sábado, octubre 24, 2009

Tantas cosas había olvidado...

Había olvidado lo que era tener un boquete tan oscuro en el estómago, esa piedra que acarreas de vez en cuando, por la que todo se te hace tan pesado.
Había olvidado lo que era tener los ojos tan rasgados que vierten amargas lágrimas a cada minuto. Y cuanto más piensas en ello más desazón sientes.
Lloro porque tengo que obligarme a sacar fuera todo de él, porque su indiferencia me resulta insoportable, porque tengo que aprender a evitar todo lo que tiene relación con él.
Lloro porque estaba empezando a sentir algo incontrolable, porque ya no buscaré sus ojos entre la gente.
Lloro porque el vacío que empiezo a sentir implica un dolor sin límites, porque no puedo olvidar.
Lloro porque tengo que aprender a no pensar en él, porque no puedo dedicarle ni siquiera un minuto al día.
Lloro por todo lo que me va a costar salir de ésta, todas las noches que no dormiré, todos los sueños que se han esfumado, ¿y dónde quedan las ilusiones?
Me hubiera conformado con una respuesta, fuera cual fuera, pero no me conformo con la indiferencia, con la ausencia de respuesta.
Ojalá pudiera salir todo de dentro tan rápido como se vierten las lágrimas. Había olvidado incluso lo que era desahogarse llorando.

¿Salir o no salir? Ésa es la cuestión


Sólo con pensar en todo el tiempo que me va a llevar maquearme me da pereza. Lo que más cuesta es alisarme el pelo, que me llevará una hora larga. Y si quedamos a las 22.30h. todos los días, no es que llegue tarde, es que llegaré muy tarde. Da igual, porque siempre me quedará el teléfono para preguntar dónde están.
Pero más que la pereza por prepararme, hay una causa de mayor peso que me está haciendo que me replantee salir esta noche. Tantos meses deseando encontrarme con él para que llegue un día en que no quiera encontrarme con él. Y suele ocurrir que cuando no quieres ver a una persona es cuando la ves.
Si eso ocurriera, no sé lo que haré. Soy consciente de que dentro de mí lucharán dos fuerzas de enorme magnitud: una pugnará por que me quede hablando con él sin importar nada más, sin pensar en las consecuencias, disfrutando de ese momento y añadiendo una décima más de afecto; la otra, en toda su sensatez, lidiará por salir huyendo, por evitar mirarle a los ojos, por dar media vuelta y abandonar en una cuneta cualquier tipo de sentimiento.
No sé. No tengo ganas de fiesta, pero también necesito desconectar un poco de la semana, que ha sido algo dura.

De test en test

De semana a semana tengo que presentar varios tests. He optado por hacerlos los fines de semana. Hay dos intentos por materia. En el primero que he hecho he sacado un 7 (sobre 10). El segundo intento de esta materia lo haré con mi hermano, porque él controla muchísimo más en todas esas respuestas. No es tanto por superar la nota (prevalece la nota más alta) sino para que él me haga aquellos tests cuyas materias controla.
Me quedan aún dos por hacer. Y hay que aprobarlos todos. A mi modo de ver, si con dos intentos no se aprueba... Vaya, que aprobarlos es fácil, lo difícil es sacar nota. En los dos que me quedan me esmeraré un poco más.
Tengo los apuntes delante, pero algunas preguntas son muy rebuscadas. Aun así, he empezado por el que consideraba más difícil. Los otros dos son, en mi opinión, bastante más sencillos.
A mí me recuerda esto, en cierto modo, a la teórica del coche: cuatro respuestas por cada pregunta, y la opción 'D' negando todas las anteriores o diciendo que todas son correctas.
Reedito esta entrada para aclarar que tanto me he esmerado en el segundo test que he sacado un 10. He hecho pleno. Pero también es cierto que lo que preguntaban es algo que sé del día a día, y sabía muchas cosas con los ojos cerrados.

