sábado, agosto 26, 2006

Una leyenda: Zabárrula

Ésta es una historia triste y como todas las historias tristes no te deja un buen sabor de boca al final, así que no aconsejo a nadie que la lea si es dueño de un estado de pesadumbre. Me la contaron estando de acampada en el monte. Ese día habíamos visitado un pueblo abandonado, habíamos caminado por sus calles, entre cuyas piedras sobresalían matorrales, habíamos contemplado las casas semi derruidas por el abandono y el tiempo... Sentados bajo la sombra de los inmensos fresnos que rodeaban aquel lugar, la historia se materializó ante nuestros ojos.
"Hace años que aquél había sido un pueblo lleno de vida, cuyos habitantes eran felices. Vivían casi todos del pastoreo de las reses que dejaban pastar entre las montañas despobladas de árboles. Era famoso aquel pueblo, aparte de ser una de las muchas aldeas que rodean la zona de Ezcaray, por sus fiestas invernales, donde se repartían judías verdes con chorizo, y donde se acercaba mucha gente de los alrededores a pesar de las inclemencias del tiempo y de que la mayoría de las veces los caminos estuvieran cubiertos de nieve.
En el pueblo había muchos jóvenes, y eran felices por vivir en la montaña aunque a veces se pasaran un día entero para buscar un médico entre las localidades cercanas, a pesar de que tenían que ir a por productos de primera necesidad luchando contra la lluvia y el frío... La mayoría de los productos de primera necesidad los sacaban de los huertos o de los animales, y se fabricaban los productos allí mismo, pero a veces era necesario recorrer las laderas en busca de aquellas cosas de que ellos carecían.
Entre los jóvenes había una chica, Elisa, que no sólo llamaba la atención entre los muchachos de la aldea, sino que su belleza era alabada más allá de los confines de Santo Domingo de la Calzada. Ella se había prendado de Juan, su vecino, y su amor era correspondido. Además el chico había decidido ese año dar el paso y comenzar un noviazgo con ella que tenía visos de truncarse antes de lo previsto.
Llegó el invierno y con él las fiestas. Después de la comida popular compartida por todos los vecinos, la orquestilla comenzó a tocar unos pasodobles para amenizar la sobremesa invernal. Las parejas empezaron a dar vueltas por la plaza al son de la música. Juan fue a por Elisa y se pasaron bailando y riendo toda la tarde.
Observándoles estaban unos jóvenes de Ojacastro. Manuel había oído hablar de la belleza de Elisa y, no muy amigo de las fiestas ni acostumbrado a salir, había decidido cruzar los montes para comprobar la certeza de esos rumores. No la quitó ojo en toda la tarde y llegó un momento en que no pudo quedarse parado y fue a pedirle la mano para bailar. La pareja se negó, estaban tan bien juntos que nadie ni nada podría separarlos. Manuel, resignado, volvió con sus amigos, pero sin quitarles el ojo de encima a Juan y Elisa.
Oscureció y la música terminó. Los jóvenes de Ojacastro habían desaparecido. Juan acompañaba a Elisa a su casa cuando en medio del camino se les interpusieron Manuel y sus amigos. El muchacho de Ojacastro intentó besar a Elisa mientras entre unos cuantos sujetaban a Juan.
La chica le rechazó. Juan consiguió zafarse de las garras de quienes le sujetaban y fue hacia Manuel con los puños en alto. Comenzaron a pelearse. En un momento determinado Manuel sacó una navaja, lo que envalentonó más al otro. En el forcejeo, el de Ojacastro cayó al suelo con la navaja clavada en el corazón. Los demás huyeron despavoridos.
Al día siguiente, avisada por los jóvenes de Ojacastro, la Guardia Civil llegó a la aldea. Comenzaron a buscar a Juan, pero no le encontraron. Preguntaron a todos los vecinos dónde estaba, pero nadie les contestó. Entonces cogieron a un anciano y lo pusieron contra la pared, con intenciones no muy claras. Antes de que contaran hasta tres Juan hizo su aparición en la plaza y los guardias se lo llevaron preso en dirección a Ojacastro.
Elisa lloraba desconsolada por la ausencia de su novio, se imaginaba lo que iba a ocurrir... Unos días más tarde, tal y como Elisa había temido, llegó al pueblo el guarda forestal trayendo un carro; ahí estaba el cadáver de Juan con un tiro en el pecho. El guarda dijo que lo había encontrado no muy lejos de donde estaban en ese momento.
Juan fue enterrado y los vecinos lloraron su pérdida durante mucho tiempo. Unas semanas más tarde, donde estuviera la tumba de Juan había crecido un frondoso fresno. Poco tiempo después Elisa también murió; se rumoreaba en las localidades cercanas que no pudo superar la ausencia de su amor. Sólo en el pueblo sabían la verdad: Elisa había ido a la tumba de su novio y había pedido a la Muerte que le llevara con él. Unas semanas después un fresno había brotado en donde fuera enterrada Elisa.
Pasó el tiempo. Cada vez que una persona se moría un fresno brotaba de la tumba. Así hasta que nadie quedó con vida en la aldea. Los únicos con vida actualmente son los fresnos que nos dejan el legado de que allí existieron personas".
Hoy Zabárrula pertenece a la jurisdicción de Ojacastro. Puedes pasear por sus calles desiertas, puedes entrar en sus casas y distinguir las habitaciones, puedes contemplar ese pueblo fantasma desde las laderas de las montañas. Y sobre todo puedes sentarte a la sombra de los inmensos fresnos a deleitarte con la historia de Juan y Elisa.

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