miércoles, agosto 02, 2006

No hay tregua

Barricada: No hay tregua



Y no sé por qué me he levantado con tantas ganas de escuchar esta canción. Supongo que por esa estrofa que tanto me gustaba y que dice:

Anónimo luchador
Nunca tendrán las armas la razón
Pero cuando se aprende a llorar por algo
También se aprende a defenderlo.


Hace mucho que no la escucho. Recuerdo momentos inolvidables de otras veces que la he escuchado, que se me quedaron grabados para siempre. Recuerdo que sonaba en el coche de un amigo mientras volvíamos de fiestas de un pueblo, y que íbamos comiendo unas manzanas que acabábamos de coger de un árbol. Recuerdo estar tomándome unas cervezas kilométricas en un bar heavy de Lleida mientras me fijaba en los dibujos de las paredes. Recuerdo mirar a una persona en el Bataclán mientras esa persona, a lo lejos, cruzaba sus ojos con los míos. Recuerdo aquellos años en el Aldo donde éste la ponía todos los días. Recuerdo liarme un peta sentada en una pared con varios amigos... Recuerdo que era la canción que sonaba en aquel local donde estábamos sentados mientras una litrona cayó por encima de nuestras cabezas... explotando... Para habernos abierto la cabeza. Recuerdo el apodo que se le quedó para siempre al "Litronas", su cara de miedo y acojono mientras nos ofrecía bocatas para reparar el daño. Ya no fumo petas. Ya no robo manzanas. Ya no voy al Aldo. Ya no cruzo miradas con esa persona. Ya no voy a bares jevis.

Pero de vez en cuando escucho aquellas canciones de entonces.

Una palabra de agradecimiento


A veces es necesario escuchar ciertas cosas, sobre todo cuando no las esperamos. Quizás esos detalles son los que hacen imprevisible a una persona. Y eso es lo que nos hace mirarles de otra forma.
Ayer me dijeron "Gracias". No me lo esperaba, pero esa única palabra me hizo sonreír. Quizás se refería a cosas materiales nada más, pero para mí esa palabra implicaba algo más. Me dio a entender que había un trasfondo oculto, aunque yo pueda ver lo que hay detrás.
Lo puedo ver porque yo a esa persona también le debo mucho. Quizás también debería agradecerle muchas cosas. Gracias por estar ahí, gracias por escucharme, gracias por animarme, gracias por tus palabras, por lo que me das, por... tantas cosas. Es una lista innumerable.
Hay pocas personas a las que se le puedan dar las gracias desde dentro. Yo a él se las doy desde el interior. Ni siquiera necesitaría decirle esto para que él supiera el porqué.
Sí, a veces es necesario decirle a la otra persona "Gracias", así como también a veces viene bien escucharlo.

martes, agosto 01, 2006

Maverick

Ayer fue un día extraño. Cuando abrí los ojos mi primera reacción fue taparme con el edredón hasta arriba, a pesar del calor. Quería reanudar ese sueño -debía ser bonito, aunque no lo recuerdo- o quizás es que no quería ser consciente de la realidad, pues esa mañana había una palabra que martilleaba mi cerebro: "Soledad". No es el hecho de vivir sola sino que es un sentimiento que trasciende hacia algo más abstracto.
Pero ayer ocurrieron dos cosas que curvaron mis labios hasta formar la caricatura de una sonrisa. La primera fue una llamada de la que ya hablé. Lo segundo es más sorprendente.
Sí, cuando me marché del irc olvidé todo ese mundillo sin tener en cuenta a todas aquellas personas que dejaba allí. Simplemente desaparecí para mucha gente durante mucho tiempo, sin tener en cuenta las circunstancias en que abandonaba todo, el grado de confianza que llegué a alcanzar con ciertos individuos, hasta el punto de cogerles cariño. Ayer recibí un e-mail de Gus. Me preguntaba qué era de mi vida, cómo me iba. La situación excepcional en que yo me encontraba hace unas horas hizo que ese e-mail me pillara algo desprevenida. Y me explayé en la contestación, sabiendo que no podría resumir este último año en tan sólo varios párrafos. Cuando leí "que sepas que nunca me olvido de ti" se me cayó el alma, no sé si era porque me daba cuenta de que hay mucha gente que me aprecia o quizás con culpabilidad, porque yo casi me olvidé de muchas personas que me rodeaban en un determinado momento de mi vida.
Gus, sé que leerás esto. Lo de ayer fue tan inesperado como sorprendente. Conseguí reírme. Quizás tenga que ir a tomarme unas copas en San Mateo en donde tú y yo sabemos. O, ahora que lo pienso, igual ya no estás allí. Hay que recuperar el tiempo perdido. Sí, te tengo que contar muchas cosas, como tú a mí. Respecto a lo demás tenías razón. Te debo un e-mail, hoy sin falta. Hay determinadas cosillas que te debo contar al oído ;) Ah, también estoy en el Uni 5, si encuentras mi planetita te invito a un café.

Después pensaba sobre estas coincidencias. Siempre, cuando menos te lo esperas, aparece alguien. Y te das cuenta de que en tu mundo hay más personas aparte de ti. Quizás últimamente he pensado sólo en mí. Nunca es tarde para recuperar el tiempo perdido.
Y hablando de pérdidas, anoche me desbordaba ese sentimiento de pérdida. No es la primera vez que me siento así, y no me gusta. Es como si hubiera perdido algo, no estoy muy segura de todas formas, o quizás tenga la mente con un caos terrible. Ya lo he sentido más veces. Cuando día a día veo las espinas que una a una van quebrando algo dentro de mí me siento extraña, como si esta vida que estoy viviendo no fuera la mía propia, como si formara parte de un mal sueño. Sí, son espinas que todavía cortan. Son pequeñas heridas que siguen doliendo. Un día dejaré de cortar rosas y las espinas no podrán hacerme ni un solo rasguño. Siento curiosidad por lo que haré ese día, pero llegará, estoy segura. Y por una vez tendré paciencia.

