domingo, junio 01, 2008

La música de Erich Zann

La Rue d'Auseil no ha existido nunca, sin embargo yo viví allí en mis años de estudiante de metafísica en la universidad. Había un sombrío río, fábricas con cristales opacos y humo, raíles y puentes suspendidos, el hedor del río era insoportable, casas inclinadas, pavimento desigual.
Los habitantes eran silenciosos, quizás porque eran muy viejos. Me fui a vivir a la casa más alta de aquella calle en cuesta que terminaba repentinamente en un gran muro cubierto de hiedra. La casa estaba regentada por un paralítico. Desde mi habitación, por las noches, escuchaba la música que llegaba desde la buhardilla. Allí vivía Erich Zann, un viejo músico alemán, mudo, que tocaba la viola. Sus notas eran de lo más extraño. Tenía un talento original. Cada noche, la música se fue haciendo cada vez más frenética.
Le pedí que me dejara ser su público mientras tocaba por las noches. Pero cuando yo acudía a la buhardilla, él no tocaba la música inquietante de otras noches. Intenté acercarme a la ventana desde la que se podía ver el otro lado del muro y, mediante gestos, me invitó a marcharme. Enseguida me dieron una habitación en un piso más alejado, para que no pudiera escuchar la música del anciano alemán. Pero por las noches subía los escalones que me llevaban hasta su puerta y escuchaba su música cada vez más frenética e inquietante. De repente escuché el grito y el silencio y aporreé su puerta. Zann se puso a escribir su historia y, mientras yo esperaba, se escuchó una nota lejana. Él cogió su viola y empezó a tocar sin parar, sin reparar en mi presencia. Los cristales de la ventana se rompieron, las velas se apagaron, un viento extraño y frío inundó la habitación, mientras el músico seguía tocando su viola. Entonces me asomé a la ventana y vi lo que había detrás del muro: un oscuro espacio ilimitado, rebosante de movimiento y música.
Tenía que huir. Intenté hablar al músico, llevármelo conmigo, pero al tocarle sentí el frío, sus ojos vidriosos y me marché para siempre de aquel extraño lugar.

El ratero

En ese muchacho había algo inquietante. Lo he sabido en cuanto lo he visto. Hemos entrado en el kiosko a la vez, aunque él primero ha comprobado que el local estaba lleno de gente. Ahora creo que si yo hubiera llevado bolso quizás podría habérmelo robado. Sí, en cuanto le he visto me ha dado mala espina, aunque no era por su forma de vestir (con pantalones vaqueros negros, sudadera a rayas y gorra roja bastante ajada). Ha sido la forma en que me miraba, me observaba de manera insistente (ahora sé que en esos momentos yo era la que más le preocupaba), ya que la kioskera estaba detrás del mostrador atendiendo a un grupo numeroso de chandaleros con cadenas de oro y sus teñidas acompañantes. Lo cierto es que su extraña forma de mirar ha hecho que me entrara una especie de desasosiego. ¿Cuáles eran las intenciones del chaval?
Probablemente no sobrepasara los 14 años, no tenía malas pintas y probablemente se encontrara muy lejos de su casa. Mi inconsciente sabía que era un pequeño ladronzuelo, pues cuando iba a pagar le he visto coger una palmera y llevarse la mano al bolsillo en un ademán de sacar monedas. De reojo, he visto que no ha sacado nada, y mi inconsciente me decía que le pagara lo que llevaba en las manos. La kioskera ha dicho que le cobraba y en sus ademanes ha dado la sensación de que ha recibido y/o recibe educación: "No, no, ella estaba antes". En cuanto la kioskera y yo nos hemos desconcentrado, el muchacho ha volado. He visto su gorra roja correr por detrás del cristal del mostrador. Cuando la kioskera y yo hemos salido a la calle, el rapazuelo había desaparecido.
Me siento acongojada, en el fondo tenía esa duda, en el fondo sabía que ese muchacho iba a robar (una palmera... probablemente lleva muchas horas sin comer), pero en el fondo también tenía miedo de ese muchacho tan inquietante. Yo no tenía claro que robaría, si hubiera sido seguro le hubiera pagado la palmera. Ahora me siento apenada porque podría haber evitado que el muchacho robara. Aunque de poco hubiera servido. Lo hubiera evitado o no, el jovenzuelo seguirá robando (cosas nimias ahora, pero a medida que pasan los años sus ansias crecerán).
Me jode esta situación, porque me siento como si yo le hubiera empujado hacia un destino que no tiene vuelta de hoja, a no ser que en su camino encuentre un guía que le ayude a no desviarse...

