lunes, octubre 19, 2009

Tengo ganas de ti


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"Esas palabras que nunca han sido dichas pero que siempre han llegado. Porque el amor nunca se pierde".

Finalmente ha llegado el último libro pendiente del autor, a la espera de que saque uno más en un futuro próximo. Éste es el libro que ha creado la moda del candado del amor, aunque el capítulo pasa apenas desapercibido.

Han pasado dos años desde que Babi y Step lo dejaron (A tres metros sobre el cielo). Step, no pudiendo soportar la soledad después de Babi ni el vacío ocasionado tras la muerte accidental de Pollo, su mejor amigo, se marcha a Nueva York a hacer un curso de diseño gráfico por ordenador. Y en Estados Unidos se queda durante dos años.
Cuando vuelve a Roma, más sensato, más maduro, menos rebelde, menos violento, sólo desea encontrarse con Babi. Todo este tiempo ha vivido por y para ella, ha vivido de los recuerdos, ha seguido amándola y ha buscado el reencuentro. Pero esos dos años, como podrá comprobar después, les han cambiado.
Un día, cuando Step va a echar gasolina para su moto una muchacha le roba. Después de un forcejeo, él le da la mitad y se la lleva a dar una vuelta por ahí. Es Gin, una joven llena de vida, de sonrisas, de amor. Gin, la que enamorará a Step.
Step encuentra un trabajo en televisión y Gin coincide allí de azafata con él. Comienza un idilio perfecto entre los dos. Después de tantos momentos especiales, todo se paraliza cuando un día Step va a una fiesta con un amigo y se encuentra con Babi. Y aunque no es la misma él no duda en acostarse con ella. Pero comprende, ya tarde, que era un amor idealizado, que a ella la había idealizado en esos dos años de ausencia y distancia. Y se arrepiente.
Su madre es ingresada en el hospital y él la perdona. Aunque su madre le da un consejo y le confiesa que Gin es amiga suya, Step, a pesar de que sabe que la perderá, le dice toda la verdad a Gin, con todo el dolor que ello conlleva. Muere la madre de Step y él intenta que Gin le perdone. Le roba sus diarios, donde descubre pedazos de su vida, porque Gin, aunque siempre le dijo que no le conocía de nada, había estado enamorada de él desde siempre. Y el día que se conocieron sólo había sido un encuentro planeado por ella. Step se siente único tras leer sus diarios. Sólo espera el perdón, porque en el fondo sabe que Gin le terminará perdonando porque su amor es grande.

Al terminar el día

Uno de los momentos en que más disfruto del día es cuando regreso a casa. Conduzco con tranquilidad, gozando del momento, pensando en lo que haré cuando llegue a casa -aparte de quitarme los zapatos-, incluso cantando a voz en grito cualquier canción de Europa FM, porque eso sí, tengo que escuchar la radio. No sé por qué. Quizás porque si grabo algún CD suelo terminar aprendiéndolo y enseguida me canso de escuchar las mismas canciones. Eso me recuerda otro momento en otro lugar y en otro coche lleno de música. Una música que, en la mayor parte, a mí también me gusta.
Es ese momento en que regreso a casa cuando me desprendo de preocupaciones, van quedándose por el camino, para recogerlas mañana de nuevo. Y ahora, al mirar hacia fuera, me sorprende lo pronto que anochece ya. En verano me quejaba porque el sol me deslumbraba al ir a casa y ahora no es de mi agrado volver de noche.

