martes, noviembre 15, 2011

La hora de cerrar los ojos

Es hora de ir a cerrar los ojos, de embarcarme en ese mundo onírico donde siempre aparece él. Es hora de que vaya a dormir, de que vaya a encontrarme con mi pensamiento y con mis recuerdos. Es hora de que susurre en silencio lo mucho que me gustaría encontrarme con él mañana, lo mucho que me gustaría quedarme 'atrapada' en esa mirada perfecta. 

Tendré que ir a susurrarle a la oscuridad, a imaginar cualquier momento con él, a recordar un fragmento de él. Esta noche me quedo con su sonrisa. Algún día tendré que decirle que tiene una sonrisa preciosa. Sólo que nunca me acuerdo de decírselo. 

"Porque no todos los ojos cerrados duermen, ni todos los ojos abiertos ven".

Aquellos maravillosos disquetes


Hará años luz que no toco un disquete. Es más, pensaba que no habría ninguno en casa. Pero hoy me han pedido algo y me lo han solicitado en disquete. Cuando tenía el Sony Vaio, que ya no traía disquetera, tuve que comprar una portátil. Creo que ya entonces prefería otros formatos. ¿Quién se acuerda hoy de los disquetes?
Pues esta noche he vuelto a utilizar la disquetera. Resulta extraño, como poco. Parecía que, durante unos minutos, había vuelto a la Edad de Piedra.

Sesenta maneras de pensar en él


Estaba leyendo y de repente he cesado. Unas líneas resplandecían ante mis ojos, unas líneas que pronunciaría únicamente en los oídos de un ángel de mirada perfecta: "Un minuto para mí son sesenta maneras diferentes de pensar en ti". Son palabras de amor, perfectas. Creo que, si él estuviera cerca, cada noche le susurraría una frase de amor, pues al final son como regalos que hacen sonreír al alma. 
¿Acaso no es preferible intentar describir la belleza, aunque dentro de nosotros podamos sentir algunos retazos de energía negativa? ¿Acaso no dejo de sentir enfado, tristeza o incluso frío cuando pienso en la belleza...? Y desde hace mucho tiempo la belleza tiene que ver con él, con él y con el amor que siento por él. Y por eso sé que, mientras él esté en mi corazón, mientras él me mire con esos ojos perfectos, dignos de un ángel, mientras él sonría tan sutilmente, mientras él siga tocando mi alma... sé que siempre encontraré un momento en el día para sonreír y para ser consciente de ese pequeño esbozo de felicidad. Mientras él esté tan cerca siempre dedicaré un momento de la noche a la búsqueda de las palabras más bellas que se le pueden susurrar a un ángel. Quizás nunca las encuentre, quizás nunca encuentre las palabras que él se merece, pero al menos sé que esos minutos de búsqueda me habrán hecho feliz.
Nunca buscaré esas palabras en los libros, siempre las busco dentro de mí. Sólo puedo encontrar en el interior de mi corazón que, en definitiva, es un corazón que ama. Pero sé que nunca encontraré aquello que me gustaría decirle, aunque sea lo más bello que haya escuchado jamás, pues el amor sólo se puede sentir.

Y cada noche, en estos momentos del día en que más relajada me encuentro, sé que seguiré dedicándole unos minutos y sé que una sonrisa se irá esbozando ligeramente, iluminando todo lo que me rodea. 

lunes, noviembre 14, 2011

Cómo empiezan las mejores semanas

Empezar la semana escuchando la sensual voz de un ángel no ocurre todos los días. Es como estar tocando las estrellas. Pues él me ha hecho sonreír durante todo el día, desde el principio, aunque quizás ya me encontraba feliz después de haber recordado su imagen perfecta al abrir los ojos esta mañana. Pero escucharle ha hecho que sonría todavía más.
Me lo imaginaba al otro lado, guapísimo, con esa mirada penetrante, con esos ojos que concentran todo lo mejor del mundo, con esa sonrisa misteriosa, me lo he imaginado pensativo. Guapísimo, eso también.

Siempre hay un motivo para sentirnos contentos, pero él siempre me brinda un millón de motivos para encontrarme feliz.

Existen voces tan perfectas

Hoy era uno de esos días en que la espera se me estaba haciendo demasiado larga. A las nueve pensaba que era demasiado pronto para llamar. Después me he enfrascado en otras cosas y cuando he vuelto a pensar en él ya estaba marcando sin saber muy bien qué decirle, quizás creyendo que no iba a hablar con él. 
Le he reconocido desde el primer momento, pero no estaba segura. Cuando él ha contestado, algo en mí decía que era él, pero he tenido que confirmarlo preguntándole. Lo cierto es que adoro esa voz, me lo imaginaba hablando, acariciando las palabras que llegaban a mí. Adoro su dulzura. No quería colgar, pero entonces ha sonado mi móvil y he tenido que despedirme.
Me dirigía al coche cuando he visto el suyo. Sé que he sonreído, aún con los recuerdos brumosos de su voz, a la que acababa de escuchar sólo unos minutos antes. 
Al volver, sobre las doce y media, su coche no estaba en el mismo sitio, aunque no me lo he pensado dos veces para aparcar cerca de él. Ahora que lo pienso, nos podíamos haber cruzado hasta en dos ocasiones.
Hoy me encuentro feliz. Escucharle siempre implica instantes mágicos, momentos muy dulces, recuerdos sublimes. 
Adoro su voz. Podría pasarme horas escuchándole.

Cuando antes de dormir es un momento mágico

A veces, antes de dormir, me asomo a la ventana. Esta noche no hace frío. Me imagino asomada a una ventana con él, mirando a las estrellas, haciendo preguntas sólo para escuchar el sensual sonido de su voz. Me imagino observando de reojo su tenue perfil recortado bajo la luz de la luna, el deseo de recorrer con mis manos ese rostro esculpido con tanta perfección, con tanta dulzura, ese rostro angelical que sólo con una única mirada me hace estremecer de los pies a la cabeza.
A veces, antes de dormir, me gusta imaginar que me quedo dormida en sus brazos. Y esa imagen me reconforta. Me gusta que él sea lo último que pienso antes de cerrar los ojos cada noche (y lo primero que pienso al abrir los ojos cada mañana). 
Me gustaría contarle tantas cosas. Me gustaría escucharle durante horas. A veces sólo me gustaría decirle gracias, que en realidad incluye todo lo que siento. Una simple palabra, además de cotidiana, que guarda secretos.

Anoche a estas horas sentía vértigos. Ahora vuelvo a sentir pesadez en la zona del oído derecho. Espero que mañana tenga el oído en perfectas condiciones a estas horas y pueda escribir durante más tiempo sin esa sensación de pesadez. 

De todas formas, me voy a soñar con él.

domingo, noviembre 13, 2011

Los deseos que nunca salen como pensamos

Esta noche no hay estrellas en el cielo porque anoche las 'robé' todas. Quizás un día se las regale a un ángel de mirada perfecta. Quizás...
Le echo de menos. Hace demasiados días que no me encuentro con él y me da la sensación de que me falta algo. 
Me gustaría verle mañana. Quizás...