Los otros dioses

Los dioses de la tierra no pueden soportar que un hombre diga que ha conseguido contemplarles. Siempre han morado en los picos más altos de las montañas, pero a medida que el mundo iba avanzando y que los hombres iban acercándose a sus moradas, los dioses tuvieron que marcharse a cumbres cada vez más altas. Ahora viven en Kadath, la montaña más alta del mundo. Existe la prohibición de que los hombres se acerquen y, si lo hacen, no regresan.
Sin embargo, por las noches, los dioses recorren las montañas donde vivieron antaño. Rodeaban las cumbres de unas espesas brumas que no eran más que los recuerdos de los dioses.
Había un hombre que vivía en Ulthar, Barzai el Sabio, un anciano que quería ver a los dioses. Fue el hombre que subió a lo alto del Hatheg-Kla la noche del extraño eclipse lunar. Se llevó a Atal, su discípulo, que estaba aterrorizado.
Hatheg-Kla estaba entre brumas y, a medida que los dos hombres ascendían, un montón de nubes se acercaba lentamente. Atai perdió de vista a Barzai que empezó a gritar, como un poseso, que había visto a los dioses, que les había escuchado y les había retado, diciendo que ahora era más poderoso que los dioses terrestres. Entonces salieron los otros dioses, los de los infiernos exteriores, y la luz de la luna se convirtió en una oscuridad tenebrosa. Atai cerró los ojos y empezó a bajar la montaña. Nunca más se supo de Barzai. Había desaparecido en la montaña la noche del extraño eclipse lunar.

El extraño

El protagonista había vivido siempre en aquel oscuro y derruído castillo, rodeado de un foso cegado y en medio de una inmensidad arbórea que no dejaba entrar la luz. No tenía noción de haber convivido con otras personas, no recordaba a quienes le habían cuidado, que probablemente fueron sirvientes muy viejos. En su soledad, jamás había hablado con nadie y nunca se había molestado en hablar, por lo que perdió la facultad de hacerlo. No sabía cómo era su aspecto físico, porque en el castillo no había espejos...
Un día decidió subir a la más alta torre, que tenía el acceso obstruido, pero el hombre sólo quería ver la luz del sol, o de la luna, quería ver el firmamento.
Después de mucho tiempo subiendo escalones sin parar, sorteando obstáculos en forma de piedra, llega a una habitación donde hay estantes de mármol y una lápida que debe levantar. Al hacerlo, se da cuenta de que ha estado caminando, extrañamente, en horizontal, porque se encuentra a nivel del suelo, junto a una verja. Detrás ve un castillo familiar, con todas sus ventanas iluminadas. Va hacia el edificio en ruinas donde ha vivido siempre, y decide entrar a formar parte en la fiesta que se está celebrando tras sus paredes. Reconoce rostros de su pasado, aunque hay mucha gente que desconoce.
En cuanto él entra por una ventana, todos empiezan a gritar y a huir. Él se acerca hacia un marco donde ve al abominable y monstruoso ser que ha provocado el pánico. A pesar del temor que le produce, alarga su mano para tocarle y, el monstruo, al otro lado, extiende su mano a su vez. Él toca el frío cristal azogado... Y cuando se da cuenta de quién es ese ser abominable... huye.

sábado, mayo 31, 2008

La ciénaga-luna

Conocí a Denys Barry en Estados Unidos. Había vuelto al pueblo irlandés de su infancia, Kilderry, donde había decidido restaurar y habilitar el castillo que habitaron sus antepasados. Enseguida lo llenó de esplendor, los labriegos le bendecían y todo marchaba bien hasta que se volvieron contra él. La decisión de Barry de desecar la enorme ciénaga que rodeaba el pueblo había hecho que los habitantes de Kilderry le maldijeran y terminaran abandonando sus casas, aterrorizados.
Kilderry se había convertido en un lugar maldito. La leyenda de la ciénaga se repetía en todos los rincones, y también se hablaba del siniestro espíritu guardián que habitaba las ruinas del islote que se alzaba en medio de las lodosas aguas verdes. La maldición recaería sobre quien osara tocar o desecar la ciénaga. Pero Denys se reía de todas las supersticiones; había contratado braceros extranjeros y tenía intención de seguir adelante con su proyecto.
Denys me invitó a visitarle. Los labriegos intentaron advertirme, pero consideraba que todo eran supercherías. Pero por las noches empecé a oír las flautas estridentes en mis sueños. Al principio, pensaba que eran parte de mis sueños, pero me desperté. En la ventana del torreón donde tenía mis aposentos vi la diáfana claridad de la luna y una procesión mixta de labriegos y seres etéreos, parecidos a náyades. La siguiente noche no quería mirar por la ventana, pero el resplandor rojizo me atraía. La procesión de criaturas se dirigía hacia la ciénaga; primero se sumergieron las náyades, después los labriegos y luego los criados y sirvientes del castillo.
Huí y cuando desperté estaba cerca de la estación de tren que me traería de vuelta a la realidad. Recuerdo que cuando el último hombre entró en las verdes aguas del cenagal, innumerables ranas comenzaron a salir de las aguas. Y al fondo, entre las ruinas marmóleas del islote, reconocí el espectro etéreo de Denys Barry.

