martes, mayo 12, 2009

Ernest Hemingway

Hemingway nace en Oak Park, Illinois, el 21 de julio de 1899. Su padre era un personaje poderoso, un médico rural al viejo estilo que siempre tuvo un peso específico importante en la vida y obra del escritor. El niño Hemingway aprendió a caminar por los bosques de Illinois y Michigan de la mano del padre, con el que conoció el significado de una naturaleza que contiene en su idilio natural la realidad de una violencia inseparable de la experiencia humana. La violencia del hombre contra el hombre, concretamente en esas figuras patéticas y heroicas de indios despojados de sus tierras a cuyas mujeres el doctor atiende en partos dolorosos a los que el niño asiste, admitiendo desde muy pronto el desgarro inseparable del vivir, o la violencia del hombre contra la naturaleza a la que debe castigar y dominar, en la caza, en la pesca, para sobrevivir. Se trata de un mundo en el que no hay lugar para la verbalización del sentimiento, para la culturización del mismo, porque el vivir puro y simple exige un código de conducta, sencillo pero efectivo, el buen hacer cotidiano del médico rural que establece unas reglas para no dejarse atrapar por esa violencia agazapada con la que el mundo natural responde ante la transgresión del hombre. Ésta es la ética personal que configurará la educación de Hemingway, la de relatos modélicos como el 'Big Two-Hearted River'. Su educación hay que buscarla ahí, en el arte de la caza cuyas reglas aprendió a utilizar al compás del silencio que toda presa exige, más que en los estudios convencionales recibidos en la escuela local, Oak Park High School, donde se graduó en 1917.
Acabada la escuela, había una guerra en Europa, una guerra de proporciones gigantescas y Hemingway tenía que participar en la misma, porque ésa era la realidad donde el hombre de su tiempo vivía, sufría e incluso moría. Como cronista de su tiempo, se enrola en 1918 en el Cuerpo de Ambulancias de la Cruz Roja y sirve en el frente de Italia. Para él, como para muchos de sus compañeros generacionales, la experiencia de Europa ya no significa -como venía siendo tradicional- el shock cultural de los inocentes frente al peso ideológico y ético de la civilización, sino precisamente la barbarie engendrada por el hombre culto y sus ideologías, la experiencia inmediata del dolor y de la sangre. Participó en acciones de guerra y le hirieron gravemente. Esta herida inicial la arrastró toda su vida: sus héroes novelescos, sin excepción, estarán heridos real o simbólicamente, desde la castración simbólica de Jake Barnes en Fiesta a la gangrena del héroe de Las nieves del Kilimanjaro. En cualquier caso recibió la Medaglia d'Argento al Valore Militare y la Cruz de Guerra. Es la primera piedra en el monumento al héroe Hemingway, corajudo y sobrio, aunque ya un punto cínico.
La guerra, evidentemente, supone una ruptura, una llegada brutal a la madurez que decide la vocación de Hemingway. Tras una etapa como reportero del Kansas City Star, se establece donde está la experiencia de sus iguales e inicia su época feliz de aprendizaje de escritor. Se casa con Hadley Richardson, con quien tiene un hijo, y se establecen en París. Comienza ahora su época dorada, que relata magistralmente en París era una fiesta, cuando según sus propias palabras "éramos pobres y felices". Sus sucesivos matrimonios, curiosamente, fueron con mujeres cada vez más ostensiblemente ricas: Pauline Pfeiffer, con la que se casó en 1927, tuvo dos hijos y se divorció en 1940, la escritora Martha Gellhorn (1940-46) y finalmente Mary Welsh, su viuda oficial. Sin embargo, ni ellas ni el creciente éxito literario y económico que le acompañará desde ahora pueden evitar la nostalgia de estos primeros años parisinos, cuando las promesas todavía podían ser realidades. La crónica de esta progresiva dilapidación de un enorme talento -uno de los temas más queridos a su generación, y más apasionantes- está magistral y supereconómicamente narrada en el monólogo interior del hombre al pie del Kilimanjaro.
La Closerie des Lilas, París
En París frecuenta el Harry's Bar, las carreras de caballos, pero también trabaja como corresponsal extranjero del Toronto Star & Star Weekly y de los periódicos de la cadena del magnate Hearst. Su afición a estar en el escenario de los hechos le llevará a cubrir la guerra greco-turca de 1922, pero fundamentalmente se ciñe a la crónica factual de la que surgirá su estilo personal. Escribe y aprende: sus padres literarios son la experiencia y unos nombres confesados por él, que quizás a algunos sorprendan, pero que precisan muy bien el carácter y objetivo de su ficción: como figura cardinal el Mark Twain de Huckleberry Finn -"toda la literatura americana moderna procede de ahí", son sus palabras- y junto a él, Dublineses de Joyce, Los Buddenbrooks de Mann, Stendhal, Tolstoi, Dumas, Flaubert, Turguenev y Maupassant. Más tarde añadiría a su lista a Fielding, el capitán Marryat, los cuentos de Kipling y Crane, Henry James y el Joyce de sus obras mayores. Resultado de sus trabajos literarios son Tres cuentos y diez poemas (1923), En este mundo (1924) y Fiesta (1926).
