Hace unos años dejé de ir de campamentos. Adoraba el aire que se respiraba en la soledad de la noche, perdida en medio de una montaña. Es algo que echo de menos.
Mis primeras acampadas se remontan a mi colegio donde no me perdía ninguna. Me acostumbré a caminar cuesta arriba, entre piedras, a llevar las marcas del sol en las piernas, a beber menos agua del que mi cuerpo necesitaba.
Así conocí Pancrudo, Valvanera, San Lorenzo, el Aneto y muchas más cumbres cuyos nombres no recuerdo.
Mi primera acampada fue un fin de semana invernal. Estábamos rodeados de una neblina continua. Alrededor sólo se veía verde, no había ningún pueblo cerca, aunque a nuestros oídos llegaban los cantos de los monjes enclaustrados en Valvanera. Sí, nos habían dejado el refugio y a veces veíamos algún hábito entre esas nubes grises.
Me acuerdo de aquellos cola-caos calientes al aire libre, a pesar del frío. Nos despejaban inevitablemente.
Aquella acampada fue la que más me marcó. Quizás porque me convertí en la niña bonita y preferida del director de mi colegio, con el que, sin conocerle, empecé un contacto que perdudaría durante muchos años. Un día dejó los hábitos y se casó. Me escribió una carta para contármelo.
En aquella primera acampada, todos mis compañeros de curso fueron con alcohol en las mochilas. No quise participar en su fiestecilla. A pesar de que me insistieron en que TODOS beberían en la acampada dije a tiempo que no. Y sí, todos excepto yo, se fueron al río tras la cena ese primer día.
Me dijeron que fuera. Una luz se encendió en mi interior. Claro que quería irme con ellos, pero yo no iba a una acampada a beber alcohol, para eso me quedo en casa. Les dije por última vez que no. ¡Qué sensatez la de entonces!
Estuve durante horas con varios monitores y alumnos de otros cursos mientras el director tocaba la guitarra. Los de mi curso no aparecían, aunque se oían sus voces y risas a lo lejos.
Chemi me hizo una señal y me dijo que le acompañara. Sabía lo que me iba a preguntar y yo no soy una chivata, así que fui con bastante miedo. Me cogió por los hombros mientras me guiaba al oscuro pasillo enclaustrado del monasterio de Valvanera, al resguardo de la fría brisa nocturna. Me preguntó por mi gente, me pidió que le dijera qué estaban haciendo los de mi curso. Me encogí de hombros y le contesté que no lo sabía.
-"Ana, una persona como tú, que tiene tratos hasta con el diablo, sabe lo que están haciendo sus compañeros de curso; nos imaginamos que están bebiendo alcohol, quiero que me lo verifiques y tienes mi palabra de que no saldrá de aquí".
Era verdad. Yo no podía negar que me llevaba bien con todo el mundo, que era imposible que no me hubieran dicho nada y, evidentemente, sabía lo que hacían en ese preciso momento. Le respondí que me daba miedo contestar, que no quería que me señalaran, que si lo tenían tan claro no hacía falta que me preguntaran a mí y que para corroborarlo sólo tenían que caminar hasta el río, donde tendrían la respuesta a lo que querían saber.
Chemi me dijo que entendía perfectamente mi reacción y ese afán por proteger a mis compañeros de clase, y de curso, y me dio una especie de ultimátum: "Dime sí o no. ¿Están bebiendo?". Mi respuesta fue afirmativa. No podía negar la evidencia y sobre todo no podía mentir.
Me animó a que me tranquilizara, que eso no saldría de allí. Sentí una culpabilidad inmensa, me sentía como una traidora. Pero esta gente sabe cómo tratar a los adolescentes.
Cuando volvimos al grupo, Chemi hizo una seña al director. Éste dejó la guitarra en manos de una alumna de un curso superior y me alentó a seguirle. Volvimos al pasillo enclaustrado. Le lloré. Le dije que estaba traicionando a la gente de mi curso. Mariano, siempre con aquella voz melodiosa de ánimo, me tranquilizó. Es una de las pocas personas que he conocido que sepan utilizar las palabras adecuadas en cada momento. Él sabía hacerlo. Nunca castigaba, como otros profesores o el director anterior, pero lo que decía llegaba dentro y eso hacía que todo el mundo le respetara.
Mariano me dijo que no debía preocuparme, que era una nimiedad, que no había nada grave en lo que yo estaba haciendo, sino que los que pecaban eran los que estaban en el río. Y de repente me preguntó por qué no había ido con ellos. Mi ética no me había dejado, estaba claro. Pero con 15 años no se habla de ética y moral. Le contesté que no me parecía bien ir a una acampada a beber alcohol, que para eso no hubiera ido. Que me habían insistido y que era posible que me vieran como un bicho raro por no compartir esos momentos de ebriedad con ellos, pero que prefería ser un bicho raro a hacer algo que no quería hacer. Sí, con 15 años ya me marcaba unos límites.
Desde entonces estuve protegida no sólo por el director sino por muchos profesores de mi colegio. Evidentemente Mariano se lo había contado.
Cuando los de mi curso llegaron del río, el director, en medio de la velada, dijo varias cosas, entre ellas que estaba muy disgustado con lo que habían hecho ciertas personas ese primer día. Su discurso fue extenso pero profundo. A mí me llegó dentro sin haber hecho nada. Y me hizo pensar: "¿Qué hubiera pasado si hubiese optado por lo contrario?"