Simoneta

Los gatos y yo nunca nos llevamos bien. Después de tener durante toda la infancia y adolescencia perros como animales de compañía en casa, jamás me imaginé que llegaran a gustarme los gatos. Pero llegó un momento en que mis padres cambiaron los perros por los gatos. Recuerdo que el primero que tuvimos se llamaba Rigoberto y que mi abuelo, cuando lo vio por casa, lo tiró por la ventana, para sorpresa de todos. El gato volvió. Recuerdo que yo tenía unos zapatos naranjas y que un día la pisé sin querer; siempre que me veía con esos zapatos no se acercaba a mí, aunque siempre prefiriera estar conmigo, sobre todo cuando llegaba de madrugada y se tumbaba a los pies de mi cama. Quizás por estos detalles empecé a tomar cierto cariño a los gatos.
Luego llegó Araceli, que era una siamesa blanca que parecía una rata. A veces daba miedo por el aspecto que tenía. Era muy casera, le gustaba poco salir de casa y su pelaje siempre estaba limpio. La bautizó mi padre, como una vecina, porque este gato -era macho, a pesar de su nombre- siempre se asomaba a todas las habitaciones y miraba primero quién había dentro. Es lógico, porque mi hermano pequeño trató siempre fatal a todos los gatos que vivieron en casa.
Más tarde, "adopté" un gato que me encontré en la finca de mi padre. Andaba yo lavando un coche y el gato se metió dentro. No hubo manera de sacarlo, así que me lo llevé. Estaba tan sucio y debía tener tantas pulgas que lo primero que hice fue frotarle con agua y jabón. Intentaba escabullirse -a los gatos no les gusta el agua-, pero conseguí dejarle limpio. Este gato duró cuatro días en mi casa. En cuanto mi padre vio que tenía un gato vagabundo -que él ya había visto antes- en casa, se lo llevó. Ni siquiera me dio tiempo a llamarle de ninguna manera.
Entonces nos regalaron una pareja de gatos. Jamás vi animales tan ariscos. Mi madre los tenía en el sótano, donde les había preparado una cómoda cesta y donde les llevaba la comida. A los pocos meses, uno de ellos se murió. La otra empezó a darse con todos nosotros. Recuerdo que, una de las veces que fui al sótano, vi sus ojos observándome, pero cuando intenté acercarme, desapareció.
No sé si fue la soledad o que necesitaba que le dieran cariño, Simoneta enseguida se alió con mi hermano pequeño (el mismo que hace unos años se llevaba mal con los gatos). Él le puso el nombre, él le daba de comer cuando estaba en casa y terminó engañándola para que subiera las escaleras. Después le puso un cascabel. Y aquí la gata ya empezaba a confiarse y entrar en las dependencias de la casa, ya no se limitaba al sótano. Dormía con mi hermano pequeño, se sintió querida -supongo- y todos le hacíamos arrumacos. Incluso intentó hacer migas con el loro.
Y ahora Simoneta se ha convertido en una princesa. Duerme con nosotros. Los días que estuve en casa esta semana pasada se tumbaba en mi cama y se quedaba grogui; ponía películas en el pc y se quedaba mirando fijamente (no sé por qué le llamaba tanto la atención, si también se queda dormida delante de la tele). Yo siempre decía que era una tragona porque antes no hacía más que comer, pero debió tener un aborto y ahora no está tan gordota. Ahora duerme mucho más y come menos. Y le encanta que la mimemos y acariciemos.

