
Hoy hace un año me levanté de la cama temprano, pensaba que sería un día más, yo me sentía bien... Al salir a la calle bajo ese sol tempranero a las 8 de la mañana para ir a currar les dije a mis compañeros: "Es día 13, ya veréis cómo algo sale mal".
Varias horas después, a las 15.00 de la tarde estaba en una sala de espera en el hospital de Nuestra Señora de Sonsoles de Ávila.
Pasé aquella tarde los peores momentos de mi vida, me imaginé todo lo peor. Todavía en el centro de la ciudad, una hora antes, cuando me dirigía a comer, pasé junto a la puerta de un Centro de Salud. Llevaba unos días con demasiado pavor en el cuerpo. Sólo Sandra sabía lo acojonada que estaba y el día anterior había prometido acompañarme a Urgencias después del curro. Pero no pude esperar, estaba demasiado aterrorizada.
Un bulto extraño en cualquier parte del cuerpo es algo que acojona demasiado para hacer la vista gorda. Mediante bultos comienza a manifestarse el cáncer. Tenía miedo, sí. Pensaba lo peor.
En el Centro de Salud, dos médicos me produjeron un miedo todavía más atroz. No tuve que esperar. Debo decir que cuando se trata de bultos te cogen con preferencia, que es lo que a mí me pasó. La doctora miraba al médico con una mirada de alerta. Al verlos intercambiar esas miradas me asusté aún más. Mi ombliguito me escocía cada vez que alguien me lo tocaba. Me hicieron un volante para que me viera un especialista. Y no me decían nada. Me levanté, puse las manos en los bordes de la mesa y le increpé a la doctora, mirándole fijamente a los ojos: "Doctora, sea sincera y dígame lo que tengo". Ella volvió mirar al médico a mis espaldas y de repente me clavó los ojos: "Creemos que es una hernia umbilical, pero no estamos seguros".
Una hora después, estaba a las afueras de Ávila, en una sala de espera llena de gente donde me llamaron nada más llegar. Nunca antes había pasado por tantos tests de analítica juntos.
Me mandaron tumbarme en una camilla para hacerme un análisis de sangre y me dejaron allí un rato para que al levantarme no me mareara. Me dieron un tarro de plástico y me dijeron que tenía que orinar. No tenía ganas así que les dije que si podía beber agua, pero no me dejaron. Al final terminé llenando el tarrito. Después llegó una doctora, con acento de Sudamérica. Casi me la cargo. Para ser la persona encargada de preguntarte sobre todos los aspectos de tu vida era demasiado borde, aunque yo me puse más arisca con ella. Me dieron ganas de estrangularla. Aparte de que estaba escarbando en mis intimidades la muy puta aún quería saber más.
"¿Fumas?" "¿Bebes?" "¿Has estado ingresada antes en un hospital?" "¿Parientes próximos con enfermedades?" "¿La última vez que tuviste la regla?" "¿Estás embarazada?"
Con esta última pregunta me entró la risa. Le dije con tono muy serio que no. Ella siguió con su formulario. Y la zorra me volvió a preguntar: "¿Estás embarazada?"
Yo pensaba que debía ser estúpida. Y le dije en tono serio: "Joder, ya le he dicho antes que no". Con ese "joder" se exaltó y me dijo que estábamos en un hospital y que cuidara un poquito mi vocabulario. Bien, pues le repliqué diciéndole que no formulara preguntas dos veces, que con una vez ya valía. Después contestaba con monosílabos y le hice sacarme las respuestas como si fuera un abrecorchos. Al final se le pasó el mal humor, pero volvió al tema de mi supuesto embarazo, según ella: "Bueno, los tests del embarazo te los van a hacer de todas formas, a pesar de que estés tan segura. Es una norma del hospital". No sé qué vería en mí para pensar que podía tener un bebé en mis entrañas. No estaba gorda y mi tripa estaba plana como una tabla. Lo único que mis pechos son muy firmes e incluso algo grandes, yo los considero normales, aun así no son los pechos de una mujer embarazada.
Esa doctora debía tener mal día y lo pagó conmigo.
Volví a la sala de espera. Así saqué una libreta y me puse a dibujar a toda la gente que me rodeaba. De repente vi a un hombre maduro que me miraba y luego clavaba la vista en lo que estaba haciendo. Me había pillado y cuando le miré fruncí el entrecejo. Él me miró cómplice y esbozó una sonrisa. Y entonces yo también sonreí.