La persona más digna de admiración

Si hay alguien en mi vida a quien admire por encima de todo el mundo esa persona tiene nombre propio. Le conozco desde que tengo noción de todo, desde que soy consciente. Siempre ha estado ahí. Siempre me ha aconsejado sobre lo bueno y sobre lo malo. He chocado con él en discusiones que no tenían fin. Me hacía llorar mientras a mi mente acudía aquella frase de "Quien bien te quiere te hará llorar". Me guió por el buen camino. Hoy sólo tengo una profunda admiración por esa persona. No creo que jamás vuelva a tener tal admiración por nadie como la que tengo por él. Me enseñó muchas cosas. Puede parecer rígido en un principio pero yo le debo mucho, no sólo mi vida sino todo lo que me da día a día, el hecho de que siempre haya estado ahí, dándome una educación que mucha gente quisiera, enseñándome cosas que jamás hubiera imaginado. Sí, choqué con él por parecido de caracteres en mi adolescencia. Hizo por mí cosas que jamás hará nadie. Y es que padre sólo hay uno. Le admiro, no por ser quien es, sino por todo aquello que me ha enseñado. Él ha sido siempre mi mejor maestro, mi albacea y mi mentor. A él le debo mucho, le debo más que a nadie.
Adoro a mi padre por los valores que tiene, por haberme lanzado a un mundo donde él fue siempre una especie de linterna, donde me decía al oído las cosas que debía y no debía hacer. Me protegió como jamás lo hizo con mis hermanos y para mí siempre será el mejor, admirable y admirado.
Hoy es su cumpleaños. Me apena no estar allí, abrazarle y decirle: "Felicidades". Claro que le felicitaré, pero faltará ese abrazo.
Recuerdo aquel día en que me dejó en una ciudad extraña y con gente desconocida por primera vez. Me entregó un papel y me pidió que lo leyera después de que se marchara. Aquellas rimas se me quedaron marcadas para siempre. Realmente era una lista en la que me decía que me cuidara, pero la guinda eran los versos finales:
"Y recuerda:
El hombre promete
hasta que la mete
y cuando la ha metido
nada de lo prometido".
Mi padre, además de sus muchas cualidades, es mago. Quita verrugas con sólo mirarlas. Yo sé el secreto. Tenía unas cuantas y me las quitó. Una noche, mientras yo dormía, entró en mi dormitorio, me cogió las manos y me las contó. Dos meses después habían desaparecido.
Mi padre enterró, en un lugar donde sabía que yo jamás pasaría, tantos juncos como verrugas me había contado. A medida que se iban secando los juncos fueron desapareciendo las verrugas de mis manos. Creo que dice algo a la hora de enterrarlas, como un sortilegio. No sé, yo tengo mis ideas al respecto, pero me las guardo para mí.

lunes, julio 31, 2006

Volar...

Me gustaría volar, perderme entre las nubes y no mirar atrás.
Ojalá tuviera alas que me dieran esa libertad. Pero ¿de qué sirve tener alas cuando terminan cortándotelas?
A veces también me gustaría tener la memoria de un pez para no recordar nada de lo que ha pasado hace un minuto, ni nada de lo anterior.
Me gustaría volar y olvidar con cada aleteo todo aquello que me estruja por dentro. Pero es difícil. No nací para volar, ni tengo alas para dirigirme hacia el horizonte. Me tendré que conformar con mirarlo desde lejos y con cerrar los ojos... y volar de otra manera, volar con la imaginación. A veces es lo único que nos queda.

Una llamada

Hoy he recibido una llamada desde Santander. Al ver el 942 me he imaginado quién podía ser. Sólo tengo apuntado su teléfono móvil. Ana Lara y yo hablamos de siglos en siglos. La última vez que hablamos fue en julio del año pasado, a principios.
Hace unos meses recibí una postal de Dublín. Era de ella. Por la letra me lo imaginé, firmaba como "Lara". Ella siempre quiso llamarse así, y sus padres no quisieron para ella un nombre compuesto. A la hora del bautizo les dijeron que Lara no era cristiano, de ahí que le tuvieran que poner Ana delante.
Me ha invitado a Santander, donde estará todo el mes de agosto y en septiembre volverá a Dublín. Me ha dicho que su nivel de inglés ha mejorado bastante. No trabaja como psicóloga sino en un restaurante.
Yo siempre pensé que Ana Lara debía autodiagnosticarse antes a sí misma porque tenía cosas raras en la cabeza. Ahora, cuando hablamos, es diferente. La veo más serena, más mujer, menos loca que entonces.
Supongo que le debo ese viaje desde hace años. Me apetece playa, pero no el mar Cantábrico. Ella siempre me insiste en que vaya, así como también me ha invitado a Dublín. Ya le he dicho que si me movía de aquí tendría que ser en la segunda quincena de agosto.
El caso es que ha habido muchos silencios en esa conversación. Me daba la sensación de que éramos dos desconocidas, después de todo lo que compartimos. La única manera de afianzar de nuevo la amistad sería volviéndonos a ver, así que me veo en Cantabria en un plazo no muy largo de tiempo, recordando viejos tiempos y repitiendo antiguas locuras.
La curiosidad aumenta en el momento en que pienso cómo será el reencuentro. Sí, tengo que volver a verla, hay cosas que jamás deben perderse.

El "Jarchas"

Mi profesor de literatura se llamaba Fernando. Llevaba muchos años casado y tenía dos hijas, pero era un secreto a voces que en su pasado, cuando iba a hacer votos para sacerdote, se enamoró de una mujer y se salió del seminario para casarse con ella.
Sólo le conocía de oídas, pero me habían dado a entender que sus clases eran equivalentes a la siesta diaria del día. Le veía de lejos. Era un hombre alto, moreno, tenía el pelo negro como el tizón y una incipiente barriga. Daban ganas de abrazarle. Me daba buena impresión, era un imán que hacía que te acercaras a él irresistiblemente. Lo del "Jarchas" le venía desde hace años, un apodo que alguien le había puesto hacía mucho tiempo y que había perdurado con el paso de las generaciones, aunque su literatura preferida no era expresamente la mozárabe. Siempre llevaba una mano ocupada con varios ejemplares de autores famosos.
Por fin llegó 2º de BUP, donde conocería a mi nuevo profesor de literatura. Ya me habían contado que en la otra aula había pillado durmiendo a uno y le había despertado de ese sopor. Había sido el primer día de clase.
Pasó lista uno a uno y cada vez que decía un nombre se quedaba mirándonos. Yo clavé mi mirada en esos profundos ojos negros. Le miré con afecto, no en vano llevaba un curso entero "enamorada" de él.
Ese curso de literatura fue el más poético de todos. En las clases de Fernando expresaba mis amores juveniles mediante rimas. Aprendí a escribir cuentos al estilo más becqueriano y probé todas los recursos estilísticos. Y llegó la Navidad.
Fernando no sabía nada de mi afición literaria hasta que volvimos en enero del año siguiente. La persona que más libros había leído esa Navidad había sido yo. Recuerdo perfectamente los títulos: La Barraca y Cañas y Barro de Vicente Blasco Ibáñez, y Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Me pidió que le repitiera los títulos y me hizo varias preguntas, supongo que tanteándome. ¿Era posible que no me creyera? No importaba, pronto se daría cuenta de que devoraba libros, como descubrió que en el momento en que me dio por escribir poemas les hacía los deberes a la mayoría de los internos, hasta que los pilló. El cambio de sexo se notaba en aquellas primeras palabras que yo plasmaba en el papel.
Con Fernando aprendí a adorar a los clásicos, aprendí a querer a Bécquer y a añorar a Lorca, ensalcé a Chéjov y del Siglo de Oro me decanté por Quevedo y Lope de Vega, me enteré de que el Poema de Mío Cid estaba más cercano a mí de lo que yo hubiera imaginado jamás, me aprendí aquellos versos innumerables de Espronceda que decían:

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, "El Temido",
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
Recuerdo aquel examen cuya única pregunta fue: "Escribidme la última estrofa de La Canción del Pirata". Con el paso del tiempo fui cogiéndole cariño. Para mí sus clases eran perfectas y deseaba que llegaran. Mientras la gente se dormía mientras él leía cualquiera de los libros que siempre le acompañaban yo siempre me quedaba anonadada con esa voz que era música celestial en mis oídos.