A orillas del río Piedra me senté y lloré


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"A orillas del río Piedra me senté y lloré. Cuenta una leyenda que todo lo que cae en las aguas de este río -las hojas, los insectos, las plumas de las aves- se transforma en las piedras de su lecho. Ah, si pudiera arrancarme el corazón del pecho y tirarlo a la corriente; así no habría más dolor, ni nostalgia, ni recuerdos.
A orillas del río Piedra me senté y lloré. El frío del invierno me hacía sentir las lágrimas en el rostro, que se mezclaban con las aguas heladas que pasaban por delante de mí. En algún lugar ese río se junta con otro, después con otro, hasta que -lejos de mis ojos y de mi corazón- todas esas aguas se confunden con el mar.
Que mis lágrimas corran así bien lejos, para que mi amor nunca sepa que un día lloré por él. Que mis lágrimas corran bien lejos, así olvidaré el río Piedra, el monasterio, la iglesia en los Pirineos, la bruma, los caminos que recorrimos juntos.
Olvidaré los caminos, las montañas y los campos de mis sueños, sueños que eran míos y que yo no conocía."
Ésta es una historia de amor, de un amor de verdad, afianzado por el tiempo y la distancia, un amor que comenzó hace mucho tiempo y que se incrementa con el reencuentro... después de once años de ausencia... No sé por qué, en ciertas partes, me siento tan identificada con la protagonista.
Pilar tiene 29 años. Vive en Zaragoza. Trabaja y estudia para oposiciones de funcionaria. Sus días son grises, iguales, buscando la estabilidad, algo seguro, pero aburrido. De repente, su amigo de la infancia, con el que se cartea esporádicamente, va a dar una conferencia en Madrid y le pide que acuda, porque quiere verla.
Un día de diciembre empieza una semana por la que toda la montaña segura en la que Pilar se había refugiado hasta ahora se desmorona. Una semana con él bastará para recuperar los años perdidos. Él ha viajado, ha conocido mundo, es seminarista y curandero, y ha pisado zonas que ella jamás osaría atravesar, porque tiene miedo. Pero con él todo es diferente. Él ha vuelto porque, a pesar de los años que han pasado, sigue enamorado de ella; porque debe elegir entre su amor por Dios y su amor por Pilar, no puede dividirse entre esos dos amores, sino que debe entregarse íntegramente a uno de ellos. Su periplo por Bilbao y los Pirineos hace que Pilar se despoje de sus miedos y se entregue totalmente a él y que, finalmente, terminen compartiendo un sueño común.
"Amar es como una droga. Al principio hay una sensación de euforia, de entrega total. Después, al día siguiente, quieres más. Todavía no te has enviciado, pero te ha gustado la sensación, y te parece que puedes mantenerla bajo control. Piensas en la persona amada durante dos minutos y la olvidas durante tres horas.
Pero al poco tiempo te acostumbras a esa persona, y pasas a depender totalmente de ella. Entonces piensas en ella durante tres horas y la olvidas durante dos minutos. Si no está cerca, experimentas las mismas sensaciones que los viciosos cuando no consiguen droga. En ese momento, así como los viciosos roban y se humillan para conseguir lo que necesitan, tú estás dispuesto a hacer cualquier cosa por el amor."

Vaticano 2035


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"Me invade la ira cuando veo a mi Iglesia".