Coleccionistas de recuerdos


Somos coleccionistas de recuerdos, porque podemos atrapar fragmentos del pasado, pero jamás atraparemos lo que está por ocurrir. El futuro está lleno de secretos.
Pensaba, hace un rato, en la cantidad de lugares especiales que he conocido y, de todos ellos, aquellos lugares que, por lo que fuera, significaron algo para mí en ese momento, rincones que quizás no vuelva a visitar, que no sería capaz de encontrar. No hace falta irse muy lejos para encontrar un lugar así. Curiosamente, esos lugares que jamás compartes con nadie, pero con los que sentiste una extraña conexión, no están tan lejanos en el espacio. Y, sobre todo, los míos son lugares poco multitudinarios. En mi memoria casi todos esos rincones ‘perdidos’ son un trozo de monte, un instante de cielo azul, un manojo de hierba y, sobre todo, recuerdo los aromas y los sutiles ruidos a mi alrededor. No me siento así en los lugares muy turísticos ni donde hay mucha gente. No me siento así en los lugares que ya conozco. Ese vínculo se crea cuando eres consciente de que ese rincón es virgen y eres consciente de que será la única vez que lo visitarás. Pero además es único porque, aunque regresaras allí, no volverías a sentir lo mismo, aunque sientas de nuevo esa serenidad de espíritu, la conexión con todo lo que te rodea.
Pensaba en ello porque no sólo el futuro está lleno de secretos, sino que también hay momentos del pasado que no hemos compartido jamás con nadie. Me viene a la mente una persona con la que hablaría de estos pequeños instantes fugaces del pasado.
Supongo que también ocurre algo parecido con las personas. Puedes ir caminando un día por las calles de cierto lugar y que alguien comente al aire y junto a ti que el monte está nevado, que te invite a mirar hacia donde escrutan el horizonte sus ojos. No le conoces, pero en el momento en que ladeas la cabeza para mirar en la misma dirección que su mirada se crea algo especial. Desconoces el nombre de esa persona, pero has compartido unos minutos con ella que son dignos de mención. Posiblemente no vuelvas a verla jamás.
Esto multiplicado por mil… me lleva a pensar en él. Él no es un desconocido pero cada mañana me regala la magia de miles de momentos que me hacen feliz, y soy consciente de ese instante y no quiero olvidarlo.
Hay rincones que nos hacen pensar en algo especial en cierto momento, pero cuando una persona te da esa magia especial, te brinda todo lo que en todos estos años nadie te ha brindado… es para tenerlo en cuenta. No puedo ser indiferente a ese ángel.
Esta semana he de hablar con él. Siento el gusanillo en mi interior. Siento que empiezan a formarse las palabras en mi mente, palabras que olvidaré en el mismo momento en que descuelgue el auricular, palabras que no pronunciaré si no es su voz la que escucho.
Siento el gusanillo porque, aunque lo que tenga que hablar con él sea algo de índole profesional, hablar con él siempre crea momentos únicos, inolvidables, especiales. Escucharle siempre es como abrir por primera vez una cueva llena de tesoros. Le he escuchado un millón de veces, pero hablar con él es siempre como si fuera la primera vez que lo hiciera. Será que adoro su voz, sus palabras, su forma de expresarse o de pensar. Y ese instante es sublime.

Una historia que me tiene enganchada

Últimamente no he escrito mucho porque el fin de semana es cuando más tiempo libre tengo. Y ese tiempo libre lo estoy dedicando a leer. En una semana he apurado las 500 páginas de un libro que tiene el doble. No me siento orgullosa, puesto que en la próxima semana lo que ocurrirá es que terminaré de leerlo y me quedaré con esa sensación de que tengo que esperar, al menos, un año largo para que salga el desenlace de la trilogía. 
Me cuesta despegarme de ese libro, como siempre ocurre cuando un libro te engancha desde la primera página.
No hace ni media hora que he llegado a casa. Ya no tengo tanto en cuenta que sea día 13, quizás al final he terminado haciéndole caso a esa persona que una vez me dijo que al final simplemente es un día más.
Ahora, en casa, aunque sigo sintiendo ligeras molestias en el oído derecho, me encuentro bien. Al final, como no lo considero una urgencia, esperaré a ir al médico mañana para que me quite el tapón del oído. 

Creo que volveré al libro.

En una nube

Llevo todo el día como si estuviera flotando en una nube. Me gustaría poder decir que es la misma nube en la que llevo flotando varios meses, esa nube de amor. Pero no es algo que venga del alma. Es algo más físico.
De pequeña tuve otitis una sola vez y sentía todo muy lejano. Aparte de los horribles dolores, la gente me hablaba y parecía que estaban en otra dimensión. Hoy he tenido la misma sensación. Tengo taponado el oído derecho y a eso de la medianoche he empezado a sentir una ligera molestia.
No cojo el coche y me presento en Urgencias porque me siento algo mareada. Pero sé que mañana, después de la reunión, iré a que me quiten el tapón.
Es curioso, pero al pensar en él, en que esta noche tampoco le veré, se ha atenuado todo. Es como si algo invisible me diera fuerzas. Pero si me voy ahora y el frío de la noche me acaricia los oídos, quizás mañana vuelva a soportar aquellos lejanos dolores de pesadilla. Las muelas y los oídos... que no nos produzcan dolor, que son dolores muy insoportables. 
Pero la reunión no puedo perdérmela.

Cuando a las cinco iba a la oficina, lo único que se me ha pasado por la cabeza era ponerme en contacto con él, preguntarle a ver si me invitaba a un café o algo. Ni que decir tiene que no he podido hacerlo.

Hoy robaré todas las estrellas del cielo para él y me las llevaré al mundo de los sueños para regalárselas. Últimamente sueño a menudo con él. Son sueños demasiado... íntimos.

sábado, noviembre 12, 2011

Unas horas antes de salir

Mañana tengo que madrugar, pero no importa. Cuando he aparcado el coche esta tarde y he visto el jaleo de motos que había, las calles cortadas y que estaba todo saturado de moteros, me he quedado anonadada. Toda la semana aquí y me entero hoy que hay concentración de motos.
De todas formas, tengo ganas de fiesta, de ver a ese ángel de mirada perfecta y, por si fuera poco, ya no son horas de seguir en la oficina. Es excepcional que yo esté aquí un sábado por la noche, pero así es.
Me pregunto si me encontraré hoy con él.

viernes, noviembre 11, 2011

Suspirando al viento

Hay momentos en la vida en que simplemente nos sentimos plenos. Hoy puedo estar infinitamente cansada, con la mente saturada, pero me encuentro bien. 
Ha sido en el instante en que he recordado su imagen perfecta, serena, sensual; esos rasgos angelicales, esa mirada que tanto dice no diciendo nada...
Hoy creo en el amor. Hoy dormiré abrazando la almohada y soñando con un ángel. Quizás debería haber salido, pero no tengo fuerzas para coger el coche o para recorrer algunos bares semivacíos apurando cuatro botellines de cerveza. Me apetece una cerveza, pero no será esta noche. Quizás él esté de fiesta, tan guapo, tan dulce, tan adorable... Pero esta noche me conformo con el pensamiento.

A unos pasos del fin de semana


Adoro los viernes. Aunque hoy iba a regresar a casa a las cuatro y he llegado dos horas después. Pero no importa.
Sí que me importa más que no me haya encontrado con ese ángel de mirada perfecta. Llevo demasiado tiempo sin cruzarme con él, sin verle pasar, sin su mirada perfecta, sin su sonrisa misteriosa, sin esa magia que emana de él.

Hoy me encuentro infinitamente cansada. Hoy sí que hubiera necesitado una siesta.

Tan cerca de la magia

Se ha echado la niebla de nuevo. La noche está preciosa. La niebla tiene su magia.
Hoy dormiré con la persiana levantada, dejando filtrar en la oscuridad las luces de la calle, anaranjadas y fantasmales. 
Quiero soñar con él. 
Hoy estoy muy cansada. Debería ir a la búsqueda de esos sueños mágicos en los que aparece él.

jueves, noviembre 10, 2011

Noche de niebla

La niebla se cierne sobre los tejados. Hoy ha sido otro de esos días que pasan sin orden ni concierto. Hoy es otro de esos días en que no he visto a ese ángel de mirada perfecta, en que he echado de menos la magia, en que ansiaba encontrarme con él en cualquier lugar. Pero no ha ocurrido tal cosa.
¿Cómo no le voy a echar de menos, si parece, en ocasiones, que me falta el aire...? Y siento que estoy contenta. Al recordar a la gente con la que he hablado, a la gente con la que he estado unos minutos, me recuerdo sonriente y, lo que es mejor, recuerdo a la gente marchando contenta.
La felicidad es contagiosa.