La mirada perdida

Esta mañana me he levantado con una ligera desazón. Ni siquiera he tenido tiempo para pensar. Mi hermano me ha dicho que aún no me había despertado y B. me ha comentado que tenía los ojos llorosos. Y entonces he recordado que anoche no dormí bien, incluso las lágrimas pugnaban por salir.
Me miro en el espejo y veo una mirada perdida, casi vacía. Me cuesta reconocerme. Y no sé de dónde sale, porque la tristeza está en mi interior. Intento que se oculte a personas externas.

Mañana pintaré el arco iris de color gris

A veces esperamos del resto de la gente la respuesta que nosotros daríamos en su lugar. Aquí empieza eso que se llama intolerancia. Tendré que dejarlo estar, pero la tristeza continúa aprisionándome el estómago.
No puedo dar la espalda repentinamente a alguien en quien pienso cada día y me brinda tantas sonrisas, que me hace tan feliz. Y, sin embargo, no sé a qué atenerme. Y eso es lo que hoy me descorazonaba.
Mañana volverá a salir el sol, seguro que pensaré en él y sonreiré de nuevo y quizás luego piense en otra cosa y entonces vea una ligera sombra. De mí depende que esa sombra oscurezca todo. Lo que ocurre es que ahora desconozco cómo estaré mañana de ánimo.

viernes, octubre 23, 2009

Traurigkeit (*)

La tristeza es un estado del ánimo tan pesaroso que es preferible que no llegue nunca.
Cuando volvía a casa creíame enfadada, pero no es tanto el enfado sino la desazón que traía conmigo.
Me da la ligera sensación que lo de hoy me va a costar muchas noches sin dormir, muchas palabras sin decir, muchas lágrimas sin derramar.
No es tan fácil replegar ese abanico de sentimientos que se abrieron cual paraguas hace unos meses. No es fácil radicalizar todo. No es fácil quitarse de todo. Y cuando pienso en olvidar veo un pozo muy negro en mi estómago. Y duele. Duele tanto que es insoportable.
Siento que se ha roto algo dentro de mí, y veo casi imposible recoger todos esos pedacitos.
Quizás esté equivocada. Ojalá estuviera equivocada... Pero hasta la ilusión de equivocarme por una vez la he perdido también.


(*) Traurigkeit: En alemán, 'tristeza'.

No será a las siete

Después de comer no veía por que pasara la tarde y volver a las siete en punto. Y, sin embargo, sigo en la oficina. De hecho, voy a bajar a tomar un café, porque luego tengo que terminar algo, y no me iré a casa hasta que acabe lo que me he propuesto para hoy. Como todos los viernes, siempre intentamos quitarnos de encima asuntos que no queremos que se nos acumulen para la próxima semana.
Cuando venía en coche, poco antes de las cuatro, me he despejado totalmente, aun cuando no había tomado todavía el café de después de comer. He recordado que, cuando pronosticaron que nevaría pronto, se me cayó el alma a los pies. Si me quedo aislada no podría venir aquí, y eso significa que habría menos posibilidades de encontrarme con él.
Pues hoy pensaba en que si bien disfruto del trabajo que hago a diario, también es cierto que un posible encuentro con él condiciona el que coja el trayecto hasta aquí con más o menos ganas. Y pensaba en él cuando repentinamente no tenía sueño, cuando no hacía ni media hora que se me cerraban los ojos en casa.
Los viernes solemos encontrarnos.

Cansancio a puñados

He encendido el pc porque si me tumbo a leer en la cama me quedo dormida. A veces me echo una siesta de 20 min. pero hoy no funcionaría: tengo demasiado sueño.
Cuando lleguen las siete de la tarde volveré a casa puntual.
No sé si se debe a que he dormido sólo cinco horas -que es la media de todos los días- o a que tengo acumulado cansancio físico e intelectual. Al llegar a casa a comer me dolía la cabeza.
Hoy también he visto, al salir de Correos, a una chica en cuyo lugar me gustaría estar a veces. Pero no por lo que hace a diario, sino por aquél a quien ve a diario.
He leído en algún sitio últimamente que el cansancio está en uno mismo. Si no pienso en ello seguro que no me doy cuenta. Y para tres horas que me quedan, aunque parezcan muy cuesta arriba, podrán soportarse.

Una secuencia de imágenes

Como en una película, los fotogramas se van encadenando hasta crear una historia. La diferencia de esto, que es real, con una película es que no se ha utilizado ningún tipo de cámara para inmortalizar esas imágenes. Es el cerebro una máquina delicada que almacena recuerdos, y aquéllos que nos parecen magníficos los pule como si fueran tesoros que no quiere perder.
No necesito siquiera cerrar los ojos para encontrarme un día cruzando un paso de cebra y pasar a su lado y contemplarle fijamente; ya entonces su magnetismo había empezado a hacer eco en mí. Llevaba una camisa roja oscura, que le quedaba bien. A pesar de que no iba solo, yo no tenía ojos para nadie más que para él. Corría el mes de mayo y yo había estado una semana en Logroño, pero a él hacía dos semanas que no le veía o, simplemente, no habíamos coincidido en el café. Entonces creía que todos ellos estaban en SD por trabajo temporal. Es sorprendente el hecho de que no le conociera anteriormente. Quizás nos habíamos cruzado, pero si no conocemos a una persona no solemos fijarnos tanto. Aunque siempre te suenan las caras... Aquí ni siquiera me sonaba su rostro. Si le hubiera visto antes no me hubieran pasado desapercibidos esos ojos...
Todavía sin conocerle, en verano iba en coche al final de la mañana cuando lo vi cruzando por delante de mí; en las manos llevaba una barra de pan. Paré para verle mejor, sin importarme si venían otros coches detrás. Eso también fue descarado, pero yo me sentía protegida dentro del coche. Recuerdo que miró en mi dirección, pero creo que no me vio. Lo contrario que me ocurría a mí. Es parecida esa sensación a cuando oyes una canción pero no estás escuchando verdaderamente lo que dice. Aquel día llevaba una camisa color salmón, a cuadros.
Los días que iba de oscuro no me he quedado tanto con la ropa que llevaba. Quizás es porque soy propensa a recordar mejor los colores cálidos.
Pero el día que empecé a mirarle con otros ojos fue a principios de abril, cuando entré en la cafetería y me clavó una mirada de ésas que no se olvidan con facilidad. Me sentí indefensa y ‘desnuda’. Tuve la impresión de que era capaz de leer a través de mí. Lo que me sorprendió aquel día fue que, en ese momento, para mí se trataba de un desconocido. Sólo que aquel día dejó de ser indiferente para mí.
También me viene a la mente la noche en que nos conocimos. Tenía una camisa azul oscuro con líneas blancas formando cuadros. Sus pupilas se intensificaban ante lo que estaba escuchando. Desde entonces no he vuelto a investigar, excepto en asuntos estrictamente laborales. Y es que es más fácil pedir las cosas o preguntar directamente que buscarlas; también es una vía más rápida. Así que si tuviera que preguntarle algo prefiero hacerlo a la cara.
Después de conocerle me arrepentí por haberme acercado a él, porque fue entonces cuando me di cuenta de que me gustaba de verdad y que, cuanto más hablo con él, más me gusta. Que me gusta cómo mira, cómo habla, su manera de pensar, la sutileza de todo lo que hace y dice, la delicadeza de las cosas que pasan por sus manos, su integridad, su coherencia, la suavidad de sus manos, la tranquilidad que me aporta o las veces que quita hierro a ciertos asuntos con los que yo me he comido la cabeza, la facilidad con que me pierdo en sus ojos, que me siento a gusto cuando está él delante, su ternura, su manera de sonreír, de ver la vida, de afrontar las cosas, que es una persona que se hace querer… Y seguro que cuanto más le conozca más me va a gustar. Y, ante este hecho, no puedo hacer nada. No puedo hacer que no me guste. Es como un río que ha empezado a fluir y no se puede parar, aunque el río finalmente se une con el mar. Me pregunto cómo terminará todo esto.
Puede ser el día más negro de mi vida, pero es que pienso en él y todo se torna perfecto. Termino sonriendo de manera inconsciente y me siento bien. Y esto… esto no me lo quita nadie.
No me preocupa lo que pueda o no pueda ocurrir de ahora en adelante. Yo ya tengo mi álbum de fotos en mente y esa pequeña porción de él es suficiente para que me sienta un poco más feliz. Hay pocas personas que tengan un don así.