Monseñor Pietro de Paoli (pseudónimo bajo el que escribe un alto cargo del Vaticano) es, a la vez, un personaje ficticio de esta novela futurista, el narrador, recopilador de años pasados, espectador de años futuros, guardaespaldas y fratello del protagonista de la historia.
Situémonos dos décadas adelante, imaginemos la Iglesia del futuro...
Ésta es la historia de un Papa que vivió (o vivirá) el "reencuentro" de las tres religiones monoteístas. A lo largo de toda la novela veremos pasar a varios Papas: Juan XXIV, Pío XIII, Silvestre III, Tomás I y Tomás II. Sólo cuando se habla de Benedicto XVI (que según estas páginas abdicó en abril de 2006), Juan Pablo II ("el Grande") y la historia de los anteriores descubrimos la ligera fisura entre la historia real y la imaginación de lo que podría ser una Iglesia en el futuro, una Iglesia que debe pasar por diferentes etapas hasta llegar a la paz y justicia mundiales.
Yo lo considero una utopía y, por supuesto, es todo politiqueo.
Me ceñiré, sin embargo, al argumento, a la personalidad de un hombre excepcional, que tuvo que "morir" para seguir viviendo, que en la ausencia de la persona amada se sentía su presencia, que llegó a la cima sin proponérselo siquiera... ¿Debería hablar en futuro? Pues el Papa Tomás I consiguió lo que no había conseguido el Vaticano en veinte siglos: una Jerusalén neutral, el diálogo en vez que la lucha armada, la paz en tierra de nadie.
Giuseppe Lombardi nació en Bolonia, pero siendo un niño sus padres se trasladaron a París. Allí entró en contacto con Jean-Baptiste Villepreux, un sacerdote que tenía previsto que el muchacho siguiera sus pasos. Pero el alumno se enamoró muy joven de una italiana, "la mujer que Dios le tenía encomendada", Chiara Sassetti. La relación con el francés se enfría tanto que no volverán a encontrarse hasta pasados unos diez años. Para Villepreux, su joven alumno sólo le ha decepcionado. Giu se casa con Chiara y juntos entrarán en una fase nueva del Vaticano: la oportunidad que se les da a los hombres casados para convertirse en sacerdotes. La joven pareja vivió unos años en Asuán. Allí comenzaron los brotes de una pandemia, el síndrome del Nilo. Cuando vuelven a Italia, Chiara espera un hijo, pero ya está "contaminada". Mientras Giu secunda sus estudios con su trabajo de ingeniero, Chiara se concentra en su hija Clara, que pronto estará acompañada de Cecilia. A los pocos meses de dar a luz a la segunda niña, Chiara contrae una extraña enfermedad y muere a los pocos días. Pietro, el padre de Giu, tiene que asegurarse de que la familia no se ha contaminado por la variante del síndrome del Nilo que ha matado a la madre. Por los estudios sobre esta enfermedad, Pietro conseguirá el Nobel de Medicina.
Giuseppe no puede vivir sin Chiara y desaparece para todos, dejando a sus hijas con los abuelos. Durante varios meses trabajará en una isla perdida del Mar del Norte, sin dar informaciones de ningún tipo, viviendo el duelo a su manera.
Cuando su obispo, Enrico Morro, va a buscarle, le tiene asignada una parroquia en las cercanías de Bolonia. Acaba de ascender como Santo Pontífice uno del "clan de los mexicanos", la facción dura de la Iglesia, los censores del Vaticano. Giu tiene una trifulca con su párroco y debe huir. Para entonces ya ha hecho las paces con Villepreux, que ya es cardenal. Se lleva a sus hijas a Nueva Delhi, donde es acogido por la familia de Thomas Poopaddy, donde conoce a una irlandesa que dejó su acomodada vida para servir a los pobres, Kate Finley. Termina adorando aquel país. Allí pasará varios años, hasta que el conservador Pío XIII muera y sea elegido en el cónclave el siguiente Papa, Silvestre III, su preciado amigo Jean-Baptiste. Como ahora no es perseguido por la facción más radical de la Iglesia, puede volver a Bolonia. Pero el nuevo Papa le quiere a su lado, como el diplomático entre las diferentes religiones. Con unas hijas adolescentes, Giu las tiene que dejar de nuevo en Italia, mientras él se adentra en el diálogo con fundamentalistas y fanáticos religiosos en un marco idóneo: Jerusalén. La Ciudad Santa pasará a manos de la ONNU (Nuevas Naciones Unidas), gracias a la diplomacia de Giu y de una mujer espléndida y muy inteligente: Leah Nanah.
Cuando acaba su labor en Israel/Palestina, Giu debe volver al Vaticano, porque el Papa le precisa allí, junto a él. Uno de los de la facción radical de "los mexicanos", apuñala a Silvestre III, que muere en manos de Giu, que para entonces es cardenal. Está claro que será el próximo Papa. Será Tomás I, el primer Papa que tiene hijas, que ha estado casado, y que asciende a tres mujeres a cardenalas. Atentan contra su vida y, en uno de esos atentados, aspira el humo de la bomba y le deja en un estado tuberculoso y asmático, que años después le terminará matando.
En el año 2035 ha conseguido mantener la paz en Jerusalén. Allí celebrará la misa de Pentecostés y allí tendrá un sueño especial...

viernes, mayo 30, 2008

Combatiendo virus

Hay virus de muchas clases. Unos podemos quitarlos por nuestra propia mano, otros... no son tan fáciles de extirpar...
Empezaré con los primeros.
Llevo todo el día a vueltas con el pc. En cuanto ayer vi que me daba problemas para conectarme a internet, tanto desde el Firefox, como desde el Explorer, como desde el Maxthon (este es el navegador que utilizo desde las últimas semanas y me va bien), que el Karspersky me saltaba con que tenía un troyano y otras tantas virguerías más... decidí formatear. Pero la cosa no era tan sencilla. El CD-Rom de mi pc no me funciona porque la vez anterior enredé en las particiones del disco duro. Sólo sabía que tenía que entrar en la Bios, pero no recordaba qué F era. Es obvio que probando probando la he encontrado. Pero no acababa ahí la cosa. Tenía que formatear.
Por fin lo he conseguido.
Pero ahora surge otro problema. Creo que estoy febril. El lunes me operaron del absceso y hoy veo que estoy supurando. Me duele y me dan mareos. Para mí que donde tengo los puntos se ha preparado una infección. El pc lo puedo controlar, pero el estado febril en que me encuentro no. Me quedan muchas cosas por instalar, pero no tengo ganas. Sólo quiero dormir y dormir.
Hoy me he encontrado con uno de mi tierra. D.P. y su novia tienen mañana una boda aquí. Casi nos chocamos en la calle. Él me saludaba y yo he debido quedarme con cara de poema; no le asociaba a Salamanca. Creo que tendré que escribir a mi amiga M. un email para contarle este encuentro.

jueves, mayo 29, 2008

Dilemas

En septiembre sale un viaje a Tierra Santa. Me encantaría ir, a pesar de las eucaristías diarias (por algo es un viaje organizado por la parroquia). En estos momentos me acabo de leer el itinerario del viaje y me ha gustado lo que he leído, pero... siempre hay un pero que prefiero guardarme para mí. Por mucho que desee ir, es posible que pierda la oportunidad de conocer Jerusalén y el Mar Muerto, entre otros. Me pesa, y me pesará mucho más no ir, pero sé bien lo que me digo...
Para la última quincena de junio tendré que haberlo decidido porque es entonces cuando acaba el plazo para apuntarse.

martes, mayo 27, 2008

Verde que te quiero, verde

Cuando pienso en verde, hoy me viene irremediablemente a la cama el olor del quirófano. Es inevitable. Y odio ese olor característico de la medicina.

Todo ha sido muy rápido. No me he enterado más que de la anestesia. Después, como estaba despierta, he notado cómo me sajaban y después me ha entrado el sueño. En cuanto he salido del hospital me ha dado un bajón de tensión. Y por fin estoy en casa, con varios puntos y con ganas de dormir. Nada más.

domingo, mayo 25, 2008

"Bratz. La película"

Sasha (Logan Browning), Jade (Jamel Parrish), Yasmin (Nathalia Ramos) y Cloe (Skyler Shaye) son amigas desde la infancia. Llega el día más esperado de su vida: el primer día del instituto. Las cuatro se preparan a conciencia, siempre juntas.
Pero lo que no esperan es que el instituto las separe y la amistad entre ellas se pierda. Allí todo está organizado y en armonía, gracias a la presidenta de la delegación de alumnos, Meredith (Chelsea Stoub), que no soporta que haya alguien que no acate sus órdenes. Así, cada uno debe estar con su "grupo" sin mezclarse con otros.
Sasha se hace animadora, Jade se mezcla con los químicos y Cloe se apunta al equipo femenino de fútbol. Yasmin se queda sola, aunque tiene un don único: una voz preciosa para cantar, pero no puede vencer su timidez. Sólo un compañero sordo y la separación con sus amigas, conseguirán que a los dos años las cuatro amigas vuelvan a unirse y se preparen para el concurso de talentos, presentando un número musical con el nombre de "Bratz" (mocosas).

Al calor del verano


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Otro de Katzenbach que compré al azar. Como todo lo que sale de su pluma... exquisito. Me lo terminé de leer en el tren, como tenía previsto.

Anderson es un periodista del Journal, uno de los periódicos con más tirada de Miami. Acaba de regresar del entierro de un tío suyo, veterano de Vietnam, que se ha suicidado.
Como el trabajo es lo único que le hace olvidar lo personal, se enfrasca en una noticia que le traerá bastantes quebraderos de cabeza.
Junto al fotógrafo Porter cubre la noticia de un asesinato. Primero es una adolescente, luego una pareja de ancianos, después una joven madre... Son homicidios normales, pero la originalidad es que el asesino se pone en contacto con Anderson y le da pistas...

sábado, mayo 24, 2008

La búsqueda de Iranon

Un joven vestido con una andrajosa túnica púrpura y con una corona de pámpanas en su cabello rubio apareció un día en la ciudad de piedra de Terloth. Entonaba canciones acerca de sus recuerdos, sus sueños y sus esperanzas. En todas las canciones hablaba de su ciudad natal, la bella Aira, ciudad que estaba buscando. El joven se llamaba Iranon.
En Terloth le dijeron que se pusiera a trabajar con el zapatero remendón, pues nadie en aquella ciudad estaba ocioso. Caminando entre las grises piedras, buscando un hueco verde, un niño de nombre Romnod le propuso irse lejos, cruzar las montañas y llegar a Oonai, la ciudad de los laúdes y del baile, donde nadie se reiría al escuchar las canciones de Iranon.
Así que huyeron hacia Oonai. Estuvieron muchos años perdidos, tantos que Romnod creció y llegó un momento en que parecía más viejo que Iranon. Cuando, al cabo de muchos años, llegaron a Oonai, fueron recibidos con flores que los que les escuchaban les tiraban. A Iranon le vistieron con túnicas doradas. Oonai era un jolgorio donde todo el mundo estaba borracho a todas horas. Romnod empezó a beber y un día murió.
Cuando Iranon enterró a su amigo, decidió marcharse en busca de su amada Aira. En el camino se encontró con un viejo que vivía en una choza solitaria. Cuando el anciano escuchó el nombre de la ciudad imaginaria le dijo que sólo había escuchado ese nombre en su niñez, con un compañero de juegos, que se creía el príncipe de Aira y que un día partió a buscarla y a deleitar a otros pueblos con sus canciones. Se llamaba Iranon, dijo el viejo.