Caminando contra el frío

A las 10.30h. he tenido que salir. Caminaba despistada por la calle, rodeada de un frío invernal que notaba en la punta de la nariz y en los helados dedos que era incapaz de meter en los bolsillos. Y entonces he visto una matrícula y me he echado a reír. Por una vez que no iba pensando en él, aparece de bruces su coche. Entonces me he dado cuenta que me apetecía pasar junto a él y delinear con mi mano helada dulcemente el lateral izquierdo. Menos mal que hacía frío y no se veía a mucha gente por la calle. Pero sólo ha sido un pensamiento. No lo he tocado ni he pasado al lado. La tendencia, más bien, ha sido alejarme lo más rápidamente posible.
Al regresar por allí veinte minutos después, iba pensando en ir a buscarle. Su coche seguía en el mismo sitio. Me iba a tomar un café, y el café me hubiera sabido muchísimo más dulce con él delante. Me he cortado. Aunque esto tampoco es exacto. No es que me haya cortado, sino que me he parado a pensarlo, he sopesado las opciones, y al pensarlo fríamente he optado por el no. También incluso he pensado en llamarle para que bajara a tomar un café, pero es que me comentó que había dejado el vicio, así que no será por mi culpa por lo que vuelva a recaer en ese vicio. Bien, al final me he tomado el café sola. Hubiera sido mejor si hubiera estado él. Seguro que fuera hubiera dejado de hacer frío y que el día habría tenido otro color. He dejado de llevarme por los impulsos. Después de esto comprendo que ya no soy tan impulsiva como hace unos años, sino que sopeso todo, con sus pros y sus contras. Ya no vivo al límite. Ir a buscarle a su oficina hubiera sido genial, una acción imprevisible, aunque tuviera mucho trabajo y al final no hubiera podido bajar. Quizás lo haga otro día. Es que no quiero arrepentirme de algo que no he hecho; prefiero arrepentirme de cosas que haga.
Si llevara a la práctica todo lo que me pasa por la cabeza...

Las doce en el reloj de la iglesia

Si viviera en una ciudad no escucharía las campanadas con tanta nitidez, aunque en Salamanca sí que escuchaba las de la cercana iglesia de San Pablo. Tocaban su melodía a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde, el resto de las horas eran campanadas normales.
Cuando esta mañana he abierto los ojos, algo temprano para ser domingo, estaba mi abuela. Despeinada, en pijama y con un incipiente ardor de estómago he desayunado con ella. Me ha dicho que a ver si me corto el pelo, que lo tengo largo. Me ha hecho reír, porque últimamente sólo me cortan el flequillo cuando corro el riesgo de que no me permita ver, pero no había caído en la cuenta de que la melena sigue creciendo ¡y hace siglos que no me he cortado! De todas formas, le he dicho que a mí me gusta así, largo, bien largo. Y seguro que pasan siglos hasta que me corte las puntas.
Es que las abuelas se fijan en estas cosas, o si has engordado y/o adelgazado unos kilos, te preguntan si tienes algún amigo especial o qué es lo que vas a hacer mañana. Y eso, mi abuela me preguntaba este tipo de cosas mientras yo veía el comienzo del partido de tenis y de vez en cuando decía en voz bajita: "¡Venga, Nadal!".
Debería ir a dormir o, al menos, a leer un rato. Luego, como muchas otras noches, abrazaré la almohada, una rutina que yo creía olvidada...