Hoy me apetecía escribir sobre él y, como no podía ser de otra manera, si él aparece en mis palabras todo se ve cargado de insólita belleza.

jueves, octubre 22, 2009

Ni siquiera tengo tiempo para unas líneas

Eran las 21.30h. cuando he llegado a casa. Después de la reunión hemos entrado en el Casino -nunca antes había estado-. Y sólo veía por llegar a casa. Tengo ganas de que llegue el viernes por la tarde, aunque tenga otra reunión en sábado. Hoy he comprobado que, dada la hora de la primera convocatoria, bien podría salir mañana por la noche. Todo se verá... Para mí es importante estar despejada en las reuniones.
Por otro lado, B. está triste, tan triste que intento animarla de cualquier forma, aunque sólo sea por verla sonreír durante dos minutos. Hoy lo he conseguido. Pero enseguida se vuelve a desanimar. Y es que el panorama que tiene en casa no es nada halagüeño. A su madre le ha salido un segundo bulto en el cuello. Ya la operaron de uno en mayo. Todavía no saben lo que tiene, y lo peor es que no podría recibir radio ni quimioterapia porque la zona es muy sensible y no acepta ese tipo de tratamientos. En estos últimos meses yo la he visto en varias ocasiones y la he visto bien y que ahora aparezca esto... Se me pone la piel de gallina con sólo pensarlo.
En situaciones así es cuando te replanteas lo que nos preocupamos a veces por innumerables minucias cuando lo verdaderamente importante es la salud. Y no hay más.
Dependiendo de lo que tenga la madre de B. quizás no pueda irme en noviembre a Malta. Porque si B. está ausente del trabajo tendré que quedarme. Pero esto es algo que, ante la inmensidad de lo que ocurre, me parece poco importante.
Hoy me han llegado ya las primeras ofertas del viaje, pero ni siquiera he prestado atención. Posiblemente no pueda ir hasta el año que viene, que esto es lo de menos. Sólo me ha llamado la atención que no hay vuelos directos hasta La Valletta y que tengo que hacer transbordo en ¡¡Frankfurt!! De momento no voy a hacer nada, pero me niego a cambiar de avión en ese aeropuerto en concreto.
Cuando en 2003 volé a Alemania por primera vez, desde Barajas sólo había vuelos a Berlín-Tegel haciendo transbordo en Munich o en Frankfurt. Al estar situada ésta más al norte y por tanto más próxima a la capital alemana, elegí Frankfurt. En buena hora, porque casi pierdo el segundo avión. Me perdí en el aeropuerto, a pesar de llevar un mapa del mismo. Es un aeropuerto gigantesco y ultramoderno. Llegué a Berlín sin maleta, pues no dio tiempo a cambiar los equipajes de un avión a otro, y en el aeropuerto de Berlín me entregaron un neceser para salir del paso, mientras describía mi maleta y explicaba dónde me iba a alojar. Con exactitud teutona, mi maleta estaba a las 10.00h. de la mañana en el hotel (era domingo).
La cuestión es que tendrán que buscarme otros transbordos. En estos momentos no me corre prisa porque tengo la ligera sensación de que el viaje a la isla de Malta tendrá que esperar unos meses más.
En estos momentos hay otros temas que me preocupan más.

Una ojeada desde el balcón

Hace siglos que no cruzaba los dedos deseando que se cumpla algo. Y es que me gustaría encontrarme con él, que no hace ni cinco minutos que me he asomado por casualidad al balcón y he comprobado que está.
Es que tengo que salir, y tengo que pasar por ahí mismo. Sólo que basta que desee mucho verle para que no ocurra.
Hoy también le siento muy cercano.

Es hora de marchar.
Lo mejor de todo va a ser que pasaré por allí y quizás ya no esté (no voy a asomarme de nuevo a la calle a comprobarlo), quizás se haya marchado mientras escribía esto y le dedicaba unos minutos del día.