viernes, mayo 23, 2008

La ciudad sin nombre

Perdida en el inmenso desierto de Arabia se encuentra la ciudad sin nombre. Todos hablan de ella y el pánico se hace patente entre todos los árabes que viven en lugares cercanos. Pero el viajero no tiene miedo y siente inmensa curiosidad.
Entre terribles tormentas de arena, la quietud y el inquietante silencio, se adentra entre las calles vacías y los edificios semienterrados por la arena de la ciudad sin nombre. Por las noches intenta dormir fuera de la ciudad, entre vientos glaciales y tiene horribles pesadillas que acaban al despertar.
Uno de los días, encuentra los templos de roca y la curiosidad vence al miedo. Entra en los templos, que cuentan con techos bajos. Casi tiene que arrastrarse por los oscuros túneles. Se ha echado la noche encima, cuando una corriente de aire frío le atrae hacia el último templo, hacia el más oscuro y tétrico de los edificios. Entra y recorre un pasadizo oscuro y escabroso, lleno de vitrinas de madera y cristal; en ellas se encuentran los cuerpos momificados de unos extraños seres de la familia de los reptiles, mitad cocodrilos, mitad focas, suntuosamente vestidos y muy enjoyados. Se le ha apagado la antorcha y se arrastra a oscuras por el corredor. Al final hay un resplandor que va alumbrando el pasadizo gradualmente. Y se fija en la exótica decoración mural que cuenta la historia de la civilización extinguida que ahora reposa placenteramente en las vitrinas. Finalmente, llega a una puerta de bronce, de donde procede la fosforescencia que alumbra el corredor. Detrás de la puerta sólo está el vacío, un terrible abismo, y unos estrechos escalones.
A las espaldas del viajero suena un débil gemido. Aparecen las corrientes de aire frío que le empujan hacia el abismo, como si tuvieran garras. Escucha a los demonios hablar en extrañas lenguas y, al mirar atrás, ve los extraños seres parecidos a reptiles. Entonces pierde el conocimiento... y eso le ha salvado la vida.

jueves, mayo 22, 2008

Ex Oblivione

Un hombre, en los últimos días de su vida, encuentra que dormir es el único refugio válido para no pensar en lo que vendrá después.
En los sueños encuentra la belleza que había buscado, en vano, durante la vida.
El paisaje que más se repite es un hermoso valle, donde hay un umbrío bosque, lleno de templos. Camina hacia un muro cubierto de vides, donde hay una puerta de bronce. Él quiere traspasar la puerta, pero desconoce cómo abrir el cerrojo. Sabe que cuando llegue al otro lado no hay retorno.
Un día, en sueños, encuentra un papiro amarillento escrito por sabios de otra época, donde se describe el mismo paisaje. Unos hablan de lo maravilloso que es el mundo más allá de la cancela. Otros lo describen como terrorífico. Lo que es cierto es que lo desconocido atrae la atención por la duda y el misterio que conlleva.
El hombre lee que hay una droga que abre esa cancela. Y ya ha decidido tomar la droga.
En su próximo sueño, el cerrojo está abierto. Al otro lado del muro se encuentra con el blanco vacío del espacio ilimitado y desierto...

¿Quién dijo miedo?

Hace mucho tiempo que no escribo sobre mí. De vez en cuando cae algo, como de pasada. Lo cierto es que apetece poco escribir en estos momentos. Lo poco que escribo es para destripar historias de H. P. Lovecraft, o para comentar libros que me haya leído o películas que haya visto... pero nada de vivencias personales.
En unos días estaré de nuevo en casa. Me hubiera gustado no tener que ir por el motivo por el que voy, pero también es cierto que es algo que no puedo dejar de hacer.
En febrero me salió un abceso en una pierna, justamente en la ingle. Al ser una zona bastante comprometida dolía bastante. Me salió un huevo tan grande que yo me alarmé entonces pensando que sería una hernia. Pero no. Un abceso no es otra cosa que una cápsula que se forma bajo la piel y que se suele infectar cada X tiempo. La situación no podía ser más urgente. Si no me intervenían podría volver a infectarse.
La historia de los hospitales es así. Un día te ponen en lista de espera y una puede hacerse vieja esperando esa llamada. Así que me perdió la paciencia. Si en febrero me dicen que en veinte días y vamos para tres meses... Insistí y no sé de dónde sacarían un hueco, pero el lunes, por fin, me operarán. Es cosa sencilla, pero aún así tengo unos nervios que pueden conmigo. No deja de ser una operación quirúrgica, aunque esa misma noche dormiré en casa.
Y comeré la comida de mami, y dormiré horas y horas... En fin, en una semana espero estar ya lo suficientemente recuperada como para poder regresar a Salamanca el jueves.

