viernes, agosto 25, 2006

Zacarías

El profesor de Lengua Española que más me marcó se llamaba Zacarías. Era un treintañero de un pueblo de Álava. En mi colegio corría el rumor de que tenía una hija, a pesar de que también tenía votos pero no era sacerdote. Físicamente se parecía a Pérez-Reverte en aquella época, que era corresponsal de guerra en Sarajevo: pelo negro, la misma forma de la cara, gafas de pasta oscura, alto y delgado, con una voz perfecta.
Fue el primero que me llamó, el día de mi cumpleaños, republicana. Fue el primero que me riñó por empezar a fumar. Fue quien me regaló aquel libro de La fortaleza que nunca hubiera cogido de la biblioteca ni me hubiera leído si él no me lo hubiera regalado, un libro que trataba sobre la fuerza de voluntad de un tullido en una tribu de la Edad de Bronce, un tullido que sin ser sacrificado al nacer llega, por su fortaleza interior, a ser uno de los personajes más importantes de su tribu, se convierte en una especie de ingeniero y constructor que, gracias a su inteligencia, provee a sus congéneres de unas defensas contra los enemigos que venían por mar.
Zacarías nos hacía exámenes día sí y día también. El libro de Lengua Española apenas lo usábamos, él no se guiaba por libros de texto, sino que seguía sus propias normas. Había varios tipos de exámenes: ortografía y dictados, análisis sintácticos de oraciones, vocabulario y verbos.
Nunca estudiaba Lengua Española. Recuerdo a una compañera interna con el libro de texto en las manos estudiando de ahí ortografía. Laura me decía: "¿No estudias Lengua?". Yo le decía que no, que eso no se estudiaba, sino que se sabía. Ella se quedaba sorprendida, pero mucho más cuando mis exámenes de ortografía no tenían fallos, o uno a lo sumo.
También me parecía una pérdida de tiempo estudiar una lista inmensa de palabras de vocabulario con varias acepciones que nosotros debíamos buscar. La nota me compensaba con la ortografía y los verbos, así que mis 2 continuos en los exámenes de vocabulario donde me inventaba las definiciones chocaban con el resto de exámenes. Un día Zacarías me echó una bronca inmensa delante de toda la clase: "Como vuelvas a sacar un 2 en un examen de vocabulario te suspendo la asignatura entera". Él como yo sabíamos que no lo tocaba ni estudiaba así que empecé a meterme en la mollera todos esos conceptos que para mí carecían de significado cuando no tenían un contexto al lado. No volví a suspender un examen de vocabulario.
Los exámenes de sintaxis me parecían un juego, tanto que cogí el gustillo de salir a la pizarra a menudo siempre que pedía voluntarios. Pocas veces cometía fallos porque era la parte que más me gustaba. Un día Zacarías dejó de pedir voluntarios y empezó a sacar a la pizarra a dedo. Aun así, desde mi sitio levantaba la mano y corregía las frases, fuera quien fuera la persona que estuviera en la pizarra.
Los exámenes de verbos eran tan simples que consiguió que me los repasara de nuevo, aunque me los sabía. Pero el pavor ante sacar un 5, o incluso peor un 0, hizo que me repasara de nuevo los tiempos perfectos y el Subjuntivo. Y sí, eran tan simples esos exámenes que siempre saqué 10. Si cometías un fallo te ponía 5, con dos fallos un 0. Así que la gente se lo tomaba en serio. Nunca cometí un fallo a la hora de escribir un tiempo verbal.
Zacarías nos repartía los exámenes corregidos y pasaba lista para que le diéramos la nota. La mayoría de las veces recordaba perfectamente lo que sacábamos. Una compañera de clase cometió una estupidez al decir que tenía un 10 en vez de un 0 en un examen de verbos, lo que le valió suspender la asignatura durante dos evaluaciones. Y es que a Zaca era difícil pegársela. Después de darle las notas aquel día se empezó a pasear por la clase, llegó al sitio de Marta y le pidió el examen.
Zacarías no volvería a darme clase hasta el último curso en mi colegio, de Historia Universal. Para entonces nos llevábamos genial.
Y es que Zaca, aparte de ser profesor de Lengua e Historia, tenía otro cometido en mi colegio: era el encargado de repartir los castigos. A mí al principio los castigos me acojonaban sobremanera, pero cuando vi de qué se trataban me empezó a entrar la risa. Si Zaca te decía: "El viernes a mi despacho" era obligatorio ir. Así que después de la comida del último día de la semana dentro del colegio la fila frente al despacho de Zacarías era inmensa. Repartía tareas a diestro y siniestro. Esas tareas consistían en barrer el colegio. Estaba bien ver cómo a las 4 de la tarde, escoba en mano, medio colegio estaba barriendo los patios, las clases, los pasillos... Debo reconocer que me he barrido, gracias a mi profesor de Lengua, todo el colegio.
Durante todo un curso tuve un castigo indefinido que me lo salté a la torera. En vez de ir a buscar a Zacarías después de comer cada viernes, me acostumbré a ir a buscarle una hora después, cuando estaba tomando café con otros profesores y, por supuesto, iba a buscarle allí donde tenían una sala bien ornamentada. Alguna vez me invitaron a tomar café con ellos, aunque siempre decliné la invitación. La mayor parte de las veces Zaca me decía que ya no le quedaban sitios para barrer, que me fuera del colegio antes de que cambiara de opinión.
Por supuesto, siempre iba a por mi castigo porque Zaca tenía una lista con los que había castigado y no podías lavarte las manos porque podía ser peor.
Hay un único castigo que recuerdo a la perfección y fue otro profesor quien me mandó hacerlo, junto con un compañero de mi clase. Lo recuerdo porque tuve dolor de riñones y espalda durante mucho tiempo. Aquel día, en vez de barrer, nos mandaron recoger las hojas secas del césped. No las recogimos todas, y cuando el profesor vio que era suficiente castigo, nos dejó marchar.
Casualmente casi todos los castigados éramos internos. Zacarías me castigaba hasta por no comer pescado o membrillo. Cualquier causa justificaba el hecho de aparecer en su despacho cada viernes. Pero sobre todo me castigaba, junto a muchos internos más, por escabullirnos entre los árboles a robar fruta: manzanas, cerezas, higos, melocotones... Allí había de todo según la época del año. Y es que en el internado se pasaba hambre. Es extraño que una vez el director nos pillara a Rebeca y a mí cogiendo higos y que no nos dijera nada sino que se limitara a sonreír con picardía, en plan: "Si estuviera en vuestro lugar también haría lo mismo".
Las últimas noticias que tengo de Zacarías son que estaba en Zaragoza. En agosto de 2004 le escribí una postal desde Köln y me respondió a casa contándome un poco su vida. Supongo que seguirá allí.
Le tengo mogollón de cariño.

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