domingo, octubre 18, 2009

Entre dos mundos contrarios

Arriba y abajo, derecha e izquierda, blanco y negro, bien y mal, frío y calor, noche y día, A y Z, delante y detrás, cielo e infierno, corto y largo, ancho y estrecho, sí o no... Un sinfín de contrarios marcando dos perspectivas totalmente diferentes. En estos momentos estoy dominada por una sensación que se divide en dos vertientes. Y esto me lleva no a la confusión, sino más bien a la indecisión.
Son dos caminos paralelos, que no pueden coexistir los dos juntos. Si es uno, no puede ser el otro, por tanto nunca se cruzarán.
En uno, en el centro está una persona que consigue que mis sentimientos se intensifiquen de tal forma que todo lo que está a mi alrededor, del mismo modo que él, roza la perfección. Esto es, abro los ojos cada mañana, pienso en él y mis labios dibujan una sonrisa que dura todo el día. Me siento feliz sin esfuerzo alguno. Contagio alegría a los que me rodean en el día a día. Todo se ve invadido de unos colores y de una belleza tales que se me escapan de las manos. Me siento felizmente tranquila por esa misma tranquilidad que me aporta el simple hecho de dedicarle un minuto al día en pensamiento. El único obstáculo es que desconozco lo que hay detrás de esos ojos profundos, de esos encuentros dejados al azar, de esas metódicas palabras. Y el hecho de no saber lo que él piensa te hace dudar de todo. Aunque es una especie de luz, porque me reconforta pensar en él y me hace sentir viva. A veces me pregunto cómo he podido vivir tantos años desconociéndole, sin haber coincidido en ningún sitio...
Por otro lado está el mundo en que no hay nadie más. Tú eres el centro, no ríes ni lloras por nadie. Sonríes igualmente, pero no es tan fácil alcanzar esa felicidad. Puede que a veces sientas que estás tocando el cielo con las yemas de los dedos pero es un momento tan efímero que cuando te quieres dar cuenta ya ha pasado. Es un mundo tranquilo porque no le das tantas vueltas a la cabeza, pero sientes el vacío como una espiral sin fin, un vacío que nunca se llena. Te acostumbras a esa soledad, que se convierte en tu compañera de viajes, y que llena el horizonte de silencios. Es un mundo ligeramente inundado por una oscuridad incierta, donde sigues sonriendo porque eso es innato a tu carácter, pero caminas con pies de plomo porque desconoces lo que hay al otro lado de la curva. Y si hay un obstáculo te cuesta mucho más solucionarlo. Pero no estás expuesta al descontrol de sentimientos que se desbordan, que sobresalen entre los dedos de las manos y no puedes atraparlos. Tienes insomnio, el desasosiego y la inquietud van ocultos en tus bolsillos para salir a la luz en el momento más inesperado. Sientes la incertidumbre de un horizonte lleno de niebla...
Tengo que tomar una decisión. O hablo con él o doy la espalda a todo ese cúmulo de sentimientos, algo que sería demasiado doloroso y que me costaría meses y noches en vela hasta que me recuperara. Supongo que puedo concederme la licencia de sentarme a esperar un rato antes de tomar una decisión. Supongo que me quedan muchas cosas por descubrir aún. Supongo que no puedo borrar de un plumazo los sueños (y creo que tampoco quiero) ni los momentos. Supongo que seguiré dedicándole un minuto al día durante muchos meses más. Supongo que seguiré encontrándome con él y me seguiré sintiendo la persona más feliz del planeta. Y, contra eso, no puedo hacer nada, tal es la fuerza que él mismo transmite.

¿En dónde echamos la tarde?

Al final hemos dejado la ermita para otro momento y hemos estado en el Madison. Mis amigos suelen enclaustrarse allí los domingos por la tarde y yo suelo ir en contadas ocasiones. En verano, nunca, porque no soporto meterme en un bar toda una tarde con el buen tiempo que hace en la calle y pudiendo estar en otro sitio.
Hemos estado jugando al tute por parejas. Y hemos perdido, así que nos ha tocado pagar los cafés. Se me ha pasado volando ese rato. En cierto momento he pensado en lo poco que me hubiera costado ponerme en contacto con otra persona que estaba en la misma ciudad pero en otra ubicación, aunque yo desconociera dónde exactamente. Y esta vez me he controlado lo suficiente como para no dar señales, pero sí me hubiera gustado verle.
Cuando he llegado a casa ya había anochecido y aún no eran las nueve. En esos momentos me entra nostalgia del verano, de los largos atardeceres, de esos días tan largos...

A las seis de la tarde

Después de una noche estrellada, mágica, perfecta estaba claro que hoy saldría el sol, aunque haga mucho frío.
En la ermita hay unos grados menos y hemos quedado a las seis. Es interesante, porque por lo general los domingos suelo tirarme en la cama y sumergirme en historias creadas por mentes ajenas, bien sean libros o películas. Pero hoy no consigo concentrarme, mi mente vuela lejos. Siento que una fuerte garra me atenaza el estómago y no quiero pensar, así que hoy cambiaré la tranquilidad dominical por un café y charlas inmersa en el mundanal ruido. Así, parafraseando a Fray Luis de León: "¡Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido!".

Dos minutos para las seis. Llego tarde.

En casa

He hecho algo que no debería haber hecho, pero no pienso arrepentirme. Como siempre hay que culpar a alguien o a algo, la culpa esta vez será del Ballantine's, que hoy he variado las cervezas por el whisky porque hacía frío y, de alguna manera, había que entrar en calor.
Subíamos en el coche y observaba las estrellas. El cielo estaba tan despejado que daba gusto mirar hacia arriba. Y en ese momento tenía que compartirlo con una persona, y lo he compartido. Pero ahora... siento que tengo el corazón en un puño.
Creo que si me convencen cinco minutos más me quedo allí. Ha sido por seguridad por lo que yo he venido ahora y no más tarde. Igual empiezo a dejar los riesgos a un lado e intento pisar sobre suelo firme. No sé.
En cuanto he mirado al cielo sólo he pensado en una persona y en lo que me gustaría buscar constelaciones con él.
Creo que tengo que replantearme muchas cosas, sobre todo cómo sacármelo de dentro. No puedo estar así. Estoy coladísima, pero no veo ninguna señal por su parte, ningún movimiento. Entonces me parece absurdo pensar tanto en ciertas cosas en las que quizás no debería pensar. Si no quieres que una planta crezca lo más rápido es arrancarla de raíz, pero ¿cómo voy a arrancarme el corazón?

