
Anoche me terminé de leer el último libro de Julia Navarro,
Dispara, yo ya estoy muerto. Me lo he leído en un tiempo récord, dada la amplitud del mismo, pero también lo he disfrutado, porque el tema árabe-israelí siempre me ha llamado la atención, ya desde cuando estudiaba Historia Universal Contemporánea en la carrera. De hecho, me entró en examen y teníamos límite de espacio, por lo que me resultó difícil meter todo lo que sabía del tema en ese pequeño trozo de folio. Después de eso, me quedaba 'enchufada' a la televisión cuando hablaban de Israel. Aun no compartiendo la mentalidad árabe, siempre me he solidarizado con los árabes porque se terminaron convirtiendo en unos apátridas refugiados en enormes campamentos en el resto de países árabes. Palestina pasó a convertirse en el Estado de Israel y los palestinos son, en la actualidad, un pueblo que carece de tierra. Es inevitable no ponerse de parte de los palestinos. Así que yo me veía identificada con esa joven trabajadora de una ONG que siente cierta acritud a hablar con el anciano judío que la recibe en su casa, esa joven que se congracia con los árabes y marcha a Jerusalén a pedir explicaciones al judío sobre su 'política de asentamientos' para así escribir su informe.
En realidad, la novela hace un recorrido por los más relevantes acontecimientos históricos del siglo XX: la sociedad de la Rusia zarista, la Iª Guerra Mundial, la Revolución Rusa, el primer éxodo de judíos a Palestina y la creación de los kibutzs, la relación entre árabes y los primeros judíos, la sociedad palestina dentro del Imperio Otomano, la IIª Guerra Mundial, el Holocausto nazi, la segunda gran oleada de judíos hacia la Tierra Prometida, el imperialismo británico y la guerra en Egipto, la terrible decisión de las Naciones Unidas para dividir Palestina en dos Estados independientes, la creación de Jordania...
Una de las circunstancias que nunca entenderé es que en la política interior de un país puedan meterse otros países... a no ser que esté en peligro la seguridad internacional, y aun así, la mayor parte de las veces en que otros países han intervenido en la política interior de otros países, es la justificación que han puesto, sin que nunca se hayan encontrado pruebas. Por eso, cuando Inglaterra intenta mediar y dividir Palestina sin éxito, nos preguntamos quiénes son los ingleses para mandar y disponer sin pensar en los verdaderos moradores de esa tierra, pero cuando la decisión de las Naciones Unidas da ese golpe a los árabes, resulta impensable. Si nos ponemos en su situación, nos podemos imaginar que tenemos que abandonar la tierra donde hemos nacido, la casa donde hemos criado porque va a pasar a unos nuevos propietarios, pero no porque la hayan comprado, sino que nos tenemos que ir más allá del Jordán y empezar de cero, y entonces aquí me convertiría en un extranjero en mi propia tierra.
He llorado con esta novela. Aun no agradándome los ideales de los árabes, es inevitable no solidarizarse con ellos, que fueron expulsados del lugar donde nacieron, porque después de la creación del Estado de Israel y la progresiva desaparición de Palestina, los judíos siguieron conquistando el país, y aún siguen en esa 'televisiva franja de Gaza y Cisjordania'. Yasser Arafat murió sin haber podido ver que les devolvían al menos un trozo de tierra de lo que en el pasado fue Palestina.
Pero en realidad... en el libro se profundiza sobre la verdadera amistad entre una familia árabe y una familia judía, que no atienden a las diferencias de raza o de religión, que no atienden a fronteras ni a pueblos, que sólo quieren convivir, y se convertirán en dos familias que serán más que amigas. Reconozco que me he perdido a veces entre tantos personajes, porque hay que tener en cuenta que son varias generaciones y a veces es fácil perder el hilo con los nombres, pero quitando esto... lo cierto es que ha sido un libro con el que he disfrutado muchísimo.
Marian trabaja en una ONG que está haciendo un informe sobre la política de asentamientos en Israel. Para ello, un día llama a la casa de Ezequiel Zucker, un anciano judío que lleva toda su vida en Israel. En realidad, ella quiere hablar con su hijo Aarón, que se encuentra en el extranjero, pero se tiene que resignar y hablar con el anciano. A partir de aquí comenzará un diálogo en el que Ezequiel le contará cómo vivió su familia desde que tuvo que huir de Polonia hasta su asentamiento definitivo en Jerusalén. A su vez, Marian le contará su propia versión, la de la familia Ziad, la familia de árabes vecinos de Zucker, que tuvieron que emigrar hacia Amman cuando la situación en Palestina se convirtió en peligrosa para los árabes. A partir de sus entrevistas, tenemos la historia de dos familias, una árabe y otra judía, que se juntarán, que se amarán, que llorarán, que compartirán tantas cosas... Incluso habrá quienes se enamorarán, aunque sepan que su amor nunca podrá ser.