Evidentemente el hecho de que hubieran estado bebiendo alcohol lo iban a descubrir, pues muchos se levantaron en medio de la noche al cuarto de baño a expulsar lo que llevaban dentro y que parecía que no les había sentado muy bien.
Recuerdo muchos más campamentos de mi colegio, pero no quiero seguir hablando de ellos. Aunque he de decir que estar a 400 metros de la cima del Aneto no es algo que se haga todos los días. Y no nos dejaron tocar la punta porque había hielo y no querían correr el riesgo de que alguno resbalara. Aquel verano fue genial.

Después llegaron otras acampadas, totalmente diferentes. Ya no iba como alumna sino como monitora. Iba con niños. A pesar de mi poca paciencia para muchas cosas los niños me hacen sonreír, con ellos soy paciente como la que más. Será que me encanta hablarles, estar con ellos, reírme.
Después de varios años con mi colegio estaba hecha para caminar por montañas y estas acampadas eran demasiado suaves en comparación con las que yo había hecho años antes. Además la gozaba.
El caso es que montar una tienda de campaña me parecía demasiado fácil, crear una gymkana era algo que hacía con los ojos cerrados, nunca aprendí a tocar la guitarra (pero para eso ya estaban mis amigas) y descubrí algo: me gustaba contar historias. Aunque pueda parecer extraño los niños me prestaban atención.
Recuerdo todas esas caritas expectantes mirándome, esas caritas a las que guardo especial cariño.
Me viene a la mente esa imagen del pequeño Luis que iba corriendo a través del cortafuegos por donde descendíamos ya al campamento cuando se cortó en la pierna. No me quedó otra, no podía dejarle allí y no soy muy fuerte pero Luisito no pesaba nada. Le cogí a cuscús y le llevé hasta el campamento.
Me acuerdo de Rodrigo, que se meaba por las noches y todos se reían de él. Todas las mañanas le pedía su saco y se lo abría completamente para que se ventilara mientras estábamos fuera. Recuerdo sus palabras, aquellas que me llegaron al alma: "Estoy solo y ahora sin amigos". Le cogí de los hombros, al igual que Chemi me hizo a mí años antes, y le animé. Un rato después se perfilaba una sonrisa en sus labios.
Hablé con el resto de los niños. Les dije que ni se les ocurriera reírse de Rodrigo. Me respetaban y delante de mí no vi una burla más.
Rodrigo, ya crecido, cada vez que me ve me saluda con cariño. Sonríe. Me ve como su protectora y es posible que sienta admiración por mí, por defenderle y ponerme de su parte.
Los niños son crueles con los defectos ajenos, pero yo sabía cómo tratarles.
Recuerdo al colombiano, que era más alto que yo. Tengo una foto haciendo Kick-Boxing con él. La verdad es que le tengo cogido con los brazos y no me llegaban a rodearle entero. Y además tenía más fuerza que yo.
Recuerdo a Laurita que vino de sabionda "yo he estado en acampadas y esto es una mierda". Me sacaba de quicio. Pero a los niños hay que saber tratarles y eso se me daba bien. Tuve una conversación con ella. Ahora me cae bien. Bueno, es la prima de Marta, tampoco podía ser cruel con ella. Le dije a Marta que hablara con ella, que su actitud era negativa para el grupo. Pero al final fue mi palabra la que la paró los pies.
Y recuerdo la "revolución de los huevos" donde apareció una docena (o dos) de huevos en el suelo. Nadie los había roto. Mis amigas no sabían qué hacer y cómo sacar al culpable. No lo sacamos, de hecho. Salí de la tienda y les dije que se pusieran en fila:
-"Bien, si en media hora no sale el que haya roto los huevos, nos vamos a casa".
-"¿Andando?"
-"Sí, andando, sólo son 7 kilómetros. Es un castigo razonable. Y siento que paguen justos por pecadores".
No salió. Así que les obligué a recoger sus cosas para preparar la marcha a casa. Pero había un problema. Mi hermano pequeño también estaba allí. Piensa como yo y sabía que me estaba tirando un farol. Salió de su tienda y dijo: "No le hagáis caso, que sólo quiere que hagamos las mochilas para deshacerlas después".
No lo pude evitar. Me eché a reír a carcajadas. El enfado de los huevos se pasó. Y ellos cogieron sus esterillas y los cubiertos de metal que pillaron a mano y empezaron a golpear y cantar: "¡¡¡No nos marchamos!!! ¡¡¡No nos marchamos!!!"
Recuerdo cuando le cogimos el coche al cura y fuimos a nuestro pueblo. Nunca había conducido su Citroën Saxo antes, pero tenía buenos amortiguadores en los baches, y el camino a nuestro pueblo estaba lleno de agujeros.
En fin, ¡qué buenos recuerdos! Lástima que ese cura corrupto un verano decidiera hacer el Camino de Santiago con mamis incluidas y le saltara a la cara: "Si van las madres nosotras no pintamos nada, conmigo no cuentes". Y ya no volvimos a llevar a los niños al monte ni volvimos a repetir.
Sí que lo pasábamos bien, sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario