Eran las siete de la mañana cuando regresaba tambaleante a casa. No volvía sola, sino con un excepcional acompañante. Tampoco regresaba haciendo eses, sobre todo porque en vez de Ballantine's tomaba cerveza, nada que ver con la que me hubiera pillado con los whiskies.
De repente, salí del txamizo y era de día. Un perro con cara bonachona y triste nos seguía allí donde íbamos y yo, amante de los animales, que quiero un perro desde hace siglos, empecé a acariciarle. Imagino que se habría escapado de alguna casa, porque callejero no era, sin duda alguna, y buscaba la compañía de la gente. Pues conmigo se vino hasta la puerta de mi casa y me dio mucha pena dejarle en la calle. Al mediodía, cuando he ido a por el pan, ya no estaba en la puerta, supongo que el dueño se lo habrá vuelto a llevar.
1 comentario:
El problema de los animales, es que hay que cuidadarlos como si de un hijo se tratase y conlleva un sacrificio que hay que tener en cuenta antes de hacerse acompañar por alguno, de lo contrario es mejor acariciar de vez en cuando a alguno que se deje. Compartir la vida con ellos, es otra forma de vida, no me cabe duda.
Un beso
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