En 1927, tras su segundo y seguro matrimonio, decide abandonar la práctica periodística y dedicarse plenamente a su labor de creación, compaginando la diaria disciplina de escritura, con los viajes allá donde la experiencia del hombre frente al peligro se produjera con máxima rotundidad: España y África serán así correlatos objetivos para sus historias. Produce un nuevo volumen de relatos, muy significativamente titulado Hombres sin mujeres, que participa de las características del primero, y su primera novela de guerra, Adiós a las armas, con el guiño del título.
El adiós a las armas es también el adiós a Europa y el retorno a la casa de América. Hemingway se establece en Cayo Oeste, Florida, en 1928, y posteriormente fijará su residencia en Cuba, no sin antes haber participado en ciertas acciones bélicas de vigilancia submarina en la costa cubana en los años 40. Con la objetividad que dicen proporciona la distancia escribe su primera novela declaradamente autobiográfica, con una primera persona narrativa que no es un héroe simbólicamente herido, sino el propio Hemingway en los ruedos hispanos. Se trata de Muerte en la tarde, donde bajo la exposición objetiva de la suerte de torear nos brinda una declaración explícita de su concepción del hombre en su eterna lucha contra las fuerzas de la muerte, y donde el código buscado aparece en toda su crudeza y magnanimidad.
Apartamento de Hemingway en el 1239 de North Deathborn, Chicago (1921)
Pero el retorno a América es significativo de un cambio de más amplia resonancia. La década prodigiosa ha terminado: el crack del 29 y la depresión subsiguiente son los signos externos de un nuevo talante que necesita ajustar las lentes de nuestra existencia. También la peculiaridad del genio de Hemingway ha cambiado de signo: no quiere decir que haya agotado su genio literario, pero sí que su imagen de héroe bélico arriesgado y valiente, y la popularidad que ha acompañado sus paseos taurinos y sus juergas etílicas ha hecho mella en él, y que cierto sentido de un posible fracaso planea sobre su obra, y constituye incluso uno de los temas que con más insistencia subyacen en meandros a su narrativa. Hemingway empieza ya a ser un mito y malgasta parte de su talento en proclamarlo: escribe demasiado para periódicos y revistas. El más difícil todavía es algo a lo que no puede sustraerse, y entra en la rueda del circuito de la aventura peligrosa en el medio exótico. Es la hora de la cacería africana; Las verdes colinas de África (1935), su relato. Pero bajo la crónica detallada, se echa en falta el esplendor del momento de sus primeras historias americanas; también el sentido de lugar que tan magistralmente lograra queda algo desdibujado en esta obra que se pretende un relato objetivo y donde aparece alguna figura que años más tarde ha saltado a la popularidad: el barón Blixen, famoso por consorte de la narradora Isak Dinesen cuyo libro Lejos de África Hemingway elogió públicamente años más tarde. Habrá que esperar a su ficción de nuevo para encontrar el sabor, el color, el olor africanos. Lo captura modélicamente en dos relatos muy posteriores, en los que el viaje y la aventura por tierras de Kenia y Tanzania se imbrican en esa historia entrecortada de fidelidades rotas que constituye su vida creativa, como son sus dos relatos magistrales, Las nieves del Kilimanjaro y La vida corta y feliz de Francis Macomber.
Hemingway en África (1959)
Pero el excesivo exhibicionismo de Las verdes colinas de África no ha impedido que Hemingway fuera, una vez más, testigo privilegiado de una nueva sensibilidad instalada al compás de la depresión de los años 30. El volumen de relatos Ganancias de la nada (1933) enhebra una vez más la decadencia contemporánea y articula la necesidad de mantener un código de decencia personal que nos permite sobrevivir entre los azares y los escombros de la vida, un código que puede consistir, como en 'A Clean Well-Lighted Place' -uno de sus mejores relatos-, en mantener un lugar limpio y bien iluminado. Tener y no tener (1937) participa también en ese punto de vista.
