martes, enero 26, 2010

¿Nevará...?

Los corrillos de la cafetería insinuaban nieve a primera hora de la mañana. Varias horas después, llovía compulsivamente, pero lo que caía era agua-nieve. Y hace el frío justo como para que nieve estos días. Cruzaré los dedos para que no nieve. La vez anterior se sentía en el ambiente que nevaría, que cualquier día podía amanecer cubierto todo de blanco. Pero esta vez... no se siente esa nieve tan cercana. Ojalá que no.
La nieve tiene una gran belleza, siempre que se observe -es mi opinión- de lejos, pero bien lejos.

Es hora de dormir, de soñar, de dejar volar la imaginación o, en todo caso, el subconsciente. Me siento pletórica, ¿por qué será...?

lunes, enero 25, 2010

Frenando tempestades

Cuando a las cuatro de la tarde iba al coche a recoger algo he visto a A., a quien hacía siglos que no veía. He hecho esfuerzos, en vano, por no pensar con quién hablaría esta tarde, con quién pasaría horas esa persona hoy. Tenía que haberle preguntado...
Al marchar a casa, su coche estaba tan cerca del mío que incluso he mirado hacia atrás por si aparecía al fondo de la calle. Se me ha pasado por la mente deslizar mis dedos sobre la luna trasera de su coche, delicadamente y con cariño, pues tocar algo suyo sería como tocarle a él. No lo he hecho, porque fastidia bastante esa huella en el cristal que tarda siglos en quitarse, por muchas veces que laves el coche. También se me ha ocurrido ir a verle, pero hay algo que me detiene. Sé que no podré aguantar mucho tiempo más sin saber de él y cualquier día, de manera impulsiva, me acercaré a saludarle. De momento aguanto, a duras penas, pero aguanto.

En busca de un buzón

Cuando internet aún era una herramienta incipiente concentrada en unas pocas y poderosas manos, cuando no existía esa comunicación fría que hay hoy en día a través del correo electrónico, me gustaba abrir el buzón en busca de alguna carta que me desbocara la imaginación, que me contara aventuras y desventuras, que me hiciera reír o incluso llorar. Es obvio que yo también disfrutaba escribiendo. Era proclive a escribir extensas misivas con todo lo que me pasara por la cabeza. Siempre usaba folios rojos, a veces incluso sobres rojos. Todo aquello se ha perdido gracias a la red de redes conocida como internet. Aunque aún quedan resquicios de ese pasado que no es tan lejano: todavía me envían postales de mil lugares diferentes y todavía envío postales cuando salgo fuera. Y, además, no siento que el viaje es completo si no escribo al menos una postal contando alguna historia de aquel lugar. En los dos últimos viajes disfruté escribiendo esas postales.
Hoy también quería internet para ponerme en contacto con ciertos lugares madrileños para que me enviaran la información que les requerí hace ya un mes, pero visto que no me han respondido, he optado por el correo tradicional. Es más lento, pero también la respuesta será segura, aunque sólo sea por el hecho de haberme molestado en redactar sendas cartas, buscar las direcciones, poner un sello y echarlas al buzón. Disfrutaba en esos minutos en que estaba escribiendo la dirección del destino.
Escribir cartas a mano me gustaba. Voluminosos sobres cuyo interior podía albergar perfectamente ocho folios volaban semanalmente al buzón. Desconozco si ahora, después de haber perdido aquella rutina, sería capaz de sobrepasar los tres folios. A mano. Con el teclado del ordenador es diferente. Sólo escribo a otras personas cuando tengo algo que decir, o por puro trámite laboral. Salvo excepciones, no suelo extenderme mucho. Y he aprendido lo que son los márgenes y los grandes espacios en un solo folio.

