viernes, marzo 13, 2015

Una cerveza en el Pani

Llevo unos días que siento nostalgia de Salamanca. Todo comenzó cuando, la semana pasada, pensé en que una de estas semanas de vacaciones, asueto y totalmente dedicadas al ocio, había de regresar a Salamanca. No podía ser ésta, porque había de hacer algunas cosas que me urgían. No será la de junio, porque la hice coincidir con la Feria del Libro en Madrid. Las siguientes... ya veremos.
No he regresado y ahora tengo cierto deseo de volver. Volvería con una persona especial, alguien que no conoce Salamanca, alguien que tiene nombre y a quien me gustaría contarle y mostrarle tantas cosas de esta ciudad, que durante unos años me abrió sus brazos.
Hay tanto en Salamanca que mostrar que una semana no sería suficiente. Yo estuve años y no llegué a conocer todo. Pero aprendí sus leyendas, las anécdotas de sus literatos más famosos, el lugar donde vivieron e incluso donde iban a tomar un café. Cada piedra de Salamanca tiene un gramo de cultura.

Pero ahora recuerdo la noche y en la noche había un bar mítico, que hoy sigue existiendo tal cual lo conocí yo: el Paniagua.
Si me dijeran hoy que entre en ese garito al que ni siquiera han echado una mano de pintura en los últimos años... creo que me costaría entrar. Es un bar para tomarse las primeras cervezas y kalimotxos de la noche (nada de copas), aunque yo he pasado allí horas. Sus paredes estaban pintadas de blanco y rojo, pero sobre todo tenían firmas de todo tipo. Subías al baño y las paredes de las escaleras eran de un brillante color 'acharolado', tan estrechas que a veces se preparaba un tapón que no permitía subir ni bajar (lo sorprendente es no haberse resbalado nunca escaleras abajo). 
Todavía recuerdo el nombre de los dos barman que se encontraban al otro lado de la barra, gente con la que terminas llevándote bien con el paso de los días y de las largas estancias en el bar.
Lo que es cierto es que siempre estaba lleno. Había un momento en que no cabía un alfiler en el bar. Y, al final, terminabas conociendo a todos los usuarios que entraban y salían habitualmente. Porque en el Pani se hacen amigos.
Durante un tiempo relativamente corto se había convertido el primer sitio donde quedábamos, y éramos de las primeras en llegar -por lo que siempre teníamos sitio en las dos únicas mesas que había al fondo-, pero con el paso del tiempo había noches que también cerrábamos el bar.
Eran otros tiempos. Ahora lo observo y la verdad... me da un poco de grima. Ya no escucho Extremoduro.
Hoy en día entraría sólo por curiosidad, para revivir aquellos días, aunque no creo que sigan los mismos tras la barra del bar, y la gente que lo frecuente sea demasiado joven, aunque estoy segura de que aún entrarán viejas glorias. Quizás incluso con la crisis ya no se llene tanto (aunque hablando de Salamanca, la verdad que dudo que haya bares sin gente, sea por los estudiantes, sea por los turistas... los bares suelen estar plagados).
Cuando recuerdo este bar, termino sonriendo. Tengo buenos recuerdos, muy buenos.
Estoy segura de que si en un futuro fuera a Salamanca, habrá una infinidad de bares cambiados, con otros nombres, pero el mítico Paniagua seguirá igual que como lo conocí, con el mismo nombre -aunque quizás no con la misma gente-, con el mismo estilo de música, con las mismas poesías en sus paredes de color rojo.
Cuando vuelva a la calle Varillas, estoy segura de que entraré a tomar una cerveza. Otra vez.

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