Llegamos a 3º de BUP y Fernando siguió dándome clases de literatura. Un día nos mandó leer Pepita Jiménez de Juan Valera. Cometió un error al recomendar ese libro pues me di cuenta de que la vida del sacerdote protagonista corría paralela a lo que fue en el pasado la vida eclesiástica de Fernando. Y después de leído preguntó en clase qué nos había parecido. Una mano en alto para mezclar lo real con lo ficticio y le pregunté: "Fernando, ¿te sientes identificado con este libro?". Le saqué los colores. Mi pregunta era totalmente inocente. Y mi profesor era propenso a enrojecer. Aquel día tuve una idea maravillosa: le declararía mi amor a través de la poesía. Así es como comencé a escribirle poemas a diario y mezclar esos papeles entre sus libros, antes de entrar en clase.

Mis rimas eran completamente sensuales, románticas y cargadas de un amor platónico inmenso. Después pasaron a ser más eróticas y cargadas de sexualidad. Pero eran rimas inexpertas. Él se imaginaba que alguien le gastaba una broma, pero a veces llegaba a clase ruborizado y algo exaltado. Después de varios meses me pilló metiéndole la poesía diaria entre los libros. Los dejó en la repisa de la ventana, antes de entrar en clase, como siempre, y se alejó, aunque sólo fue a esconderse. Ese día fue él quien me sacó los colores a mí.

En ese momento dejé de interesarme por sus clases, le mostraba dejadez y comencé a leerme mis propios libros. Recuerdo estar en un pupitre del fondo y de repente escuchar un silencio sepulcral a mi alrededor. Levanté la vista y tenía a Fernando delante de mí. Quise desaparecer y sólo pensaba: "Tierra, trágame". Me pidió el libro, se titulaba Ceguera asesina y hace poco que me había llegado del Círculo de Lectores. Pensaba que me lo iba a confiscar el resto de la semana, pero sólo me lo pedía para ver el título. Me lo devolvió. La clase me miraba, pero yo estaba magnetizada por sus ojos negros y su sonrisa, una sonrisa que me decía todo: "No me falles, atiéndeme en clase". Fernando no me dijo nada, no me castigó nunca por haber estado leyendo otras cosas aquel día. Quizás él entendiera mejor que nadie el amor platónico, esos primeros amores de juventud.

Por supuesto, seguí llevándome bien con él y jamás volvió a pillarme leyendo un libro en clase que no perteneciera al temario de literatura española. Es más, volví a ser la primera persona que se leía los libros obligatorios, incluso los recomendados. Volví a ser participativa. Un día nos hizo un examen sorpresa. Recuerdo perfectamente que era sobre Peribáñez y el comendador de Ocaña de Lope de Vega. Tenía los apuntes en un cuaderno, pero no recordaba más que por encima que iba sobre la imposibilidad de ascender de clase social, así que saqué mi cuaderno y me puse a copiar descaradamente. Fernando vino -para mí que siempre me tuvo enchufe- y me dijo qué hacía. Le contesté: "Nada, estoy tomando notas". No me quitó el cuaderno ni alegó que estuviera copiando. Veía las caras anonadadas de la gente, con las bocas abiertas y fijo que pensaban: "Menuda fresca". Quizás lo era, pero también tuve cara para sacar mis apuntes y copiar delante del profesor. Es la única vez que lo hice, no me gustaban los exámenes sorpresa, aunque sí Lope de Vega. ¿Qué más da que copiara lo que él había dicho en clase si en ese examen era evidente que ya me había leído el libro?

Pasó el curso, y llegamos a COU, cuyo coordinador era Fernando. Además de ser mi tutor, ya no sólo me daba clases de literatura sino también de latín. El año anterior, gracias a mi mal profesor de latín, había terminado odiando a los romanos. Sé que decepcionaría a Fernando en el momento en que viera mi pasotismo respecto a la lengua latina. Así que en la primera evaluación me toqué las narices y suspendí, claro, pero en mi mente pensaba que no podía fallar a esa persona. Los textos latinos en COU eran para estudiarlos día a día y yo no lo hacía. Los fines de semana iba a casa. Allí tengo un tío que sabe mucho latín, tanto que siempre te está explicando el origen de las palabras. Le pedí ayuda, y cada fin de semana iba donde él a que me explicara.

En las clases de latín Fernando siempre pedía voluntarios que salieran al encerado. Nunca salía nadie. Un día levanté la mano y salí, al día siguiente igual y así durante toda la segunda evaluación; nadie más que yo salía. Fui la única persona a la que no le importaba equivocarse, pero a diario y voluntariamente estuve traduciendo en la pizarra, y odiaba la tiza, pero mereció la pena. Al final de esa evaluación, un día Fernando preguntó si alguien quería saber su nota. Algunos la pidieron, pero no se la dio. Creo que sabía que yo se la iba a pedir. En ese momento yo era una especie de cebo, pero sin hablar mal, que yo a Fernando le quería mucho. Yo sabía que me iba a subir la nota, como también sabía que él quería demostrar a la clase que el esfuerzo diario tiene su recompensa. Levanté la mano. Y me la dijo: "Ana, tienes un 6,7, pero después de esta evaluación en la que has salido sólo tú a la pizarra, con lo que me cabe pensar que eres la única que ha estudiado latín día a día, y por lo que te has esforzado... tienes notable". Otros cuantos pidieron su nota y a nadie se la dio más que a mí. Sí, me usó de cebo, como también me dio las gracias. Fernando y yo nos entendíamos perfectamente. El resto de curso apenas toqué tiza, la competencia a la hora de salir voluntariamente a la pizarra creció tanto que dejé de salir. Era evidente que pasaría eso. La clase se transformó totalmente, todo el mundo participaba, preguntaba... Un día Fernando me llamó a su despacho. Me agradeció que hubiera impulsado la clase de tal manera. Me preguntó a qué quería dedicarme. Y parece que aún fue ayer aquella larga conversación. Apreciaba a Fernando, como sé que él me apreciaba a mí. Hablamos de muchas cosas, incluso de las poesías de antaño. Me pidió que nunca perdiera la afición por los libros y que si alguna vez en el futuro tenía dudas sobre algo que no dudara en comunicarme con él.

