lunes, enero 17, 2011

Un poco más de las cuatro

Pasaban de las cuatro cuando venía en el coche de mi hermano. Ya que cuando él se queda a comer, vamos juntos y usamos sólo un coche.
Entonces he reconocido la matrícula, el color de su coche y le he visto guapísimo, aunque lejano. Es posible que él no me haya visto.
Después, le he vuelto a ver pasar, esta vez iba caminando.

Le echo de menos, que hoy no nos hemos encontrado. Creo que también se me ha ido la hora. Apenas he respirado esta mañana.

Con un pie en los sueños

No tardaré en marcharme a dormir. Sólo espero que a la una esté durmiendo. Nada de libros, nada de luces, nada de nada. Sólo una imagen para embarcarme de lleno en el mundo de los sueños. Una imagen reconfortante. Una imagen que me hace sonreír.
Escojo una máxima que me parece interesante y que dice: "La vida sólo se puede entender mirando hacia atrás, pero sólo se puede vivir mirando hacia adelante". Es de Soren Kierkegaard. Es que estoy de acuerdo con él, porque en ocasiones nos estancamos en el pasado sin tener en cuenta que lo importante es lo que está por venir. No vivimos para el pasado, sino para el futuro. En realidad, yo vivo el presente como si me fuera la vida en ello. Quizás porque este presente que estoy viviendo es mágico, a veces inesperado y sublime si me encuentro con ese ángel de mirada perfecta.
A veces, cuando no llevo algunos días sin verle, echo mano a los recuerdos que guardo de él, y sonrío casi sin querer, pero soy consciente de que llegarán más instantes mágicos de él, soy consciente de que su sonrisa y su mirada siempre seguirán convirtiendo cada día en único. Y esos días siempre están por venir.
Con esa imagen enriquecedora, considero que éste es un buen momento para ir en busca de los sueños.

domingo, enero 16, 2011

Una mirada que hechiza

Cuando me vienen a la mente las imágenes de ayer por la noche me encuentro ruborizándome.
Sé por qué desvío la mirada cada vez que él me mira. En cierto modo, temo que sea capaz de leerme los pensamientos. Y es que hubo un momento anoche en que me quedé mirándole y en mi mente imaginaba que le besaba en ese preciso instante. Entonces él me miró y yo miré al cielo. Creo que él podría intuir lo que yo estaba pensando. Así que miré al cielo. También pensaba en que estaba guapísimo.
Aunque a veces me obligo a no desviar la mirada hacia otro lado. Porque me gustan sus ojos. Pese a que él pueda intuir lo que estaba pensando, el poder de sus ojos era superior.
Es tan encantador...

Las cosas siempre ocurren cuando tienen que ocurrir

Nunca he creído en el destino. No creo que nada esté escrito, sino que todo lo que ocurre está delante de nuestros pies y son las decisiones que tomamos las que hacen que tomemos una dirección y no otra. Es decir, lo más cerca del destino en que me considero estar es el momento presente. Como cualquier persona, ahora podría tomar una decisión que podría cambiar el rumbo de mis pasos, porque con esa simple elección se escoge una posibilidad entre cientos.
Reconozco que durante un tiempo sí que creía en el destino. De hecho, creo que niego el destino porque no acepto que todo esté escrito de antemano. Es cuando me aferro a una de las posibilidades que lo niegan o lo pueden cambiar: la capacidad de elección de cada persona.
Sin embargo, ayer me dijeron algo que me hizo pensar. Me dijeron que “las cosas siempre ocurren cuando tienen que ocurrir”. Quien me lo dijo es un sabio y, por tanto, venía pensando en sus palabras, en que tiene razón y en que es posible que él, por deducción de sus palabras, crea en el destino. Porque hay ciertas cosas que ocurren, sin más. Cuando hablaba sentí que se me erizaba la piel. Quizás porque en el fondo, aunque sea alguien que niega que exista el destino, sé que hay cosas que ocurren porque estaban predestinadas a ocurrir. Sin más. Sin respuestas que nos aclaren las infinitas preguntas.
Me quedé dormida pensando en sus palabras, porque es cierto que algunas cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Son las palabras de un sabio.

Al abrir los ojos

Cuando mi padre me ha dicho: "A comer" no esperaba que fueran las tres de la tarde. Hoy he dormido muchísimas horas, todo de un tirón, sin despertarme en medio de la noche. Soñaría seguramente, aunque no lo recuerdo, y el sueño seguro que era perfecto, visto que no me he despertado hasta la hora de comer.
Tengo el bolso lleno de piruletas en forma de corazón. Entonces he recordado cómo llegaron tantas piruletas a mi bolso.

Me encuentro en una especie de nube.

A las cinco en casa

Hace media hora que he llegado a casa. A los diez minutos pensaba en enviar un mensaje, pero no son horas, aunque estoy segura de que no le hubiera despertado.
Lo normal, al llegar a casa, es meterse a la cama, pero sentía curiosidad. Llevo media hora viendo fotos. Y, por fin, he encontrado lo que buscaba. De ahí que en ese momento quisiera enviar un mensaje, pero podrá esperar a mañana.

¿Qué decir de esta noche? Estaba guapísimo, quizás porque iba de blanco, aunque vaya como vaya siempre está guapo. Y es tan dulce... Es un buen momento para ir a dormir.

sábado, enero 15, 2011

Una de estrellas

En la ermita se veía el cielo estrellado de una forma realmente sublime. Cuanto más te alejas de los cúmulos de luces de las poblaciones, mejor se percibe el mundo sobre nuestras cabezas.
Nos íbamos a ir al Studio 54 a tomar algo, pero entonces hemos cambiado de opinión. Hacía meses que no jugaba al póker. Estábamos cinco.
Hemos quedado en una hora.

La Biblioteca de los Muertos


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Ya sabía, sin haber leído de qué iba esta novela, que me encantaría. Tanto me ha gustado que he tardado muy pocos días en terminarla.
En realidad, a medida que iba leyendo, creía que quedarían muchos cabos sin atar, pero realmente termina de la única manera posible.
El estilo es ameno y fluido, lo que engancha al lector de una manera sublime. En vez de haber dos períodos temporales, como en otros muchos libros históricos, hay tres, y no te pierdes en ellos. Otra de las originalidades de esta novela es que el período histórico y lo que acontece en él es ficticio por completo.
Según este libro, el mundo acabará el 9 de febrero de 2027. Pero para llegar a esto hay que hablar de otros momentos puntuales de la novela, diferenciados cronológicamente, o quizás buscar los elementos espaciales clave.

El 7 de julio del año 777 nace un niño en la isla británica de Wight que, según la profecía, está destinado a ser un malvado brujo. Se llamará Octavus y con siete años será entregado al monasterio de Vectis, pese al temor de los monjes de la abadía. El niño tiene el pelo rojo y la piel clara, unos ojos verdes que producen temor, y no habla ni supuestamente sabe escribir. Se llama Octavus y un día el padre Josephus le encuentra escribiendo sobre la nieve. Cuando le ponen frente a un pergamino y una pluma, el niño comienza a escribir nombres, años y una palabra en latín: Natus o Mors. Muy pronto los monjes se dan cuenta del alcance de lo que está haciendo Octavus y le recluyen en una sala cerca del scriptorium. Cuando nazca el primer niño pelirrojo de la simiente de Octavus se creará la secreta Orden de los Nombres y se mantendrá en secreto.

Corre el mes de mayo de 2009 en Nueva York. Se suceden varios asesinatos en serie, donde el nexo en común de todas las víctimas es una postal en blanco con el dibujo de una sepultura y el día en que van a morir. Ningún crimen se parece al anterior, cambiando los móviles y los patrones. Will Piper, el más famoso agente del FBI especializado en asesinos en serie, está a punto de jubilarse cuando le asignan el caso junto a una joven recién salida de la academia, Nancy. Todas las postales salen desde Las Vegas y los dos agentes se tienen que trasladar hasta la ciudad de los casinos para desenmascarar al supuesto asesino en serie. Will tiene allí a un antiguo compañero de habitación de la época universitaria, Mark Shackleton, un genio de la informática que está trabajando en el búnker subterráneo más secreto del gobierno de los Estados Unidos, conocido como Área 51, construido en el desierto de Nevada. Casi todo el mundo de la zona cree que estudian ovnis. Piper irá a visitarle y descubrirá en su casa un guión cinematográfico escrito en la misma letra en que están escritas las postales. No ve el vínculo en ese momento, pero en su mente se registra la frase que le dice su antiguo compañero: "Nunca encontraréis al asesino del Juicio Final".
Cuando Nancy y Will descubren en un guión los mismos nombres de las víctimas y les dan el "alter ego" de Mark, Peter Benedickt, saben que ya tienen al asesino. Pero en ese momento son apartados del caso por altos mandos. Mientras, a Mark se le reclama en el búnker para que vaya a solucionar un problema informático, pero cuando éste descubre que están tras él, sólo se le ocurre ponerse en contacto con Will para contarle el secreto mejor guardado de la Historia de la Humanidad. Los dos se encuentran seguros al saber que ninguno de ellos aparece en la lista, aunque Mark fallece en uno de los tiroteos y Will se lleva el ordenador que contiene la enorme base de datos. Ha llegado el momento de chantajear al gobierno para salvar el pellejo.

En 1947, un grupo de arqueólogos desembarcan en la isla de Wight porque saben que la abadía de Vectis podría tener documentos ocultos. No se equivocan en su suposición. Cuando descubren la enorme Biblioteca que hay en el subsuelo, deciden que tienen que avisar a las autoridades inglesas del descubrimiento. Cuando el gobierno británico comprende la envergadura de la Biblioteca y la peligrosidad que conlleva decide que tiene que silenciar a los científicos, que serán asesinados sin más. A ellos nunca se les ocurrió mirar cuándo iban a morir. Poco después, Inglaterra le hace llegar los volúmenes al gobierno de los Estados Unidos, que se hará cargo de los mismos, ocultándolos, sabiendo la peligrosidad que conllevaría que algo así se hiciera público.

En 1297, los 150 escribas pelirrojos de la abadía de Vectis están nerviosos. Nunca suelen mostrar su carácter a nadie, pero en ese momento escriben los nombres y las fechas más lentamente de lo habitual. En cierto momento, se suicidan clavándose la pluma en uno de los ojos, convirtiendo la Biblioteca en un lugar sangriento. Todos han escrito en el último pergamino: 9 de febrero de 2027: Finis Dierum (El Fin de los Días). Su misión había terminado, pero dejaban un legado de 700.000 volúmenes cargados de nombres y fechas de todo el mundo.

Dulces minutos


Antes de salir, tenía esa ligera sensación de que me iba a encontrar con él. Luego no estaba tan segura. Entonces he visto su coche. Que estuviera en el momento exacto en el lugar desde el que podía verle marchar ha sido fruto de una coincidencia. Ni lo he pensado. Cuando me he dado cuenta estaba en la calle hablando con él, mirando en esos ojos tan dulces, escuchando esa voz tan sensual.
Y estaba guapísimo.
Ahora, al llegar a casa, imagino lo entrañable que tiene que ser dormir en sus brazos, dormir junto a él, escuchar el compás de su respiración, regalarle mil besos cada noche.

Me voy a dormir con ese pequeño recuerdo agradable que me llevo de él.

viernes, enero 14, 2011

El susurro de las olas del mar

Imagino el mar. Cierro los ojos y vuelvo a escuchar el rugido de las olas al romper contra la costa. Y camino junto a la suave arena de ese mar, cualquier mar puede servir.
Y por supuesto imagino que camino con una persona muy especial. La suave brisa de la costa revolotea su pelo y en ese momento le miro para confirmar que está guapísimo.

Creo que me voy a echar una siesta.

Las pausas del día

Es la hora de marchar. El día acompaña, así que quizás, en vez de echarme la siesta, me lleve al perro a dar un paseo campestre. Simplemente me apetece caminar, disfrutar de la naturaleza.
Hoy le he visto, estaba guapísimo. De hecho, tal es el poder magnético que, cuando le he visto, he tenido que acercarme. Lo que ocurre es que hoy tenía prisa, pero al acercarme he podido observar su dulce rostro.
Después le he vuelto a ver, pero ya estaba lejos. Estaba guapo, guapísimo. Apetece abrazarle, besarle, acariciarle, quererle...

Me voy a lavar el coche y luego a comer.

Con un pie en el fin de semana

Cuando he venido, en el empalme de mi pueblo, también hoy estaban los guardias. Parece que están tomando como rutina vigilar el tráfico los viernes. Aunque hoy no me han parado.
Hoy me encuentro genialmente bien. Es de estos días que te levantas con una sonrisa en los labios. También he abierto los ojos pensando en él. Y, aunque no lo recuerde, estoy casi segura de que esta noche he soñado con esa persona tan especial. Quizás me acuerde a medida que van pasando las horas.
Amanece antes. Hace unas semanas, a esta hora, aún le costaba despertar al día. Pero hoy a las ocho ya había algo más de claridad.
Cierro los ojos y le imagino durmiendo. Imagino que me sumerjo entre las sábanas con los pies fríos y le abrazo, que velo de sus sueños, que le construyo un lecho de besos para que él siga durmiendo plácidamente.

Empieza el viernes.

El recuerdo de una mirada

Dice un proverbio árabe que "quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación". Y al leer esta máxima es inevitable no acordarme de una mirada que hace que se alteren todas las alarmas de mi corazón. Hoy le estoy echando de menos, porque me falta ese instante de él en que mira y veo el mundo en esas pupilas perfectas.
Con el recuerdo de su mirada, ahora sí, me voy a soñar...

De paso

Un turista fue a visitar a un rabino a su casa. Cuando llegó, le sorprendió que no había en aquella casa ningún mueble. Entonces, el turista le preguntó al rabino: "¿Dónde están tus muebles?", a lo que el rabino preguntó: "¿Dónde están los tuyos?".
El turista se sorprendió y razonó: "¿Los míos? Sólo soy un visitante que está de paso". "Pues igual que yo", respondió el rabino.

Esta pequeña historia tiene una enorme carga moral. Nacemos sin nada y morimos sin nada, y esto es una gran verdad de la que a veces no somos conscientes.

A punto de dormir

Aún no han sonado las doce en el reloj, aunque no tardarán. En mi reloj ya son, por lo que es un buen momento para ir a dormir, sobre todo porque me apetece taparme hasta la nariz y leer un rato. Después de los últimos días, me parece incluso extraño irme a la cama a medianoche.

Lo que me apetece en realidad es cerrar los ojos e imaginar su rostro, sus ojos, sus labios, sus manos y embarcarme en los sueños con esa dulce imagen.

jueves, enero 13, 2011

Cuando ganaron el anterior Mundial...


Cuando en el verano del 2006 estuve en Roma, Italia se acababa de proclamar campeona del mundo de fútbol. ¡Qué lejos se veía entonces que alguna vez ese mérito llegara a nuestro país! Cuatro años más, otro mundial y, de repente, éramos campeones y España se convierte en un lugar de moda. Aunque yo en 2006 no fui a Italia porque estuviera de moda gracias al fútbol, sino porque de repente un día me desperté y pensé que quería conocer Roma. Cuatro días después de haberlo deseado, volaba rumbo a Fiumicino.
No volvería a Italia en verano, quizás por el exceso de calor, un calor más terrible que en nuestro país. Tanto que para que a los turistas no les entrara la deshidratación te regalaban botellines de agua en ciertos rincones puntuales. Por ejemplo, en la larga fila para entrar en los Museos Vaticanos, mientras vas rodeando el muro de esa fortaleza inexpugnable donde 'reina' el Primer Ministro de la Iglesia Católica, allí aparecía de vez en cuando una furgoneta con un letrero que decía algo como "Seguridad Romana" y empezaban a repartir botellines de agua a todo el mundo.
Roma es una obra de arte en sí misma. No hay rincón sin una piedra del pasado cargada de historia. Por supuesto, el Vaticano brilla con un fulgor propio. Impresiona mucho. Dentro de ese enorme museo, había tal cantidad de piezas artísticas que sería imposible reseñar todas y cada una de ellas. Ahora bien, allí hay una escultura que me resultó decepcionante.


Cuando empecé a estudiar Historia del Arte, siempre me llamaron más la atención los clásicos. Entre la infinita escultura de los grandes períodos, una de las obras que me sedujo, por los magníficos trazos, por la tensión acumulada que se deriva del mármol, era el Laocoonte y sus hijos. Curiosamente, yo me imaginaba una escultura inmensa. En los Museos Vaticanos te encuentras con una escultura decepcionante. Quizás en aquella espesura de estatuas de todos los tamaños no llamaba tanto la atención. Quizás me esperaba que se encontraría en un lugar de honor. Pero allí no hay un lugar honorífico para una escultura en concreto, porque todas valen su peso en oro. El caso es que allí me encontré con el Laocoonte que tanto me impresionó tantos años ha y que, en cierto modo, me decepcionó al verla en directo.
El Laocoonte es un conjunto escultórico que no deja indiferente a nadie. Representa el momento en que Laocoonte y sus hijos son devorados por unas serpientes. Es una escultura que simboliza el dolor y el sufrimiento humanos de una manera sublime. Cuando miro la figura de Laocoonte siempre me sorprende la habilidad que tuvo el artista al haber moldeado los rizos de su cabello, la esbeltez de sus músculos, la sutileza de las venas. Es realmente impresionante.
Finalmente, no podía dejar de lado el castillo de Sant Angelo y el puente del mismo nombre sobre el Tíber. Me pareció un lugar exquisito y, además, es uno de los edificios más antiguos de Roma, que también pertenece al Vaticano. De hecho, fue refugio de uno de los muchos Papas durante el asedio de Roma, pero en realidad se erigió como antiguo mausoleo.