Un rato después entró en la sala un joven guapísimo. Miró a su alrededor y no le debió gustar la gente... excepto yo, porque se sentó a mi lado sin pensárselo dos veces. Miré sus piernas bronceadas, leí por encima su libro (El código da Vinci), levantó los ojos y cruzamos miradas. Era guapísimo, con la mirada azul, el pelo claro, castaño claro, moreno de piel. Muy alto y delgado, vamos el típico macizorro. De repente vi revolotear por allí a una joven entrada en carnes, que parecía una gitana cutre, con un chándar del Carrefour por lo menos. Intentó llamar la atención del tío, pero éste pasaba, estaba demasiado inmerso en la lectura, además no creo que un tío así se fijara en una chica como esa. Yo también me moría de ganas de hablar con él, y sé lo molesto que resulta que te interrumpan la lectura, pero más me molestaba que si hablaba con él todo el mundo de la sala de espera, donde reinaba un silencio sepulcral, estaría atento a lo que nos decíamos. Así que le observé pensando qué le podía haber llevado a aquel lugar. No veía nada raro en él, aunque a mí tampoco se me veía nada extraño.
Toda la gente de la sala de espera éramos enfermos. Sólo los pacientes podían entrar allí. Los acompañantes debían quedarse fuera.
Yo echaba de menos un libro. Últimamente no sacaba conmigo un libro y esos ratos de espera se hicieron demasiado eternos. Así que seguí observando a la gente y de vez en cuando dibujaba. También el joven de El código da Vinci levantó una vez la vista para posar sus ojos en mi libreta. Y me miró y me sonrió.
Volvieron a llamarme. Me metieron por los rincones más escondidos del hospital. Un celador vestido de verde, que no paraba de hablar, me llevó a la sala de las radiografías. Me tuve que desnudar delante de una enfermera y allí me tumbé muy quieta en otra camilla. Mientras esperaba a que salieran las "fotos" de mi ombligo impresas y mientras esperaba el regreso del celador, observé el ordenador con las radiografías que tenían mi nombre. Me quedé observando y vi una mancha blanca en un lateral. Era algo extraño. Yo lo sabía. Le pregunté a la enfermera si sabía interpretar las radiografías y me dijo que no. Le dije que yo había ido por mi ombligo y éste estaba en medio, que no entendía qué era aquello que tenía a varios centímetros del centro del vientre.
El celador volvió a llevarme a la sala de espera. Me moría por fumar un cigarro. Así que me fui a la puerta y entablé una conversación con el guarda jurado, diciéndole que me avisara si me llamaban por megafonía. Él me preguntó el nombre y me dijo que así lo haría, pero que no me alejara mucho. Volví a entrar sin que necesitara llamarme. Cuando volví a pasar volví a intercambiar varias frases con él. Era muy majete y me imagino que debía estar aburriéndose mucho.
Me llegó un sms de Sandra, diciéndome que estaba en la puerta de Urgencias. Tenía el móvil en silencio pero el vibrador funcionaba. Volví a salir y volví a hablar con el guarda. Cuando llegó Sandra me desmoroné. Le dije que tenía un cáncer, pero no en el ombligo, sino en un lateral, que había una cosa rara ahí. Una hora duró nuestra conversación. El guarda me llamó para decirme que era su cambio de turno y que ya no podría avisarme. Así que entré y le dije a Sandra cuál era la ventana de la sala de espera para seguir hablando, yo dentro y ella fuera. Y susurrándole: "Mira el tío que está leyendo, ¿a que está bueno?" Y nos quedamos las dos mirándole. Él lo notó, levantó la mirada y se rió. Es posible que estuviera acostumbrado a que le miraran, era un Adonis. Le pregunté, mirando el libro, si quería saber el final y me contestó que mejor que no se lo dijera. Decidí no destriparle el libro. La medio gitana del chándar del Carrefour me miró con rabia y quizás con envidia.
Sandra terminó marchándose. Y yo a esperar los resultados de todas las pruebas. Desde que estaba allí sólo había mantenido el contacto con un familiar, con mi hermano R. Era consciente de que mis padres se iban a Galicia al día siguiente y, si no me ingresaban, era mejor no molestarles porque se preocuparían. Mi hermano R. me llamaba a cada poco a ver si sabía algo nuevo. Me acuerdo de sus palabras en el momento en que le expliqué dónde estaba y por qué: "Un bulto es una cosa muy seria, que no tiene por qué ser lo peor, pero hasta que no te digan lo que tienes..."
Pasó bastante tiempo hasta que el doctor P. habló conmigo. La energía y simpatía que exteriorizaba era impresionante. Su voz potente y tranquilizadora, cargada de sabiduría, era un bálsamo para mí. El doctor P. era adorable. "A la camilla"-me dijo. Cuando me tocaba mi ombliguito yo le miraba con cara de cordero degollado pues me dolía muchísimo. Intentó meterme el bulto hacia dentro pero no lo consiguió. Se fijó en mi tatuaje y me preguntó si era un pegaso o un unicornio. "Tienes una hernia umbilical que corre el peligro de ser encarcelada. Te urge que te operes. Debes elegir: te opero yo esta noche o te mando urgentemente a tu tierra para ingresar allí esta misma noche". La mancha que se veía en un lateral, me explicó, eran principios calcificados que podían derivar en un futuro en piedras en el riñón, y que debería beber mucha agua.