Hay deseos...

Dicen (el libro de El secreto, un fraude, para más inri) que si visualizas mucho una imagen, un deseo o un sueño en tu cabeza... al final se convierte en realidad.
Bien.
Yo me quedo dormida muchas noches imaginando que estoy abrazada a él (y no a la almohada) mientras que intercambiamos algunas impresiones hasta que nuestras voces se van apagando en la oscuridad.
He soñado en innumerables ocasiones que estábamos en un avión, con las cabezas unidas, viajando hacia cualquier parte del planeta. Sólo recuerdo que él siempre estaba junto a la ventanilla y abajo siempre se veía el azul del mar.
No voy a seguir porque tengo mucha imaginación, abundantes deseos y maravillosos sueños que giran en torno a él. He leído en alguna parte, en el día de hoy, que los deseos son formas que adoptan las necesidades humanas. Dudo de la afirmación por el hecho de que hay deseos que no se pueden cumplir, tan irreales como son.
Me pregunto si es cierto que si deseo mucho una cosa se terminará cumpliendo. Yo creo que, más que una cuestión mental, es una cuestión de llevar a la práctica.

miércoles, octubre 21, 2009

El final de la semana

A partir de mañana y hasta el sábado a mediodía estaré saturada de trabajo. Esto es que se me ha colgado salir el viernes porque el sábado tengo reunión (aunque, si mal no recuerdo, no era a una hora muy temprana).
Me lo tomo con tranquilidad, porque considero que es mejor no agobiarse.
Y tengo el coche en reserva, así que mañana tengo que levantarme algo más temprano para echarle gasoil. Se me ha encendido el piloto de reserva justo cuando llegaba a casa.
Mañana además estaré fuera de la oficina casi toda la mañana. Aunque eso está bien: cuando no tengo que salir necesito que me dé el aire. Suele ocurrir cuando estás muchas horas en un sitio; llega un momento en que necesitas desconectar, salir a la calle aunque sólo sea a respirar una bocanada de aire fresco.
El viernes viene a ser una réplica de mañana.
No me quejo. Soy persona que disfruta de lo que hace, incluso en las peores situaciones.

Haciendo cosas

¿Quién me iba a decir a mí que hoy me encontraría encima de la cama, pintando hojas de apuntes sobre algo que nunca hubiera esperado estudiar, con edding's de todos los colores... ? De esa guisa estoy. En una hora me habré leído todo lo que corresponde a la semana y eso que los apuntes los he impreso y encuadernado hoy.
El ansia puede más que yo. Podría hacerlo todo en el fin de semana, y sin embargo me he puesto manos a la obra en cuanto he tenido los primeros treinta folios en las manos.
Lo que estoy haciendo sólo se lo he dicho a una persona. Me sorprende ser capaz de decírselo a él como una especie de secreto a compartir y que no lo sepan otras personas tan cercanas, que me conocen de siempre. Supongo que fue por la confianza que me inspira. Siento que en ese momento necesitaba compartir algo con él que no comparto con el resto de la gente. No sé... me gusta la idea de que él lo sepa.
En una hora me habré leído todas las hojas.

Muy cerca...

A diferencia de ayer, hoy le he sentido muy cerca.
A las dos de la tarde, cuando iba a por el coche, he visto a dos tíos con los que hace días que no coincido en el café -sobre todo porque ahora suelo bajar antes-, que tenían sus coches, uno gris y otro blanco, aparcados cerca del mío. Primer flash del día y enésimo pensamiento dedicado a él.
Por la tarde, en un momento en que me he asomado al balcón, al mirar hacia la calle de la izquierda, su coche. No tenía la cámara de la oficina para poner ese zoom potente como ya hice la otra vez para ver la matrícula, y el zoom de la mía no llegaba. Pero era su coche. Pues al salir a la calle un rato después, la mirada se me ha desviado para allí y aún estaba. Segundo flash del día y otro pensamiento para él.
Al volver de la reunión, me he encontrado con aquel que tiene nombre de noble, al que he saludado, mientras a mano izquierda quedaba su coche como espectador solitario de ese saludo. Tercer flash y me he preguntado por qué veo tantas personas cercanas a él y no me encuentro nunca con él. Y aun así lo he sentido muy cerca.

Cuando la muerte es sólo un círculo rojo en un mapa

"Perdí la virginidad a los 15 años con mi prima Maite. No me gustó. Se exhibía como en las peores películas de los 90 y gritaba demasiado. Creo que por eso se acostó conmigo, porque necesitaba un público que la masturbación no podía proporcionarle. La vez siguiente fue con Lucía. Era casi una niña. Se dejó hacer y apenas parpadeó. Sé que se le escapó una lágrima. Mi primer viaje fue a Madrid, con mis padres. Sólo estuve una semana, pero eché de menos el mar. Mi siguiente destino, ya adolescente, fue la playa de la Concha de San Sebastián. Demasiado calor. Allí conocí a Trini. Estaba divorciada y me duplicaba la edad. Nadie le había explicado lo que era la depilación. Mi primer trabajo: camarero en un bar cerca de casa. Descubrí que odio estar de cara al público. Marché en un barco pesquero. Los fiordos de Noruega están llenos de arenques. Ella se llamaba Inga y era casi albina. Me aburrió. Europa y esa piel tan blanca. Marché lejos. Guía turístico en Kenya. África es salvaje y exhuberante. Tan exhuberante como Munbala desnuda. Busqué tranquilidad en Japón, en los campos de arroz y en los pasitos cortos de Misuka. En Nueva York fui vendedor clandestino. Susan era irlandesa. Su sexo olía a pelirroja. No me despedí. El desierto me hizo olvidar la gran ciudad. Fui voluntario de la Cruz Roja en Guatemala. En Helsinki, Jussi me enseñó cómo se besa a un hombre. Malabo. Rajira. Varabasi. Nahomi. Traficante de armas al oeste de Turquía. Conductor de tuk-tuk en Bangkok. Pequeña Luna. Tor. Myanmar. Wall Street. Cabo Verde. Varsovia. Yan Chen. Priscille...
Ahora sólo se me ocurre morir".

Todavía de noche

A punto de empezar el día, miro hacia la farola de la calle y descubro que aún es de noche. Siento escalofríos con sólo pensar que tengo que salir así a la calle, aunque lo más duro de las mañanas está aún por llegar. Tampoco tengo que salir a la calle así, porque iré en coche y, para cuando llegue a la cafetería, ya habrá amanecido. En el camino percibiré cómo el horizonte va aclarándose lentamente. El trayecto es interesante. Yo creo que hoy también veré amanecer.
Me he despertado a las 6.15h. Ayer no sé a qué hora me quedé dormida, aunque era mucho antes de las doce y creo que todavía no eran las once. Me tumbé en la cama a leer, pero en cierto momento se me empezaron a cerrar los ojos. En un momento de lucidez, en que luchaba por no quedarme dormida, apareció su imagen y sentí que mis dedos se perdían por el laberinto de su pelo, con todo lo que conlleva eso, que no me acuerdo de más. Así hasta las seis, en que me he despertado con esa última imagen.

Así es muy fácil empezar el día con buen pie.

martes, octubre 20, 2009

¿Dónde estará...?

Quizás a veces no nos damos cuenta de lo que echamos de menos a una persona. Quizás no tengas tiempo en todo el día para reflexionar sobre este hecho, pero al final, ahora que anochece tan pronto, cuando vuelves los ojos hacia las últimas horas te sorprende descubrir lo que has echado de menos no ver algo cercano a él: su coche, gente que está a su alrededor, un objeto que te lo recuerde... Y es entonces, AHORA, cuando te das cuenta de que realmente le echas de menos. Que no deseas ver los objetos o a las personas que están a su alrededor, que no quieres que las imágenes de sus recuerdos se despleguen a cada poco rato en tu cerebro. Lo que de verdad quieres es verle a él... Quien dice 'ver' dice hablar, mirarle, tocarle, etc.
Sé que solamente tendría que cerrar los ojos y dejarme llevar por esos pequeños impulsos, pero no quiero llamarle por teléfono, no quiero ir a verle a su oficina. No sé por qué, quizás porque prefiero dejarlo todo en manos de casualidades, del azar. Porque los humanos somos proclives a forzar situaciones, sin darnos cuenta que si tienen que ocurrir... ocurrirán.
No hace falta que imagine dónde está ahora, porque sé la respuesta. Y si no está en ese lugar, llegará muy pronto.
Y eso es, que en cuanto he parado un momento de hacer cosas me he sorprendido pensando en él y en lo mucho que le echo de menos si siento que está lejos o si llevo varios días sin saber nada de él.