sábado, octubre 17, 2009

Una terrible necesidad de él

Siento una terrible necesidad de él. No me conformo con verle de lejos. Necesito estar cerca: mirarle, tocarle, escucharle, hablarle, sonreírle... Es increíble porque si da la casualidad de que no nos encontramos la necesidad crece, recuerdas momentos y su imagen empieza a contemplarse diluida por el tiempo y el espacio. Recuerdas su sonrisa, sus palabras, sus pensamientos y sientes que todo en ti se estremece.
Sigues soñando con él, noche sí y noche también, y sabes que aunque no lo recuerdes al día siguiente todo está ahí.
Y me siento extrañamente tranquila. Es como si todo el fuego interior estuviera asentando y esto me hace pensar. No es lo mismo grabar algo sobre arena que sobre piedra, y siento que todo se está grabando en piedra.
Me obligo a no buscarle entre la gente porque he comprobado que cuando menos te lo esperas entonces te cruzas con él, aunque sea de manera fugaz. Y esa simple visión es suficiente para hacer que se desborde un torrente tempestuoso de sentimientos positivos.

Noche tranquila

Anoche cuando llegué eran las dos. Por una parte, me apetecía escribir algo; por otra, el frío hacía que me sintiera rígida, notaba muy pesados todos los huesos de mi piel. Al final opté por ir directamente a la cama.
Había poca gente, menos de lo habitual. Debía ser por el frío. Cuando estaba en casa me di cuenta que a mí también el frío me hacía pensar en la comodidad y el calor de quedarse en casa anoche, pero una fuerza superior pudo conmigo.
En el Madison se me pasó por la cabeza hacer una llamada, pero deseché la idea. Prefiero las casualidades. Y creo que mejor no haber hecho nada, porque si le pillo durmiendo me da un mal.
Lo pasamos bien. No importa la gente que haya, lo que de verdad es importante es la compañía con la que estés.

viernes, octubre 16, 2009

En una rotonda

Cuando me estaba sacando el carnet y andaba haciendo prácticas lo que más odiaba eran las rotondas. No porque no supiera cómo poner los intermitentes o tuviera problemas para seguir, sino porque siempre podía salirte algún coche... justo en el momento en que decidías embarcarte en la rotonda.
Como todo, siempre hay una parte positiva y una negativa. Que no me gusten las rotondas queda en segundo plano cuando te encuentras con alguien inesperado, que también va en coche, y que además te ha reconocido porque estaba mirando. Creo que he sonreído, y también he pitado.
Sales cansada intelectualmente, no te apetece más que descalzarte y tumbarte en la cama, despejarte, pensar en que mañana no tienes que madrugar y que esta noche puedes permitirte el lujo de salir a tomar dos copas... De fondo sonaba una de las últimas canciones de Antonio Orozco cuyo título acabo de encontrar: Que me queda.
No he tenido mal día. No dejo que el pesimismo, la aflicción o la pena lleguen a mi alma, pero sí pesaba el cansancio. Ha sido verle y desaparecer todo ese cansancio que llevaba encima como por arte de magia. Igual es un mago, porque yo ya tengo claro que me tiene hechizada ¡y de qué manera!

Historias y personajes

En el Diario La Rioja no paran de fotografiar los puentes logroñeses en busca de candados que proclamen amores eternos. Hoy ha sido el Puente de Piedra. Es graciosa la situación. Igual en algún momento en que pase por el puente sobre el Oja, a la salida de Santo Domingo, también pongo un candado, sólo que como en ciertas temporadas del año el río es subterráneo tengo que buscar el momento oportuno para que la llave caiga sobre agua y no sobre piedra.
Dice una de mis compañeras de trabajo que es un signo bonito el de los candados. A mí me parece que rompe la estética urbana, aunque el mensaje proclame un amor en un mundo lleno de guerras. Es decir, imagino un puente modernista, con sus sutiles y delicadas curvas, hierros rebuscados fundidos en otra época, quizás con azulejos de colores... ¿cargado con candados llenos de iniciales y fechas? Pues no, no lo veo cargado de candados que para mí es una nueva moda. Aunque en el fondo soy una romántica y quizás, aunque no lo diga, lo haría.
Pensemos en un futuro: los candados a la intemperie, soportando el calor del sol y el frío del invierno, mojados por las lluvias, tapados por la nieve, azotados por el viento, acariciados por el aire cálido del verano... Llegará un momento en que se oxiden.
Es que, en el fondo soy un amante del arte y de la arquitectura, por eso me fastidia tanto este tema, que yo me alegro por los enamorados, pero no estoy de acuerdo en que se coloquen candados por doquier en una estructura que, sea por lo que sea, tiene un uso y a veces una belleza singulares. Lo mismo opino de pintadas en muros y de parques descuidados y con restos de picnics en el césped... es decir, para mí el mobiliario urbano debe cuidarse. Cuando alguien se salta las reglas y hace algo que me parece una ofensa a la ciudad, aparte de una falta de respeto al resto, pues no me queda más remedio que criticarlo.

Por cambiar de tema, ahora recuerdo otra de las noticias del periódico: Ángeles Caso gana el Planeta 2009 con su novela Contra el viento. Eso me recuerda a que yo hace unos años compraba todos los Planetas en el momento en que veían la luz en las librerías. Pero la mayoría de los premios me terminaron decepcionando. Veía en ellos una ideología muy cuadriculada, seguían los mismos patrones y jamás se desviaban de ese ideal impuesto, sin arriesgarse a experimentar con las letras. Tanto me decepcionaron que un año decidí no volver a comprar un Premio Planeta. Aunque me he leído otros posteriores, pero han llegado a través de manos ajenas.

No comento más noticias porque realmente si en las primeras páginas ponen ocupando una plana entera la noticia de los candados del Puente de Hierro es preocupante, pues es obvio que no tienen mucho más interesante que decir. O quizás porque quieren desviar la mirada del lector de otros temas de mayor relevancia. Lo que ocurre es que no me voy a meter ni en política ni en economía, aunque Obama recibió el Premio Nobel de la Paz. Creo que era pronto para dárselo.

Cuando late un corazón... inconformista

Es una corazonada. Lo era esta mañana, cuando he regresado de Correos para ver que él ya estaba ahí, porque su FM refulgía muy cerca. Después ha seguido la corazonada y me he encontrado de frente con alguien que posee título nobiliario. Y la corazonada seguía cuando regresaba a la oficina y entonces le he visto pasar con el coche, pero como siempre mira hacia adelante no me ha visto.
La corazonada sigue. Y además no me conformo con verle de pasada. Teniendo en cuenta que es viernes hay posibilidades de encontrármelo esta noche -si salgo-.
También podría ocurrir la del viernes pasado, sólo que yo hoy no tengo reunión y es muy posible que a las nueve esté relajada en casa y con la mirada perdida en el fin de semana.
Se me ha pasado la semana volando. Y eso que casi me quedo dormida, que mi padre me ha despertado a las ocho. Lo que ocurre es que anoche me quedé dormida con el libro sobre el pecho, la luz dada, el portátil a mis pies (si me hubiera movido...). A las cinco me desperté y despejé la cama. Y no puse la alarma del móvil. Y he llegado a tiempo.
A las doce de esta noche habré ganado una apuesta. No suelo hacer apuestas a no ser que esté segura de ganarlas. Si ganas, más que lo que esté en juego, te sientes por las nubes por el simple hecho de haber ganado. Y ahora bien, cuando pase hoy no sé si debería llamarle algún día o no. Estoy perdida y no sé si debo. Posiblemente no lo haga a no ser que tenga una necesidad de él tal que no lo pueda resistir, pero esto también sería controlable. Tampoco voy a poner la mano en el fuego, porque a veces me dejo llevar por pequeños impulsos (de los que luego suelo arrepentirme).

