Después de la llamada en la que mi padre me ha dicho que mi abuela se había ido, he decidido salir a despejarme, porque necesitaba rodearme de gente, porque necesitaba que me diera el aire.
Iba caminando por la calle y he oído desde la otra acera: "Hasta luego, guapa". He mirado y le he dicho: "Dame un abrazo, por favor". Ha cruzado la calle, le he explicado el motivo por el que necesitaba un abrazo que me diera fuerza y me he desmoronado.
No voy pidiendo abrazos por la calle, pero hoy lo necesitaba. Al menos, la persona que me ha regalado ese abrazo es una persona de confianza.
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