miércoles, mayo 21, 2008

La lámina de la casa

Era noviembre de 1896. Caía una lluvia fría y copiosa.
En Nueva Inglaterra causan auténtico pánico las antiguas y solitarias casas de campo, por las que no pasa nadie y que parecen dejadas de la mano de Dios.
Nuestro protagonista va en bici bajo la tormenta por el valle de Miskatonic. Está investigando su genealogía y ha decidido tomar un atajo, que no es otro que un camino abandonado. A medida que va pedaleando, el aguacero va aumentando.
A lo lejos ve una de esas casas de campo, destartalada y solitaria. Tiene un aspecto sombrío y produce auténtico pavor. Pero él desea, antes de nada, resguardarse de la tormenta.
Aunque la casa parece abandonada, a él le da la sensación de que allí vive alguien. Llama, pero nadie contesta, así que abre la puerta y entra.
En lo que parece una sala de estar descubre antiguos libros en medio de un ambiente bastante arcaico. Ojea un libro del Congo del siglo XVI, que tiene muchísimos grabados. Las páginas del libro se detienen insistentemente en la lámina XII, dibujo que le estremece: se trata de un festín de caníbales.
De repente, en el piso de arriba escucha pasos que, lentamente, bajan la escalera. Poco después, se encuentra frente a él un hombre muy viejo, muy bajo, con unas inmensas barbas blancas, harapiento, desaliñado y con un olor pestilente. El hombre le da la bienvenida, parece estar de buen humor, a pesar de sus excentricidades.
Cuando el viajero le pregunta sobre el libro de África, el viejo le enseña la lámina de los caníbales. Entonces una gota roja cae del techo. El viajero siente miedo ante lo que acaba de descubrir. Pero un rayo retumba sobre la casa, el rayo que le ha salvado, que le ha llevado al olvido que le ha devuelto la razón...

Nyarlathotep

Nyarlathotep, el caos reinante, el vacío insondable...

Por entonces salió Nyarlathotep de Egipto para mostrar sus poderes a la Humanidad. En sus demostraciones, todo su público terminaba viendo visiones. Se le consideraba un profeta. Hasta que un erudito se dio cuenta que sólo utilizaba electricidad estática y que, por tanto, el que se hacía llamar Nyarlathotep no era más que un impostor. Y así se lo gritó en medio de una de las demostraciones.

Entonces empezó a desaparecer la especie humana...
Para el círculo de Lovecraft, Nyarlathotep ha sido venerado en todo el mundo bajo diferentes apariencias. Los supervivientes de la civilización destruida por los lemures que formaron el reino de Estigia llevaron a Egipto el infame culto de este dios, a quien ellos llamaban Nyarlat. Durante el reinado del legendario Nefrén-Ka, último faraón de la Tercera Dinastía conocido como el Faraón Negro, el sufijo "hotep", que significa 'satisfecho' y cuyo jeroglífico representaba la figura de una mesa de ofrendas, fue añadido al nombre del dios.

Del Más Allá

Crawford Tillinghast se había encerrado durante diez semanas en el laboratorio del ático de su enorme caserón. Era un estudioso de la ciencia y la filosofía. Su mejor amigo y colega creía que había fracasado. Por fin le mandó llamar para enseñarle sus descubrimientos.
A través de una extraña máquina, Crawford había conseguido que se despertaran los sentidos aletargados latentes que todos los seres humanos tenemos, casi escondidos. Entre estos sentidos y su máquina había conseguido captar la esencia del más allá.
Los criados habían desaparecido, cosa extraña.
De repente, unas monstruosidades enormes, negras, gelatinosas llenaron todo el espacio. Cuando el colega miró a Crawford vio en sus ojos odio y comprendió qué había sido de los criados. Sacó su revólver para disparar hacia la máquina, pero pegó un tiro a Tillinghast, que murió en el acto. Cuando encontraron al protagonista, le dijeron que le había dado un ataque de apoplejía. La policía le soltó, pero él siempre tiene la sensación de estar rodeado de extrañas y monstruosas formas invisibles.