Con dieciséis años conocí una parte del Aveyron francés. Podría pasar tan desapercibido como otros viajes que realicé en aquella época si no fuera porque aquel lugar me resultó un rincón de ensueño, un lugar de encanto, un mundo para dar rienda suelta a la imaginación más fantástica de los cuentos populares. Porque si los seres mitológicos de todas las épocas y culturas existieran, se ocultarían entre la frondosidad de los parajes del Aveyron francés.
Cuando el avión despegaba del aeropuerto internacional de Toulousse y desde la ventanilla dejaba atrás aquel paraíso, pensé algo que todavía no he llevado a cabo. Dije que volvería con la persona idónea que supiera apreciar todo aquel paraíso de bosques, montañas y ríos. No he regresado desde aquella vez, quizás porque no había conocido a nadie tan especial como para compartir aquel mundo aparte.
Esta noche he soñado con Najac, he soñado que regresaba, pero no lo hacía sola, sino que iba con un ángel de mirada perfecta. La mayor parte del contenido de ese sueño prefiero guardármelo para mí. Durante todos estos años nunca habíame imaginado regresando a aquel rincón laberíntico que forma parte de un turismo menos masificado al que estamos acostumbrados. Allí se estila el turismo rural. Y, pese a que han pasado muchos años y son consciente de los enormes cambios a todos los niveles en los que nos hemos encontrado inmersos, posiblemente aquello siga tal cual lo dejé. Si tuviera que volver allí, volvería con él, lo compartiría con esa persona tan especial.
¿Qué tiene de diferente ese viaje? Supongo que al ser un turismo de interior, te encuentras con otro tipo de turismo. La mayor parte de la gente que allí se concentra ama la naturaleza. Y allí respiras verde te muevas por donde te muevas.
La mayor ciudad es Toulousse y se encuentra a unos cien kilómetros al sur. El resto son encantadores pueblos de montaña, muchos de los cuales lucen antiquísimos castillos que otean los valles, unos valles que suelen estan ocultos gracias a la frondosidad de esa espesura de árboles.
Para mí aquello fue una novedad. Allí conocí a Stephone, que tenía mi edad y era de Albert (al Norte de Francia), pero el idioma suponía una traba para comunicarnos. La mayor parte de las veces recurríamos al inglés de tantos años de escuela, un inglés con buena base gramatical pero nulo a la hora de mantener una conversación fluida. Tampoco mi francés en aquel entonces estaba en sus tiempos dorados. En horas extras, llevaba varios meses dando clases particulares de francés, sacrificando las mañanas de los sábados, y apenas tenía un limitado vocabulario del pueblo galo que no me podía sacar de aprietos, en caso de que los tuviera. Ese año fui dos veces a Francia y yo me esforzaba en repetir el idioma como si fuera un papagayo, pero no sería hasta el verano siguiente cuando empezara a hablarlo, no muy bien, pero con el suficiente tesón como para comprender y hacerme comprender. Sin duda, después de haber estado en abril y en verano allí y haber tenido que recurrir al inglés, fue cuando me esmeré en las horas extras de francés.
Najac es un pequeño pueblo con mucho encanto que se encuentra en la punta suroeste del Aveyron. Es uno de los muchos pueblos paradisíacos de las montañas. Yo me encontraba en la parte más baja del pueblo, a unos dos kilómetros por un camino hostil y pedregoso. Junto a uno de los muchos afluentes del Aveyron, se había creado una zona turística que ni siquiera estaba anunciada. Supongo que, por aquel entonces, ante la falta de un medio como internet, las agencias de viajes o incluso los periódicos anunciarían algo así como una forma diferente de pasar las vacaciones. Y diferente lo era, ciertamente.
Junto al río, se ubicaban entre seis y ocho cabañas que llevaban allí más años de los que podíamos imaginar. Antes de haberse restaurado motivando a un turismo especial y selecto, podrían haber sido refugios para cabreros o para montañeros, aunque a mí me da la sensación que se usaban dentro del negocio de la madera: bien como lugar de recogimiento de leñadores, bien como zonas de almacén de madera sobre todo en los meses más crudos del invierno. Lo cierto es que no estoy segura de la función exacta de esas cabañas en el pasado, ya que allí el bosque era un lugar protegido, tanto como para no encontrarse ni con el tocón de un árbol que había sido talado. Pero desde la puerta de la cabaña hasta el río había unos dos o tres metros, por lo que puede ser probable que los árboles se talaran montaña arriba y bajaran por el río, de tal forma que en ciertos momentos la madera que provenía de otros lugares recalara allí durante cierto período de tiempo.
Cuando me refiero al río no estoy hablando de un arroyo que apenas se deja ver, sino que tenía mucha agua y mucha fuerza. A menudo se veían pasar a personas en kayak. Y, con esto vuelvo al sueño, porque en cierto momento también aparecíamos en una canoa volcada en medio del río.
La profundidad del río donde se encontraban las cabañas podía llegar perfectamente al metro y medio en el medio del canal. Recuerdo que siempre hacía pie, pero cubría lo suficiente como para poder disfrutar del agua.
Y desde la orilla del río, al atardecer, se veían las luces anaranjadas del castillo de Najac. Todo el pueblo estaba tapado por las copas de los árboles, pero se conseguía ver el cercano castillo, que parecía encontrarse al alcance de la mano.
Después tuve ocasión de caminar por las calles del pueblo. Najac era de ensueño. Parecía como si los primeros pobladores hubieran construido una senda que se dirigía hacia el castillo y a los lados de ese sendero hubieran levantado las casas. Las calles eran empinadísimas y todas llevaban una única dirección. Del castillo no quiero hablar, porque era más misterioso desde el río que desde cerca, ya que se mantenía cerrado y sólo quedaban en pie unas pocas paredes cubiertas de moho.
Entonces, al rescatarlo de nuevo de los rincones con telarañas de la memoria, tengo claro con quién me gustaría compartir todo aquello. Pero no como lo vi entonces, con un lugar fijo donde regresar cada noche, sino a su manera, desconociendo dónde dormiremos dentro de unas horas. Si volvería al Aveyron francés me gustaría hacerlo con un ángel.
Estoy segura de que habrán cambiado muchas cosas, pero muchas otras seguirán igual. Simplemente creo que los bosques espesos de entonces seguirán íntegros. Y si no han estropeado ese medio ambiente de ensueño, aquel rincón seguirá teniendo su encanto.
En otras ocasiones, he descrito Najac, pero más como un remoto recuerdo que como un deseo de volver a visitar aquello. Tampoco iría concretamente a Najac, sino que me desplazaría por toda la región de Aveyron. Y lo haría con él.
En realidad, me gustaría ir a muchos sitios con él, éste especialmente, sin duda porque aquel lugar tiene un halo de magia y misterio.