Llegó el verano. Me dio pena dejar el colegio después de tanto tiempo. Un día estaba en el campo con una amiga cuando vi aparecer un coche que me sonaba mucho. De allí salió Fernando, con su mujer e hijas. Me quedé a cuadros. Fernando era de un pueblo cercano al mío, era evidente que estaba veraneando, y que en mi casa le habrían dicho dónde iba a encontrarme.
Después seguí carteándome con él. Siempre que tenía que elegir entre inmensas listas de libros le preguntaba qué opinaba. A veces se ha encontrado con mis padres, que también le adoran y él les pregunta si me va bien.

A Fernando es uno de los profesores que llevo y llevaré siempre en el corazón. Yo impulsé su clase de latín, pero él propugnó en mí un impulso diferente, me enseñó mundos increíbles inventados por otras personas, me ayudó a viajar a través de las palabras y empujó mi visión lectora como nadie lo habría conseguido jamás.

Nunca, en los cuatro años de internado, le llamé por el mote con el que todos hacían alusión a él. Para mí era simplemente Fernando, como la canción de ABBA.

Y hoy... hoy me he acordado de él porque llevo muchos días sin pasar página en un libro. Debería hacerlo pero no tengo ganas. Si Fernando me viera me cortaría el cuello, o quizás si escuchara esa sutil voz que me mecía en mis años adolescentes fuera suficiente para que cogiera con los ojos cerrados cualquier libro.

domingo, julio 30, 2006

Huir


Necesito huir...
No será hoy, ni mañana. Quizás algún día...

Mañana me iría a cualquier otro sitio con tal de no pensar.

Estoy como en off, sin embargo, me siento hiperactiva. No paro en ningún sitio, no estoy conforme con nadie.

¿Un cambio? Quizás lo necesite. Pero debo estar segura.

Mientras tanto cerraré los ojos...

Y saldré a que me dé el sol, eso lo necesito más que nunca. Mientras tenga la mente en otro lugar... (la segunda parte de esta frase me la guardo para mí, estoy segura de que es mejor así).

"The Jacket"


Tenía 27 años cuando morí por primera vez. Recuerdo que todo estaba muy blanco. Había una guerra y yo me sentía vivo pero en realidad estaba muerto.
A veces creo que sobrevivimos a los hechos sólo para poder decir que ocurrieron, que no le sucedieron a otro sino que me sucedieron a mí. A veces sobrevivimos para vencer las probabilidades en contra.
"No estoy loco", aunque ellos creían que lo estaba.
Vivo en el mismo mundo que los demás, sólo que he visto más cosas en él.
A veces la vida sólo se puede empezar de verdad con el conocimiento de la muerte, de que todo puede acabar cuando menos lo quieres. Lo más importante es creer que mientras sigues con vida nunca es demasiado tarde.
Por mal que parezcan presentarse las cosas, se ven mejor estando despiertos que dormidos. Y cuando mueres sólo quieres que ocurra una cosa: quieres regresar.
La película es fantasía total. De nuevo he vuelto a llorar inevitablemente. A pesar de ser consciente de que algo así no podía ocurrir... el argumento me ha gustado.
Jack Starks recibe una bala en la cabeza en plena guerra de Iraq (1991), por lo que se queda con algo de amnesia. Cuando vuelve a casa, un año después y supuestamente recuperado, se ve implicado e inculpado en un asesinato a un policía que él no ha cometido. Como no recuerda nada le llevan a un centro psiquiátrico, donde le provocan la locura. Pero él no está realmente loco, es consciente de lo que es real y lo que no. Comienzan con él una terapia que estaba prohibida: le meten en una cámara frigorífica durante horas para que su mente vaya al pasado, pero en esos viajes va al futuro. Y vive una vida que parece de otra persona.
Es preciosa :D

Cuido los pequeños detalles

La primera vez que estuve en un colegio de monjas y el primer lema del que me acuerdo es "Cuido los pequeños detalles". Las monjas intentaron metérnoslo en la cabeza, pero no se aprende eso en un curso escolar sino a medida que van pasando los años.
Acabo de darme cuenta de que en mi casa hace mucho calor. He reparado en algo que está en la pared y que ni siquiera miro: el termostato. Marcaba 18 grados, lo he movido hasta el 14. Si sigo teniendo calor lo tendré que bajar mucho más.
En el baño tengo todos los botes cerrados. Me he acordado de que hace unos años mis hermanos, después de ducharse, siempre los dejaban abiertos... hasta que se fueron a vivir solos. De repente, después de que usan el baño, lo dejan todo recogido.
No puedo meterme a la cama si no está perfectamente hecha, así que siempre que me levanto, a no ser que tenga prisa, me esmero por colocarla en condiciones. No me cuesta mucho pues se trata simplemente de extender el nórdico. Tampoco puedo dormir con la almohada si está el cosido justo ahí, por lo que le tengo que dar varias vueltas para que el cosido de la funda no me moleste.
Creo que soy una histérica del orden y de la limpieza. En mi cocina se acumulan de nuevo pequeñas pelusas que no dormirán hoy ahí y, a pesar del calor, tengo ropa que planchar que no puedo meter al armario tal y como está ahora.
En mi estantería se perfilan los libros bien alineados, ordenados por orden alfabético mientras una réplica de Notre Dame preside el mueble del televisor.
He decidido no llenar las paredes con fotos ni pósters. Nunca me gustó exhibir fotografías excepto en álbums. Aunque sí tengo expuesta en el salón una foto, sólo una.
A veces creo que un poco de desorden vendría bien. Pero sigo teniendo todo perfectamente en su sitio.

sábado, julio 29, 2006

"Casanova"