La vida en amarillo

Una vez leí que el amarillo era el color de los locos, que si te metías en una habitación totalmente amarilla durante más de un día, terminabas perdiendo la lucidez. Tengo que suponer que son teorías, o quizás tan sólo hipótesis, de psicólogos que no se conformaban con escuchar las inverosímiles historias de sus pacientes. He tenido ocasión de conocer a muchos estudiantes de Psicología y, aunque no se puede generalizar, la mayoría de ellos estaban para autotratarse. A mí la Psicología me parecía una carrera bonita, pero muy subjetiva. Y es que el estudio del cerebro, de las respuestas que puede dar o no dar una persona ante diversas situaciones, es algo que, en ciertos individuos, siempre termina sorprendiendo. La mente no es algo previsible y por lo tanto no creo que sea susceptible de estudio. Aun así, me parecía algo interesante, un ámbito donde no se podía generalizar, porque cada individuo es diferente.
Tengo una amiga que siempre lleva alguna prenda de vestir amarilla, bien sean los zapatos, una camisa, pantalones, un jersey o un bolso. Si no lleva algo de ese color, no se siente completa. Yo también tengo ropa amarilla. La última adquisición es un gorro que me traje de Gozo y que suelo llevar en el bolso, aunque a veces también me pongo. Me enternece pensar en la noche en que se lo puse a una persona y le recoloqué el pelo. Le quedaba bien. Cada vez que me lo pongo, es raro que la fotografía congelada de esa noche no acuda a mi mente y me haga estremecer.

Casi lunes

Con la alarma ya puesta para mañana, el portátil casi preparado para llevarlo a la oficina, elegida la ropa de mañana y el libro esperándome en la mesilla, me gusta llegar a este momento en la tranquilidad que me depara el domingo por la noche. Soy consciente de que peor que el viernes no puede ser.
Es casi lunes, me voy a descansar y, si cabe, soñar.
Hace algunos días decía que había perdido las ilusiones; si así fuera, no estaría pletórica antes de ir a dormir un domingo por la noche, sabiendo que me espera una larga semana. Y hablando de largas semanas, últimamente parecen contener el doble de días, quizás es porque son cada vez más intensas.
Ahora, cuando una imagen despierta y se forma entre las estrellas, cuando sonrío de inmediato, comprendo que es el momento de marchar. No debería pensarlo pero sería magnífico refugiarme en sus brazos en este preciso instante.

Me pregunto qué fuerza es ésa que me llena de vida, que me impulsa a empezar cada semana con tanta energía. Tendré que pensar que es algo innato a cada persona. Igual es que me conformo con poco para ser feliz.

domingo, enero 24, 2010

Todo empezó con un café

Cuando me pregunto cómo empezó todo, una sensibilidad extrema eriza el vello de mi piel. Podríase decir que todo empezó con un café. A las doce. En la actualidad evito, la mayor parte de las veces, ir al café a esa hora, a no ser que el tiempo se me eche encima. He perdido la cuenta de las veces que me he preguntado si me equivoqué al acercarme a él. Si no lo hubiera hecho, es posible que le siguiera viendo a esa hora. ¿Quién sabe? Sin embargo, la necesidad de conocerle era superior a mis fuerzas y no me arrepiento. Hablar con él, mirarle a los ojos, escuchar su voz, tocar sus manos, su proximidad me hicieron casi tocar el cielo. Incluso ahora siento que toco el cielo con las yemas de los dedos cuando está cerca. En cierto momento, empero, algo se quebró. No sabría decir cuándo ni por qué. Podría asegurar que fue a partir del momento en que me sinceré.
Hoy en día, me siento más tranquila sin saber nada de él, sin traer su sonrisa reconfortante al presente. Le sigo queriendo muchísimo, e intuyo que ese afecto siempre va a estar ahí. Creo que en estos momentos no sé qué dirección tomar.
Si esto fueran las ideas argumentales de una novela, sería perfecto poner un punto final a la historia con otro café. El último café. Sin embargo, esto es real y una fuerza brutal, que supera mis fuerzas, me impide terminar todo como empezó. ¿Quién sabe?
Mañana amanecerá y quizás me lo encuentre por la calle en un puñado de ocasiones, como el lunes pasado, quizás no aparezcan señales que me hagan pensar en él. De lo que estoy segura es que me hará sonreír incluso antes de estar completamente despierta.

Un pueblo fantasmal


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Lo que menos apetecía esta tarde era sumergirse en la infinita niebla que se extendía ante mis ojos, pero una llamada intempestiva ha venido a sacarme de los innumerables folios que parecían no acabar nunca (aunque ya los he terminado de leer). Y así, he tenido que coger el coche y marcharme como alma que lleva el diablo.
Como poco, me ha sorprendido un pensamiento en medio de esa nada blanquecina: ¿y si fuera a verle? No me resultaba difícil imaginar dónde podía estar. Sólo hubiera tenido que entrar a esa plaza y comprobar que estaba. Sólo que ha sido otro pensamiento que he desechado, como todos los que tengo en los últimos días.
Al final, he hecho lo que tenía que hacer, me he pasado por dos tiendas que estaban cerradas y he vuelto a mi casa, comprobando que, a medida que me acercaba a casa, la niebla era cada vez más espesa.
Quizás sea hora de ir a dormir. Me estoy mordiendo la lengua para no hablar de él.

sábado, enero 23, 2010

Un sábado bajo la niebla

Como otros sábados, ha amanecido tarde, bajo el toque fantasmal de la niebla blanquecina que esconde las distancias. Hoy he bajado al sótano y he estado inmersa entre libros que me leí muchos años ha, he estado recogiendo ciertas cosillas que estaban en bolsas, recuerdos de viajes, objetos que ocupaban un lugar preeminente en Salamanca y que ahora estarán guardados en el fondo de alguna caja... No sé para qué guardo tantas cosas, al final todo tiene el mismo triste destino de guardarse para quizás encontrarlo inesperadamente en el futuro. Mi madre se pone mala por el hecho de que yo guarde todo, al menos tengo un lugar para dejarlo.
A mi vera estaba el perrito, que no me deja ni a sol ni a sombra. A veces mordisqueando algo que estaba a su alcance, a veces corriendo tras de mí deseando jugar y salir al jardín.

viernes, enero 22, 2010

Un mal día como pocos

Obviando hablar del trabajo donde ha habido momentos en que sentía que iba a perder el control de un momento a otro y esforzándome para decirme que todo iba bien, ha sido un día fatídico en general. Un día que hubiera sido digno del trece. Al final, sólo veía por llegar a casa y tumbarme a ver si se me pasaba el dolor de cabeza que llevaba zumbándome todo el día y parece ser que se ha pasado.
Entonces, cuando iba a casa, algo me ha llevado a alguien. Y toda la negatividad se ha difuminado en cuestión de segundos. Quizás debería haber pensado en él más a menudo, pero ni siquiera he tenido tiempo para descentrarme de lo que estaba haciendo. Ahora, ya pasado, visto de lejos, me da la sensación de haber estado saltando de un lado para otro sin parar. Con esto, no quiero decir que las cosas hayan ido mal, porque no es así, sólo que ha habido momentos que me han llevado al pesimismo. Y eso que no he dejado que cale en mí. Pero a las cinco, cuando iba con una mesa por toda la calle M. hacia el coche, he sentido un peso terrible sobre los hombros, la cabeza taladrándome sin parar y la necesidad de descansar.
Al final, sentirle tan próximo, ha hecho el milagro: todo ha pasado.

Fragmentos de un libro que jamás se escribirá

Algo me impulsa a describir ciertos fragmentos del día. Basta que no quieras hacer algo, para que no te salga. Es como querer alcanzar la luna, esa luna que hoy estaba en cuarto creciente, magnífica, lustrosa ante la magnificencia de un firmamento sin estrellas. Venía conduciendo a casa, pasadas las nueve y media, y me asomaba para ver la estrechez de la luna en medio de la inmensidad del cielo. Tantas lunas he soñado... Y pensaba en él, en que me he encontrado con su coche cuando me dirigía al mío. Basta que no quisiera pensar en él para que ver algo suyo me lo haya traído a la mente. No puedo detener ese fluyo de pensamientos. Cuando he arrancado se me ha pasado algo por la cabeza que he desechado por parecerme una locura transitoria: llevarle algo de comer, cenar con él una pizza o algo sencillo, ¿qué importaba la cena? Lo importante hubiera sido el detalle, verle, sentarme a su vera y detener el tiempo para recomendarle después que no fuera tarde a dormir. Desde mi punto de vista, hubiera sido un hermoso detalle, pero ¿y él? ¿qué hubiera hecho? ¿qué hubiera pensado? Obviamente, he seguido conduciendo, desechando esas ideas a veces tan locas. Pero imaginar la situación me enternece, desborda mis sentidos. Sólo que prefiero pisar sobre tierra firme.
También por la tarde he visto a gente cercana a él. Cuando salgo a las cuatro de la peluquería hay bastantes posibilidades de que me encuentre con MC, que caminaba delante de mí, y seguía hacia delante, para encontrarse con otras dos personas. He tenido que pasar para coger una cosilla del coche, aunque me he asegurado de salirme a la calzada y saludar desde lejos.
Al final, hay un sinfín de personas que me llevan a él, un sinnúmero de señales que me lo recuerdan. Yo no estoy tan segura de no querer pensar en él. Además, su imagen me trae infinitas sonrisas. Lo de llevarle la cena hubiera sido algo original, ingenioso.

jueves, enero 21, 2010

Ladrillos, en todas sus acepciones

En Normas de la Construcción me meten esta semana un ladrillo de 93 páginas, aparte de los otros tres módulos. Esto a dos semanas del examen. Así que he optado hace más de una hora por terminar la jornada laboral y dedicarme expresamente a leerme todo. No me disgusta lo que leo, aunque si me tomo un descanso mi mente vuela, porque esto tiene una estrecha relación con algo.
Hoy me darán las nueve de la noche en la oficina.

Perder la ilusión

Jota me dijo hace unos fines de semana que nunca antes me había visto tan ilusionada por otra persona más que los años, la década, toda una vida... que pasé lanzando suspiros por F. Quizás tuviera razón, quizás no. Lo que es cierto es que es la única vez que he estado verdaderamente enamorada. Y después de sacarme los fantasmas de dentro, comprendí que el amor no se había hecho para mí. Me vacié tanto que hasta vacié mi corazón. Llegaron amantes esporádicos que pronto se cansaron de intentar alcanzar lo inalcanzable. Durante años no di mucho de mí. Y en estos momentos, cuando estoy dispuesta a darlo todo sin dudarlo, a tirarme al mar de cabeza, he comprendido que ya no sé amar, que he olvidado la pasión, que he perdido -en parte- la ilusión. Y vivir sin ilusiones es como cruzar un túnel larguísimo sin luces. Y, perdida en la nada, sin embargo, encuentro una luz al final del camino, pero por mucho que estire mis brazos nunca llego hasta ella.
He olvidado lo que es amar y, a pesar de olvidar lo inolvidable, he comprendido que estoy amando sin querer amar. De no ser así, no tendría respuesta para mucho de lo que me he cuestionado en los últimos días.
La luz es él, pero antes de poder alcanzarle, habré de caerme muchas veces (de ahí esa melancolía, esa tristeza inexplicable que todo el mundo ve menos yo). Sí, le amo, pero no quiero amarle. No así.

'Desaparecer' o 'morir'.

Al compás del viento

Intento no pensar en nadie, mirar al frente sin volver la cabeza, disfrutar de cada momento, sonreír, sentirme libre, vivir al compás del viento y luchar por que las lágrimas no marchiten mi corazón.
Me pregunto qué será de él, cuántas veces habrá contemplado las palabras que quizás nunca debí escribirle, me pregunto cómo estará. Y sé que todas las respuestas que pueda imaginar estarán huecas, porque yo no puedo contestar a lo que desconozco.
Al marchar he visto su coche. Casi siempre está cuando yo me voy. Son infinitas las ocasiones en que un impulso me insta a dar media vuelta e ir a verle, pero sé que no lo haré. Y, sin embargo, me enternece pensar en él, recordando su dulzura, su bondad, su tranquilidad. Y me ruborizo al evocar los sueños en que su barba toca mi piel y siento que un escalofrío recorre toda mi espina dorsal. Hay pensamientos que no puedo sacar de mi mente, quizás es porque están dotados de una belleza tal que se convierte en algo indescriptible.
Le quiero tantísimo que prefiero no pensar en ello. Más que ayer, menos que mañana.
Me iré a dormir, a ver si tengo la fortuna de volver a soñar con él, pues cuando sueño con él no me despierto en toda la noche y me despierto feliz.

miércoles, enero 20, 2010

La bomba pedorreta

En la caja de los Phoskitos vienen artículos de broma. Mi hermano pequeño se come los Phoskitos y yo hurgo entre las tonterías que vienen, que casi siempre van a la basura. Pero esta vez... ¡Oh, lindos recuerdos!
Cuando estaba en Marianistas teníamos dos sesiones de estudio, entre la hora del final de las clases, a las cinco de la tarde, y la hora de la cena. Nada más salir de las aulas y cuando los alumnos externos cogían los autobuses para marchar a casa, se repartía la merienda entre los internos, que consistía en pan con dos onzas de chocolate la mayor parte de los días. Cuando tocaba el timbre, teníamos que darnos prisa por coger nuestros libros y acudir al aula donde debíamos permanecer estudiando hasta el descanso. Generalmente, todos los internos éramos divididos en las dos aulas más grandes, dos cursos en cada una, al cuidado de un cura o profesor.
A las 19.45h. nos daban un cuarto de hora de descanso para volver al estudio hasta las nueve de la noche. Ahora, cuando veo lejanos aquellos días, recuerdo sin nostalgia las fatídicas tardes, todas iguales, al ritmo del segundero paulatino de un reloj lejano, escuchando aquella sirena puntual del cambio de turno a las seis de la tarde en la fábrica maderera aledaña al colegio.
Monótonas pasaban las tardes, aunque es necesario recordar los momentos de humor.
Millán era un marianista que se ocupaba de la granja de conejos del colegio -cuando aún estaba entero y no se habrían dignado en vender parte de sus terrenos aquellos directores autócratas, que creían en el sistema de castigo por el cual yo me he barrido en esos cuatro años todo el colegio-. A veces, se dignaba a venir con los jóvenes estudiantes, encajando su enorme barriga entre el pupitre del profesor y la silla. Desde allí nos observaba. Millán era como un cíclope. En mi época, cuando aún no se había operado, tenía un enorme bulto que sobresalía en el entrecejo, de ahí que muchos, entre susurros, dijeran que tenía tres ojos. Recuerdo que un día llegó al estudio y se plantó de pie, mientras todos bajábamos los ojos hacia nuestros libros que contaban mil batallas (el mío, en concreto, era Historia Universal, cuando no soportaba la historia). Hay que imaginar a una alumna risueña, separada de sus amigas, en el último pupitre junto a la ventana. Enfrente, Millán, con los brazos en jarras, observando el silencio de los alumnos que pugnaban por ser algo en la vida. Levanté los ojos, encontrándome con la barriga del marianista y la bragueta abierta. Tuve que mirar hacia el solitario patio que robaba los últimos rayos de luz a la tarde, mientras disimulaba una risita.
Cuando Millán comenzó a dar vueltas por el aula, no tardé ni un minuto en llegar a la última página de una libreta, donde silenciosamente rompí un trozo, para escribir a mis amigas: "Tiene la bragueta abierta". Y me quedé expectante; cuando Millán comenzaba a caminar por el aula terminaba siempre saliendo, y la puerta se encontraba en el lado opuesto a donde yo me encontraba. En la parte de fuera, recuerdo que escribí: "A Rebeca (mi mejor amiga del colegio y, a la sazón, mi compañera de habitación), pero lo puede leer todo el mundo". Hasta que el papel llegara a mi amiga tenía que pasar por cuatro alumnos y todos leyeron el papel. Cuando Millán volvió a entrar en el aula, la última fila de la clase tenía los ojos pendientes en él e intentaba aguantar unas risitas que pugnaban por hacerse oír. Debió darse cuenta de que algo pasaba, aunque nadie le dijo nada. Al volver del descanso, ya no había motivo de risas y seguramente se pudo imaginar el motivo de aquellas risas mal disimuladas.
Otro día, en esa misma aula, alguien llevó una bomba pedorreta. Yo era la primera vez que veía algo así. Antes de que llegara alguien a cuidar de nuestro estudio, todo el mundo sabía lo que había, y que alguien empezaría con la broma, para pasar de pupitre en pupitre. Lo difícil era inflarla sin que te viera el profesor. Así que estuvimos toda la tarde escuchando las pedorretas de un lugar a otro del aula. Tanto se debían oír que llegó Zacarías, el profesor que estaba en la otra clase, con los dos cursos inferiores, para quedarse en la puerta observando y descubrir el globo de las bromas. Lo confiscó.
Hoy me he acordado de aquella tarde, de las risas que nos echábamos de vez en cuando en el colegio.
¿Cómo será ahora?

Le gastaré la bromita a mi padre, pero conociéndole, seguro que se llevará el globo en el coche para 'quedarse' con la gente. Mi padre, yo y nuestros momentos de humor. Nos reímos demasiado y eso es bueno.

Herramélluri, Ochánduri, Cuzcurrita...

Hoy he tenido que correr. He estado conduciendo un buen rato, bajo los tímidos rayos de sol que han dado color a este día. Al pasar junto a una ermita solitaria cerca de Ochánduri me he imaginado que paraba el coche junto a las piedras solitarias y, como un lagarto, me quedaba mirando al sol.
Me he sentido libre.
Mientras conducía admiraba esa tierra que tanto quiero, a la que un día tanto eché de menos. Y me he sentido una privilegiada. Pero libre, libre al fin y al cabo.
Al regresar, el sol me daba en la cara y me ha parecido chocante llevar un gorro de lana que en ese momento me estorbaba y tener las gafas de sol en casa.
Amo demasiado esta tierra.