Me pregunto si le veré mañana. Ojalá que sí.

De regalos


Pues mañana tengo cumpleaños y he ido de compras. No hay cosa que más pereza me dé que hacer regalos cuando se tienen que hacer regalos, es decir, en cumpleaños, o en Navidad, o el 14 de febrero. Es como si los comercios nos dijeran cuándo debemos hacerlos. Llevo mucho tiempo sin hacer regalos en Navidad. Simplemente considero que tan importante es un día normal como el resto de los días del año.
Pero al final quedaría fatal que no regalara nada en el cumpleaños de mañana.
Si por mí fuera, preferiría hacer regalos sólo a una persona, pero porque me sale de dentro, sin motivo alguno y cualquier día. También le regalaría la luna.

Niebla

Había una niebla esta mañana impresionante. Una niebla de películas de terror. 
Pensaba en él, en lo que me gustaría verle, en lo que me gustaría decirle que es adorable. Arropada bajo las sábanas se me ha hecho muy costoso levantarme esta mañana. Pensaba en él, en lo dulce que sería despertar a su lado. Creo que estaba soñando con él.
Me pregunto si le veré hoy. De todas formas, aunque no le vea siempre podré dedicarle unos minutos en el pensamiento. 

A través de los meses

Le echo de menos. Esta noche me dejaré mecer por su imagen. Tengo que dedicarle unos minutos antes de dormir. Porque hoy me siento un poco extraña ya que apenas he tenido tiempo de dedicarle unos pocos pensamientos, quizás porque he estado muy saturada. No me extraña que a eso de las siete me empezara a doler la cabeza, un dolor que ha remitido en cuanto he visto que él aún seguía. Tan cercano. Tan cerca y tan lejos a la vez.
Daría un mundo por quedarme dormida en sus brazos esta noche. Es que me da la sensación de que un abrazo suyo tiene que ser reconfortante. Daría un mundo por susurrarle que es adorable, por sentir la magia cada minuto del día...
Es hora de ir a dormir.

Estoy pensando que hace mucho que no le escribo nada. Tanto que no recuerdo la contraseña de lo que le escribía. Me gustaba escribirle de vez en cuando algún correo electrónico. Sentía que él podía escucharme (en vez de leer lo que había escrito), y me gustaba compartir fragmentos del día, nimios, ni más ni menos importantes, rutinarios muchos de ellos... con él. Un buen día dejé de escribirle. No hay en realidad un motivo para que me mantuviera callada. Simplemente dejé de hacerlo. No sé por qué. 
Ahora que lo pienso quizás sí que haya un motivo. Dejé de escribirle desde aquella noche en que recuerdo las gotas de lluvia mojando el asfalto y su mirada, al darse la vuelta, una mirada que creo que vio más allá de mí. A veces, cuando pienso en aquella noche, me da la sensación de que él sabía que iba a llorar. No lloré en una hora, ni en dos. Lloré al conducir a casa, al intentar dormir, al día siguiente... Conseguí mantenerme rígida cuando había gente delante, pero me desmoronaba cuando estaba sola. Durante muchas noches, durante muchas semanas... Incluso estuve evitando encontrarme con él... durante meses.
Tengo muy presente esa noche. Algo se rompió, soy consciente de ello. Me rompió el corazón. Y creo que sólo sirvió para enamorarme de él. A partir de aquel momento asimilé que me había enamorado de él, aunque quizás llevaba enamorada desde mucho tiempo antes. Ahora, cuando lo pienso, creo que aquella noche del lejano mes de abril constituyó un "antes" y un "después". Antes le escribía correos electrónicos; antes, por cualquier cosa, me ponía en contacto con él. Ahora me gustaría escribirle, pero algo me contiene, como la infinidad de veces que me he contenido en los últimos meses. 
Claro que también me gustaría, mucho más que escribirle, besarle, acariciarle, perderme en su mirada perfecta, escuchar su voz... y tampoco lo hago. Así que tampoco saldrán palabras de mi teclado esta noche, no en esa dirección.

No sé por qué he pensado en esa noche. Ahora la veo lejana, pero está demasiado presente. Y hoy estoy contenta, aunque no me haya cruzado con él. De hecho, me voy a soñar con él.
Le quiero demasiado.

miércoles, noviembre 09, 2011

Jornadas intensas

El día ha sido largo. Echo de menos no encontrarme con ese ángel de mirada perfecta. Aunque, cuando me iba, en una hora difusa entre las nueve y las diez de la noche, tras una reunión y con un agonizante dolor de cabeza que iba remitiendo a medida que caminaba... su coche seguía allí. Se me ha pasado por la cabeza decirle que ya no eran horas, pero he seguido caminando, deseando encontrarme con él caminando hacia su coche en el momento de marchar. No ha ocurrido tal cosa.
Seguro que estaba guapísimo. Si algo me gustaría ahora, con el cansancio de un día muy largo acumulado a mis espaldas, sería dejar que me abrazara. 

La maleta abstracta

Si mi corazón fuera una maleta, tendría problemas para cerrarla. Aunque su contenido es invisible a los ojos, se desborda por los lados. Es curioso lo que a veces guardamos dentro y es curioso cómo a medida que pasan las horas no somos conscientes de ese contenido más que durante unos minutos al día. Yo creo que es bueno pensar en lo que llevamos en el corazón: lo que se incrustó hace mucho tiempo dejando una huella profunda, difuminada e imborrable; los huecos que ya no se pueden llenar; las ilusiones y las esperanzas; los secretos y lo que desconocemos que llegará; y el amor actual, ese que tanto me llena cada mañana, ese que tanto me ciega quizás en algún momento, ese que me hace sonreír en cada segundo, ese que me brinda tal felicidad que me resulta, a veces, complicado expresarlo con palabras. Ese amor eclipsa, en muchas ocasiones, todo lo que me rodea. Y es que él me llena con su presencia, con su mirada, con su sonrisa, con su voz, con su rostro lleno de bondad, de inteligencia, de nobleza, de misterio. Será que es un ángel, el mismo que me regala la magia sin saberlo, el mismo que colorea cada día cuando aparece durante unos minutos, el mismo que me hace sonreír.
Dar sin esperar nada a cambio. Caminar, llorar, reír, gritar, saltar, estar bien, estar mal… siempre cerca de él, siempre con él en el corazón, siempre con su recuerdo muy presente. Creo que el amor es eterno.
Le echo de menos. Hoy no he sabido nada de él. Sé que está cerca, pero no siempre me encuentro con él. Y cuando no le veo, aunque deseara que no fuera así, el día se encuentra un poco más apagado.
Pero mi corazón no es ni podrá ser nunca como una maleta. Lo que siento no se puede medir ni pesar y no me cabría ni en mil maletas. Es sorprendente cómo un órgano tan pequeño puede albergar tanto sentimiento.

martes, noviembre 08, 2011

Tarde de martes

Me gustan los martes por la tarde. Si por mí fuera, los pasaría junto a un ángel, un ángel al que hoy no he visto. Me pregunto dónde estará, aunque no es difícil imaginarlo.
Estoy enganchada a un libro de más de mil páginas. Así que es probable que esta tarde lea, escriba y vaya a la ermita de paseo. Pues la tarde invita a salir.

