
Todo el mundo tiene muchas historias que contar aunque no se dé cuenta. Y por lo general las historias de las otras personas tienen un interés especial, ya no sólo porque conozcas al protagonista de las mismas sino porque descubres a veces rasgos de su personalidad que, de ser de otra manera, nunca hubieras encontrado.
Conocí a Pablo hace tres años. Su historia es una historia de amor como cualquier otra, con la diferencia de que yo le conozco aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que le vi. Era algo mayor que yo, pero en cada cosa que hacía y que decía veías un corazón demasiado bondadoso para que la crueldad mantuviera la distancia con él. Pero no había sido así.
Cuando yo le conocí llevaba unos meses separado de su esposa, que se llamaba Ana. Cuando cogimos algo más de confianza descubrí que tras esa bondad había un corazón apesadumbrado y enamorado. La tristeza y la soledad le invadían cada mañana al despertarse y cada noche, solo en su cama, palpaba el otro lado sin encontrar el cuerpo de su joven esposa.
Cuando comencé a hablar con él intentaba salir de la depresión que derrumbaba su vida vacía. En cada mujer que se cruzaba en su vida veía a Ana, pero ella no estaba allí para darle las caricias que él necesitaba.
Hago un inciso para hablar de cada uno por separado.
Pablo era químico, un cerebrito que trabajaba desde el despacho de una empresa controlando las sustancias químicas que debían echarse en el producto que se fabricaba allí con la mejor calidad posible y también con la mayor rentabilidad. Su jefe se aprovechaba de esa bondad y Pablo encontró allí la ocupación necesaria para su cabeza y empezó a hacer demasiadas horas extra.
Conducía en su coche y escuchaba Ismael Serrano. Muchas veces, cuando llovía sobre todo, bajo las melancólicas melodías del cantante, sus ojos se llenaban de unas lágrimas imposibles de contener. Por su cabeza pasaron incluso ideas de suicidio, pero se retractó de esos pensamientos.
Ana era mucho más joven que él, pero siendo casi una niña y deseando salir de su casa cuanto antes enseguida lo embaucó para casarse. Sólo la vi una vez en foto. ¡Qué puedo decir! Podría rodear a Pablo varias veces con sus generosísimas carnes. No sé qué vería él en ella. No era agraciada la muchacha, era joven e inexperta pero una tremenda arpía -tal y como demostró después- y, sin el deseo expreso de meterme con ella, estaba demasiado obesa. Quizás sería maja y simpática, pero se comportó como una malvada. Tampoco soy yo nadie para juzgarla, y además sólo conozco la historia a través de Pablo.
Antes de la boda, ella solía ir a casa de Pablo. Allí conectaba su ordenador y entraba en contacto con gente de internet. Y de esa guisa conoció a un gallego.
Pablo encontró en su ordenador esas conversaciones y no les dio importancia, aunque quizás ahí debería haber puesto punto final a la farsa que iban a protagonizar en un breve espacio de tiempo. Sin embargo, siguieron los preparativos del enlace nupcial. Y se casaron.
Se fueron a vivir juntos. Él trabajaba. Ella no hacía nada. Fue tratada siempre como una princesa. Las horas que ella pasaba sola en casa terminaron convirtiéndose en conversaciones extensas con el gallego. Pero los diálogos dieron lugar a más cosas.
Un día Pablo miraba su ordenador cuando encontró unas fotos de su mujer. Eran unas fotos que se podrían considerar eróticas. Y no le gustó. Cuando ella volvió a casa él le preguntó, ella se rió y no dijo nada. Pablo la perdonó, aunque la cosa no acabó ahí. Ella siguió hablando con su amante internauta y Pablo lo sabía.
La gota que colmó el vaso llegó antes de cumplir el primer aniversario de casados. Ella tenía una tía bruja en Madrid y le dijo a Pablo que iría a hacerla una visita y, de paso, comprar ropa. Sería sólo una semana, una semana que se alargó más de lo previsto. Pablo llamaba siempre que podía pero siempre contestaba la tía bruja. Él se preocupó tanto que pensó en pedir unos días en su trabajo para ir a buscarla porque pensaba que se encontraba mal.
Y un día ella regresó con su marido. No traía bolsas de haber comprado nada. Pablo no le hizo preguntas pues ya se imaginaba el desenlace de su historia, final que corroboró al ver las cuentas bancarias: gastos de Iberia y hotel en Galicia.
Al final le pidió sinceridad y ella le contó lo que él temía: Que había ido a Madrid, que había cogido un avión hasta Galicia y allí se había encontrado con su amado.
Él le dijo que no podían seguir así, que debían decirles a sus familias que se separaban. No dio tiempo. A los dos días ella se había marchado de casa, supuestamente con su amante.
Unos meses después conocí a Pablo. Se ahogaba en un mar de pena y tristeza. Cuando me contó la historia me pareció horrible. Mi contestación fue que algún día encontraría a una chica que le mereciera, que él valía mucho más que su ex esposa (lo cual era cierto) y que no debía preocuparse porque no llegara de momento, que la vida nos sonríe cuando menos lo esperamos.
Y así fue.
Reconozco que yo le animé mucho, sobre todo cuando conocí su historia. Era un alma en pena que, al salir del trabajo, se hundía en los abismos de internet, quizás intentando encontrar a Ana. Escribió perfiles en varias páginas y un día alguien de su ciudad le contestó. Su nombre era Mar y decidieron quedar para conocerse en persona. Mar entró pronto en el corazón de Pablo. No se imaginaba que al final terminaría con una mujer así: elegante, educada, buena... casada. Ella estaba casada pero no era feliz en su matrimonio. Él estaba con los papeles del divorcio. Y aunque ella con el marido se llevaba bien y no tenían discusiones de ningún tipo, se enamoró de Pablo. Poco tiempo después le confesó la verdad a su marido y empezaron los trámites del divorcio, que él aceptó con la mirada fija en ninguna parte.
Sé que Pablo y Mar son felices ahora. Al final todo el mundo encuentra a alguien, pero quizás hasta que llegue una persona así hay que pasar por muchas adversidades, hay que conocer la crueldad del corazón humano, hay que tocar fondo. Aunque siempre llega alguien ¿no? Pablo creía que se quedaría solo para siempre, pero ahora está viviendo el mejor amor de su vida, un amor que es correspondido, y es feliz por ello. Yo me alegro por él.
Todo el mundo tiene una historia, triste en mayor o en menor cantidad, y muchas terminan con un final feliz. Lo que tengo claro es que en cada persona que he conocido a lo largo de mi vida siempre hay algo negro que oscurece su alma. Al final siempre llega la luz, pero mientras tanto divagan en esas tinieblas sin saber muy bien dónde ir ni qué hacer. Yo también tengo un pozo oscuro, huellas profundas marcadas como a fuego y recuerdos que entristecen mi alma, pero intento encontrar la luz cada día, una luz que conseguirá que deje atrás la oscuridad. ¿Existe? Supongo que sí.