Los recuerdos se agolpan como una cascada de agua que quiere fluir. Hoy es uno de esos días llenos de recuerdos. Queremos que paren y no podemos hacer que cese el flujo de recuerdos incesantes.
Había una vez una niña que se miraba las sandalias rosa chicle. "Vamos, abuela, que hace mucho calor". Cuando tenía siete u otro años mi abuela me llevaba al río de su pueblo, un río donde habían creado un recodo para bañarse. Ayer pasé por allí y estaba lleno de maleza. Y entonces me acordé de las tardes de verano y de que mi abuela siempre me llevaba a bañarme. Y estaba lleno de gente. "Abuela, ¿no habrá culebras?". Y ella siempre me decía que no temiera, que si hubiera culebras nadie se bañaría en el río.
En esos veranos que mis padres me enviaban a casa de los abuelos, mi abuela siempre estaba pendiente de mí. Hacía unos macarrones riquísimos y yo siempre le decía que estaban más buenos que los de mamá.
Con mi abuela aprendí a jugar a la brisca, y no sé cómo lo hacía, pero siempre me ganaba.
Si hacía trastadas era mi abuelo el que me reñía, pero nunca mi abuela. Ella siempre se ponía de mi parte.
Con ocho nietos puedo asegurar que soy la que más disfrutó de los abuelos maternos. Tengo más de cuarenta años, pero para ella siempre era "la niña", y eso nunca cambió.
En la residencia siempre que me veía decía: "que ha venido la niña a verme" y se reía. También me decía que la llevara a su casa, que ella quería estar en su casa.
Los recuerdos se agolpan como pequeños torrentes de agua sin dirección.
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