¡Estaba!

Caminaba en dirección al coche por una calle casi solitaria. Y digo 'casi' porque esta vez hubiera preferido que estuviera solitaria para hacer una pequeña fechoría. Lo cierto es que he visto su coche, incluso he pasado al lado, he mirado en todas las direcciones, porque me hubiera gustado hacerle un dibujo, pero al fondo de la calle venían varias mujeres de paseo (alguna de las cuales me conoce), así que he desistido.
Entonces he pensado en lo próximo que estaba en ese momento, en lo mucho que me gustaría acercarme hasta su lugar de trabajo e invitarle a una cerveza. Sólo por la placidez de escuchar su voz y mirarle a los ojos.

Hora de cierre

Hoy no me voy a demorar más. Ya es hora de que un día llegue a casa más o menos pronto, que los dos últimos me dieron las nueve en la oficina.
Apetece desconectar un poco de todo. Y, además, hay que tener en cuenta que mañana es viernes y tengo enormes ganas de salir, quizás porque eché de menos no poder hacerlo el fin de semana anterior.
En el camino de regreso a casa, suelo pensar en ese ángel. Me reconforta pensar en él.

Besos perfectos

Esta mañana iba por la calle e imaginaba cómo serán sus besos, cómo sería besarle. Como sé la dedicación y el énfasis que pone en todo lo que hace, sus besos tienen que ser perfectos. Seguro que besa como un ángel.
Creo que iba algo sonrojada por la calle pensando en esto. Si en ese momento me hubiera encontrado con él me habría puesto a tartamudear sin parar.
Supongo que esos pequeños momentos, aunque sean parte de la imaginación, hacen que le quiera aún mucho más.

Y eso me lleva a preguntarme en ¿cómo se me ha podido pasar la hora esta mañana? Claro que le he visto, pero de lejos. Me gusta cruzarme con él, mirarle a los ojos y redescubrir cada día en ellos que el mundo es un poco más perfecto.

Eran dos

Esta mañana aún le he vuelto a ver pasar. Justo entraba por la puerta y él iba caminando, guapísimo, cruzando la calle. Creo que una parte de mí se ha ido con él. No me he dado cuenta de la hora hasta ese momento. Me encontraba tan enfrascada en el teléfono que, cuando he mirado el reloj, era tarde.
He vuelto a sonreír al verle de nuevo.

Entonces pasa él

Lo que menos esperaba hace unos minutos era verle pasar. Y de repente ha aparecido fugaz. Guapísimo y hoy sí que me ha visto. En ese momento me hubiera gustado decirle que nos fuéramos a tomar un café, para desearle los buenos días, para mirar a esos ojos mágicos.
Verle me ha hecho sonreír.

Stars in the sky

Esta noche la luna semeja un gajo de naranja. Pero no es esa luna la que me atrae, sino las infinitas estrellas que tiene alrededor. Porque esta noche han vuelto a salir innumerables estrellas. Y al mirar hacia arriba pienso en él, les susurro dónde se encontrará, les pregunto si está bien y, finalmente, les pido que me regalen un sueño cada noche. Un sueño donde aparezca ese ángel.
Es un buen momento para ir a dormir. Ya sabía que hoy me iría a dormir más pronto de lo habitual.

miércoles, enero 12, 2011

Con nuevos ojos

"El verdadero viaje de descubrimiento consiste en no buscar nuevos paisajes sino en mirar con nuevos ojos". (Marcel Proust)

Si intentara tan sólo un minuto cerrar los ojos e intentar pensar como pensaba las cosas hace tres años, me resultaría francamente complicado. Simplemente entonces miraba todo con una luz diferente, una luz teñida de tinieblas. Estaba imbuida por un sentimiento de vacío extraño. Estaba pasando por una época innombrable.
Poco después llegó él. Y empecé a ver las cosas de otra manera, quizás con un cristal diferente. Si recordara aquel primer día, en medio de una semana del mes de marzo de 2009, ya no podría decir cómo iba vestido ni si había mucha gente a su alrededor. No recuerdo apenas nada, excepto su mirada profunda y cómo revolucionó mi interior. La primera vez que mis ojos se detuvieron durante unos segundos en los suyos encontré la perfección en esas pupilas dilatadas de bondad. La primera vez que me miró sentía que el vello se me erizaba y no atinaba a comprender cómo un desconocido podía tener tanto poder en mí únicamente con su mirada. Ahora lo comprendo, porque su mirada ya no es que sea única, sino que tiene una enorme fuerza, un gran magnetismo, tanto como que yo misma no puedo ocultar nada a esos ojos.
En ese momento me sentí alborozada. Quizás habíamos coincidido antes allí, pero hasta aquel día no empecé a sentir la verdadera atracción. Durante los siguientes días, recuerdo que en mi fuero interno decía que no, que no quería conocerle, que bastantes varapalos me había dado el sexo opuesto como para desear entrar de nuevo en el ojo de un huracán. Cuando volvía a coincidir con él, intentaba no mirarle, intentaba negar la atracción que sentía hacia ese desconocido, pero es obvio que el corazón va a un ritmo diferente.
Me alegro que, después de varios meses, diera el paso para conocerle, porque ese ángel es una de las personas más encantadoras que he conocido nunca. Lo que él no sabe es que, gracias a él, veo el mundo desde una perspectiva distinta a hace tres años.
Puede llamarse amor. No sé. A veces, cuando menos lo esperamos, aparecen en nuestra vida personas únicas que consiguen obrar un enorme milagro con un pequeño gesto (y ese pequeño gesto, por supuesto, también es adorable).
A estas alturas, puedo asegurar que esa persona tan especial, tan dulce ocupa un lugar muy hermoso en mi corazón.