El amargo color del silencio

Últimamente escribo menos aquí porque estoy embarcada en otras historias, que distan mucho de que vean la luz por internet. Lo cierto es que entre esas otras historias y las obligaciones que me deparan estas dos próximas semanas, a veces me olvido de esto.
También es verdad de que si bien antes sólo necesitaba una señal o un recuerdo para escribir respecto a la sublimación de sentimientos positivos que una sola persona podía crear en mí, últimamente me niego a hablar de ello, a pesar de que me acuerdo de él más a menudo de lo que quisiera. Y no necesito ver nada que esté cercano a él para 'verle' y sonreír. Pero nadie mejor que yo sabe que no es buena señal que no desee hablar sobre esa persona, porque eso me llevará a alejarme cada día un poco más. Quizás es que me siento cansada. Quizás es un dardo certero ese que me acecha y me susurra al oído que he podido perder la ilusión.

Horas previas a la noche

Hoy es uno de esos días en que a las ocho estaba en casa. Lo primero que suelo hacer nada más llegar es encender el portátil, pero hoy ni siquiera se me ha pasado por la cabeza. Después de conducir con Sabina a tope, sólo me apetecía terminar el libro. Me lo he leído en un día, sí, aunque no es nada sorprendente cuando no creo que llegue a cien páginas escritas (el resto son imágenes).
Sin embargo, cuando me encontraba en Madrid, en el estudio de grabación, me he quedado dormida. Eran las once de la noche.
Las sensaciones de una lengua que te chupa toda la cara son extrañas. Yoguito no quería que me quedara dormida, no era la hora y él lo sabía. Pues he tenido que despertarme. El perrito ha estado dos días sin comer y sin beber, aunque mi madre le metía agua en la boca con una jeringuilla. Pero hoy, cuando he llegado, estaba mejor: había comido, tenía ganas de jugar y para ello me traía uno de sus juguetes para que se lo tirara lejos, y no se ha dedicado a tumbarse como los dos últimos días, con una carita de "pasao" que me daba verdadera lástima. Estos dos días le tenía que tapar con mi manta de vaca, porque se retemblaba todo. Pero finalmente se ha curado.

martes, enero 19, 2010

Romper una canción


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Mi estrecha relación con las letras de Joaquín Sabina, con esa voz rasgada, machacada que llega al alma, se inició ya hace muchos años. Desde mi punto de vista, es uno de los mejores artífices de letras musicales de nuestro país. Como pocos, es capaz de dejarte pensar con una frase, para volver a escucharla después, cuando ya has encontrado el sentido, para sentirte identificada y sentir que te cala hondo. Podría nombrar innumerables canciones, unas famosas y otras no tan sonadas, pero esto se convertiría en algo extenso.
Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres…”.
Cuando Joaquín Sabina sacó a la luz su último disco, Vinagre y Rosas, no iba a tardar más que horas en hacerme con él. Y es curioso cómo, después de tenerlo en mis manos, de abrir el papel con devoción, aún pasarían unas semanas antes de que me convenciera para escucharlo entero. No fue una casualidad: se lo dejé a un amigo, que lo llevó en el coche hasta hace poco, al que se le había olvidado devolvérmelo. Y finalmente, cuando el disco volvió a mis manos, lo dejé en casa y sólo cuando escuchaba la radio del coche comprendía que me lo había vuelto a olvidar.
Entonces esta semana lo cogí ¡por fin! Y lo escuché entero, con devoción de santa, con admiración, conteniendo a veces la respiración. No fue una sola letra la que me hizo reflexionar, sino el disco entero.
Ayer, cuando escuchaba la canción dedicada a Praga –donde se escribieron la mayoría de las letras de los temas de Vinagre y Rosas-, mi mente voló lejos: hasta el puente de Carlos IV sobre las aguas del río Moldava, la subida al castillo, con sus callejuelas laberínticas ornadas con casas de mil colores, el encuentro con Johnny Walker (en checo, su nombre era Jan, y el apellido, algo como “caminante”, pero para nosotras era más sencillo llamarle como al whisky). Y recuerdo a los músicos bohemios en las calles aledañas a la catedral, con sus enormes instrumentos, predicando una bohemia como jamás he conocido. Y hay que recordar que estamos en la Bohemia. Me vienen a la memoria los mercados con todo tipo de cristales con sus destellos brillando al sol y todas las connotaciones kafkianas que encuentras a cada paso.
Vine a Praga a romper esta canción”. 'Ayer' fue la primera vez que la escuchaba entera, y esas pocas palabras me sonaban de algo; no solamente me sirvieron para traerme recuerdos. En cuanto llegué a casa, me dirigí a la estantería, y allí estaba: Romper una canción, de Benjamín Prado, el amigo escritor de Sabina que se fue a Praga con él. Juntos prepararon el disco, y ahí está el resultado.
Ahí no acababa la cosa. A medida que seguí escuchando el disco, una letra me tocó el alma. Cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos. Yo ya había escuchado esas amargas palabras antes, sí, del mismo Joaquín, pero en forma de versos. Esta vez estaba escuchando los mismos versos, a los que había puesto música. Algo había variado, y no era sólo que esta vez tenía música, sino que se le había añadido letra.
No me quedaba más remedio. A punto de terminar el libro histórico con el que llevo las últimas semanas, tenía que empezar otro. ¿Por qué no éste, en el que se cuentan las peripecias de Sabina y su amigo Benjamín por las magníficas calles de Praga?

