Llovía de manera estruendosa a partir de las tres. Si no hubiera tenido paraguas a mano no podría haber llegado al coche con esa tormenta.
No me encontré con él. Quizás no estaba. Cuando estábamos en el último bar, deseé que no apareciera. Recuerdo muy nítida esa sensación de nervios en el estómago y desear mentalmente que no apareciera, que en realidad no quería verle.
No apareció.
En ese momento no quería cruzarme con él. Pero soy consciente de que si yo salí ayer era para enfrentarme a la situación, porque no estoy dispuesta a esperar otros cuatro meses. No, esta vez es diferente. Quería cruzarme con él para que los dos fuéramos conscientes de que ya hay un punto final, que no hay vuelta atrás. La mejor manera de demostrarlo es sin palabras, sin miradas, sin nada. Es doloroso. Para mí es doloroso. Pero tiene que ser así.
Ahora desconozco cuándo podrá darse una situación así. Porque las próximas semanas yo estaré en otros lares: boda en Logroño, despedida en Ezcaray, boda en Santo Domingo (coincidiendo con el Día de La Rioja, donde todo el mundo se marcha a Logroño), dos fines de semana de vacaciones... La siguiente vez que nos crucemos será a finales de junio, en pleno verano. Lo que no quiero es que en este tiempo me llegue a ablandar. Por eso quería cruzarme ayer con él.
Da igual. Al final, no es como otras veces. Me encuentro muy dura en este tema. Cuando esta semana he visto algún día su coche ni siquiera presto atención, cuando unas pocas semanas antes sentíale muy cercano. Ahora no me permito ni pensar en ello. ¿Para qué...?
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