Saliendo de Temple Bar nos encontramos con un arco de piedra que nos advertía que íbamos a entrar en una zona histórica de la ciudad. Efectivamente el arco daba paso al Castillo de Dublín.
Durante 700 años, la imponente estructura de este castillo se mantuvo como un controvertido símbolo de la dominación inglesa, hasta que, en 1922, fue entregado formalmente a Michael Collins y al Estado Libre Irlandés. El castillo, mandado construir por el rey Juan en el siglo XIII, ha evolucionado de fortaleza medieval a corte de virreyes y centro administrativo. A lo largo de su historia ha vivido numerosos contratiempos, pero el ataque más importante tuvo lugar en 1534, cuando fue sitiado por Silken Thomas Fitzgerald, que rompió su juramento de lealtad con la Corona inglesa. Actualmente tiene un uso principalmente ceremonial.
El castillo se construyó en 1204 por orden del rey Juan, treinta años después del desembarco anglonormando en Irlanda. Gran parte de la fortaleza quedó destruida en un incendio en el siglo XVII.
La estatua de la Justicia custodia la entrada principal a la fortaleza. Mira hacia el patio superior, dando la espalda a la ciudad.
De las torres que se conservan, la Bermingham Tower fue una antigua prisión medieval que se transformó en un despacho oficial, mientras que la Bedford Tower sufrió el robo, en 1907, de las joyas de la Corona irlandesa, entre ellas un diamante de St. Patrick Star (nunca se recuperaron).
La Capilla Real en su exterior está decorada con 103 cabezas bellamente talladas en caliza de Tullamore. La capilla es de estilo neogótico.
En la parte trasera de la capilla se encuentran los jardines Dubh Linn, que ocupan el sitio del "Black Pool", puerto del que la ciudad toma el nombre.
Las excavaciones muestran restos del castillo original, incluyendo el foso vikingo de la ciudad del siglo X.
Nosotros no llegamos a entrar en el castillo ni en la capilla, pero fue un placer pasear por allí, y sobre todo por los jardines, que son bellísimos.



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