Desde que he llegado a casa, me he sumergido profundamente en el libro. Son doscientas páginas, llenas de imágenes y fotos. Benjamín Prado es un escritor y poeta amigo de Joaquín Sabina, un amigo íntimo y con una personalidad paralela al artista, un personaje que, creativamente hablando, utiliza los mismos giros lingüísticos, idénticos vocablos mezclados y busca la belleza del castellano. Esta vez acompañó a Praga a Joaquín, donde empezaron a escribir las primeras canciones del último disco de Sabina, Vinagre y Rosas, y el libro, en definitiva, cuenta toda la trayectoria del disco, las letras que desecharon, la ingente cantidad de versos que nunca se han cantado, pero sobre todo te llena la amistad con el cantautor, pasar unos días creando con él algunas de las más bellas canciones de nuestro idioma, la camaradería, continuar en Rota (Cádiz) entre vasos de güisqui y robándole horas al sueño. Y cuenta también cómo fueron los siete meses de proceso creativo del disco: desde las ideas pioneras en una ciudad de Centroeuropa hasta la elección de la portada, cuando ya estaba a punto de salir a la luz.

"Rosas, vinagre y Sabina son tres palabras que comparten mucho, y esas cosas no suceden por casualidad".Algún día tendré que volver a Praga. Aunque sólo sea para romper una canción.

El mago de los sueños

Anoche me quedé dormida demasiado pronto. Vuelvo a sentir que sonrío como siempre.
Sonrío al levantarme de la cama y recordar el último sueño. Sonrío al mirar por la ventana y descubrir una espesa niebla que oculta todo con su pesado manto. Sonrío al pisar el acelerador, queriendo llegar ya, deseando encontrar su coche en cada esquina, al dar la vuelta a la calle. Sonrío al mirar la hora en el reloj y comprender que vuelvo a llegar unos minutos tarde, mientras observo que aún tengo medio desayuno sin tocar. Sonrío con cada persona que hablo, con todos los que me saludan, con cada persona que llama. Y una llamada puede sacarte de ese ensimismamiento para llevarte a pensar de nuevo en el mago que puebla tus sueños cada noche. ¿Por qué diablos no le habré preguntado por esa persona? Hace unos meses lo hubiera hecho, ahora, cuando me ha dicho quién era me he mordido la lengua.
Ansío verle, aunque pienso en él a todas horas (bueno, a casi todas). Ahora comprendo por qué me siento tan risueña hoy. Es él, es su magia.

lunes, enero 18, 2010

La mano de Fátima


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Es un libro escalofriante que trata con magistral dureza la expulsión de los moriscos de España. En estos momentos me da la sensación de que he aprendido mucho sobre las guerras de religión que hubo entre los siglos XVI y principios del XVII en nuestro país, que terminaron con el beneficio y enriquecimiento de unos en detrimento de los menos afortunados, que fueron expulsados a tierras árabes, lo que equivale a decir que nunca dos religiones podrán vivir juntas (véase el ejemplo de Israel y Palestina, tema del que yo ya he hablado aquí porque me fascina el tema de las religiones encontradas).
Sin duda alguna, la expulsión de los moriscos de España en los primeros años del siglo XVII es un ejemplo más de xenofobia, que se ha practicado a lo largo de los siglos (y se sigue haciendo) por todo el planeta.
Son casi mil páginas de historia, la historia de una comunidad religiosa maltratada por su libertad de religión, en un mundo donde ser "cristiano viejo" significaba tener derecho a quitar la vida a otras personas, la vida, ese bien preciado, un Derecho Fundamental. Es chocante cómo los devotos cristianos, que tanto oraban y pregonaban la benevolencia, eran los primeros que, al franquear las puertas de los templos, se olvidaban de todas aquellas lecciones de fe.

