las alas fatigadas me rechazan al momento! ¡Ah! Océano orgulloso, en breve volverás a sostenerme en tus flancos. Tu rabia decrece y mi pena no tiene fin...
Otra versión dice que al Holandés le anunció un ángel que "la senda de su salvación" consistía en hallar una mujer que le amara y le fuera fiel. Con este fin, cada siete años se le permitía saltar en tierra para buscarla, pero tan desengañado estaba ya de esa "fidelidad" que su búsqueda la parecía de antemano trabajo perdido. No creía que hubiera en el mundo corazones fieles.
Mientras el Holandés Errante se tendía sobre una roca, salió de su camarote Daland, el marino noruego, y obligó a su piloto a que, con la bocina, llamase a gritos a la tripulación del Buque Fantasma que acababa de ver. Pero nadie contestó.
Entonces Daland vio al Holandés Errante, recostado sobre la roca, a quien habló como si fuera un viejo camarada:
- ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
- Soy de nacionalidad holandesa. La tempestad ha arrojado aquí mi buque sin averías. He andado errante durante largo tiempo por los mares de innumerables países, y si bien he podido visitarlos todos, el único que me ha sido vedado ha sido el mío.
El Holandés añadió además que si Daland se dignaba acogerlo como amigo y conducirlo a su casa, nunca se quejaría de haberle dado hospitalidad, porque en su buque guardaba riquísimos tesoros, con los que podría recompensarle dignamente.
Daland le pidió que se los mostrara.
El Holandés hizo desembarcar entonces un cofre por dos marineros y, cuando lo abrió, aparecieron montones de perlas y toda clase de piedras preciosas. Todo se lo ofreció a Daland por una noche de hospitalidad, y le dijo:
- Esto no es nada comparado con lo que todavía me queda en el buque. Pero ¿de qué me sirven tantas riquezas, sin mujer, sin hijos, y ausente siempre de mi propio país?... Te entrego todos mis tesoros si me das una familia entre los tuyos... ¿Tienes hijas?
Daland respondió que tenía una hija y que era preciosa.
El Holandés le pidió la mano de la joven.
Daland se volvió loco de alegría ante la inesperada riqueza que vio llegar a su familia como caída del cielo. Así concertaron la boda si la hija de Daland le gustaba al Holandés Errante. Y como ya se había calmado la tempestad y mudado el viento, Daland dio la orden de zarpar, llevando en pos de su barco el del Holandés.
Entretanto, en casa de Daland estaba su hija Senta triste y melancólica, contemplando un cuadro en el que aparecía un hombre de rostro pálido, barba negra y oscuro traje: era el Holandés Errante de la leyenda, de las baladas.
La nodriza había acostumbrado a Senta, desde niña, a oír esta leyenda, a cantarle esta balada. Y la muchacha, con el tiempo, acabó por enamorarse de aquella romántica figura que le inspiraba compasión. Ahora, la misma nodriza estaba asustada de ese amor ideal, fantástico, ya que se había percatado de que había un pretendiente real, Erik el cazador, que cortejaba a Senta, y ésta se mostraba muy amable con él.
Erik ya pasaba por ser el novio de la muchacha, tanto en la casa como en la ciudad. No obstante, el joven distaba mucho de verlo todo tan seguro, preocupado por la especie de fascinación que ejercía aquel maldito retrato del Holandés Errante y su historia sobre Senta.
Quizá para conocer mejor a la muchacha, un día Erik le refirió un sueño que tuvo respecto a esto y al oírlo, involuntariamente, la muchacha exclamó:
- ¡Oh, el Holandés Errante me busca y yo he de morir con él!
Desesperado, Erik se alejó de la joven, convencido de haber perdido para siempre a la mujer amada.
Cuando Daland llegó a su casa acompañado del Holandés Errante, la hermosa Senta quedó en el acto prendida en la mirada de aquel desconocido. Y cuando éste le preguntó si quería ser su esposa, ella respondió afirmativamente.
Al enterarse Erik de que Senta se había prometido con aquel desconocido, corrió a verla y le dijo con acento de súplica:
- Amada Senta, no serás feliz con ese hombre. Es un capricho, una obsesión absurda. Tú eres mujer de hogar, dulce, buena, para tener muchos hijos. No puedes casarte con un hombre sin patria, con un aventurero, soñador por añadidura.
Al decirle eso, la tenía cogida por los hombros, como si de esta manera pudiera persuadirla mejor.
De pronto se abrió la puerta y Senta vio clavados en ella aquellos ojos fascinadores que tan bien conocía, aquellos ojos azules del marino desconocido, con un destello que a ella le heló el corazón.
En aquel preciso instante, fue Erik quien echó en cara a la joven, falsamente, que a él también le había jurado fidelidad eterna.
Oído esto por el Holandés, éste dejó de creer en el juramento de fidelidad que ella le había hecho, y se fue como un loco a su Buque Fantasma, dando la orden de partir inmediatamente.
Al verle partir, la enamorada Senta, impotente para detenerlo, se arrojó al mar desde una roca, diciendo que le sería fiel hasta la muerte.
Y en ese mismo instante, el navío del Holandés Errante se hundió, desapareciendo bajo las aguas. Entonces en el horizonte se vio surgir de las olas al Holandés y a Senta transfigurados y unidos en un abrazo.
El Holandés Errante se había redimido por fin por una mujer angelical que le había dado su vida, demostrando que aún hay heroica fidelidad en el mundo.

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