jueves, octubre 15, 2009

Casi frío

Hace tanto frío que no veo por ponerme el pijama y taparme hasta arriba con el edredón. Lo primero me da pereza porque lo tengo que hacer rápidamente so pena de helarme, y con unas manos más gélidas aún. Lo segundo no lo haré hasta que no quite la luz y ni siquiera me pararé un momento a pensar en ello, porque cuando me meta bajo el edredón seguramente estaré leyendo un rato hasta que se me empiecen a caer los párpados.
Odio el frío. Pero sólo tengo que cerrar los ojos para dejar de odiarlo. Por ejemplo, puedo imaginar una sala de estar impersonal, un domingo por la tarde, fuera está todo nevado; puedo imaginar que estoy sentada en un cómodo sofá, de ésos en los que te hundes, junto a una persona, y compartimos una manta mientras vemos una película cualquiera. No importa la decoración, ni la película, ni todo lo que hay alrededor, sólo ese momento.
O podría visualizar un pueblo de montaña, nevado, con un bar en sombras y las casas de piedra. Los pocos vecinos que allí viven se reúnen junto al fogón encendido del bar. La nieve ha paralizado todo lo demás. Caminamos cogidos de las manos. No importa el frío ni la dirección, sólo el momento. La belleza de ese magnífico momento.
Dos historias disfrazadas de color en cuestión de minutos. Pero al igual que la nieve en ellas descrita se fundirán y desaparecerían destinadas al olvido si yo no las hubiera rescatado antes.
Y siempre él...
No estoy preparada para este frío.

Simplemente él

Me apetece escribir sobre él, porque pensando en él me siento ligera, noto que me estoy meciendo en el aire. Es curioso porque, sin embargo, le siento muy lejano. Últimamente no veo su coche y ese único detalle sirve para que me dé la sensación de que está muy distante.
Me gustaría cruzármelo por la calle. Quizás así como el viernes por la noche, algo inesperado, que sientas que una fuerza superior te deja plantada en la acera sin saber cómo reaccionar. Es frustrante en la primera milésima de segundo, luego lentamente recuperas el control.

Es curioso cómo vuelvo a mirar hacia atrás: hace una semana exacta estaba con un tembleque tal que no sé si soportaría otra tarde así de nerviosa. Pero pasó y me dejaría cortar una mano por volver a pasar por algo así. Tampoco es necesario que me deje cortar la mano, puesto que sé que en cualquier momento podría ir a verle, sólo que ahora no tengo excusa.

O es eso o me voy a casa.

Cuando pienso en él me pierdo en un mundo imaginario, no importa dónde esté ni adónde vaya. Sonrío inevitablemente y además no me doy cuenta.


Pequeñas reflexiones antes de abrazar a la almohada

Le echo de menos.
Es como si necesitara un poco de él para que me insuflara savia nueva. Aunque es soportable. Al final todos somos unos supervivientes, para bien o para mal.

Me sorprendo a mí misma al contemplarme en el espejo: demasiado tranquila, como si fuera la calma que vaticina una tempestad, aunque espero que esa tormenta, si llega, esté muy lejana.

Es hora de dormir.

Herod's

Hoy, después de mucho tiempo, he desempolvado los juegos que tengo en el pc, casi todos de búsquedas de objetos y rompecabezas. Vienen bien si necesitas desconectar un poco, como era mi caso. Y es que no quería pensar en nada. Éste está bien. Durante un rato me he convertido en una especie de Indiana Jones. Lo que ocurre es que enseguida me canso.

miércoles, octubre 14, 2009

Roces del día a día

Magnífico, antes he obviado parte del sueño de manera consciente.

Estoy sorprendida porque no he escrito nada en toda la mañana, en parte porque estaba muy centrada en el trabajo, en parte porque he tenido que sacar mi vena conciliadora para tranquilizar a mis compañeras, que hoy estaban en tensión. No es que me guste meterme en medio -por si salpica la sangre, aunque la sangre no llegue al río-, pero es cierto que he intentado dulcificar las cosas. Tampoco me he enterado muy bien qué ha ocurrido entre ellas. He llegado y ya estaban los ánimos exacerbados, estaban a la primera que saltaba.
Como yo llevo unos días como en una especie de burbuja donde me mantengo al margen de disputas ocasionales, de tristezas ajenas y de enfados momentáneos, esta vez he optado por quitar hierro al asunto. La sangre no ha llegado al río, pero creo que aún no se ha solucionado. Para mí la solución es simple: tienen que mantener una conversación entre ellas y limar las asperezas.
Seguro que pronto se arregla. Yo siento esa tensión y no me gusta nada. Así no se trabaja bien. ¿Es que no entienden que es más fácil hacer las cosas con buena disposición de ánimo? He aquí el ejemplo, que yo muchos días tengo que controlar mi temperamento. Y es más fácil hacer las cosas de manera positiva.