Los recuerdos mágicos

Tan sólo tengo que cerrar los ojos y revivir ese instante de las doce... Entonces vuelvo a sentir su magia. Si él supiera todo lo que me da en esos pocos minutos donde su proximidad es tan palpable... Si él supiera el sinfín de pensamientos que se acumulan raudamente en mi mente... Si él supiera que un minuto suyo me hace sentir tan viva...

Sin duda alguna y con la nostalgia de sus recuerdos y con el recuerdo de su magia y con la magia de cada momento de él... creo que ya va siendo hora de ir a buscarle entre los sueños. Él siempre está en los sueños.

lunes, noviembre 07, 2011

Ama tan sólo un instante

Tengo una sensación interior muy agradable esta noche. Forma parte de un sentimiento mucho más grande que se llama amor. Es el cosquilleo en el corazón, volver a sentir el hormigueo en el alma, como si en verdad un ángel la hubiera 'tocado'.
Llevaba tanto tiempo sin mirarle a los ojos, tanto tiempo sin sentir los latidos acelerados del corazón, tanto tiempo sin sentirme rodeada de esa magia especial que siempre llega de la mano de esa persona tan especial...
Hoy abrazaré la almohada pensando en él, hoy seguramente soñaré con él (aunque mañana ya no recuerde los sueños).

Alguien una vez dijo: "Ama tan sólo un instante y tu vida habrá merecido la pena". Lo que ocurre es que cuando se ama no se ama tan sólo un instante, sino un instante más el instante siguiente que se convierte en la hora siguiente... y así hasta el infinito. Amas y te encuentras amando todo el tiempo, y eres consciente de que amas y ese sentimiento te aporta una felicidad que nunca antes habías sentido. Y ese instante es el presente, ese presente que no mira de reojo al pasado y que desea para el futuro muchos más instantes llenos de amor y magia.

Hoy amo, amo tanto que no sé cómo dar sentido a las palabras que puedan describir, al menos mínimamente, todo eso que siento.

Saboreando el momento

He demorado estas palabras un poco a conciencia. A veces me da la sensación de que, cuando describo ese momento, una parte de la magia se va con las palabras, aunque nunca se va, pues siempre queda escrito. Y en el momento en que describo ese instante mágico... entonces estoy deseando volverme a encontrar con él.
El primer momento que recuerdo ha sido cuando le he mirado. No es que me falte alegría, pero en el segundo en que mis ojos se han cruzado con los suyos he notado que sonreía de felicidad. Me encontraba relajada, pero sobre todo feliz. Luego me he dado cuenta de que mi felicidad no podía ser tan tangible para toda la gente que me rodeaba, que cualquiera que hubiera estado cerca de mí se podría haber dado cuenta de la dirección en la que apuntaba mi mirada y la sonrisa que me ha salido nada más verle. Entonces me he colocado algo más lejos. Sentía que en ese momento sólo existía él, esa dulzura que emana de él, esa magia que siempre se encuentra alrededor de él y que, por otra parte, es contagiosa. 
Estaba guapo. Estaba guapísimo. 
Al marchar no esperaba que nos fuéramos en el mismo momento, pero ha ocurrido. He esperado a que pasara, siendo consciente de que quería volver a mirar esos ojos tan perfectos, esos ojos que contienen todo lo mejor del mundo, esos ojos a los que miro y siempre me acuerdo de sonreír, o simplemente sonrío porque hay personas que nos brindan ese pequeño pedazo de felicidad sin proponérselo. En ese momento le he mirado fijamente, se me ha quedado grabado su rostro angelical, esa voz tan sensual, esa sonrisa misteriosa. Y me he marchado pisándole los talones, tanto que parecía que podría ir con él. Segundos para observar cómo iba vestido, que iba guapísimo.
Sé que si hubiera levantado un brazo podría haberle tocado el hombro, si hubiera levantado los dedos podría haberlos enredado en su cabello... ¡Qué profusión de pensamientos de peso con él a dos palmos de mí! No he pensado expresamente en el deseo físico, más bien es la necesidad de brindarle un millón de caricias, miles de besos, dejar que mis oídos se deleiten con esa voz tan sensual... 
Y toda la magia que deja ese ángel tras de sí...

A las cuatro de la tarde he vuelto a verle. Iba en el coche con mi hermano cuando ha cruzado la calle. Caminaba rápido, pero no tanto como para que no me haya fijado en él...

Casi todo el país está mirando a estas horas El Debate. Y yo me encuentro suspirando de amor. Saboreando ese momento mágico que siempre llega con él. Ese momento que enriquece la imaginación en su ausencia, que me lleva a soñar de forma sublime, que me lleva a tocar el cielo con las yemas de los dedos. Estoy feliz.
Si hoy hubiera tenido más tiempo, estoy segura de que estas palabras las hubiera escrito hace horas, al mediodía, pero no ha sido posible. Estoy segura de que, después de verle pasar a las cuatro de la tarde, hubiera vuelto a escribir de nuevo. Pero tampoco ha sido posible.

Durante horas he saboreado ese instante perfecto. Él siempre trae consigo tanta perfección y tanta belleza. Eso sólo puede ser obra de un ángel. Releyendo todo lo que acabo de escribir, vuelvo a ser consciente, una vez más, de lo enamorada que estoy. Si una persona te hace sonreír tanto sólo se le puede querer.

¿Qué será mañana?


Podría decir, por una vez, que no le echo de menos, pero estaría faltando a la verdad. He perdido la cuenta de los días que no me encuentro con él en ningún sitio. Aunque el lunes pasado le llamé, me da la sensación de que han pasado muchas semanas desde entonces. Aquella llamada me llega demasiado lejana.
No hay estrellas en el cielo. Se me ocurren un sinfín de cosas que en estos momentos haría junto a él. Por ejemplo, pintar las estrellas del cielo. Aunque si él estuviera a mi lado, ¿para qué necesito estrellas en el cielo?
Se me ocurre pasear de la mano con él, ahora que las calles están silenciosas, pese al frío que hace.
Se me ocurre tumbarme en la cama junto a él y abrazarle hasta que se me cierren los ojos, acariciarle para saber que es real.
Después de tantos días sin verle su imagen aparece en mis recuerdos algo difuminada. Eso no quiere decir que se esté borrando, sólo sirve para hacerme anhelar un poco más su magia, su mirada, su voz, su sonrisa.
Le echo muchísimo de menos. ¿Qué será mañana?

domingo, noviembre 06, 2011

Tardes frías

Al abrir los ojos he pensado en él, en todo lo que le echo de menos, en lo que anhelo escucharle, mirarle, tocarle, robarle besos...

Hace frío. Esta es la típica tarde que pasaría viendo viejas películas con él. Por el simple hecho de abrazarle, aunque no me entere muy bien de qué va la película.

La magia que nos rodea

Jamás hubiera creído que el amor me ofreciera tantos buenos y mágicos momentos como por los que estoy pasando últimamente. Desde hace (mmm) más de dos años. Al principio no era consciente, pero la atracción que sentía por él ya era suficiente para brindarme etéreos instantes de felicidad. Recuerdo que apenas le veía y cuando eso ocurría me sentía 'tocada' por su magia. Ahora todo ese sentimiento de entonces se ve multiplicado por mil. Le veo más a menudo, pero algo cambió hace unos meses. Fue cuando me di cuenta de que lo que estaba sintiendo era amor y que estaba tan enamorada como podía estarlo alguien sin tener el mínimo roce con el ser amado. Claro, hasta ese momento no concebía que pudiera estar enamorada, porque siempre había pensado que para ello necesitaba a la otra persona. 
La otra persona... el ángel que me brinda tanta alegría con su presencia, quien me rodea con una magia indescriptible, cuya imagen en mi pensamiento me prodiga innumerables sonrisas. Y desde entonces me encuentro en un estado donde todo lo que me rodea sólo puede ser perfecto. 
Jamás había amado tanto ni de esta manera.
Creo que me iré a soñar con él.