Giacomo Casanova es un libertino fornicador y mujeriego del siglo XVIII que encandila a todas las mujeres venecianas, solteras y casadas, vírgenes y religiosas, madres e hijas, promiscuas y ninfómanas. Todas caen en sus redes de seducción.
Por eso mismo es apresado multitud de veces, pero Casanova se encuentra bajo la protección del Dux de Venecia, que siempre le suelta por falsa identidad.
Un día llega un inquisidor a Venecia en busca del rompecorazones para ahorcarle. Perseguido por los soldados del obispo, llega a la universidad donde se realiza un debate acerca de si las mujeres deben pertenecer o no a esa institución. Allí, rodeada de hombres, se descubre el rostro una mujer que defiende la entrada de las mujeres a formar parte de la universidad.
Casanova se queda encandilado de su belleza y oratoria y comienza a perseguirla, se hace pasar por otra persona, y por primera vez se enamora.
He llorado, no he podido evitarlo. Todos los Casanovas se enamoran alguna vez, era previsible eso. Hay un momento en que no he podido evitar llorar, aunque eso también es previsible pues lloro en casi todas las películas.
Sale Jeremy Irons, que es el hombre perfecto. Aunque me encanta el protagonista (Heath Ledger), más aquí que de gay en "Brokeback Mountain" y me encanta algo que se dice dos veces a lo largo de toda la historia:
Dame un hombre que sea lo bastante hombre para entregarse sólo a la mujer que lo merece. Si esa mujer fuera yo lo amaría sólo a él para siempre.
La verdadera historia de Giacomo Casanova


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Cuando uno evoca el nombre de Casanova, le viene a la mente, inevitablemente asociada, la imagen del seductor por antonomasia, y así es la leyenda del personaje: conquistador lujurioso, de insaciable lubricidad, ha llegado a eclipsar al hombre.
Giovanni Giacomo Casanova, señor de Seingalt, nació en Venecia en 1725. Hijo de la bella actriz Zanetta, se desconoce la auténtica identidad de su progenitor, que bien pudo ser el marido de su madre, otro actor o el empresario teatral Michele Grimani.
De pequeño, Casanova fue un niño enclenque y dotado de una inteligencia extraordinaria, una comprensión rápida y una memoria portentosa. Su abuela, admirada por los progresos culturales que hacía (aprendió a leer en menos de un mes) se decidió a enviarlo a estudiar a Padua, en cuya universidad recibió el título de Doctor en Derecho a los 17 años.
Su vasta instrucción llegó a abarcar diversos campos, y no solamente fue un hombre de conducta escandalosa, duelista y jugador; también destacó siendo violinista, matemático, poeta, novelista, historiador, filósofo, teólogo, traductor de Horacio y de Homero, astrónomo, químico, geólogo, médico empírico... Sin embargo, no ha pasado a la posteridad por ninguna de estas actividades, sino por la de ser un conquistador.
En los 39 años que duró su vida amorosa estuvo con ciento 22 mujeres: actrices, monjas, cortesanas, damas de la alta sociedad...; mujeres de las que Casanova se enamoraba con cierta ingenuidad, con pasión, de verdad; mujeres que, en no pocas ocasiones, se aprovechaban de su generosidad y que siempre conservaron de él un recuerdo dulce y nostálgico, pues el terrible y disoluto seductor era un amante magnánimo y tierno.
La vida de Casanova es una vida inquieta, dinámica, despreocupada y plagada de excesos. Viajero infatigable, aventurero, masón, espía..., conoció la prisión en los Plomos, las enfermedades sexuales, la riqueza y la ruina.
En sus últimos años, recluido en el castillo de Dux en Bohemia, aquejado de la próstata y gotoso, emprende la ardua labor de redactar su biografía. Con una letra menuda y clara y una excelente memoria, Casanova se dispone a escribir sus recuerdos, tarea a la que dedicaba 13 horas diarias, dejando unas memorias que, aun no siendo completas, ocupan 3700 folios.
Escrita en francés, lengua que Casanova domina junto con el italiano y el latín, la Histoire de ma vie jusqu’en l’an 1797 recoge confesiones de una enorme sinceridad, una verdad sin tapujos. En ella, el autor se retrata tal y como se ve a sí mismo, no esconde nada porque no se arrepiente de nada y por eso le resulta indiferente el juicio que el lector pueda hacer de él. El estilo literario es directo, vivaz, realista y un tanto desvergonzado, y la magnífica descripción de los personajes y de las costumbres de la época hacen que esta obra no sólo sea el relato de una serie de aventuras amorosas, sino también una perfecta ilustración histórica del Siglo de las Luces.

Homofobia

Hace dos noches que mi amigo Rober, gay, me dijo que era una homófoba. No me lo dijo una vez sino que lo repitió varias veces. Intenté explicarle mi punto de vista pero no me entendió, o no quiso entenderme.
La cuestión es que él sabe que evitaré por todos los medios el hecho de ir a bares de ambiente. Dos veces en el pasado entré en ese tipo de bares con él y no me sentía a gusto allí. Respeto a los homosexuales, y respeto la condición sexual de Rober, como la de Javi, otro amigo que conocí antes. Pero Rober no respeta mi manera de pensar, y eso me jode.
Él sabe que no consentiré ir más veces a los bares a los que acostumbra a ir él porque no estoy en mi salsa ni en mi ambiente. Que me da igual ver a mi lado a dos lesbianas besándose, pero si puedo ir a otros sitios lo prefiero. Además es un mundo aparte, todos se conocen...
Vino a mi casa y estuvimos hablando de películas. Me dijo que tenía que enseñarle varias cosillas de internet al respecto. Voy a empezar a cobrar por enseñar mis conocimientos, que no son muchos, pues día a día aprendo cosas nuevas (ayer me ayudaron a mí porque tardaban en cargarse las páginas :*). Y salió a colación la película de "Brokeback Mountain". Le dije que no me gustó esa película y que a mitad estuve a punto de quitarla, aparte de que se me hizo pesada. Me dijo que eso era otro signo de mi homofobia. Y yo: "Pero vamos a ver ¿por qué? Para gustos... los colores, de toda la puta vida".
Después estuvimos hablando en la terraza de una cervecería. Rober me ha dicho muchas veces que debería probar a liarme con una chica de mi sexo. Siempre le respondo que no me llama la atención, que lo que te puede hacer una tía te lo sabe hacer también un tío. No nos ponemos de acuerdo. Me preguntó si había estado alguna vez en Chueca y le dije que no, cerca, pero exactamente en Chueca no. ¿Para qué voy a ir a Chueca cuando prefiero ir a Sol y Huertas, que son zonas de Madrid que van más con mi estilo?
Lo último ya fue la gota que colmó el vaso. Cuando le di la dirección de mi blog, desmaquillando el arcoiris, me dijo que era un prejuicio más porque el arco iris es el símbolo de los homosexuales. Le dije que dé qué coño iba, que el nombre de mi blog es metafórico, que lo cambié en una etapa triste de mi vida y que venía a decir que mi vida había perdido el color. Me dijo que cambiara el "arco iris" por el "corazón". Le contesté que no, que el arco iris tenía muchos colores, que si lo quería entender bien y sino también.
Al final me di cuenta de que todo lo que le dijera y/o yo haga para él va a ser una actitud homófoba y me jode.
Pero vaya, ahora cuando pienso en todo esto, me estoy pensando si salir o no esta noche. Para empezar no tengo muchas ganas. Estoy en una fase en plan ¿A qué huelen las nubes? y necesito tranquilidad y nada de alcohol. Y si bebo sé que Rober me repetirá e insistirá hasta la saciedad lo de ir a esos bares en los que no me siento a gusto. No iré de todas formas.

Mario Benedetti


Mi táctica
es quedarme
en tu recuerdo;
no sé cómo,
ni con qué pretexto,
pero
quedarme
en vos.


Enya: Only time

Aún recuerdo aquel primer día


Enya: Waterfall

A lo largo de los años he ido conociendo a mucha gente, tanta que ni me acuerdo. Al final siempre nos quedamos con los mejores recuerdos, con aquello que hicimos o quizás no hicimos, aquellos momentos que volvemos a evocar de vez en cuando y nos producen una sonrisa, esos detalles que quedan guardados para siempre en la memoria.

No hace mucho que conocí a alguien. Han pasado ya unos meses desde aquel primer día. No sé por qué me llamó especialmente la atención, quizás una palabra, quizás una imagen... pero noté algo especial, como especial es esa persona. Creo que si algún día dejara de saber de él sería muy difícil mirar hacia adelante, quizás volviera la vista hacia atrás casi perpetuamente para intentar que jamás desaparezca de mi memoria. Espero que jamás se vaya porque entonces me quedaría sin fuerzas. Un abrazo :D

Anoche otra vez...


Anoche mis defensas volvieron a caer por los suelos. Ya no es como hace unas semanas. Es una nostalgia más suave. Sé que habrá más bajones de esta índole, no duelen tanto como al principio, aunque siguen produciendo en mí ganas de llorar.
Anoché lloré por todo. No quería que las lágrimas volvieran a resbalar por las mejillas, pero salieron. Fue sólo un momento. Después volvió a llegar la calma.

Enya: Boadicea (Sleepwalkers Theme)

Colosseo


Aunque pusiera mil fotos del Coliseo parecería igual de pequeño que si lo viéramos en la televisión. El Coliseo romano llena tu campo de visión, da igual donde mires porque siempre te encuentras con él. Me lo imaginaba mucho más pequeño, así que me sorprendió su grandeza, grandeza que no sólo está en sus dimensiones sino también en su historia.
Vangelis me transporta a un mundo diferente y aquí me viene al pelo. Desde la banda sonora de Excalibur, que una vez compusiera Carl Orff, aquel Carmina Burana que me encanta, hasta esa melodía que me pone la piel de gallina con sólo escucharla, Christophe Colomb.
La historia del Coliseo
El Coliseo de Roma es el anfiteatro más grande del mundo. Este colosal monumento de piedra, cuya fachada requirió 100.000 metros cúbicos de travertino y 300 toneladas de hierro, es al mismo tiempo símbolo de la antigüedad romana en la Ciudad Eterna e imagen de la propia Roma en todo el mundo.


En su origen, los combates de gladiadores tenían lugar en el Foro, donde se levantaban graderíos temporales para alquilarlos a los espectadores.
El primer anfiteatro permanente se construyó en el año 29 a. C. Tras el incendio de Roma en el año 64 de nuestra era, Nerón lo reemplazó por un anfiteatro de madera. El anfiteatro más bello del mundo, cuyos restos se contemplan en la actualidad, fue mandado construir por Vespasiano a partir del año 72 y se terminó bajo el reinado de su hijo Tito. Se levantó sobre los restos del parque de la villa de Nerón, la Domus Aurea.


Durante los cien días que duró su inauguración (año 80) se mataron más de 5000 fieras. El último espectáculo conocido tuvo lugar en la época de Teodorico en el año 523. Aunque no es seguro que allí se hayan martirizado cristianos, en el siglo XIX se instaló en su perímetro un vía crucis que es celebrado por el Papa todos los años. Esta consagración del edificio a los mártires cristianos le libró del pillaje al que su revestimiento de mármol y travertino le había expuesto desde la Edad Media.


El anfiteatro forma una eclipse de 188 m x 150 m. Su fachada tiene una altura de 50 m. En lo alto, una fila de ménsulas servía para sostener el gran velum, hecho de lienzos de lino desplegados por encima del edificio para proteger a los espectadores del sol.
Las 8o arcadas de la planta baja daban acceso a un complejo sistema de escaleras, la vomitoria, para facilitar la rápida entrada y salida de espectadores, que podían alcanzar desde 60.000 a 80.000. Las cifras grabadas por encima de estos accesos se correspondían con el número de la localidad (tessera) que cada cual llevaba consigo.


De las cuatro entradas situadas en los ejes principales del anfiteatro, una daba acceso a la tribuna imperial y las otras tres estaban reservadas a espectadores de categoría especial: magistrados, vestales, invitados de honor...
Lo que queda de la fachada exterior, aproximadamente 2/5 partes del conjunto, está mantenido en sus extremos por dos grandes murallas de la época de Pío VII.


El interior del Coliseo, hundido en su mayor parte, no es más que una pálida idea de lo que fue el monumento original en su época.
Los subterráneos del anfiteatro estaban cubiertos antiguamente por un suelo móvil de madera.


Albergaban todos los servicios indispensables para el desarrollo de los juegos: máquinas, jaulas para las fieras, armas...
Los 30 nichos que se abren en la muralla de los subterráneos estaban sin duda dotados de montacargas destinados a subir fieras y gladiadores al nivel de la arena. Grandes paneles de madera inclinados y provistos de un sistema rodante con bisagras y contrapesos permitían el montaje de todo tipo de decorados en el ruedo, paisajes artificiales de colinas y bosques, especialmente en el transcurso de las cacerías (venationes).


La cavea, conjunto de graderíos, estaba dividida en cinco sectores superpuestos. Las plazas eran fijas y su acceso no dependía de la suma pagada -ya que la entrada era gratuita- sino de la pertenencia a una categoría social determinada.
Según el historiador Suetonio, el emperador Augusto atribuyó la primera fila a los senadores, graderíos especiales para los plebeyos casados, otros para los jóvenes ataviados con la pretexta y las filas superiores para las mujeres.


Entre la Via Labicana y la Via San Giovanni in Laterano se ven los restos del Ludus Magnus, el principal cuartel de gladiadores, comunicado directamente por una galería con los subterráneos del Coliseo.


