Recupero Caperucita en Manhattan porque, en definitiva, mi viaje a Nueva York está aún muy reciente y me apetece revivir mis paseos por las calles de Manhattan. Creo que, si me hubiera acordado antes de este libro, me lo hubiera llevado a Nueva York y lo hubiera releído allí.
Todo el mundo conoce, de cuando
éramos niños, el cuento de Caperucita
Roja. Es un clásico de la literatura infantil, que en mi caso, no llegué a
leerlo nunca de acuerdo al original de los hermanos Grimm. Más bien, mi
infancia estuvo plagada de cuentos contados, como han de ser los cuentos. Los
cuentos, como bien dice su nombre, son para ser contados. Y mi madre recurría a
su memoria y nos contaba a mis hermanos y a mí cuentos, así, para no perder la
tradición oral. Así que recuerdo a mi madre como una juglar que con la única
musicalidad de sus palabras nos mantenía embobados escuchando. Y uno de los
cuentos que más escuchamos fue Caperucita
Roja, junto con el de El lobo y los
siete cabritos. Y eran los más contados porque llegaba un momento, y creo
que a todos los niños les ocurre, que en vez de querer algún cuento nuevo,
preferían escuchar una y mil veces el mismo.
Partiendo de la base de que todo
el mundo conoce el cuento de los hermanos Grimm, nos adentramos en la novela
que readapta el cuento de Caperucita Roja,
y donde Carmen Martín Gaite nos hace saltar con una Caperucita moderna que vive
en Brooklyn, entre los rascacielos neoyorkinos de Manhattan, que escenifican el bosque del
cuento.
Sara Allen es como la niña del
cuento: una niña pecosa de unos diez años, observadora e inteligente, dotada de
una gran imaginación, que proviene de una familia sencilla y corriente. Desde muy
pequeña lee los libros que le envía Aurelio, el novio de su abuela al que nunca
ha visto. Sara adora a su abuela y sueña con vivir junto a ella, una ex
estrella de Broadway que vive en Morningside. Cada sábado, la señora Allen y su
hija Sara viajan a la isla de Manhattan para visitar a la abuela. Para ello, la
señora Allen le pone a su hija un chubasquero rojo y siempre llevan a la abuela
un trozo de tarta de fresa en una cesta.
Rebeca, cuyo nombre artístico era
Gloria Star, no se resigna a envejecer, es aficionada al alcohol y resulta un
personaje un tanto estrafalario. Está cambiando continuamente de novio,
aborrece la monotonía, pero tiene un gran empeño en educar a su nieta.
En uno de los viajes rutinarios a
casa de la abuela, la casa está vacía. Como la madre se preocupa, decide salir
a buscarla, mientras Sara se queda sola en casa de la abuela. Para Sara,
aquella oportunidad es lo mejor que podía pasarle, ya que juega y sueña que es
Gloria Star. Su abuela llega antes que la señora Allen, sin que se hayan
encontrado, y nieta y abuela deciden preparar juntas la merienda, mientras la
abuela le da a Sara la mitad del dinero que había ganado en el bingo esa tarde.
Para celebrar el cumpleaños de
Sara, sus padres y los Taylor, sus vecinos, van a un restaurante chino. A Sara
no le gusta el hijo de los Taylor, un niño rudo y maleducado. La señora Taylor,
que es una gran repostera, había hecho su famosa tarta de fresa, y la lleva al
restaurante para servirla durante el postre. Cuando llegan a casa, reciben una
llamada donde les comunican que el tío Joseph ha fallecido, por lo que dejan a
Sara con los Taylor.
Sara aprovecha para escaparse y
marcharse a Manhattan en busca de su abuela. En la estación de tren se
encuentra sola y temerosa. Entonces aparece Miss Lunatic, una mendiga que ayuda
a todo el mundo, la saca de la estación y la lleva a tomar algo. Van a un bar
lujoso porque a Sara le hace ilusión porque allí están rodando una película. El
camarero le pregunta a la mendiga por su nombre, a lo que ella contesta: “Soy
Madame Barthody”, nombre de la madre y musa del escultor de la Estatua de la
Libertad. Sara ve en aquella mujer el reflejo de la estatua. Tras despedirse de
Miss Lunatic, Sara va a Central Park. Allí se encuentra a Edgar, Mr Wolf (el
lobo del cuento), que además es dueño de la pastelería Dulce de Lobo. Se ponen
a hablar y, cuando el señor Wolf ve la cesta con la tarta de fresa, pide un
trozo para probarla. En realidad, el objetivo del señor Wolf es la tarta de
fresa, ya que su pastelería ha perdido celebridad y la gente ya no pide su
tarta de fresa, por lo que quiere la receta de esa tarta de fresa que Sara
llevaba en su cesta. Mr Wolf está dispuesto a todo con tal de conseguir la
receta, por lo que lleva a Sara en su limusina, que en principio quiere ir a
casa de su abuela, pero decide cambiar el objetivo y marchar de visita a la
Estatua de la Libertad, a través del pasadizo secreto que le había revelado
Miss Lunatic.
Cuando regresa a casa de la
abuela, descubre a Mr Wolf bailando con su abuela, y ella decide volver junto a
la Estatua de la Libertad.

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