Libertad


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Se me ha hecho muy cuesta arriba este libro, quizás por el sentimiento americano que desprenden todas sus páginas. Estuve a punto de dejarlo cuando no había llegado ni a cien, pero hoy he llegado a la 667 con ganas de terminar.
Aunque es uno de los libros que aparece en todas las listas actuales de los más vendidos y de los más leídos, no he conseguido conectar con este libro. Sí me he empapado de la historia, pero no me ha llenado. Demasiado americano.

El tema de la libertad es recurrente en todas sus páginas y podría decirse que todo el libro es una gran parábola de la libertad. Te hace darte cuenta de lo limitada que está nuestra libertad en la actualidad: somos esclavos del trabajo, de la familia, de las tecnologías, de las relaciones, del barrio donde vivimos, de los medios de comunicación. Cuando una persona se sale de las pautas ‘normales’ en aras de su libertad individual ya se encuentra en el ojo del huracán, será la víctima de grandes habladurías de sus vecinos. Cuando una persona da un discurso y es libre para decir su propia opinión, la verdad en que él cree, aunque sepa que en menos de una hora tenga que firmar el finiquito, se convierte en una especie de ‘apestado’. Cuando una persona hace algo diferente en búsqueda de su libertad se convierte en un excéntrico. El libro nos hace pensar en la pregunta: ¿hasta qué punto somos libres en nuestras vidas?
Uno de los símbolos de la libertad, los pájaros, también es recurrente en las páginas del libro, ya que uno de sus protagonistas es un fanático protector de las aves autóctonas del Medio Oeste americano. Es curioso cuando este personaje de repente mira por la ventana y ve un pájaro, cómo piensa en que en ese momento le gustaría intercambiarse por el alma del pájaro.

Los Berglund son una familia del Medio Oeste americano. Patty es la perfecta madre y mejor esposa, la mujer envidiada en un barrio de la floreciente clase urbana. Su marido, Walter, es abogado ecologista y fiel defensor de la bicicleta. Tienen dos hijos: Joey y Jessica.
El libro ahonda en la vida íntima de la familia. Primero, a través de las páginas autobiográficas de Patty, alude a los recuerdos de cómo se crió ella, cómo llegó a la universidad y cómo conoció a Walter. Sin remordimientos, recuerda a su compañero de piso, Richard Katz, al que ella prefirió, pero terminó casándose con Walter. Cuando vuelven a reencontrarse con el célebre rockero Katz, Joey Berglund se ha trasladado a vivir a la casa de los vecinos, porque está saliendo con la hija de la vecina, Connie, una muchacha callada que no cuenta con la aprobación de Patty. Jessica se encuentra en la universidad. Patty se encuentra deprimida y decide marcharse largas temporadas a la casa del lago de sus suegros. Allí estará unos días con Richard, donde darán rienda suelta a la pasión que nunca antes se habían atrevido a llevar a la práctica, por amor a Walter.
Después de ese encuentro, deciden separarse, pero Patty vuelve a encontrarse deprimida. Se trasladan a Nueva York, donde la vida con su marido no la llena y donde suspira por Richard. Mientras, Walter se ha echado una secretaria india, Lalitha, que se ha enamorado de su jefe. Pero Walter tiene un alto sentido de la moral, por lo que en ningún momento permitirá que Lalitha convierta en realidad sus deseos de él.
Es entonces cuando deciden contratar a Richard Katz para un proyecto sobre la superpoblación en Estados Unidos, pues su imagen ayudará en la campaña. Pero cuando Katz se acomoda en la casa neoyorkina de los Berglund, tienen una conversación que termina en una ruptura. Sin embargo, Katz, antes de marchar, deja el manuscrito de Patty en la mesa de su mejor amigo para que éste lea los sentimientos de su esposa.
Walter Berglund siente el dolor, echa a Patty de casa y se acuesta con Lalitha a modo de venganza y despecho. Cuando Lalitha muere en un accidente de tráfico, Walter se retira a la casa del lago con sus aves, los mismos pájaros que le brindan un poco de paz.
Una de las líneas más férreas en torno a las cuales gira la novela es la gran amistad que une a Richard y a Walter. Una amistad que a veces es cruel, que se encuentra en eterna competencia. Richard y Walter son los eternos rivales y en el ‘ring’ sólo puede haber un vencedor. 

sábado, noviembre 05, 2011

Los planes esquivos de los sábados invernales

Que si unos en Logroño, que si otros en Nájera... Los sábados invernales son un caos. Quizás salga al bar a ver quién hay. Por una parte, tengo ganas de fiesta. Por otro lado, pienso en el frío que hace fuera y me echo a temblar. Pero saber que él estará de fiesta me impulsa a marchar. También se me ocurre que podría llamarle, aunque sé que no lo voy a hacer. 
De momento, voy a terminarme el libro con el que llevo dos semanas, que no veo por terminarlo. Después... ya veré.
Si me quedo en casa hoy terminaré pensando en él. O soñando con él. Sigo contenta, debido en gran medida a la magia que desprende él.

Eran las cuatro de la tarde

Hay momentos en la vida en que nos encontramos en medio de una decisión, que al final va a resultar adecuada, aunque mejor hubiera sido elegir la otra vía. 
A las cuatro de la tarde yo me encontraba entre dos polos. Me apetecía enviar un mensaje, quizás hacer una llamada, sólo para decirle que me invitara a un café. Aunque el café era lo de menos. En realidad me apetecía compartir unos minutos con él. Ahora digo unos minutos, aunque bien sé que tal es la atracción que él ejerce en mí que terminarían siendo horas. 
Finalmente lo he pensado bien. En realidad, he aparcado ese pensamiento para volver a ello un rato después, con la mente algo más fría y el corazón más ardiente. Me he obligado a no pensar en él, a no pensar ni siquiera en la posibilidad de ponerme en contacto con él. Por mucho que me apetezca pasar un rato junto a él, mirarle a los ojos y redescubrir en ellos que el mundo es simplemente perfecto, reaprenderme su sonrisa angelical, dejarme mecer por esa voz tan sensual, grabar en mi memoria esos momentos mágicos de él. 
Lo he pensado y me he obligado a leer, a no dejarme llevar por pensamientos impulsivos que, una vez llevados a cabo, no tendrían vuelta de hoja. 

Además, es posible que esta noche le vea. Seguro que está guapísimo.

Lo que nos trae la lluvia

Me gustan los sábados... aunque llueva sin parar. Incluso la lluvia me gusta un poco más, quizás porque viene con retraso.
Me gusta remolonear en la cama. Imaginarme junto a un ángel. Dejarme llevar otra vez por el sueño, sin pensar en ningún momento en despertar.
Me pregunto si le veré esta noche.

Creo que es un buen momento para leer. 

viernes, noviembre 04, 2011

Sentimientos especiales

Desde que amo me encuentro mucho más feliz. Pensar en él me brinda la sonrisa cada mañana, incluso cuando no le veo. Encontrarme con él me lleva a redescubrir la magia cada mañana.
A veces me da la sensación de que cada día al alba aprendo a amar de nuevo, como si fuera la primera vez de algo, algo que a veces me resulta extraño. Nunca había amado así, sin reservas, a nadie. Nunca nadie me había llenado tanto.
Amo... y todo lo que siento es de una belleza sublime. 