Larga tarde

Hoy ha sido una tarde que se ha hecho larga. Más al sentir que echaba en falta algo, o a alguien. Espero verle mañana y, como siempre, estará guapísimo.

Creo que hoy me iré pronto a la cama. Estoy algo cansada o, al menos, con más sueño que otros días a estas horas.

Los colores de la tarde

Se nota que esta noche he dormido menos horas de lo habitual y que dentro de unas horas iré antes a la cama. Ir antes de las dos no es algo difícil. Me noto cabeceando un poco.
Estoy pensando en un ángel, porque hoy no le he visto y empiezo a echarle de menos. Sin él siento que me falta algo, algo de esa mirada, algo de un instante mágico, algo de su sonrisa, algo de él...

Estoy contenta porque pensar en él me hace sonreír, porque adoro quererle.

Se va acercando el fin de semana.

Hace una tarde para ir a pasear con él.


Descubriendo rincones











He dado un buen paseo. Tengo los pies algo molidos, pero también es cierto que los rincones que he descubierto eran espléndidos. He llegado a un camino que llevaba a un viejo molino restaurado. Había asnos pastando.
He recorrido lugares de Ezcaray por donde nunca antes había pasado.

El próximo miércoles más, porque ahora creo que ha llegado el momento de marchar.

Tan cerca...

La jornada empieza bien cuando coges el coche para ir a Ezcaray y descubres que él ya ha llegado. Y sientes su cercanía. Estoy pensando que quizás si me hubiera marchado unos minutos antes igual nos hubiéramos encontrado. Seguro que está guapo.
Ya en Ezcaray me encuentro pensando en que hoy tengo que patearme medio pueblo.

Las dos de la madrugada

Cada vez me voy más tarde a la cama. Son las dos. Aunque hoy tengo una excusa para estar aquí y no durmiendo: quería acabarme el libro. Entre unas cosas y otras, las horas han ido pasando lentamente y ahora me encuentro ante el enorme paradigma de mañana cuando suene la alarma del móvil a las 8.15h. y me cueste siglos moverme de la cama, mucho más si estoy soñando con un ángel.
Pero me encantan estos momentos previos a dormir, en que ya estoy en pijama, a medio camino entre el sueño y la lucidez. Quizás porque hace horas que dejé atrás cualquier preocupación y en casa suelo contar con esos momentos de paz de los que carezco el resto del día.
Cierro los ojos y su imagen perfecta se moldea poco a poco en mi mente. Rememoro ese instante de hoy en que le hubiera abrazado.
Vuelvo a cerrar los ojos y comprendo que debo sumergirme en el sueño que está acechando muy cerca de mí.

Confesiones de un gánster de Barcelona


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"Mi nombre es Miguel Ángel Soto Martín, pero casi todos me conocen como Soto o el Millonario. Por mi corpulencia y porque siempre le he echado un par de cojones a la vida, muchos se han referido a mí como el Verraco, pero si algo tengo claro es que, después de todo, sólo me queda una única reflexión a tener en cuenta: dar gracias cada día por seguir vivo...".

No es de justicia decir que he disfrutado de este libro, porque me quedaría corta. En verdad lo he saboreado de forma sublime.
Se trata de uno de los libros que me regaló mi hermano el 24 de diciembre y para él era obvio que sería el primero en coger. Quizás fue la portada la que consiguió que mi atención se fijara en esta novela y no en otra. Quizás fue el título, donde "gánster" constituye un verdadero reclamo. Quizás fue la sensación de que iba a ser una novela basada en un personaje real, con hechos que habían ocurrido de verdad, pero que tenía algo de original. Quizás fue un poco de todo.
Unos días después, con 600 páginas a la espalda y un vocabulario más amplio en lo que respecta a la jerga coloquial de la calle, puedo asegurar que seguiría leyendo otras 600 páginas más de la vida del protagonista. Y es que es un libro que no quieres que acabe. Es como si te faltara una segunda parte.
Miguel Ángel Soto tiene en la actualidad 48 años, es un acomodado padre de familia y en su cabeza la delincuencia, las drogas y la cárcel forman parte de otra vida que dejó atrás, otra vida que no parece la suya, otra vida que es la que se nos narra en esta novela. Aunque no la escribe él, está en primera persona. Me hubiera gustado saber cómo sigue para que entre en razón y decida dejar la vida delictiva, para optar por entrar en una fase de desintoxicación definitiva, para dejar de ser un prófugo de la justicia y para abandonar los atracos a mano armada. Sí, falta una segunda parte. Falta conocer el cambio de mentalidad para dar ese giro de 180º.
Miguel Ángel Soto cuenta cómo, pese a haberse criado en una familia acomodada de Barcelona, siempre sintió el deseo de robar, aunque podía comprar lo que robaba. Se junta con malas compañías y termina entrando en el mundo de la droga, que viene a describir como una espiral que cada vez le pide más. Como le gusta el dinero y además lo necesita para drogarse, no le quedará más remedio que robar sucursales bancarias, algo que se puso muy de moda en los años 80. Llegará un momento en que terminen cazándole y entre en la Modelo en varias ocasiones.
Una de las partes más interesantes del libro es la descripción de la vida en la cárcel en aquella época, de cómo tenían que cubrirse las espaldas, de la mafia que había en el interior (tanta que en vez de promover la reinserción de los presos, los convertía en unos auténticos animales) y de la reforma penitenciaria de aquellos años.
Tras su tercera salida, se encontrará en busca y captura por un juicio que había transcurrido mientras estaba cumpliendo condena (fue llamado a declarar y no pudo acudir por estar preso). Ante tal trance burocrático, en vez de entregarse vuelve a la vida que siempre había llevado: atracar bancos.

El protagonista cae genial. Hay momentos en que, inevitablemente, te pones de su lado aunque no nos guste lo que está haciendo.

martes, enero 11, 2011

A punto de marchar

Al terminar la tarde, me encuentro preguntándome dónde estará y qué estará haciendo. Me imagino preguntándole cómo le ha ido el día. Me podría imaginar sus respuestas, pero esto último prefiero dejarlo en la incógnita. Preferiría poder escucharle directamente, mientras le miro a esos ojos de profundidad misteriosa y nobleza auténtica.
Quizás mañana no le vea, como miércoles.

