domingo, mayo 31, 2009

Cluricanes, criaturas con pocos escrúpulos

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En un pueblo del sur de Irlanda, vivió una vez un tabernero que tenía tratos con unos ladrones de la zona. El muy astuto, les encargaba robar los toneles de vino que se elaboraba en los pueblos de los alrededores, los escondía en su bodega y luego vendía el vino más barato que el resto de los taberneros; de este modo, consiguió que su negocio prosperara más que ningún otro.
Pero un día se negó a pagarle a los ladrones la parte que les correspondía en el trato, y los ladrones juraron vengarse. Una noche, en uno de los almacenes adonde habían ido a robar, encontraron borracho y dormido panza arriba a un pequeño cluricán, al que reconocieron por su enorme barriga y por su sombrero de color rojo, su mandil de cuero y sus zapatos de tacón alto.
El cluricán estaba tan ebrio que ni siquiera podía moverse, así que lo cogieron, lo encerraron en un tonel, lo llevaron hasta la bodega del astuto tabernero y, sin que nadie los viera, lo depositaron junto a varias decenas de cubas del mejor vino.
A la mañana siguiente, cuando el cluricán se despertó, apenas podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Aquélla era la mejor bodega en la que había estado durante los ciento cincuenta años que llevaba sobre la tierra, así que decidió quedarse a vivir allí. Por fin podría cumplir su sueño: beberse un tonel de buen vino todas las noches. Y aquel día comenzó el declive del próspero negocio del malvado tabernero.

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