El dulce sabor de las rosquillas

Esta tarde he estado en un funeral. Había mucha gente. Llovía muchísimo. Se nos ha echado la noche encima. He regresado a casa a las seis y media. Nada de volver a la oficina. En SD no llovía nada.
Estoy pensativa hoy. La mujer que ha fallecido nos hacía rosquillas cuando éramos pequeños. Me produce pena infinita saber que se ha marchado. Al final, los recuerdos felices nos deslumbran, porque hasta hoy no he recordado el sabor de las rosquillas. Después, nunca he vuelto a probar unas rosquillas tan ricas como las que hacía ella.
Era casi como una abuela, una segunda abuela. En su casa siempre encontrabas ese calor humano que desprenden las personas adorables.

Las noches que pasan rápidamente

Anoche me quedé dormida sobre la cama. Quería escribir sobre él, sobre lo mucho que le echo de menos, sobre la cantidad de días que llevo sin verle, y eso significa que escribir sobre él es escribir sobre el amor. Entonces me tumbé y no escribí, pero empecé a soñar. A las cuatro estaba sobre la cama, con todo encendido, y lo dejé todo como estaba.
Creo que estaba soñando con un ángel. Y creo que estaba infinitamente cansada.

jueves, noviembre 03, 2011

Noche mágica para pasear

En noches como ésta daría un mundo por pasear junto a él de su mano. Aunque hace un poco de frío. No importa. Es una noche perfecta y ha dejado de llover. Invita la noche a caminar con él, a escucharle hablar con esa voz tan sensual, roto el silencio de la noche por el ritmo cadencioso de sus palabras.
Llevo muchos días sin encontrarme con él. Supongo que le echo de menos. 

Los recuerdos de la lluvia

Hoy he sacado paraguas, algo que habitualmente no suelo hacer. Evito los paraguas, pero no podía permitir mojarme. Eso me recuerda a que siempre termino perdiendo todos los paraguas. La última vez que perdí uno, completamente transparente, fue en Tokio. En Japón tuve que comprar un paraguas porque llovía en días alternos y eso nunca fallaba. Aunque por la mañana hiciera un sol impresionante, si el día anterior no había llovido, ese día terminaría nublándose y finalmente llovería a raudales. No fallaba. Día sí y día no. En uno de mis últimos días en Tokio, recuerdo que me encontraba en una de las infinitas estaciones del subsuelo y me planté frente a una máquina automática de billetes de metro y cercanías. Coloqué el paraguas en una moldura junto a la pared y junto a la máquina. Y allí quedó. 
Dos horas después, ya de regreso al hotel y a muchos kilómetros de allí, recordé que llevaba un paraguas, así como también recordé el momento en que lo dejaba colgando allí, en la estación de Shinjuku (creo recordar bien), donde quedó abandonado.
Espero que el paraguas de Kukuxumusu que compré en Pamplona me dure más.

Lluvia... ¡por fin!

A medida que conducía hasta Ezcaray, la lluvia era más persistente, aunque no mucho más. Pensaba en un ángel. Me reconforta mucho pensar en él. Siempre empiezan los días mejor cuando su imagen se va moldeando lentamente en mi mente.
Aunque en días lluviosos como hoy, más que estar en una oficina, daría cualquier cosa por quedarme en la cama abrazada a él. El día invita a ciertas cosas que, sin duda alguna, son para días de ocio. Sólo que la imaginación es gratuita.

Los legados de la noche

Me gusta la noche. Siempre me ha gustado. Adoro ese silencio que la acompaña, adoro el pensamiento de ser consciente de que en unos minutos me taparé hasta la nariz y dormiré. Lamentablemente no puedo quedarme hasta altas horas de la madrugada. En ese sentido echo de vez en cuando los años universitarios, cuando algún día podía quedarme de madrugada, haciendo cualquier cosa. Siempre había excusas para que dieran las cuatro de la mañana en el reloj. Desafortunadamente ya no puedo hacer eso, porque el reloj suena puntual cada mañana.
La noche lleva a pensar, a imaginar cómo sería dormir al lado de un ángel, a materializarlo, a desearlo, si cabe, cada noche un poco más. Quizás él ya esté durmiendo. Entonces me dejo llevar por los sueños.
Adoro esos momentos con sabor a mentolado, las manos frías al teclado, el tacto suave del pijama. Invitaciones claras al sueño.
Y adoro el anhelo que me lleva a la ilusión de que quizás mañana le vea. Me gusta pensar que mañana podría cruzarme con él. Siempre añoro esos momentos. Pero, aunque no me encuentre con él, cada instante que pasa ya es digno de mención, aunque sólo sea por esa sensación de estar tocando el cielo con las yemas de los dedos.
Ahora sé que ese cúmulo de sensaciones sólo se producen cuando se está enamorada. Ya no sólo anhelo encontrarme con él, sino que él está presente en cada objeto que me rodea, en cada canción, en cada palabra, en cada pensamiento, en cada minuto. Y al sentirle tan cercano cada segundo es de oro. No siempre somos conscientes de la felicidad. Quizás porque siempre la estamos buscando desconociendo que esa felicidad tan escurridiza la tenemos al alcance de la mano, que sólo tenemos que alargar los brazos para sentirnos desbordados. 
Soy consciente de que un porcentaje muy alto de este estado anímico pleno viene producido por la magia de un ángel. Con ese ángel de mirada perfecta me voy a soñar... en cuestión de segundos. 

miércoles, noviembre 02, 2011

Tanta magia...


Iba a decir que no lo he visto, aunque no es exacto, porque creo recordar que esta tarde ha pasado con el coche por delante de mí. Pero me encontraba tan ensimismada que, cuando he querido darme cuenta, ya era tarde.
Llevo todo el día pensando en él. Salía a la calle y me preguntaba si me encontraría con él, si iba a estar su coche, si estará tan guapo (o más) como siempre (esto seguramente que sí), si me palpitará de nuevo el corazón en su presencia. Pero no nos hemos cruzado y ahora le echo mucho de menos. Me gustaría decirle tantas cosas hermosas (al oído), me gustaría tanto perderme en esa magnífica mirada...
Ahora que lo pienso... el día ha sido muy ajetreado. Pero seguía sintiendo su magia. Y eso hacía que no me diera cuenta de que las horas iban pasando. Al final, a las nueve era ya hora de regresar a casa.

Veinte minutos para la una

Dentro de veinte minutos he de estar durmiendo. De hecho, ya se me estaban cerrando los ojos. Últimamente me pesa tanto el libro que tiendo a dejarlo abierto encima de mi rostro a la vez que cierro los ojos. Aunque es complicado dejarse vencer por el sueño con el peso muerto del libro sobre el rostro, durante unos minutos me encuentro relajada. Pienso en que sólo serán unos minutos, pero la verdad es que si me dejo llevar me despertaría dentro de varias horas con portátil encendido, el libro cerrado en algún lugar de la habitación y la luz de la mesilla encendida. Al menos, hace un rato me he puesto el pijama, ya que no sería raro que, además, también me quedara dormida encima de la cama con la ropa puesta.
Estoy segura de que si durmiera con él no leería antes de dormir. ¿Para qué quiero historias ajenas cuando tengo sus historias tan cercanas? Seguro que tiene mucho que contar. Y eso me recuerda a que, hace un rato, cuando cerraba los ojos con el libro abierto sobre ellos, me imaginaba en un lugar concreto en un momento concreto y sumaba los años que nos separan y me preguntaba qué estaría haciendo él en aquella época, cuando todavía no nos conocíamos. A veces me lo pregunto. Por ejemplo, cuando yo tenía 24 años y estaba en X lugar con X personas, ¿dónde estaba él? Supongo que las personas a las que amamos siempre despiertan cierta curiosidad en nosotros. Aunque lo cierto es que sólo quiero saber de él cuando lo cuenta él, con esa voz tan sensual, con el brillo de los ojos que acompaña a sus palabras, con la enorme sabiduría que se deduce en su forma especial de contar las cosas.
Ahora sí que me voy a dormir. Ya no importa que me quede dormida con el libro abierto. Porque al final, no sé cómo lo hago, pero consigo despertarme durante unos breves segundos para apagar la luz y sumergirme en el mundo de los sueños. 