Paisaje polaco
Samuel Zucker era un niño de diez años cuando acompañó por primera vez a su padre a París. Su padre era comerciante de pieles en un pueblo cerca de Varsovia y su madre era francesa. El padre llevaba las pieles conseguidas en las estepas rusas desde Varsovia hasta París, donde un sastre cosía los abrigos que finalmente se presentarían en los salones de los aristócratas rusos. La hija del sastre se convirtió en su esposa y juntos fueron a vivir cerca de Varsovia, donde tuvieron varios hijos. En una de las ocasiones en que padre e hijo volvían a casa, se encontraron a su familia muerta y su casa quemada. Las persecuciones a los judíos en Rusia eran frecuentes y todos los males del país eran por culpa de los judíos.
San Petersburgo, Rusia
Cuando padre e hijo pierden todo, recogen parte de los abrigos que traen y deciden marchar a San Petersburgo, donde vive un aristócrata medio judío amigo de la familia, Gustav Goldanski. Gustav es un célebre químico casado con una condesa de la vieja aristocracia rusa, con la que tiene dos hijos: Konstantin y Katia. Konstantin se convertirá en un buen amigo de Samuel. Juntos conocerán la universidad y los ideales socialistas y anarquistas que recorren la ciudad. Samuel incluso acudirá a reuniones clandestinas, hasta que un buen día la
Ojrana rusa va a buscarle a su casa y tiene que huir del país. Ya entonces es un químico que se encuentra ayudando a un médico, pero un chivatazo hace que su padre dé la vida por él y él consiga huir del país con una mujer y un niño. Irina Kuznetsova tiene algunos años más que Samuel. Durante unos años estuvo ejerciendo como institutriz en la casa de un noble que la violó y que la dejó embarazada, e incluso la obligó a abortar, lo que hizo que jamás pudiera enamorarse de ningún hombre. Más tarde, se fue a cuidar al niño pequeño de un violinista viudo, con el que compartió una gran amistad. Él le hizo prometer que en caso de que a él le ocurriera algo, ella debía cuidar del pequeño Mijaíl.
París
Irina, Samuel y Mijaíl llegan a París, donde Marie, una amiga del padre de Samuel, les abre las puertas de su casa y contrata a Irina en su taller de costura para que pueda valerse por sí misma. Sin embargo, Samuel le prometió a su padre que iría a la Tierra Prometida. Él se encuentra enamorado de Irina y por nada del mundo quiere separarse de ella y del niño, pero ella no puede amarle y mucho menos puede confesarle su terrible secreto. Pero ante la negativa de Irina, Samuel comprende que ha llegado la hora de embarcarse rumbo a Jerusalén.
Jaffa, Israel
Cuando un Samuel solitario desembarca en el puerto de Jaffa, conoce a la familia de Ahmed Ziad. Ellos, pese a que desconfían del viajero y comprenden enseguida que es judío, no faltan a las normas sociales de la hospitalidad, y le acogen en casa de unos familiares de Jaffa primero y, más tarde, en su casa. Aprovechando que uno de los hijos de Ahmed y Dina tiene tuberculosis y que Samuel sabe de botánica, intenta darle remedios que alivien su dolor. Pero el médico judío que le atiende sabe que el niño no tiene cura y morirá. Poco después, a través del médico, Ahmed compra la tierra donde viven los Ziad, ya que sus propietarios consideran que no tienen mucho provecho, pero Samuel les permite quedarse y vivir en ella. Samuel ha comprado la tierra junto a un grupo de judíos recién llegados: Jacob y Kassia, Ariel y Louis. Construirán su propia casa y plantarán olivos, llamando a ese trozo de tierra La Huerta de la Esperanza. En ese lugar, estrecharán lazos con los Ziad. La hija de Kassia, Marinna, y el hijo de Ahmed, Mohamed, se enamorarán perdidamente, pero sus padres, debido a su religión, tendrán que casarles con otras personas. La Huerta de la Esperanza es un lugar donde todos hacen de todo, donde todas las opiniones son escuchadas. Aplican el ideario socialista con todos los miembros y con todos los que son acogidos en la casa. Además, cualquier problema es compartido con la casa de al lado, la de Ahmed y Dina.
Cuando Marie está en su lecho de muerte, Samuel tiene que regresar a París, y lo hace junto con su esposa Miriam y sus dos hijos, Ezequiel y Dalida. Allí se reencuentran con los Godanski, y Miriam comprende que su matrimonio está acabado, porque Samuel está enamorado de Katia Godanski. Lo que iban a ser unas semanas se convierte en una estancia de varios años, al asociarse en una empresa farmacéutica Samuel y Konstantin. Miriam comprende que tiene que volver a Palestina y lo hace acompañada de sus hijos. Un tiempo después, cuando Samuel regrese a Palestina acompañado de sus amigos rusos, su hija Dalida decidirá regresar con él a París, mientras Ezequiel preferirá quedarse con su madre. Entonces estalla la IIª Guerra Mundial. Los jóvenes palestinos lucharán junto a las fuerzas británicas, aunque muchos palestinos apoyan a Hitler. Cuando acaba la guerra, Miriam le pide a Ezequiel que busque a su hermana y a su padre. En Londres, Ezequiel se reencontrará con Gustav Godanski, el hijo del fallecido Konstantin, que le cuenta que no llegó a encontrar a Samuel, ni a Katia y ni a Dalida, aunque cree que trabajaron contra los alemanes, creando una red para sacar judíos de Europa, incluso con la ayuda de una monja francesa. Los dos jóvenes, que afinan su amistad en la búsqueda, llegarán hasta el mismo Berlín dividido por las potencias aliadas y descubrirán la dolorosa verdad. Mientras la belleza de Katia fue destruida a golpes y murió desangrada, después de que le aserraran los huesos en el campo de concentración de Ravensbrück, Samuel y Dalida fallecieron en
Auschwitz.
Campo de concentración de Auschwitz, Polonia
Uno de los momentos más crueles del libro es la descripción de lo que les hicieron a los protagonistas en el centro de extermino de Auschwitz. En ese momento tuve que parar en varias ocasiones para respirar, porque sentía una terrible sensación en el pecho, de lo explícita que es la brutalidad narrada por los personajes de la historia de este libro. Mientras que un anciano Samuel es llevado a la cámara de gas nada más llegar, la joven Dalida fue convertida en prostituta de los oficiales de las SS y, cuando se cansaron de ella, entregada al Doctor Mengele, que hizo experimentos maquiavélicos con ella, que la joven no aguantó. Gustav y Ezequiel conocen en Auschwitz a una compañera de Dalida, Sara Cohen, que aunque es cuidada por la Cruz Roja, ella desea que Ezequiel la saque de allí. Como en la Europa de la posguerra, tras el conocimiento de la crueldad nazi y de los crímenes del Holocausto, no se sabía que hacer con los judíos, Ezequiel no tiene mucho problema para conseguir sacar a Sara de allí y llevarla a Palestina. Aunque sabe que ella no podrá tener hijos porque fue sometida a radiaciones que la dejaron estéril, él está decidido a casarse con ella. Y Sara será muy querida en La Huerta de la Esperanza.
Mientras, el hijo de Mohamed, Wädi Ziad, ha decidido dar clases como maestro y encuentra a Fray Agustín, un fraile cristiano que ayuda a los niños árabes que no tienen medios económicos para acceder a una educación digna. Wädi se encariña con los niños y también con Anisa, la enfermera que les pone las vacunas, con la que finalmente se casará.
Deir Yassin, Israel
Cuando los ingleses deciden dejar Palestina en manos de la ONU, las represalias entre árabes y judíos serán continuas, sobre todo cuando las tropas inglesas abandonen Jerusalén. Los atentados se suceden unos tras otros: un día los árabes se asientan en la carretera que va a Jerusalén y atacan a todos los vehículos judíos que pasan por allí; otro día y de noche los judíos incendian la población de Deir Yassin. Los ataques de unos y otros se suceden y el abismo que les separa es cada vez más grande. Hasta que, finalmente, con la partición de la tierra palestina en dos y la creación del Estado de Israel, los árabes decidan que tienen que huir de su tierra para no sentirse extranjeros en su propia tierra.
Ezequiel comprende quién es Marian desde el primer día. Nunca ha perdido el contacto con Wädi, que le salvó la vida cuando eran niños. Y sabe que Wädi se enamoró de una española que vino en un convoy de ayuda humanitaria. Eloísa se quedó embarazada, pero sus padres vinieron a Palestina a buscarla y se la llevaron a Madrid. Ezequiel siguió su pista y descubrió que la madre había muerto en el parto, pero que la niña había sobrevivido y se llamaba María Ángeles. Ezequiel sabe que ella busca venganza y por eso le dice al final, cuando han llegado al final de la historia, que dispare, que él ya está muerto.
Es un libro realmente impresionante. Sus novecientas páginas no me han durado ni una semana. Julia Navarro cada vez nos sorprende y cada nueva novela suya cada vez es mejor.