Al lado del anfiteatro se levantaba el coloso en bronce de Nerón, de 35 m de altura. El nombre popular de "Coliseo", utilizado a partir de la Edad Media, viene de la proximidad de esta colosal estatua.
Los Gladiadores
Los emperadores buscaban siempre el favor de la plebe. Para ello, recurrían a distribuciones de trigo, de dinero, baños públicos y, sobre todo, juegos. Éstos tenían lugar principalmente en tres tipos de monumentos: el teatro, el circo y el anfiteatro, donde se celebraban combates de gladiadores y cacerías de fieras, costosos espectáculos que permitían en toda ocasión exaltar los fastos del reinado.
Una grandiosa procesión abría los juegos. Los gladiadores penetraban en la arena por la porta triunphalis, detrás de los magistrados y los lictores. Se ha convertido en clásica la frase pronunciada en una ocasión antre la tribuna imperial de Claudio: ¡Ave, Caesar! ¡Morituri te salutant!

Las piezas de la armadura de los gladiadores, espalderas y grebas, protegían el cuerpo de las heridas que pudieran dejar en grave inferioridad al combatiente.
En el siglo I, se les añadió una rejilla a los yelmos.


Las tremendas batidas de animales destinados a las cacerías empobrecieron la fauna de África del Norte.

El árbitro es reconocible por su túnica y su vara de madera. Dirigía los combates y vigilaba su desarrollo.


Para levantar las bandas del velum a favor del viento se utilizaba un anemómetro.
Varios duelos tenían lugar al mismo tiempo sobre la arena y el público, que tomaba partido, apoyaba a una u otra categoría de gladiadores: tracios, samnitas, mirmillones... Por ejemplo, el secutor, provisto de un largo escudo, de una greba en la pierna izquierda y de un yelmo sin reborde, luchaba contra el reciario, que atacaba con ayuda de una red atada al cinturón, un tridente y un puñal. El reciario llevaba sólo una ancha espaldera que le cubría la base del cuello, tobilleras y un brazalete protegiendo el brazo izquierdo.

viernes, julio 28, 2006

Odio

Epica: The Phantom Agony

De toda la gente que ha pasado por mi vida, que no es poca, sólo odio a una persona. Antes pensaba que era incapaz de odiar a nadie pues lo había intentado y no salía de mí ese sentimiento tan negativo. Algo muy fuerte te deben hacer para que germine en tu interior algo así.
Le conocía de vista. Varias veces en el pasado nos habíamos cruzado en el autobús, incluso en la calle y después bares y discotecas.
Un verano intercambiamos un saludo, después comenzamos a hablar y nuestras charlas llegaron más allá. De repente éramos pareja.
Cuando mi hermano se enteró de quién era mi novio en aquellos momentos me advirtió que lo dejara cuanto antes, pero yo, encegada de amor, no veía lo mismo que mi hermano, y no le hice caso. ¿Qué vería mi hermano en él que yo era incapaz de ver...?
B. es el mayor hijo de puta que ha pasado por mi vida. Un día de madrugada, después de una larga noche de fiesta y alcohol, discutimos. Y él, en una vena de agresividad, sacó a la luz su carácter violento. Me levantó la mano. En ese momento se me bajó todo el efecto de las copas de varias horas antes, miles de imágenes empezaron a correr por mi cabeza a toda velocidad, como estoy segura de que por la suya también pasaron muchas cosas.
No la bajó, pero fue suficiente para no dignarme a mirarle nunca más a la cara. Un hombre que es capaz de levantar la mano a una mujer, aunque no la baje, es capaz de llegar mucho más allá.
Si me hubiera tocado un pelo en vez de dirigirme a casa hubiera ido a ponerle una denuncia. No llegó la sangre al río, así que decidí marcharme a casa a maldormir. Ese día no pegué ojo, anduve nerviosa durante muchas horas. Y callé. El silencio, debido al miedo que había cogido a esa persona en cuestión de minutos, era lo único que estaba de mi parte. Caí en un mutismo inusual en mí. En un día había cambiado radicalmente mi manera de ver las cosas.
Cuando ves en el telediario a todas esas mujeres que perecen a manos de los hombres te parece algo tan lejano... Nunca piensas que pueda pasarte a ti. Pero un día pasa... o al menos descubres que también a ti te puede ocurrir... Intentas quitarte esas imágenes de la cabeza, algo imposible. Todavía recuerdo la furia de su mirada, su mano en alto. Sé que nunca podré olvidar ese día. Por eso le odio.
Le evité como pude. De mi boca no salió una palabra respecto a lo que había pasado esa madrugada, ni siquiera a mi mejor amiga se lo conté. Si mis hermanos se hubieran enterado se hubiera montado una bronca terrible, hubieran ido a buscarle... en fin, no sé adónde hubiéramos llegado.
No fueron mis hermanos los que se enteraron y si alguna vez lo supieron nunca me lo comentaron, pero sí mis amigos. Todos mis amigos llegaron a enterarse.
Dos semanas después de que pasara aquello y de que enterrara a B. de por vida, él estaba borracho en una discoteca. Mi amigo Jorge se lo encontró y se pusieron a hablar un poco de todo. B. le dijo lo mucho que se arrepentía respecto a mí por lo que me había hecho. Jorge le preguntó el qué y allí salió a la luz toda la historia que, si hubiera estado en mis manos, jamás se hubiera sabido.
Era un domingo por la tarde cuando nos reunimos todos en un bar. Jorge me cogió aparte diciéndome que tenía que preguntarme algo: "Ana, ¿es verdad que B. te levantó la mano?". Me quedé blanca como el papel, le clavé la mirada, empezó a temblarme el cuerpo, las lágrimas acudieron a mis ojos. No necesitaba darle una respuesta pues con sólo ver ese estado de pánico que se había apoderado de mí ya la sabía. Jorge se lo contó al resto de mis amigos y uno a uno todos me fueron haciendo la misma respuesta. Les pedí que por favor no se lo contaran nunca a mis hermanos (y no lo hicieron).

Mucho tiempo después me enteré que esa tarde mis amigos se habían sentado y habían pensado en ir a buscar a B. Al final se decidieron por el no (al menos ellos son más civilizados). Me alegro de que no pasara nada. Cuando me enteré de esto me acojoné y me enfadé. ¿Qué hubiera pasado si hubieran ido...? Me sentí fatal, y no había sido yo quien abrió la boca.