martes, noviembre 01, 2011

Para no pensar que noviembre es ya casi invierno


Parece como si mañana fuera lunes y ahí está el miércoles. Espero que mañana el cambio de hora ya no me afecte y llegue puntual a la oficina. Espero encontrarme con un ángel (que hace mucho que no le veo), aunque la magia sigue. Tan palpable como nítida escucho en mis recuerdos su voz. Espero que el día me cunda, porque mañana me espera un día ajetreado. Pero no importa lo duro que sea, lo que importa es que él estará cerca, que me seguiré sintiendo feliz. Aunque no le vea, aún sigo saboreando la magia, ese sentimiento de plenitud que hace que se desborde mi corazón.
Ha empezado noviembre. Y como es un mes que no me gusta mucho, prefiero no pensar en él. Lo que tengo claro son las cosas que seguiré haciendo porque me hacen feliz:
1) Amar. Seguiré amándole, posiblemente cada día más y más. Amar a un ángel es a veces complicado, pero también es algo mágico, teniendo en cuenta que esa magia siempre proviene de él. Le seguiré amando cada día y seguiré ocultándolo, aunque soy consciente de que él puede traspasar las capas de mi piel y llegar a mi alma e intuirlo.
2) Escribir. Seguiré escribiendo cada día. En el blog, en la libreta Moleskine que llevo en el bolso, en hojas de Word. Y seguramente en el 90% de lo que escriba habrá un 100% de amor. Porque cuando escribimos plasmamos lo que porta nuestro estado de ánimo. Y si yo amo, aunque no hable de amor, el amor se podrá percibir entre líneas.
3) Leer. Seguiré leyendo cada noche antes de dormir, los jueves en la peluquería y seguiré brindándome buenas dosis de lectura los fines de semana. En estos momentos, tengo esperando varias novelas. Pero como aún no poseo el don de la ubicuidad tendré que leer de una en una, porque jamás he podido leer dos libros a la vez. Sin embargo, hoy me he saltado la regla: cuando el volumen que leo es extenso, suelo coger alguna novelita que me lleve horas, pero no pararé hasta que la termine, para volver a retomar el otro. 
4) Sonreír. Es importante sonreír cada día. En esto soy afortunada, porque me despierto con el sol y el sol me trae al alba la imagen de un ángel. Y el primer pensamiento de él siempre me hace sonreír. Es tanta la felicidad que me aporta. Además, sonreír está en estrecha relación con amar. Y si amo tanto en estos momentos, por narices he de sonreír. Nadie puede empañarme el día, nadie. Y esto es bueno, porque al no enfadarme no contamino mi alma y me evito muchos dolores de esos espirituales (y también muchos dolores de cabeza). 
5) Pasear. Seguiré paseando, pese al tiempo. Aunque llueva o haga viento, a mí no me importa salir a la calle aunque el día sea gris, aunque el tiempo no acompañe. Porque al final, el amor hace que no haya días grises.
6) Soñar. Es importante no dejar de soñar nunca. Es importante no olvidarnos de soñar. Y es importante soñar con él. Seguiré soñando con él, aunque después no recuerde los sueños.
(...)
∞) Ser feliz. Creo que todo lo anterior, y lo que me deje (de ahí el símbolo de infinito), depende de la predisposición de cada persona.

Lo sé. Estoy radiante, contenta, feliz. Me pregunto cuánto influyeron sus palabras en mí. Porque aunque sea optimista por naturaleza, la plenitud del momento presente se debe en gran parte a él.

La sensación de felicidad

La sensación de felicidad perdura hoy, en el momento en que cierro los ojos y el rostro de un ángel se moldea en mis recuerdos. Cerrar los ojos y recordar es interesante. 
La sensación de felicidad perdura desde ayer por la tarde, desde ese momento en que escuché su voz, esa voz tan sensual, tan dulce... que tanto adoro.
Me pregunto dónde estará y si le veré mañana. Es que llevo mucho tiempo sin cruzarme con él.

El mundo amarillo


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Me gusta Albert Espinosa. Me gusta su desparpajo a la hora de escribir, su forma de mirar la vida, su FUERZA. Cuando me leí Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo y Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven apenas sabía nada de él, pero este libro me ha hecho descubrir más sobre la vida del joven autor.
Sus dos libros anteriores me gustaron mucho. Anteriores porque los leí antes, aunque El mundo amarillo es previo en el tiempo. 

Cuenta en este libro Albert Espinosa que pasó diez años padeciendo un cáncer por el que le amputaron una pierna y le extirparon una parte de un pulmón. Desde los catorce a los 24 años estuvo entrando y saliendo de hospitales y, sin embargo, tuvo una buena experiencia. A partir de esa vivencia y esa lucha con el cáncer ha recopilado muchas frases de personas que estuvieron cerca de él entonces y que le dijeron algo de interés.
Lo más significativo del libro es descubrir quiénes son los amarillos, unos personajes que están por encima de los amigos, alguien con quien conectas, cuyo paso puede ser permanente o temporal y con quien sientes que es tu alma gemela. Me hace pensar, porque esas personas existen en realidad. No se trata de un amor, ni de un amigo, son personas que puedes encontrarte en cualquier sitio o puede ser un amigo que, de repente, se convierte en algo más. Sin ningún otro tipo de connotación.

Este libro me ha acercado al autor. Y me ha tocado. Lo he cogido sólo para desconectar del que me estoy leyendo. Leérselo y disfrutarlo es tan sólo cuestión de horas.

Algunos cambios que he comprobado

La entrada del libro anterior la he encontrado en los borradores de blog. Hace meses que leí el libro, pero algunos de los cambios de los blogs es que ahora no se quedan en el día en que se escribieron, sino en el día en que se publican.
Otro cambio que he podido comprobar, y éste me gusta más, es que antes podía empezar a escribir a las doce y no publicar hasta cuatro horas después, y me ponía la primera hora. Ahora no, ahora pone la hora en que le doy a Publicar Entrada
Tenía que explicar qué hace en noviembre la reseña de un libro que leí antes de verano. Para mí que no le di a 'publicar' y como todo lo guarda quedó guardada (y por tanto escrita) sin haberse llegado a publicar. Ahora, al buscar los libros de Albert Espinosa me he encontrado con esa reseña en modo "Borrador". 

El bolígrafo de gel verde


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Antes de comentar un poco de qué va el libro, voy a explicar por qué me llamó la atención este libro.
Lo cierto es que un día, navegando entre numerosos blogs literarios, llegué al del autor. Su historia, la historia de este libro, la historia de cómo vio la luz su novela me llamó la atención. Él, acostumbrado a escribir día a día en su blog, una noche decidió no poner un final. Siguió ampliando día tras día aquellas primeras hojas y cuando quiso darse cuenta, varios meses después, tenía en las manos una novela de poco más de trescientas páginas. Se preguntó qué hacer con ello y se dijo: "Si he sido capaz de escribirla, también puedo promocionarla yo mismo". Éste fue el trabajo más duro, cuenta. Después de editarla en una papelería en formato libro, se paseó de librería en librería intentando dejar varios ejemplares junto a autores célebres. Muchas de estas librerías le rechazaron, pero él no cejó en su empeño. Algunas personas le ayudaron a promocionar su novela. La gente empezó a hablar de este libro, sobre todo en internet, y del boca-oído llegó a Espasa, que optó por publicarle la novela. Ya va por la tercera edición.