Y como toda novela histórica que se precie, casi siempre aparece un protagonista de ficción que tiene una dignidad superior, íntegro, un héroe que sobresale. Ésta es la historia de Hernando, un arriero de Juviles, población alpujarreña de la sierra granadina, que había nacido de la violación a su madre por parte del sacerdote de una población cercana. Heredó del de la sotana los ojos azules, lo que ya en principio le hacen diferente de la gente: para los moriscos es un cristiano y para los cristianos es un musulmán. Su madre, Aisha, casada después con el bruto arriero Brahim, tuvo otros hijos, y Hernando fue relegado a vivir a las cuadras junto a las mulas. Su padrastro le maltrataba, aunque Hernando pronto destacó por su inteligencia. Tanto el sacerdote de Juviles como el alfaquí del pueblo, Hamid, le 'adoptan' para que aprenda las bases de dos religiones que tienen un nexo común: la Virgen María.
Pero estalla el levantamiento de los moriscos, que se rebelan contra una Iglesia injusta, asesinando a todos aquellos cristianos que encuentren a su paso. Así, bajo las órdenes del rey musulmán, Aben Humeya, reconquistan para Al-Andalus todas las Alpujarras, pero Felipe II envía a sus más sanguinarios nobles a sofocar la rebelión, prometiendo a los moriscos que se rindan conservar su religión, sus tradiciones, su cultura y sus posesiones. Los moriscos, al no recibir apoyos de Argel, terminan arrodillándose ante el rey cristiano, pero muchos moriscos son esparcidos y enviados a otras ciudades españolas. Así, Hernando, acompañado de sus padres y hermanos, así como de Fátima, una mujer que porta un bebé después de haber perdido a su marido en la batalla, llegan a Córdoba.
Brahim, con un odio exacerbado hacia Hernando, consigue convertir a Fátima en su segunda esposa, aun a sabiendas de que ésta ama a su hijastro y él a ella. Pero ante los cristianos los dos jóvenes deben casarse según los mandamientos cristianos.
Hernando, un erudito en la comunidad morisca, consigue ser más cristiano que los propios cristianos; trabaja en las caballerizas reales y escribe y enseña el Corán. Brahim huye hasta Berbería, donde se termina convirtiendo en un corsario y se enriquece. En esa época, Hernando y su familia viven en un mundo de paz y felicidad que, sin embargo, va a verse truncada por el secuestro de Fátima y sus hijos a manos de Brahim y sus piratas, que se los llevan a Tetuán.
Aisha le dice a su hijo que Fátima y los niños han muerto. Hernando se deprime, pero consigue salir adelante. Se volverá a casar, con una cristiana, Rafaela, pero sigue pensando en los ojos negros de su primera esposa.
Cuando finalmente los moriscos son expulsados de España, Fátima, convertida en una rica viuda, va a buscarle a Sevilla, desde donde parten los barcos hacia Berbería. Pero Rafaela le ha seguido con los más pequeños. Allí Hernando se ve obligado a elegir entre las dos mujeres. Ya perdió a una una vez, pero no volverá a cometer el mismo error. Consigue escapar con su esposa cristiana y sus hijos hasta las Alpujarras, donde vivirán como campesinos cristianos, inculcando a sus hijos en las dos religiones, hasta que el mismo rey les dé el indulto y puedan volver a vivir libres.

La mano de Fátima aparece innumerables veces en la novela. Es el amuleto que Fátima lleva colgado al cuello, un símbolo árabe que en la España de aquel tiempo estaba prohibido llevar. Es un símbolo más, como los ojos azules de Hernando.

La mano de Fátima (al-hamsa) es un amuleto del Islam en forma de mano con cinco dedos, que representan los cinco pilares de la fe: la declaración de fe (shahada); la oración cinco veces al día (salat); la limosna legal (zakat); el ayuno (Ramadán) y la peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida (hach).