No necesitamos ver a una persona todos los días para
acordarnos de él. Ni necesitamos hablar con él todos los días para dedicarle
unos minutos de nuestro tiempo. Esos dos minutos al día (serán más,
seguramente, no los cuento) traen la magia, nos acarician el alma. Y entonces
cierro los ojos y “le veo”, siento el roce de su piel aterciopelada y me
estremezco. A veces una única persona nos da un mundo en cuestión de unos
minutos, aunque sólo sean dos minutos de recuerdo, de la imaginación o del pensamiento.
Necesito perderme en la profundidad de su mirada… pronto. Necesito
perderme en esos ojos angelicales y sentir que el mundo está bien. Necesito
darle un poco de este amor que me desborda cada día. Y sobre todo, por encima
de todo, necesito verle sonreír. Si él sonríe todo lo que nos rodee enmudecerá,
porque entonces aparece la magia y todo es perfecto. Porque él trae consigo esa magia.
A veces siento que un hilo invisible me ata a él y si un día
ese hilo se rompiera… yo creo que me sentiría perdida.

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