El sueño del bosque

Soñé que nos íbamos de excursión al monte, rodeados de un numeroso grupo de gente que ama la montaña. Habíamos dejado las mochilas en un refugio solitario varias horas atrás, en un valle en el fondo del mundo, como en los viejos tiempos. A medida que íbamos ascendiendo empezábamos a quedarnos a la zaga, inmersos en nuestras historias, viendo el mundo a través de los ojos del otro, a veces cogiéndonos de la mano, quizás robándonos un beso y finalmente grabando nuestras iniciales en la corteza de un haya.
Un minuto después no quedaba a nuestro alrededor más que el silencio. El resto de gente había desaparecido y no sabíamos qué dirección habían tomado. Estábamos rodeados de árboles y no había siquiera un sendero que marcara el camino. Se habían dejado de escuchar las voces de los demás, las numerosas pisadas haciendo crujir la hojarasca, las risas quedaban lejanas ya. Estábamos solos, él y yo, observados por los octogenarios árboles que se erguían a nuestro alrededor como un público que no había sido invitado a estar allí, pese a haber crecido en aquel paraje solitario.
Empezábamos a caminar, cogidos de la mano, sin orden ni concierto, desconociendo la dirección correcta, sin brújula o un mapa para guiarnos. Subiendo, bajando, siguiendo el campo a través, sin parar. Pero sorprendidos por las risas de lo inesperado, risas por habernos quedado solos, felices y despreocupados. A ratos seguíamos el cauce de un arroyo que ni siquiera saciaba nuestra sed.
Habíamos dado vueltas por aquel bosque único que nos observaba silencioso, sin reparar en que las horas iban pasando y la noche se acercaba lentamente. Al atardecer se había echado la niebla encima y miramos en dirección a la montaña, buscando algún lugar donde guarnecerse. No teníamos comida, ni agua, ni siquiera ropa de abrigo.
Comenzamos a subir por la ladera suave de la falda de la montaña, buscando posibles grietas, hasta que encontramos una lo suficientemente ancha como para deslizarnos hacia su interior. La noche se cernía sobre nuestras cabezas y nuestros dientes empezaban a castañear. Sin embargo, aún seguíamos felices, desconociendo cómo íbamos a salir de aquel antro milenario y limitándonos a aprovechar lo que teníamos ante las manos.
Por el techo de la gruta se asomaban cautelosos los rayos de una luna llena perfecta. Tiritábamos de frío. Los dos nos contemplamos y pensamos en lo mismo a la vez.
Las ropas empezaron a caer a nuestros pies, mirando a veces de reojo, a veces con curiosidad y a veces con pudor, pero sin dejar jamás de sonreír. Y nos tumbábamos allí, en una gruta perdida en medio de una montaña, abrazados, adormecidos por el calor mutuo de nuestros cuerpos, felices de estar allí. No había nada más. Solos nosotros y la luna.

Soñadora

Llevo unos días soñadora. En los minúsculos instantes que no estoy centrada en algo mi mente empieza a soñar diligentemente. A veces es algo relacionado con alguna cosa que ha ocurrido, en otras ocasiones un mero objeto me hace volar muy lejos. Cualquier día de estos iré tan ensimismada por la calle que seguro que terminaré tropezando con algo. Y, sin embargo, seguiré estando muy lejos de aquí.
En el fondo, siempre he sido una soñadora. Ya inventaba historias de la gente peculiar que se cruzaba conmigo en la calle. La única diferencia es que ahora soy yo la que aparece en esos mundos imaginarios y, curiosamente, no estoy sola en ellos.
Hablando de sueños... anoche soñé con un bosque. Quizás mañana lo cuente. De momento hoy, me retiro a los brazos de Morfeo. Es que últimamente no me cuesta mucho apagar la luz y embarcarme en ese mundo. ¿Por qué será...?