La novela es realista, demasiado realista. El protagonista pierde el rumbo de su vida, en parte por culpa de un bolígrafo de gel verde. En realidad, es un claro ejemplo de cómo el objeto más simple puede desencadenar un vendaval a su alrededor. Hace pensar...
El protagonista es un genio de la informática que trabaja en una gran empresa de solfware, a las órdenes de un jefe nefasto cuyo único mérito en la vida fue pegar el braguetazo con la única hija del millonario jefe de la empresa. El protagonista es un maníaco de los bolígrafos de gel, ya que son los únicos que le pintan bien para coger avisos. Como todos los de color negro le desaparecen, un buen día decide comprar uno de color verde, que también desaparecerá. Siguiendo su rastro, se encontrará husmeando en todas las vidas de sus compañeros de trabajo, sin darse cuenta de que su matrimonio tiene los días contados. Un buen día, su esposa le abandona y él se venga de su superior. Entonces decide coger un tren hacia las montañas y allí descubre que las distancias existen para recorrerlas, que quiere a su esposa Rebeca y desea recuperarla. Allí, en una cima de 2000 metros de altura vuelve a encontrar el rumbo de su vida.

"Una vida -cualquiera- se resume en una serie de acontecimientos especiales, de puntos y aparte. Puntos que, por más tiempo que transcurra, permanecen intactos en la memoria, remanentes hasta el mismo día en que nos alcanza la muerte".

Denigrante

He ido a visitar a mis abuelos y a mi tío. A medida que caminaba por el camino de gravilla, algo me incitaba a entrar en la pequeña capilla semiderruida. Las puertas están abiertas desde hace décadas, sin duda porque es imposible cerrarlas. La maleza ha cubierto ventanas y postigos, las telarañas recubren todo. Y yo, cámara en mano, daba cuenta de todo. Lo que me apetece ahora es hacer la consecuente crítica al estado de la capilla del cementerio, que es lamentable. La publicaré en la revista cultural, por supuesto. 
Soy consciente de que pondré el dedo en la llaga, pero no puedo quedarme en silencio. Con lo que se paga por un nicho bien podría adecentarse un poco la capilla y no permitir esa ruina casi inminente. Y además quiero hacer hincapié en la desidia de la corporación municipal. Porque no hay opción para elegir entre tumba en la tierra y nicho. Obligatoriamente deben ser nichos. Cuando en el cementerio de mi pueblo hay tumbas antiquísimas que deberían ir exhumando, para dejar espacio de tierra libre. Como siempre se ha hecho. Los nichos, abiertos desde hace uno o dos años, se ve que están mal hechos (en cuanto a su construcción) y son realmente antiestéticos. Eso sí que es una chapuza.
Me dedicaré a escribir, en las próximas horas, un nuevo artículo de "crítica constructiva".

Una hora en el cementerio

Creo que ya va siendo hora de que me acerque al cementerio. Todos los años, en este día, suelo ir allí y, cuando llego allí, siento que quiero marcharme. Para mí allí no hay nada. Creo que cuando las personas fallecen, lo que realmente muere es el cuerpo físico. La esencia del alma sigue viva, sobre todo a través de los recuerdos o de viejas fotografías en sepia que nos vuelven a llevar a los recuerdos. Para recordar a los seres queridos no es necesario acudir al cementerio.
Para mí el cementerio es un lugar muy triste. Cuando llegue a la tumba de mi tío, sé que se me caerán las lágrimas inevitablemente. No me siento más cerca de mi tío porque vaya al cementerio, más bien, cuando estoy frente a su tumba, me agota el duro recuerdo de su entierro, rememoro a la gente que me rodeaba entonces y el agobio que sentía, cómo sonaba la tierra al chocar con el ataúd y la descorazonadora sensación de desear estar en otro lugar. Me acuerdo mucho de mi tío y por eso sé que mi tío sigue vivo en nosotros, porque sigo recordándole a menudo, a pesar de que han pasado cuatro años (y un mes) desde que nos dejó.
Pero la de mi tío no es la única tumba que voy a visitar. Será la primera, pero no la única. Mis abuelos paternos también reposan allí. Apenas tengo recuerdos de ellos, pues mi abuelo murió cuando yo tenía cuatro años y mi abuela cuando tenía nueve. 
Los dos últimos lugares que visitaré serán dos nichos con la lápida demasiado fresca aún: una prima de mi padre y un amigo de la familia. Al pensar en el último, que falleció un día antes de que me fuera a Pamplona, pienso que la muerte es demasiado injusta. ¿Cómo ha quedado la plaza de mi pueblo con su ausencia, cuando él prodigaba desayunos a todos los peregrinos cada mañana? En esos momentos de cada mañana la plaza rezumaba vida...
Por mucho que piense en ello, para mí la muerte es un tema que se me escapa, un concepto desconocido, que está ahí pero por mucho que intente comprenderlo siento que está a otro nivel.

No creo que esté más de una hora en el cementerio. Enseguida llega la sensación de querer salir de allí.

Ahora que lo pienso

Ahora que lo pienso...
Ayer podía haber llamado a cualquier persona de la larga agenda del teléfono. Podía haber ido a tomar algo con cualquiera, pero le llamé a él. ¿Por qué? Simplemente quería compartir unos momentos con él. Con nadie más.
Es bonito eso. Pensar en una única persona, en la única persona con la que me apetecía estar un rato, entre un sinfín de personas. Es un acto de amor. Y ahí está la belleza de esa llamada. En que sólo le llamé a él porque sólo quería estar con él. Y lo extraño está en que no suelo llamarle, por tanto buscar su nombre y darle al Yes en el teléfono es algo que se sale de la rutina. Por eso esa llamada era tan especial.
Por el 'antes', ser consciente de que tenía ganas de tomar algo con él -y sólo con él- y no atreverme a llamarle una hora antes, pero hacerlo cuando le vi pasar ante mis ojos.
Por el 'durante', cuando me concentraba en sus palabras, me imaginaba su rostro, su mirada penetrante, su sonrisa misteriosa y pensaba en lo especial que es la persona que estaba hablando al otro lado.
Por el 'después', por la estera de magia que dejó esa llamada tras de sí, el instante de felicidad que me inundó durante mucho tiempo después de habernos despedido. Por todas las agradables sensaciones que me acompañaron después.
Ahora que lo pienso... eso sólo me ocurre con él. Durante el día hago muchísimas llamadas y contesto a unas cuantas más. Inmediatamente después tiendo a 'olvidarlas'. Son parte de un todo.
La llamada de ayer era un todo que formaba parte de algo infinitamente superior.

Ahora que lo pienso... es Amor.

Que esta noche es Halloween

No crecí creyendo en Halloween, así que una fiesta importada de no sé qué país (de Estados Unidos, aunque el origen es celta, de los inmigrantes irlandeses que llegaron hace ya muchas décadas a Estados Unidos) no me llama mucho la atención. Para mí la noche de brujas es la noche de Walpurgis (madrugada del 30 de abril a 1º de mayo). 
Halloween y todo lo que la rodea (cementerios, personajes vampíricos, brujas malvadas, calabazas iluminadas, películas de terror en la televisión, etc.) no me agrada. Aunque lo que en realidad no me agrada es el tema constante de la muerte y el más allá. Al final, Halloween no es más que otro día comercial, como San Valentín, el Día de la Madre y un largo etcétera.
La de hoy me parece una fiesta un tanto siniestra, quizás ése es el verdadero motivo por el que no me gusta.