Sigo en la oficina y no hay un alma en la calle. Pero los pocos que pasan entran o me dan en el cristal, instándome a marchar a casa. Que no son horas.

Otro día que acaba.

En un pueblo navarro


Mis amigos navarros me mandaron una foto de su pueblo. Me parece una imagen idílica. ¡Cómo se nota que les gusta la fotografía...!
Porque esa imagen es de ellos.

Anochece fuera

Dejaría todo lo que estoy haciendo por pasar unos minutos con él. De hecho, le preguntaría unos símbolos raros que acabo de encontrar en unas fórmulas y que desconozco lo que significan.
Realmente dejaría de lado todos esos signos que a mí me suenan poco menos que a chino para mirarle a los ojos, para decirle que está guapo, para susurrarle lo primero que me venga a la mente que, estando él delante, seguro que es algo hermoso.
Seguiré con mis fórmulas. No entiendo nada y me quedan 17 días para comprenderlo o, al menos, para llevar la solución hecha. Este año no iba a ser menos que el año pasado, ahora que me he enterado que sigue el mismo secretario.

Instantes de él

Esta mañana he estado tirando de los hilos. Después de muchos días sin encontrar a una persona en medio de todo facebook, hoy he sabido su nombre completo. El problema es que su perfil no es público y, al no poder ver sus fotos, he tenido que enviarle una solicitud de amiga. Y no la conozco. Lo bueno es que tenemos amigos en común. Lo malo es que mi identidad alberga desconfianza al no mostrar datos personales.
Tendré que buscar otra vía para que me pasen las fotos. Y la otra vía es la más obvia desde el principio. Aunque no creo que por ahí me llegue nada. Pero se lo pediré igualmente.

Esta mañana sabía que le iba a ver. De hecho, he buscado el momento idóneo para cruzarme con él. Estaba con el pelo alborotado, lo que le queda bien, ya que le da un aire más rebelde, si cabe. A mí también se me alborota el flequillo, tanto que excuso de peinarlo porque se me levanta y no puedo bajarlo, por mucho que me esfuerce. Esta mañana daban ganas de abrazarle, además llevaba una camisa que me encanta. Y sus ojos tenían magia. Ha sido el instante. Estaba acompañada, pero me he encontrado atrapada en esa mirada tan angelical. Estaba guapísimo.

Otro viento que se irá

Esta noche se ha levantado viento. Es un aire terriblemente frío. Y triste. Quizás porque al asomarme a la ventana he visto las calles solitarias, los árboles desnudos y ni un mísero trozo de papel revoloteaba en el exterior. El viento invernal se terminará marchando como el tiempo...
Pues como el tiempo, ese aire también pasa. Sólo quedan los buenos recuerdos, los buenos vientos.
El mejor aire siempre tira en otoño, quizás porque es la época en que se espera que el viento sople con fuerza. No tiene nada que ver con lo de esta noche. Ves las hojas volando su vals circular por los parques y te trae una especie de alegría melancólica.
Quizás es que la última vez que me puse a escuchar los sonidos del tiempo imaginaba que iba de la mano con él, haciendo crujir las infinitas hojas del otoño...
Hoy queda menos tiempo que ayer... ¿para...? Se me ocurre que cada vez está más cerca la primavera.

Debo ir a dormir. A soñar con él. A soñar con sus besos mágicos. A soñar con su noble mirada. A soñar con las caricias en su rostro. A soñar con sus palabras sensuales. A soñar. Simplemente a soñar con él.

lunes, enero 10, 2011

Cuéntame una historia

Hoy es una de esas noches que la temperatura acompaña. Me apetece caminar y me gustaría pasear con un ángel. Le pediría una historia. Una de sus innumerables historias, porque tiene muchas. No me cansaría de escucharle. Y no le interrumpiría. Sólo lo imaginaría, con esa fantasía que emana cuando no has visto algo y la mente lo recrea como mejor cree.
Hoy le pediría una historia. Porque hoy la noche es tan perfecta que apetece escuchar una historia especial. Algo nuevo, algo de lo que nunca me haya hablado.
Sería como imaginarse la historia de un libro, pero con una diferencia. Puesto que en esa historia no tendría que imaginarme al protagonista, porque lo tendría delante.

Días de luz

Hoy le he visto y, en cierto modo, algo en mí me decía que le iba a ver. Sólo que la lógica no me ha dejado acercarme un poco más a él. Aunque estaba lo suficientemente cercano como para observar que estaba guapo.
Y ese instante de él ha sido suficiente como para sonreír durante todo el día, como para darme cuenta de que verle, aunque sea cuestión de segundos, me trae alegrías.

Ahora sí, ahora tengo que irme. Pensaré en él durante todo el camino, aunque en cuestión de minutos es posible que pase caminando bajo la ventana detrás de la cuál estará él (supongo).

Cuando piensas en marchar, la gente no para de venir.

El cumpleaños de mi abuela

En cuanto den las siete voy a ir a comprarle un regalo a mi abuela y después voy a ir a visitarla. Creo que cumplió ochenta años, aunque no estoy segura. Tampoco se lo voy a preguntar. Me apetece verla.
No sé qué puedo regalarle.

Lo que me apetece en realidad es darle un fuerte abrazo. Además, me siento culpable porque se me olvidó durante todo el día y cuando lo recordé era tarde para llamar.