Después de aquel domingo mis amigos, en un carácter protector, y sabiendo que yo salía con miedo a la calle me aconsejaron que fuera con ellos para que B. no se me acercara. Y así fue. Estuve más de un año saliendo de fiesta con todos los varones. Por lo general mis amigas y yo salimos aparte, pero por aquel entonces, aunque mis amigas fueran a otros bares (en contadas ocasiones, pues ellas también terminaron enterándose), terminábamos saliendo todos juntos. B. jamás se me acercó, ni a mis amigos, que le instaban a que se largara antes de aproximarse.
Poco a poco el temor fue desapareciendo. El día que les dije a mis amigos que necesitaba perder ese miedo que me había atado de pies y manos durante tanto tiempo ellos me preguntaron si estaba segura. Y dije que sí.
El primer día que B. me vio con mis amigas se acercó pero ni me digné a mirarle, en cambio miraba a mi amiga I. y ella me decía: "Ana, tranquila". Respiraba hondo e intentaba ignorar, mal que bien, a quien estaba cerca de mí. Pero el cobarde de B. fue incapaz de dirigirme la palabra, era consciente de lo que podía esperar de mí. En cambio sí que pillaba a mis amigas por banda y algo así fue lo que le soltó a E.: "Dile a Ana que agua pasada no mueve molino, que me perdone, que jamás tenía que haber pasado eso, que quiero que me salude, que podemos volver a ser amigos..."
Lo intentó muchas veces, a mí nunca me dijo nada. Un día se dio cuenta de que no le perdonaría jamás y dejó de dar la brasa a mis amigas. Y de repente dejé de saber de él.
Ahora sé que tiene un bar. Ni mis amigos ni mis amigas han puesto un pie en el mismo. No creo que lo hagan. Aunque si lo hacen me es indiferente. Esa persona para mí no significa nada. Si muriera mañana no lo lamentaría. No le deseo ningún mal, y espero que siga guardando las distancias conmigo. Es más, deseo que la mujer que se case con él no sea una víctima más de la violencia de género. Sé adónde es capaz de llegar esa persona, y ojalá nunca vuelva a levantar la mano a nadie.
Le odio, aunque apenas me acuerdo de él. Prefiero no pensar porque me hierve la sangre.
Han pasado cinco años de todo eso. Ahora ya no me cuesta mucho hablar del tema. El tiempo de después fue criminal pues vivía con miedo, y eso no es vivir. Después todo pasó y parece que fue nada más que un mal sueño, pero no, ocurrió y se me quedó demasiado grabado como para poder olvidarlo así como así. Después de él temía que cualquier hombre se me acercara. Un día me di cuenta de que no todos eran iguales, que sólo había sido una mala experiencia pero todos los hombres no son así, y dejé el temor a un lado.

Y todavía hoy...

Parabellum: La locura

Y todavía hoy las espinas se me clavan y dejan llagas en mi piel.
Son heridas con sal que escuecen más de lo que debieran.
Intento que no sea así, pero... no lo puedo evitar... y al no poder controlar eso me pesa, me pesa bastante.
Y ahora me da por escuchar aquella canción de Parabellum, con la que en cierto modo me siento identificada.


Las rosas no deberían tener espinas :( Y todavía hoy quiero arrancarlas a pesar de que pueda cortarme.

Baila conmigo


Necesito bailar, embriagarme con la música y no parar.
Necesito moverme al compás.
Necesito dar vueltas sin parar.
Necesito olvidarme de todo lo demás.

Baila conmigo. Baila, baila... bailemos sin parar.

Steve Vai: For the Love of God

Creando belleza

Día a día intento que cada cosa que escribo destile belleza por todos los lados. No quiero que nada enturbie ese estado de paz.
Siempre he pensado que la mente hay que moldearla poco a poco, como si se tratara de una obra de arte, que no debemos dejar de lado pues entonces se erosiona. Con el tiempo aprendí que no sólo era la mente la que tenemos que moldear sino muchos otros aspectos de nuestra vida.
Cuando creamos algo, bien sea un texto en un blog, los rasgos de un dibujo, los trazos de una pintura, manualidades varias y otras tantas cosas, deseamos que siempre roce la perfección. Si creamos algo y nos conformamos con eso aun teniendo imperfecciones será una obra inacabada y, por tanto, no tiene tanto valor.
Igualmente en la vida no hay que conformarse con lo que pasa, sino que debemos buscar la perfección en todas las facetas. La perfección es una utopía pues el ser humano nunca podrá aspirar ser perfecto completamente. Podremos ser perfeccionistas, pero nunca perfectos.
Yo soy una persona perfeccionista. Con nueve añitos alguien me abrió los ojos en ese sentido. No sabía exactamente lo que quería decirme, pero se quedó observando mi trabajo mientras mis compañeros de clase estaban en el recreo.
En la escuela, los viernes por la tarde se dedicaban a las manualidades. Mi maestra de entonces era asidua a este tipo de trabajos. Con ella aprendí a escribir bien en los dictados y con ella me di cuenta de lo mucho que apreciaba los viernes por las tardes. Los primeros trabajos manuales eran láminas negras para raspar con punzón, después llegaron las figuras con pinzas de tender la ropa, cuadros con intercalados de escayola, pintura y terciopelo, flores con alambres y medias de colores... y las figuras de escayola. Mi primera figura de escayola fue una virgen de colores lisos que cuelga de la pared de mi habitación desde hace años. Después llegaron las figuras negras que convertíamos en figuras anticuadas con betún. Y un día nos enseñó varios modelos de figuras que hacer para navidad. Toda la clase se cogió las estatuillas más fáciles y cómodas de pintar, por lo general una sola figura. La excepción fui yo, que elegí el trío del belén: San José, María y el Niño. La maestra me preguntó si estaba segura, si me daría tiempo. Y le contesté que sí. Claro que me dio tiempo a acabar de pintarlas para esa navidad, sólo tuve que sacrificar mis recreos. Pero la gozaba pintando. Me sentía dueña de una paz infinita y no quería que terminara nunca esa media hora que pasaba entre pinceles.
Entonces un día, cuando ya todos habían salido al patio menos yo, vino la profesora de párvulos, la señorita Mª Luz, a la que guardo un cariño especial desde que la oyera decir a mi maestra en aquellos tiempos respecto a su trato con los alumnos: "A los niños se les trata con miel, no con hiel". Mª Luz se quedó observando cómo pintaba a San José, con una delicadeza y esmero que la sorprendieron. Así me lo dijo. Me habló suavemente, como hablaba ella. Me dijo que le gustaba el entusiasmo que ponía en las cosas y -lo recuerdo perfectamente- "no lo pierdas nunca". Levanté los ojos de la figura, la miré y sonreí. Después se fue a hablar con mi maestra. Yo seguí pintando, ensimismada y muy concentrada en dónde ponía color.
Cuando un tiempo después llevé el belén a casa a mi madre le encantó. Desde entonces lo expone cada navidad para que todo el mundo lo vea.
Pienso que cada creación, sea cual sea, debe ser bella, perfecta... y si no puede llegar a serlo, al menos debería intentar acercarse, aunque sólo sea un poco.
Si algún día supiera que lo que va a salir de mi mente, por ejemplo a la hora de escribir, es destructivo, no lo escribiré. O simplemente dejaría de escribir. Curiosamente cuando el mundo se me echa encima es cuando tengo una necesidad irreprimible de escribir, aunque lo que salga de mi mente sea a veces demasiado triste.