Pensé en el San Millán, siempre recargado de gente, donde meten camas en los sitios más inimaginables, pensé en el horror de ese hospital mientras reparaban el San Pedro. Después vi la tranquilidad del hospital donde en esos momentos me encontraba. Le pregunté si podía llamar por teléfono. Debía informar a mis padres. Él, muy paciente, me dijo que volvería dentro de un rato, esperando mi respuesta. Llamé a R. Le expliqué lo que tenía y que como él tiene un carácter más tranquilo que llamara a mis padres por mí, cuando horas antes le había prohibido hacerlo. Enseguida estaba hablando con mis padres que me preguntaron qué iba a hacer. Les expliqué que el médico me había parecido encantador y que aquello era muy tranquilo, que antes de viajar así me quedaría en Ávila y dejaría mi cuerpo en las manos del doctor P. Mi padre me dijo que a las 8 de la mañana estarían en Ávila. Llamé a mi jefe, explicándole la situación. Me dijo que lo importante era que me recuperara y que no me preocupara por el trabajo.
Esperé al doctor. Le expliqué que me quedaría y que mis padres llegarían a primera hora de la mañana. Ante mis dudas anteriores él me dijo: "Ya no te dejo cambiar de opinión, ya no te dejo que te vayas, ¿estás segura, no? Te operaría esta misma noche pero si tus padres llegan mañana temprano les esperaré y hablaré con ellos antes de que vayas al quirófano".
El doctor P. era perfecto. Inspiraba confianza. Sus palabras estaban llenas de cariño, estuvo muy pendiente de mí mientras que estuve allí, se explicaba sin tecnicismos lo que hacía que la comprensión fuera muy fácil.
Una enfermera entró a darme un Nolotil, por lo que me entró sopor. Me dio una bolsa y un camisón y me dijo que metiera en la bolsa mi ropa.
Salí en una silla de ruedas y con ese camisón horrible al pasillo. Y allí apareció el guapo joven de antes. Él iba con su ropa. Me dijo: "Vaya, parece que te ingresan". Y yo: "Sí, eso parece, pero a ti no ¿eh?" Me explicó que ya se iba a casa y me deseó que me recuperara pronto. Su dulce sonrisa es lo último que vi de él. Nunca nos dijimos el mal que nos aquejaba para estar allí, simplemente cruzamos varias frases de ánimo.
Mientras hablaba con la enfermera en la sala, y después de haber insistido en que si no podía darme un pijama que el camisón era horrible, llamaron a la puerta. Una cara conocida y la emoción enseguida se apoderó de mi cuerpo. Aurora y Antonio son un matrimonio de cerca de Ávila que al día siguiente iban a ir a Galicia con mis padres. No pude evitar las lágrimas, demasiado tiempo sola, aguantándome todo. Ver una cara conocida me alegró. Aurora se quedaría toda la noche conmigo, Antonio conseguiría hacerme reír.
El sueño hizo mella en mí. Sólo quería dormir y tendría que esperar al cambio de turno del personal de la habitación para que pudieran subirme a planta. Me sentía estúpida sentada con ese inmenso camisón en una silla de ruedas.
Cuando llegué a la cama dormí. Pero mi sueño fue perturbado a las 3 de la madrugada por el doctor P. Me había dicho que tenía una operación y que después subiría a verme, no imaginaba que lo hiciera tan tarde. Volvió a apretarme el bulto hacia dentro y el dolor me despertó. Poco rato después volvía a dormir como un bebé.
A las 7 de la mañana volvió, y a las 8. Preguntaba por mis padres. Poco después se los llevó aparte para hablar con ellos.
Me pusieron la anestesia en la habitación pero ni me enteré, cuando llegué al quirófano estaba sedada ya, aunque todavía lúcida. Me dieron calmantes y a mi padre le tocó limpiarme con acetona la pintura de las uñas de los pies. También me hicieron firmar un documento donde admitía estar de acuerdo en lo que me iban a hacer. Me pusieron un gorro de ducha para proteger mi pelo y enseguida me vi arrastrada entre la gente que miraba en los pasillos. Antonio y mi padre me saludaban de lejos, me dijeron que no era nada... Junto al quirófano me notaba nerviosa. Sabía que tras esas puertas no sería consciente de nada. Y llegó el doctor P. Me miró y me dijo que no me tocaría el tatuaje de la tripa. Iba de verde. Le dije, casi ininteligiblemente, algo que recuerdo a la perfección: "No importa que lo toque, haga lo que tenga que hacer". Mientras empujaban la camilla hacia la sala el doctor P. no se separó de mi camilla, me sonreía, me decía que estuviese tranquila, que antes de lo que pensaba estaría fuera.