Los desayunos semanales

Antes de irme a la cama me he parado a pensar si desayunaré mañana en la cafetería o en casa. Es que no soporto a De, del que ya hablé en otra ocasión. Hoy me ha llamado "cariño" o "tesoro" o alguna cursilería del estilo. Menos mal que en ese momento me iba y no me he parado a pensarlo.
La solución es fácil. Podría ir a desayunar antes, puesto que él entra media hora más tarde que yo, pero ese último cuarto de hora en la cama antes de levantarme es casi sagrado. Suelen ser cinco minutos, diez como máximo, puesto que yo suelo ir antes y me marcho bastante rápido. De todas formas ahora hay una tercera persona que ameniza los desayunos. Aunque desconozco su nombre, congenio bastante mejor con él, y es que si él no hiciera de eje de la balanza yo creo que habría dejado de desayunar en la cafetería hace mucho tiempo.
Le tendré que pegar un corte a De, y esta vez no será algo sutil. Porque si hoy era la horterada esa que ha dicho, el viernes me dijo que estaba guapa con el pelo rizado. También me volvió a pedir el número de móvil porque parece ser que lo perdió. No sé para qué: yo no le voy a llamar y espero que él a mí tampoco. Nunca lo he hecho y no lo voy a hacer.
Y tiene bastante pluma. Cada día se le nota más.
Sí, mañana estaré allí a las ocho. Preguntará por mí y luego me contarán que ha preguntado por mí. Es mejor así, porque cuando me pongo borde soy demasiado borde.

¡Qué diferente sería desayunar con otra persona...! Ahora que lo pienso, me encantaría desayunar con él siempre, todas las mañanas, desearle un buen día y despedirme con un beso. Entonces hay algo que jamás fallaría: estaría siempre sonriendo, siempre contenta, siempre feliz.

20 de octubre de 2006

Otra fecha a recordar, a rememorar, a revivir.

El 20 de octubre de 2006 fue el último cumpleaños de mi tío, pero entonces nosotros desconocíamos que en poco tiempo todo se volvería oscuro e incierto. Yo sé que, esté donde esté, sigue velando por todos nosotros, sigue acompañándonos en nuestro caminar diario, ese mismo camino que compartió con nosotros alguna vez... hasta que llegó su hora.
Me estremece pensar en mi tío. Todavía hoy, dos años, un mes y una semana después sigo llorando como si el desenlace hubiera sido ayer. Supongo que, aunque el vacío y el dolor por la ausencia de una persona, se atenúen, quizás impulsados por el tiempo que va pasando, no es fácil reponerse a la falta de esa persona. Por eso las lágrimas atraviesan mis mejillas desde el mismo momento en que he empezado a hablar de él, a recordarle, a rememorar ese último cumpleaños que pasó con todos nosotros.
Y es que hay cosas contra las que no se puede luchar. La Muerte. Los humanos nos encontramos indefensos ante la magnitud del final de la vida, ante la siniestra compañera que nos lleva hacia no se sabe dónde y que se lleva consigo nuestro último aliento en este mundo. No, no se puede hacer nada. Lo tienes que asumir porque es lo único que puedes hacer, te ves obligada a ello, aunque en tu fuero interno no lo aceptes, aunque te cueste tanto superarlo. La muerte se llevó a mi tío, pero no se llevó sus recuerdos. Y mientras su recuerdo permanezca aquí él no habrá muerto del todo.
Sé que, de alguna manera, a él le llegará mi felicitación. Sólo tengo que mirar a las estrellas y buscar aquélla que más brille.