Hace un mes exacto mi novio y yo nos apuntamos a una excursión a Deva. Nos habíamos enterado de que el Ayuntamiento organiza al menos dos excursiones durante el verano y a la primera no pudimos ir, pero a Deva sí que nos apuntamos.
Deva (Deba en vasco) es una localidad costera de la provincia de Guipúzcoa, con algo más de 5.000 habitantes. Se ubica junto a la desembocadura del río Deva. Nos hubiera gustado ir a visitar los flych, que se encuentran entre Deva y Zumaia. Se trata de unas formaciones rocosas que se han ido formando con el roce del agua y que tienen miles de años de antigüedad, parece como si un enorme rastrillo hubiera pasado por encima. Al final no pudimos ir a ver los flych porque el único barco que había desde Deva salía justo cuando nosotros llegamos.
La villa de Deva tiene sus orígenes en la primitiva villa de Montreal de Itziar, situada a unos cuatro kilómetros hacia el interior. Fue Sancho IV de Castilla quien concedió a los vecinos su carta fundacional, pero pocos años después los vecinos plantearon la posibilidad de acercarse más a la costa para poder pescar, cazar ballenas y explotar los recursos marítimos.
Asentada sobre un antiguo campo de dunas del estuario del río Deva, la nueva villa fue rodeada por una muralla que contaba con cinco puertas. Junto a ella se encontraban los hornos para la fundición de la grasa de las ballenas cazadas.
Nada más llegar, atravesamos el Parque de Deva hasta la Playa de Santiago. Es la playa principal de Deva, tiene 400 metros de largo y arena muy fina. Como el día acompañaba había bastante gente.
Nos dimos una vuelta por el Paseo Marítimo, que no es muy grande, y llegamos a la desembocadura del río Deva. Todo el paseo está lleno de estatuas y de información sobre yacimientos geológicos cercanos, ya que Deva tiene cuevas. Paseamos junto al río Deva, vimos sus puentes, gente haciendo deportes acuáticos, el puerto fluvial y llegamos a la estación de tren.
La Estación del Peregrino fue construida en 1899, tras la llegada del ferrocarril a la localidad. Es un edificio característico de la arquitectura industrial y ferroviaria de finales del siglo XIX. El albergue de peregrinos de Deva ocupa la primera y segunda plantas, espacio que ocupaban antiguamente las viviendas de los empleados de la Compañía de Ferrocarriles Vascongados.
Como las vías del tren pasan paralelas al río tuvimos que volver sobre nuestros pasos para poder cruzar la calle.
La iglesia de Santa María es una joya arquitectónica del País Vasco. Aunque por fuera parece un tosco torreón, por dentro tiene magníficos tesoros.
El pórtico es del siglo XV y fue policromado en el siglo XVII. Su base presenta un friso con figuras de los doce apóstoles, seis a cada lado, dividido por un parteluz con la imagen del Salvador.
En su interior hay varias capillas, como la de Santiago de Compostela, pero sin duda lo más destacable es el claustro, el más antiguo de Guipúzcoa. Su construcción se inició en 1499 y tardó en construirse cincuenta años. Consta de cuatro corredores ojivales abovedados y se abre a un patio interior de dieciséis vanos apuntados.
En el interior salía, potente, la música de un órgano. Y es que el organista, creemos, estaba ensayando, porque por la tarde había un concierto.
Y decidimos perdernos entre las callejuelas para llegar a la Plaza Mayor, donde estaban montando una plaza de toros, ya que en San Roque son fiestas, y ya se estaban preparando.
Comimos de pintxos en varias tascas cerca de la plaza y después estuvimos callejeando. Llegamos de nuevo a la iglesia y comprendimos que ya lo teníamos todo visto.
El mercado de Deva es un paseo cubierto, un edificio construido en 1910 por Manuel Echave Zalacaín junto a la carretera. Es Bien Cultural desde 1995 y dentro de sus arcos se puede disfrutar de algunos cuadros de artistas locales.
En la Plaza Mayor terminamos tomando una cerveza (Guinness, por cierto), junto al Ayuntamiento.
El Ayuntamiento fue proyectado por Ignacio de Ibero en el siglo XVIII. La fachada de sillería caliza local es de estilo barroco, muy austera. Tiene tres escudos de piedra arenisca: el de la Corona Real, el de Guipúzcoa y el de Deva.
En el porche del Ayuntamiento había un anciano dando de comer a las palomas. Yo pasé por allí y no me di cuenta, pero volví sobre mis pasos, inmortalicé al señor y le pedí disculpas por espantar a las palomas. Quizás las palomas son sus únicas acompañantes...
Durante siglos, la extracción de la piedra ha representado el modo de vida y el sustento de numerosas familias del municipio. Muchas han sido las canteras que a lo largo de la historia han sido explotadas en Deva. Aunque la mayoría son de piedra caliza, también tuvieron en su momento una gran importancia las de piedra arenisca calcárea, utilizada para la elaboración de adoquines. La piedra caliza debarra es tan apreciada que la población incluso prestó su nombre a uno de los diez mármoles más conocidos (Gris Deba), que se extrae de las canteras de Lastur. Estas canteras se formaron en antiguos arrecifes de coral hace más de cien millones de años. En su interior se pueden apreciar excelentes ejemplos de corales, algas y organismos bioconstructores.
La piedra debarra se utiliza también para el deporte rural de los harrijasotzailes (levantadores de piedra).
En este lugar también se realizó durante años el despiece de las ballenas que llegaban a pesar hasta sesenta toneladas, para, después de cocer las tiras de grasa en enormes calderas de cobre, transformarlas en saín (aceite). El saín de ballena era un combustible muy cotizado, ya que ardía muy bien, dando buena luz. Pero no sólo se aprovechaba la grasa; aunque la carne de ballena, salvo la de las crías, no era del gusto de los vascos, por lo que se ponía en salazón y era exportada a Francia. No sucedía lo mismo con la lengua, pieza muy codiciada por su exquisitez, que a menudo iba destinada a gente muy pudiente o a sufragar los gastos de mantenimiento y obras de la iglesia. También se aprovechaban las barbas y los huesos, utilizados para elaborar elementos de corsetería, objetos decorativos, muebles e incluso en la construcción.
A partir del siglo XV, comenzó la extinción de la ballena en aguas vascas, con lo que los marinos debarras se vieron obligados a faenar primero en aguas de Asturias, Galicia e incluso en Islandia, para terminar en Terranova y la península del Labrador (Canadá).
Deva fue un importante puerto ballenero, receptor del saín traído de tierras americanas, ya que desde aquí comenzaba la vía más corta hacia la Llanada Alavesa y la Meseta Castellana, importantes destinos de los productos de los balleneros vascos.
Lo cierto es que Deva es una ciudad pequeña. Pero nos sirvió para cambiar de aires.
















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