Me pusieron unos aparatos, ahora no recuerdo el nombre, en el pecho, son para regular el ritmo cardíaco, creo. Me pusieron una pinza en el dedo meñique de la mano derecha. Y lo último que recuerdo es que me cambiaron de camilla, había mucha gente y me colocaron un rodete bajo la cabeza. Ahí caí en un sueño profundo.
Unas horas más tarde (lo imagino pues no soy consciente del tiempo que pasó) oí voces "Despierta, Ana, despierta" y lentamente abrí los ojos. El doctor P. me decía, luciendo su mejor sonrisa, que todo había acabado. No podía hablar. Tenía algo en la garganta y una mascarilla.
Estuve en observación cerca de una hora. Pero estaba despierta. Muchos de los que estaban allí no corrían la misma suerte. Observé aquella sala, estaba casi a oscuras. En medio había un habitáculo de cristal donde varias enfermeras hablaban. Alrededor, en forma radial, estábamos los pacientes recién operados.
Vino una enfermera a preguntarme cómo estaba. Casualmente no era una enfermera cualquiera. Es decir, no estaba por casualidad allí. Es la hermana de Aurora. Me quitó la mascarilla para que dijera algo, pero la garganta me raspaba y no podía hablar. Me dijo que no lo intentara.
Después de eso me llevaron a la habitación y me dediqué a ver el gotero a mi vera. Apenas podía moverme. El doctor P. dijo que me veía muy bien. Me obligó a beber agua a ver cómo lo asimilaba mi cuerpo y dijo a las enfermeras que me quitaran el suero y me dieran zumos y un descafeinado por la noche si tenía ganas, pero nada sólido. Así me aficioné al zumo de manzana, que antes no probaba. Y allí fue un manjar. También pude levantarme y sentarme, no me dijeron que andara pero... El caso es que tenía ganas de ir al baño, necesitaba vaciar mi vejiga. Mi madre me puso una cuña pero era demasiado fría. No pude. Le dije que me ayudara a levantarme, que me cogiera de la espalda para no hacer daño a la tripa, le dije que me colgara el bote de limpieza de sangre junto al gotero y que caminara junto a mí hasta el baño.
Cuando vino el doctor P. y se enteró de que me había levantado me dijo que no estaría muchos días más allí, que al día siguiente comería ya, cómo me acuerdo de aquella "dieta semi-blanda". Esa mañana habían dado el alta a mi compañera de habitación así que mientras yo degustaba mis zumitos, vi cómo mis padres y el matrimonio que tan bien me trató se montaban un pequeño picnic en la habitación: pan, jamón de pata negra y otras delicias de embutidos, queso, fruta y vino. Yo les miraba con envidia. Por la tarde, Aurora, mi madre y yo jugábamos a las cartas cuando llamaron a la puerta. Era el párroco del hospital. Iba todo de negro. Me preguntó qué tal me encontraba. Le dije si quería echar una partida al tute pero denegó la invitación.
Al día siguiente comí puré, tortilla y yogur. Por la noche, empanadillas. El doctor P. vino a despedirse. Me había operado el día 14 de julio, pero el 15 ya estaba de vacaciones. Vino vestido de calle, pero explicó que venía a echar un vistazo a los pacientes que había operado antes de marcharse de veraneo. Me dijo que al día siguiente había mandado que me dieran el alta, me preguntó si la comida me había sentado bien y se despidió de mí, muy a mi pesar.
Estuve dando tumbos por el hospital. Me paseé los pasillos. Y un día llegué a una puerta que se cerró a mis espaldas. Bajé las escaleras y llegué al hall de entrada. Enseguida cogí el ascensor hasta la 6ª planta y no volví a alejarme.
Llegué al pasillo de enfrente. Todas las habitaciones tenían jarrones de flores en la entrada. Acababa de traspasar el umbral de Maternidad. Vi recién nacidos. Y volví a ese pasillo, donde la felicidad era evidente.
Un día encontré un recoveco con una ventana y me fumé un cigarro, acompañada por mi madre, claro. Después empecé a ir yo sola. La última noche les dije a mis padres que podían dejarme sola, que ya no necesitaba que me acompañaran, que estaba bien.
Ese sábado llegó una doctora nueva. Ni siquiera me miró la herida y me dijo que no me daría el alta. Cuando llegaron mis padres y se lo conté fueron a buscarla. Ella me miró, me puso otro apósito y me dijo que me daba el alta con la condición de que ese día no viajara.
Y así estuve, viví las fiestas de Ávila sólo una noche. Al día siguiente me tragaría un viaje de varias horas para pasar la convalecencia en mi casa.
Espero no tener que volver a pasar de nuevo por un quirófano, excepto para tener bebés. Pero eso es diferente.