A media mañana

Teniendo en cuenta que había mucha gente de mi familia por ahí, no podía moverme del sitio. Después de haber llegado a las once y media tampoco podía echarle tanto morro. Pero sí que podía hacer algo. En cuanto he elegido mis dos primeras semanas de vacaciones (última semana de mayo y primera de junio) he optado por hacer una llamada para mover los hilos que me llevarán a Rusia en esa época.
Me espera un largo proceso de papeleo. Mi pasaporte es posible que salga mañana para hacer los trámites necesarios para el visado (podría esperar a marzo, pero como prefiero hacerlo todo cuanto antes...). También es cierto que no sólo es el pasaporte ni todo el papeleo, sino que tengo que cerrar el viaje antes de marzo para que toda mi estancia se envíe directa a la Embajada junto al pasaporte.
Lo mejor es que en ese momento en que hablaba por teléfono ha llegado él. Iba guapísimo, con un jersey que me gusta mucho. Me he quedado observando ese rostro que tantas veces he acariciado en sueños.
Estaba guapo. Para su cumpleaños le voy a hacer un regalo. Ya lo tengo pensado y hoy lo he recordado.

La vuelta a la rutina

Muchos quizás prefieran no volver a la rutina, una rutina que comienza mañana con el final definitivo de estas fechas. Parecía ayer cuando nos comíamos las uvas...
Yo soy de las personas que prefieren la rutina, quizás porque tampoco me gusta la Navidad y estaba deseando que acabara mucho antes de que hubiera empezado. Sobre todo, no habrá más días de fiesta en mitad de la semana, que desubican un poco. Llega un momento en que no sé ni en qué día me vivo.
Y quiero la rutina porque es más fácil encontrarme con ese ángel de mirada perfecta y sentirme embriagada por su dulzura. Porque es más fácil que nos crucemos cualquier día normal.
Mañana es muy posible que vaya algo más tarde de lo habitual, que no sorprende después del fin de semana que he pasado. Ayer recordaba que debía haberle escrito un email, lo que ha ocurrido es que esta semana no ha sido muy normal y al final estaba tan baja de defensas que hasta se me olvidó que el sábado era el cumpleaños de mi abuela. Realmente me acordé cuando me iba a dormir, así que mañana por la tarde iré a visitarla.
Hoy no tengo prisa por ir a dormir. Posiblemente me despierte tosiendo y posiblemente no me levante hasta una hora más tarde. Posiblemente sueñe con él...
Prefiero la rutina.

domingo, enero 09, 2011

L’ Aveyron


Con dieciséis años conocí una parte del Aveyron francés. Podría pasar tan desapercibido como otros viajes que realicé en aquella época si no fuera porque aquel lugar me resultó un rincón de ensueño, un lugar de encanto, un mundo para dar rienda suelta a la imaginación más fantástica de los cuentos populares. Porque si los seres mitológicos de todas las épocas y culturas existieran, se ocultarían entre la frondosidad de los parajes del Aveyron francés.
Cuando el avión despegaba del aeropuerto internacional de Toulousse y desde la ventanilla dejaba atrás aquel paraíso, pensé algo que todavía no he llevado a cabo. Dije que volvería con la persona idónea que supiera apreciar todo aquel paraíso de bosques, montañas y ríos. No he regresado desde aquella vez, quizás porque no había conocido a nadie tan especial como para compartir aquel mundo aparte.
Esta noche he soñado con Najac, he soñado que regresaba, pero no lo hacía sola, sino que iba con un ángel de mirada perfecta. La mayor parte del contenido de ese sueño prefiero guardármelo para mí. Durante todos estos años nunca habíame imaginado regresando a aquel rincón laberíntico que forma parte de un turismo menos masificado al que estamos acostumbrados. Allí se estila el turismo rural. Y, pese a que han pasado muchos años y son consciente de los enormes cambios a todos los niveles en los que nos hemos encontrado inmersos, posiblemente aquello siga tal cual lo dejé. Si tuviera que volver allí, volvería con él, lo compartiría con esa persona tan especial.
¿Qué tiene de diferente ese viaje? Supongo que al ser un turismo de interior, te encuentras con otro tipo de turismo. La mayor parte de la gente que allí se concentra ama la naturaleza. Y allí respiras verde te muevas por donde te muevas.
La mayor ciudad es Toulousse y se encuentra a unos cien kilómetros al sur. El resto son encantadores pueblos de montaña, muchos de los cuales lucen antiquísimos castillos que otean los valles, unos valles que suelen estan ocultos gracias a la frondosidad de esa espesura de árboles.
Para mí aquello fue una novedad. Allí conocí a Stephone, que tenía mi edad y era de Albert (al Norte de Francia), pero el idioma suponía una traba para comunicarnos. La mayor parte de las veces recurríamos al inglés de tantos años de escuela, un inglés con buena base gramatical pero nulo a la hora de mantener una conversación fluida. Tampoco mi francés en aquel entonces estaba en sus tiempos dorados. En horas extras, llevaba varios meses dando clases particulares de francés, sacrificando las mañanas de los sábados, y apenas tenía un limitado vocabulario del pueblo galo que no me podía sacar de aprietos, en caso de que los tuviera. Ese año fui dos veces a Francia y yo me esforzaba en repetir el idioma como si fuera un papagayo, pero no sería hasta el verano siguiente cuando empezara a hablarlo, no muy bien, pero con el suficiente tesón como para comprender y hacerme comprender. Sin duda, después de haber estado en abril y en verano allí y haber tenido que recurrir al inglés, fue cuando me esmeré en las horas extras de francés.
Najac es un pequeño pueblo con mucho encanto que se encuentra en la punta suroeste del Aveyron. Es uno de los muchos pueblos paradisíacos de las montañas. Yo me encontraba en la parte más baja del pueblo, a unos dos kilómetros por un camino hostil y pedregoso. Junto a uno de los muchos afluentes del Aveyron, se había creado una zona turística que ni siquiera estaba anunciada. Supongo que, por aquel entonces, ante la falta de un medio como internet, las agencias de viajes o incluso los periódicos anunciarían algo así como una forma diferente de pasar las vacaciones. Y diferente lo era, ciertamente.
Junto al río, se ubicaban entre seis y ocho cabañas que llevaban allí más años de los que podíamos imaginar. Antes de haberse restaurado motivando a un turismo especial y selecto, podrían haber sido refugios para cabreros o para montañeros, aunque a mí me da la sensación que se usaban dentro del negocio de la madera: bien como lugar de recogimiento de leñadores, bien como zonas de almacén de madera sobre todo en los meses más crudos del invierno. Lo cierto es que no estoy segura de la función exacta de esas cabañas en el pasado, ya que allí el bosque era un lugar protegido, tanto como para no encontrarse ni con el tocón de un árbol que había sido talado. Pero desde la puerta de la cabaña hasta el río había unos dos o tres metros, por lo que puede ser probable que los árboles se talaran montaña arriba y bajaran por el río, de tal forma que en ciertos momentos la madera que provenía de otros lugares recalara allí durante cierto período de tiempo.
Cuando me refiero al río no estoy hablando de un arroyo que apenas se deja ver, sino que tenía mucha agua y mucha fuerza. A menudo se veían pasar a personas en kayak. Y, con esto vuelvo al sueño, porque en cierto momento también aparecíamos en una canoa volcada en medio del río.
La profundidad del río donde se encontraban las cabañas podía llegar perfectamente al metro y medio en el medio del canal. Recuerdo que siempre hacía pie, pero cubría lo suficiente como para poder disfrutar del agua.
Y desde la orilla del río, al atardecer, se veían las luces anaranjadas del castillo de Najac. Todo el pueblo estaba tapado por las copas de los árboles, pero se conseguía ver el cercano castillo, que parecía encontrarse al alcance de la mano.
Después tuve ocasión de caminar por las calles del pueblo. Najac era de ensueño. Parecía como si los primeros pobladores hubieran construido una senda que se dirigía hacia el castillo y a los lados de ese sendero hubieran levantado las casas. Las calles eran empinadísimas y todas llevaban una única dirección. Del castillo no quiero hablar, porque era más misterioso desde el río que desde cerca, ya que se mantenía cerrado y sólo quedaban en pie unas pocas paredes cubiertas de moho.
Entonces, al rescatarlo de nuevo de los rincones con telarañas de la memoria, tengo claro con quién me gustaría compartir todo aquello. Pero no como lo vi entonces, con un lugar fijo donde regresar cada noche, sino a su manera, desconociendo dónde dormiremos dentro de unas horas. Si volvería al Aveyron francés me gustaría hacerlo con un ángel.
Estoy segura de que habrán cambiado muchas cosas, pero muchas otras seguirán igual. Simplemente creo que los bosques espesos de entonces seguirán íntegros. Y si no han estropeado ese medio ambiente de ensueño, aquel rincón seguirá teniendo su encanto.

