martes, marzo 17, 2015

La voz encantada

A veces escucho su voz en el silencio. Adoro esa voz tan sensual. A veces necesito llamarle sólo para escuchar su voz. Claro que como su tono de voz es muy bajo ahora no puedo hablar con él todo lo que quisiera.

Hoy he ido al médico. Me ha mirado los oídos y el lunes tengo que ir al otorrino. Tengo sendos tapones en los oídos que, de otra forma, me los hubieran quitado en el centro de salud. Pero no. 
Ya cogí miedo a echarme líquido en los oídos. Cuando estoy en la piscina me los tapo. Cuando voy al mar también. Así que tengo una colección de tapones para los oídos, de plástico, con cordón y sin él, anaranjados, de cera, azules, de Canarias, de la farmacia de aquí al lado. La cuestión es que si no tengo tapones para los oídos no me baño. Un ejemplo claro está en cuando aterricé en Canarias la primera vez. Me encontraba en Tenerife y sólo se me ocurrió ir a la playa ¡sin tapones! Pues no me metí en el mar. Recogí mis bártulos y me fui, sólo porque no puedo estar al sol sin poder bañarme. 
Pero tengo que rascar más años para ir al origen de esta pequeña obsesión. Hace unos diez años tuve hongos. Visité varios otorrinos que me dieron soluciones diferentes, todas a base de líquidos y aceites que no me solucionaban el problema, hasta que finalmente recalé en uno del que recuerdo una sala de espera acogedora y siempre llena de gente. Casi siempre los médicos especialistas tienen las salas de espera llenas de gente, pero éste tenía incluso gente de pie, y no es que tardara en hacer la consulta, es que tenía mucha clientela. Este hombre hizo lo que no había hecho nadie: succionó los oídos con una especie de mini-aspirador y en cinco minutos había recuperado el 100% de la audición. Pero no duraría. Me dijo lo que tenía y me explicó que debía comprar formol en una farmacia donde hicieran preparados especiales. Hasta entonces yo sólo conocía las farmacias y parafarmacias, y todas eran similares. Tengo que decir que conseguir formol no es algo sencillo. Tuve que entregar las indicaciones del otorrino a un farmacéutico que estaría a punto de jubilarse, en una farmacia con fachada modernista, y aún así tuve que responder a numerosas preguntas. 
En las facultades de medicina utilizan el formol para conservar los cadáveres. Yo desconocía que fuera tan peligroso. Y también supe que el formol no me haría efecto más que como me había indicado el otorrino: echando una gota -y sólo una- en un vaso de agua hirviendo. 
En diez días tenía los oídos perfectamente, y en dos semanas había terminado el tratamiento. Pero cogí miedo. No por el último tratamiento, sino porque antes de llegar a la curación, pasé por muchos médicos y me dio la sensación de ser un ratón de laboratorio, y cada uno me daba una solución distinta. Todas estas prescripciones pasaban por un bote de algún líquido de nombre impronunciable del que debía echarme dos o tres gotas cada X horas. 
Desde entonces uso tapones para los oídos cuando voy a hacer inmersiones donde vaya a meter la cabeza bajo el agua. Excluyo las duchas, teniendo cuidado de que no se meta agua.

Lo peor de estar así es que hay gente a la que tengo que decirle que repita dos veces las cosas y termino explicándoles la razón. Lo peor de estar así es que parece que tengo la cabeza en una nube -al menos no me dan vértigos ni nada de eso-. Y por eso algunas llamadas no las hago, porque es posible que no escuche la conversación entera.

Pero quiero escuchar su voz. Y eso que a veces cierro los ojos y la escucho como si estuviera hablándome aquí al lado.

No hay comentarios: