
Dicen que los individuos comenzamos a adquirir el sentido de la razón alrededor de los 7 años, pero todo el mundo tiene recuerdos anteriores.
Mis primeros recuerdos se basan en momentos de miedo y terror o en grandes cambios en mi vida. Tenía 4 años.
Recuerdo la habitación donde dormía con mi hermano en un primer piso, la primera casa de la que tengo conciencia. Aquella habitación con paredes azules que me observaban mientras un día se me ocurrió tirar todas las barriguitas por la ventana. Menos mal que era un primero...
Aquella noche gritaba en sueños. Mi madre encendió la luz. "¿Qué tienes? ¿Qué te duele?". Recuerdo que parecía que tenía pinchos por todo el cuerpo, algo parecido a recibir descargas eléctricas. Esa misma noche ingresé en el hospital con síntomas de meningitis, una enfermedad que pillaron a tiempo. También tengo recuerdos del mismo hospital, varios médicos y enfermeras a mi alrededor, sujetándome para que estuviera muy quieta, me paralizaron, aunque no evitaron que parara de gritar nada más ver la inmensa aguja que se cernía ante mis ojos. En aquella época sería inmensamente grande, pues cuando somos niños todo nos parece gigante. La inyección iba destinada a mi espalda. Después no recuerdo más. Es uno de los recuerdos más tediosos que tengo. Me curé, claro.
El siguiente recuerdo es de un cambio en mi vida, varios meses después del hospital. Nos mudamos a vivir a otro sitio. Eso implicaba cambiar también de colegio. Y aparecí en la escuela con las manos vacías. Como todos tenían libro y yo no, la profesora me dijo que dibujara en la pizarra.
Rocío, mi primera amiga, evoca siempre ese gran momento: "Ocupaste toda la pizarra dibujando, y no paraste hasta que sonó el timbre, mientras todos te mirábamos porque queríamos estar en tu lugar".
También estaba allí María, hija del cabo del cuartel, que años después se marcharía a otro sitio porque a su padre le habían destinado.
Allí estaba Félix, que ya en aquellos años hablaba un poco de alemán pues su padre había estado trabajando en el pasado en el país germano y a veces le enseñaba palabras. También su padre le inculcó la lectura de libros sobre la historia de la IIª Guerra Mundial. Era todo un experto.
Y Óscar... antes de que su madre se fuera para siempre. Eran años felices. Óscar vivía junto a la escuela, y cuando salíamos de clase su madre nos había preparado la merienda a los siete que compartíamos curso. Un día dejamos de escucharla.
Y Carlos, con quien compartí más clases que nadie. Ahora me saluda de lejos. Siempre nos llevamos bien, pero desde que se echó novia se ha alejado de todo lo que representa su pasado.
También estaba Laura, antes de que la siguiente profesora le hiciera repetir varios cursos. Sí que tenía cierto retraso a la hora de pillar algo, pero era un encanto.
Ahí estábamos todos, juntos. Todos teníamos los mismos años y estábamos unidos. Poco a poco nos fuimos separando. Hay gente a la que no volví a ver nunca.
María es la primera que se fue, a los dos años. No la volví a ver. Si algún día regresara estoy segura de que no la reconocería.
Félix se fue a vivir un poco más cerca. Hace años que no le veo.
Óscar fue "adoptado" por sus hermanos mayores. Estuvo viviendo con uno y luego con el otro. Al final se quedó en una ciudad costera currando en algo que le gustaba. Es el primero que se independizó. No hace ni un mes desde que charlé con él. Pero ya sólo viene por vacaciones.
Laura se fue a vivir a La Rioja Baja. No volvió. Se comenta que está casada y tiene críos. No sé si creerlo.
A Rocío y a Carlos les sigo viendo, pero muy de vez en cuando. Es extraño cómo poco a poco vamos perdiendo las primeras relaciones de nuestra vida, sin darnos cuenta. Aquellos eran los años dorados, donde no importaba nada, donde siempre estábamos juntos, donde celebrábamos "el día de la Tortilla", cada febrero en una casa diferente, donde la madre de Óscar nos tenía preparada la merienda a las 5 de la tarde, donde la señorita (no recuerdo el nombre) nos invitaba a chocolate a su casa a los que nos portábamos bien; donde todos, los siete, éramos uña y carne.
Es la infancia, ese momento de nuestra vida que nos deja una huella inmensa para siempre. Luego creces y te das cuenta de que te has hecho mayor.
Tengo un recuerdo anterior a estos otros: durmiendo en la guardería. Ya no existe ese jardín de infancia. Es un recuerdo donde también hay algo nuevo, el primer día que conocí a Sergio. Desde entonces empezamos a ir juntos a la guardería, a la hora de la siesta dormíamos juntos y no podíamos pasar el uno sin el otro. Supongo que tendríamos unos 3 años. Después coincidimos en el colegio, pero mis clases con la "señorita Presen" se vieron interrumpidas por la brusca marcha a mi actual domicilio.
A Sergio le vería unos años después. Después se fue a estudiar a Madrid. Ahora no sé dónde anda, pero tengo su teléfono porque me lo dio un día que nos encontramos en unas fiestas. Al menos sé que ese contacto sigue ahí. Y aunque no siguiera estoy segura de que volveríamos a coincidir en otros lugares.