En otras ocasiones, he descrito Najac, pero más como un remoto recuerdo que como un deseo de volver a visitar aquello. Tampoco iría concretamente a Najac, sino que me desplazaría por toda la región de Aveyron. Y lo haría con él.
En realidad, me gustaría ir a muchos sitios con él, éste especialmente, sin duda porque aquel lugar tiene un halo de magia y misterio.

sábado, enero 08, 2011

El paso del ángel

Conocer a un ángel sólo puede ocurrir una vez en la vida. Soy consciente de que la perfección humana no existe, pero si existiera llevaría su nombre. Un día recala en nuestra vida alguien especial, alguien que es capaz de sorprendernos cada vez, alguien que se hace querer desde el mismísimo momento en que te mira, alguien con una sabiduría excepcional… En ese momento eres consciente de que acabas de conocer a un ángel y eso es algo que no ocurre todos los días, a veces ni siquiera ocurre en toda una vida.
Una mirada da paso a las palabras y sus palabras dejan entrever su sabiduría, su forma de pensar, su inteligencia. Cada vez le conoces un poco más y cada vez te gusta más lo que descubres a través de esa ventana. Llega un día en que te sorprendes pensando en que le quieres con locura. Llega un momento en que te das cuenta de que los sueños sin él no son sueños y los días sin él carecen de color.
Cada instante de él te ha ido brindando un pedazo de felicidad. Y cuando él está cerca no puedes dejar de sonreír.
Él es como un mago que un día me ‘tocó’ el alma. A su paso todo es perfecto.
Él hace que cada día sea único, mágico, que sea motivo de alegría.

Sábado a la sombra

Hay caricias que son como la seda. Hay miradas que son como caricias.
Estoy pensando en que le echo mucho de menos. Llevo demasiados días sin verle, sin escuchar su voz, sin quedarme atrapada en esa mirada perfecta.
Por una parte, sé que esta noche estará de fiesta. Por otro lado, no quiero que me vea con los ojos hinchados ni ponerme a estornudar delante de él. También tengo agujetas en el estómago de tanto toser. Al menos sé que ya está remitiendo.
Hoy volveré a soñar con él.

Como sábado

Milagrosamente me encuentro genial. No sé si influye el hecho de que sea sábado. Los últimos resquicios son unas toses que no cesan, pero al menos ya no tengo fiebre ni me encuentro mareada. No sé si han sido todas las horas que he pasado en cama o si ha sido el antibiótico. Creo que todo influye y sobre todo está la mentalidad de querer salir esta noche. Pensar en él y desear con toda mi alma perderme en esos ojos perfectos, escuchar su voz sensual, contemplar su sonrisa.
El deseo de verle. Hace una semana ya que no sé de él...

He quedado en media hora. Me encuentro lo suficientemente recuperada como para estar toda la tarde en la ermita.

Deambular entre los sueños

Lo que más me pesa es que esta noche no podré salir. Apenas tengo fiebre ya, porque apenas tirito. Entre los cientos de imágenes que se han sucedido entre las neblinas del sueño, destaca una, quizás porque aparecía un ángel.
Se trataba de una noche en que cerraban los bares y nos quedábamos solos. Era primavera o verano, porque hacía calor. Se nos ocurría comprar unas cervezas y nos íbamos a algún lugar perdido entre árboles y río, para mirar las estrellas. O para encontrar las estrellas en sus ojos.