“El Líbano es un país que juega el solitario del faraón consigo mismo, a vida o muerte, y que cuando se cansa de los otros oponentes, de los otros habitantes de su alma, hace trampas y se fabrica su propia tumba”.
La amante en guerra es un libro de amor y de guerra, como bien indica su título. Maruja Torres crea una mezcolanza de anécdotas y testimonios reales, personales y de terceros, con historias que formarían parte de la fantasía de la autora.
Pero no se trata de un amor convencional, sino del amor que la periodista siente por la capital del Líbano, donde ha librado no sólo las guerras que acontecían en el preciso momento, sino una batalla interior, donde una especie de aura mágico que envuelve la ciudad ha terminado ganando ese combate interior.
El libro se divide en dos partes. En la primera, Maruja Torres cuenta sus vivencias en Beirut, en julio de 2006, cuando Israel comenzó un ataque convulsivo desde el sur y en la capital. Pero no es una historia común, sino que está escrita en sentido inverso, es decir, empezando por el final, desde el último día, el de la evacuación, hasta el 12 de julio, día en que comienza la guerra. La autora había ido a hacer allí un reportaje sobre el turismo libanés, que en esos momentos parecía estar en auge y posiblemente ese turismo podría haber ayudado a levantarse al país... si no hubiera estallado la guerra.
La segunda parte es una carta a un joven que conoció allí, Manuel, aquel que un día, a la salida del hotel se le presentó como traductor, y con el que compartió tantas experiencias en esos días de julio de 2006. En la carta, supuestamente escrita después de la vivencia del regreso a Beirut en septiembre de ese mismo año, le cuenta lo cambiada que está, le habla de destrucción y de vacío, de la hecatombe, de las cenizas y los escombros... Porque “los bares y discotecas de Gemmayzeh están llenos de jóvenes que se divierten, pero no tienen la mirada de antes” o “Muchos niños no irán ya al colegio. Los que murieron en las aldeas del sur. Los que a diario quedan despedazados o malheridos por jugar o tropezar con bombas de fragmentación”.
“Una guerra me dio Beirut y, cuando creía haberla perdido para siempre, otra guerra me la devolvió. La vida es muy extraña”.
Beirut siempre ha estado acosada por las balas y los bombardeos. Después de su independencia, no tardó en intentar ser conquistada –y engullida- por el terrible Imperio Otomano (1958). En los años 70 entró en una terrible guerra civil entre las mayorías dominantes de la ciudad –musulmanes al oeste, cristianos en el este- que no acabó hasta 1990.
En 1982, Israel ocupa el Líbano en busca de los refugiados palestinos, a quienes ejecuta sin dilación.
En 2006, la organización islamista Hezbolá captura a dos soldados israelíes. Como Israel está ocupado en la franja de Gaza y Cisjordania, los libaneses no esperan una respuesta rápida, pero Israel no se hace esperar. Penetra en el país por el sur, creando el terror en esa zona fronteriza, bloquea el aeropuerto internacional y el puerto de Beirut, y empieza a bombardear masivamente, tanto a soldados como a civiles. Los extranjeros comienzan a ser evacuados ante una inminente guerra.
La historia de este país, en medio del polvorín de Oriente Próximo, y en concreto, la de Beirut, es la historia de nunca acabar.
En el libro hay párrafos que merecen una atención especial. Maruja Torres tiene un don especial para conseguir que sus palabras lleguen muy profundamente a nuestro interior.
“Mona es una joven valiente que dejó su casa en un pueblo del norte para venir a la capital y llevar una vida independiente, lo que ha originado el repudio de su familia, toda una hazaña, porque aquí la familia no te suelta nunca.
Mona es una chica sensible que ha conocido la zarpa de Beirut y que todos los días se ha dado un paseo por el itinerario del fracaso”.
“No hay nada que las fotografías y la televisión no difundan hasta extenuar al público. El olor a llantas y hierros quemados y al polvo de las ruinas, eso no lo puede captar la cámara. Tampoco puede reproducir el silencio ominoso que precede a la debacle”.
“La lucidez vence al aturdimiento. Silencio, oscuridad y la completa seguridad de que el Líbano y sus habitantes se encuentran solos ante quienes los descuartizan”.
“Todos muestran, mostramos, la misma lividez del miedo –de la anticipación del miedo-, idéntica expresión borrosa que nos reduce a la identidad que nos corresponde en estos días: comparsas. Hemos quedado reducidos a meros comparsas de la tragedia en la que otros mueren, otros matan”.
“Y no sentía ganas de explicarle algo cuya complejidad escapa, por fortuna para ellos, a las entendederas de los jóvenes, que aún no han dicho adiós lo bastante como para reconocer un adiós verdadero.
¿Cómo decirle que ni él ni yo ni la ciudad seremos los mismos, que nuestras miradas ya irremediablemente distintas nos devolverán en espejos que quizás no nos guste contemplar, a los que ni siquiera desearemos acercarnos? Éste es el secreto de la madurez, su bendición y también su condena. Saber de la fugacidad, apreciar lo que ocurre mientras dura, atesorar: y salvar el recuerdo, con tanto estilo como sea preciso”.
“Toda pérdida duele. Pero no hay dolor inútil”.
“Las lluvias nos llegan a rachas, con violencia; luego paran, dudan, se olvidan, dejan el cielo y el aire de cristal, y cuando más confías de nuevo te arrebata una sesión de rayos y truenos que sacude la ciudad, el escenario, este caparazón en donde se acumulan los conflictos por resolver y las deudas sin pagar”.
“Necesito la melancolía que me despierta tu ausencia”.
“El mundo entero es un campo minado en donde brota la flor del mal a cada momento”.
“La traición de los amigos ha sido creada para compensar la amabilidad de los extraños”.
“El paso del tiempo no conduce en Beirut a ninguna parte, siempre nos hallamos en el punto de partida. O en el punto de mira”.
“Nunca me fui. Jamás abandoné este lugar ni con los sentidos ni con la memoria”.
“Por debajo de la babosidad de los versos patrióticos y de los himnos y de las frases hechas de los catálogos turísticos asoma un Líbano tan encrespado como su geografía. Detrás de toda esa verborrea a base de cumbres nevadas, cedros, leche y miel, la montaña se muestra con crueldad, obliga a su gente a vivir en permanente cuesta. En la manoseada sensualidad atribuida al litoral conviven fanatismos nada eróticos.
Éste es un país para amarlo tal como es. Incluso cuando hiere. Y eso es lo que te da”.
Beirut, 18-07-2006
Beirut, 21-07-2006
“Me voy porque no quiero ver cómo este país se desangra”.