Embarcado ya en el mito público de sí mismo, Hemingway no puede ya ser ajeno a los signos de los tiempos fuertemente politizados. Por primera vez en la historia americana hay una sólida conciencia política. El que abogó por una "paz separada" se ve obligado a tomar partido. Tuvo la suerte de encontrar una última causa romántica que se debatía en uno de los territorios de sus afectos, el escenario ideal para sus héroes y su especial clase de aventura, esto es, la guerra española. Una vez más tomó posiciones y no se equivocó al hacerlo. Sus simpatías estuvieron del lado republicano. Ello no debe llevarnos, sin embargo, a conclusiones de orden político demasiado fáciles. Hemingway nunca perteneció a la izquierda articulada ni se comprometió decididamente en una causa política: su gesto tiene mucho de público, de romántico y de estético; hace tiempo que Hemingway sabía que las causas perdidas constituyen un excelente material literario: se acuerdan perfectamente con su metáfora de vivir como herida, como pérdida progresiva. Estuvo en Madrid, como corresponsal de la North America Newspaper Alliance, como también estaría en la segunda guerra europea como periodista. Pero no fue al frente como tantos otros escritores e intelectuales británicos y americanos que se integraron en las Brigadas Internacionales. Resultado de su experiencia son una obra de teatro, La quinta columna, y una gran novela, Por quién doblan las campanas (1940), con título tomado de otro metafísico inglés y donde refiere el conflicto bélico concreto español a un orden más general y simbólico, aun cuando la peripecia concreta, la voladura de un puente en la sierra de Guadarrama, participe de la concreción magistral de sus mejores momentos: sabemos, sentimos, lo que era estar allí en aquel momento. Por otra parte, la brutalidad de la experiencia española le brinda el marco perfecto para la exploración y profundización de sus grandes temas, además de añadir el tono colorista, e incluso folklórico, que ha hecho las delicias de los lectores extranjeros.
Hemingway es ya un gran escritor: ha estado presente en el escenario de la historia, en sus momentos más conflictivos: el hombre del siglo XX puede mirarse en su obra y entender la crónica de sus momentos cruciales. El escritor se retira a Cuba y a Idaho a redescubrir la paz de sus primeros escenarios. Los daiquiris en el Floridita son ya, hoy, obligado recuerdo turístico. A partir del año 53, cuando ya "no queda ningún amigo suyo en la cárcel", vuelve a España y a sus recorridos taurinos. En La Habana, pesca, y por las mañanas escribe, de pie, rodeado de sus libros y algún trofeo de caza. Llega el reconocimiento público, el premio Pulitzer en 1953, y el premio de la American Academy of Arts and Letters. También el Nobel en 1954. Mientras, nos ha regalado alguna obra maestra, entreverada del pesimismo del hombre que ya no puede seguir al héroe que fabricó como medida de sí mismo. Para entender la nostalgia hay que leer Al otro lado del río y entre los árboles (1950), para entender las heridas que la vida nos hace hay que meterse en Macomber y el Kilimanjaro, y la belleza del código que sus jóvenes proponían, así como la ternura de una carne ya anciana están más que presentes en El viejo y el mar (1952) que habría que leer bajo la falsilla de En este mundo. Escribió mucho más, consciente de un cierto agotamiento de su talento narrativo: no quiso publicarlo y otros lo hicieron por él tras su muerte, Islas en el golfo (1970) y El jardín del Edén, con todo el dolor y la confusión que esconden, con sus problemas de identidad, sensación de fracaso y homosexualismo latente, no pueden hacernos olvidar lo que él mismo quiso que leyéramos, antes de rendir el último homenaje a su padre, aquel que todo se lo enseñó, hasta la forma de morir. Como él lo hiciera, firmó su paz separada. Se mató el 2 de julio de 1961, encontrando así el descanso y sosiego que persiguió activamente durante toda su vida.Paseo de Ernest Hemingway en Ronda (Málaga)

2 comentarios:

J.R.Infante dijo...

Magnifico trabajo sobre este autor. Quien no sepa quien es, aquí tiene la oportunidad de enterarse de su vida y su obra. He leído a Hemingway y la verdad es que es muy bueno, aunque en su libro "Fiesta" le encuentro algunas cosas que no me gustan, no en cuanto a la estructura del libro sino al contenido, pero no dejo de reconocer que es fantástico como escritor.
Un beso

K dijo...

Aún me queda mucho por leer de él, pero sus mejores novelas son aquellas en las que mezcla el reportaje periodístico con la desdicha del ser humano, vaya, los últimos libros.
El último libro me gustó mucho, pero no tanto como Por quién doblan las campanas, que me pareció magnífico.
Seguirán Adiós a las armas y El viejo y el mar, este último lo dejé hace años en una estantería y nunca me dio por comenzarlo, aunque no tiene mucho grosor, así que caerá en cualquier momento...